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Dramaturgia occidental /31

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Aristófanes: Las nubes

Las nubes, de Aristófanes, dir. y adaptación de Paco Mir, Festival Internacional de Teatro Clásico de Mérida (2023). Foto: Diego J. Casillas Torres.

El origen y fundamento de la comedia, que es quizás la mitad del teatro occidental, hay que buscarlo en Atenas y especialmente en Aristófanes, que es el más antiguo de los dos únicos autores de los que se conservan comedias completas, once en su caso, y el que llena el primero de los tres periodos que distinguieron los gramáticos alejandrinos: la «Comedia Antigua» (Archaía), hasta su muerte, la «Media» (Mése), hasta la muerte de Alejandro, y la «Nueva» (Néa), hasta el final.

            La paradoja de que nos resulte la comedia ática lejanísima, casi incomprensible —no nos haga gracia, para entendernos—, siendo la visión del mundo que refleja muy próxima, si no idéntica, a la nuestra, y en cambio la de la tragedia, siendo radicalmente otra, del todo inaccesible, no impida que el género cobre fácilmente actualidad puede que se aclare parcialmente al observar las características de la producción aristofánica y de la Archaía o de la tendencia «política» que él cultiva (frente a la «tradicional»). Su objetivo es la crítica política, social, literaria o cultural contemporánea, con nombres y apellidos; crítica de lo inmediato, más seria que frívola y de gran influencia en las costumbres, con el inconveniente de la pérdida de actualidad —hasta hacerse incomprensible— con el paso del tiempo.

            Esta dificultad condiciona la elección de la obra que destacar del padre de la comedia: ¿la más representativa o la más accesible? Si no me traiciona la memoria, creo que Lisístrata es la más representada en la actualidad. Lo favorece el tema del «no a la guerra», que comparte con Los acarnienses y La paz, pero más aún el decidido protagonismo femenino y hasta una especie de feminismo avant la lettre que se repite en Las asambleístas; ésta con el tema novedoso del «justo reparto de los bienes», pero que, junto a Pluto, parece marcar ya una evolución hacia la Mése, por lo que no resultaría tan emblemática de Aristófanes. Aunque, si se tratara de recomendaciones de lectura, aconsejaría comenzar por Lisístrata y Las asambleístas, cuya temática y comicidad nos resultan más próximas.

            Aparte de políticos que pasaron a la historia, con Cleón a la cabeza, los dos gigantes de nuestra cultura que pone Aristófanes en solfa y somete a su crítica feroz son Eurípides, sobre todo en Las ranas —el texto crítico más antiguo sobre la tragedia griega— y en Las tesmoforiantes, y Sócrates, cuya primordial aportación a la filosofía occidental ignora del todo o escamotea para recrearse en la ridiculización sangrante y el ataque implacable que perpetra en Las nubes. Si no me inclino por la primera, es precisamente por su dramaturgia. Pues hasta llegar al apasionante agón entre Eurípides y Esquilo en presencia de Sófocles, disputándose la preeminencia en el arte trágico, hay que pasar por demasiadas peripecias cómico-mitológicas entre Dioniso, el protagonista, su esclavo Jantias y Heracles, Caronte y el coro de ranas en la laguna Estigia, y el coro de iniciados y Plutón luego en el Hades, cuyo interés y gracia resultan hoy más que discutibles. Aunque fue la única comedia suya que mereció una reposición.  

"Las nubes", de Aristófanes, dir. de Paco Mir, Festival Internacional de Teatro Clásico de Mérida. Foto: Diego J. Casillas Torres.
Las nubes, de Aristófanes, dir. de Paco Mir, Festival Internacional de Teatro Clásico de Mérida (2023). Foto: Diego J. Casillas Torres.

            Mucho más trabada y unitaria resulta la fábula de Las nubes, en la que todo está al servicio de la intención central: la despiadada crítica de un Sócrates muy presente en escena mediante una parodia esperpéntica de su pensamiento y de su escuela, de la «nueva educación», sofística, impía, meramente retórica y carente de ética. Y todo apunta hacia el mismo objetivo, desde la anécdota ad hoc —un padre envía a la escuela socrática, de la que es vecino, a su hijo para que aprenda la retórica falaz que le permita librarse de sus acreedores; consigue su objetivo, pero también que su hijo, por la educación recibida, se vuelva irrespetuoso y llegue hasta pegarle, por lo que decide derribar la escuela prendiéndole fuego— hasta el coro de nubes, al servicio de la crítica de la impiedad, del agnosticismo o los nuevos dioses (Nubes, Aire, etc.) que pretendía, según la acusación, introducir el Filósofo en la ciudad. No hace falta decir cuán equivocada e injusta es la caricatura que Aristófanes ejecuta.  

            El gran helenista Luis Gil Fernández nos advierte del «tiento con el que debe emplearse la comedia aristofánica como documento histórico»; en nuestro caso, tenemos la posibilidad excepcional de confrontar su retrato paródico del Filósofo con el histórico que —suponemos— contienen los Diálogos de Platón. Sea cual sea la responsabilidad del comediógrafo en la creación del ambiente que posibilitó la condena a muerte de Sócrates, su obra ofrece un observatorio privilegiado para estudiar la relación, eterna, entre teatro y realidad: por ejemplo, para repensar el concepto, casi siempre meliorativo, de «teatro comprometido» o para sonreír con la actual atribución adánica al teatro posdramático de la «irrupción de la realidad».


José-Luis García Barrientos, doctor en Filología (UCM), Profesor de Investigación del CSIC, profesor de posgrado en la UC3M, es autor de libros, traducidos algunos al árabe y el francés, como Principios de dramatología, Cómo se analiza una obra de teatro, Teatro y ficción, La razón pertinaz, Drama y narración, Anatomía del drama o Siete dramaturgos, tres de ellos publicados por Paso de Gato. www.joseluisgarciabarrientos.com

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