El teatro es de vital importancia para todos los niños desde su más tierna infancia.
El arte dramático nos da nuestro primer acceso a una comunidad fuera de nuestra propia familia y lo hacemos a través de esos momentos de «Vamos a hacer que somos…» tan típicos de la infancia.
Nací hace setenta años. Crecí en el distrito racialmente segregado de New Brighton, en las afueras de Port Elizabeth. La vida para mí y para muchos de mis amigos consistía en despertar y, si tenías suerte, ir a la escuela; si no te pasabas el día vagando por aquella barriada marginal, mirando cómo se desperdiciaba tu vida bajo el muy cruel sistema de segregación racial del apartheid.
El poder del teatro, ya sea para jóvenes o viejos, descansa en la colaboración de historias e ideas, actores (y todos los que trabajan detrás del escenario también, por supuesto) y lo más importante, el público, todos hacemos la obra juntos, la vivimos juntos, juntos dejamos de lado la incredulidad y nos unimos en un mismo esfuerzo imaginativo.
Queridos amigos:
Amo el teatro.
Amo la magia de este arte que nos reúne
en la misma sala y sin embargo somos únicos…
Cada cual con su historia,
descalzos o con zapatillas de lujo,
en el frío del polo o en el calor del trópico.
Cada cual con su humor,
su familia, sus gustos, su color de piel,
sus problemas, sus sueños.
Es esa idea fascinante que se te ocurre,
luminosa como el sol de la mañana;
es tuya y con ella eres feliz.
Es tener planes de repente y es la manera
de volverlos realidad.