Miles de creadores desarrollan su trabajo bajo esquemas temporales y fuentes de financiamiento inestables, consecuentemente se forma talento, pero no se generan condiciones suficientes para su desarrollo

¿Por qué todavía no existe una estrategia de desarrollo cultural con la misma ambición estructural que la destinada a los sectores económicos, tecnológicos o industriales?
La pregunta puede parecer incómoda. Sin embargo, resulta pertinente en un momento histórico donde México ha comenzado a replantear el papel estratégico de diversos sectores para el desarrollo nacional.
Durante los últimos años se ha hablado de soberanía energética, polos de desarrollo, corredores económicos, innovación tecnológica, fortalecimiento industrial y seguridad alimentaria. El Estado mexicano ha reconocido que existen áreas cuya consolidación resulta fundamental para garantizar el bienestar futuro del país. A partir de esta convicción se han impulsado programas, inversiones e iniciativas orientadas a fortalecer capacidades productivas y reducir dependencias estructurales.
Sin embargo, existe un ámbito que permanece prácticamente ausente de esta discusión: la cultura.
Esta omisión resulta sorprendente por varias razones. En primer lugar, porque desde el propio discurso público se reconoce que la cultura desempeña un papel fundamental en la construcción del tejido social, la identidad nacional, la memoria colectiva y el desarrollo humano. En segundo lugar, porque la cultura no constituye una actividad marginal de la economía nacional. Por el contrario, genera riqueza, empleo y una importante contribución al producto interno bruto. En tercer lugar, porque ninguna transformación histórica profunda puede consolidarse únicamente mediante cambios económicos o institucionales; requiere también de procesos simbólicos capaces de dotar de sentido a dichos cambios.
La experiencia histórica mexicana ofrece ejemplos significativos. El proceso cultural posterior a la Revolución Mexicana no surgió de manera espontánea ni fue resultado exclusivo del talento individual de algunos creadores excepcionales. Fue consecuencia de la convergencia entre artistas, intelectuales, instituciones y políticas públicas que permitieron la construcción de un ecosistema capaz de producir nuevas narrativas sobre la nación.
Los muralistas, los escritores de la Revolución, los pedagogos, los dramaturgos y los promotores culturales no actuaron en el vacío. Existieron escuelas, proyectos editoriales, espacios de formación, instituciones educativas y mecanismos de articulación entre Estado y sociedad que favorecieron la emergencia de una nueva conciencia cultural.
Hoy las condiciones son distintas. El país cuenta con universidades, escuelas profesionales, centros de investigación, programas académicos y una comunidad artística mucho más amplia y especializada que la existente hace un siglo. Sin embargo, paradójicamente, también enfrenta una creciente precarización de las condiciones de producción cultural.
Miles de creadores desarrollan su trabajo bajo esquemas temporales, convocatorias competitivas y fuentes de financiamiento inestables. Con frecuencia deben asumir simultáneamente funciones de gestor, productor, promotor, administrador e incluso formador de públicos. Mientras tanto, algunas de las funciones históricamente desempeñadas por las instituciones culturales han sido progresivamente transferidas a los propios creadores.
La consecuencia es evidente: se forma talento, pero no se generan condiciones suficientes para su desarrollo. Por ello, quizá la pregunta ya no debería ser cómo apoyar a los artistas.
La pregunta debería ser otra:
¿Puede una nación aspirar a fortalecer su soberanía cultural sin desarrollar una política estructural para quienes producen cultura?
La respuesta parece evidente. Ningún país que haya alcanzado altos niveles de desarrollo cultural lo ha hecho dejando la creación artística exclusivamente a las fuerzas del mercado o a mecanismos ocasionales de financiamiento. Ya sea en diversas experiencias europeas, asiáticas o latinoamericanas, la constante ha sido el reconocimiento de la cultura como una actividad estratégica que requiere inversión sostenida, infraestructura, formación e investigación.
Esto no significa promover una cultura oficial ni condicionar la libertad creativa. Significa reconocer que el trabajo cultural constituye una actividad productiva capaz de generar valor económico, cohesión social, pensamiento crítico e imaginación colectiva.
Quizá ha llegado el momento de incorporar una nueva pregunta a la discusión nacional sobre el desarrollo.
Así como existen polos industriales, tecnológicos y agrícolas, ¿por qué no pensar en un Polo de Desarrollo Cultural?
La expresión constituye una licencia conceptual y debe entenderse aquí en un sentido metafórico y estratégico. A diferencia de los polos industriales o tecnológicos, cuya lógica es principalmente territorial y productiva, el desarrollo cultural requiere fortalecer ecosistemas de creación, investigación y circulación cuyo principal recurso es la capacidad simbólica de la sociedad.
En este contexto, la noción de Polo de Desarrollo Cultural no pretende trasladar mecánicamente una categoría propia de la planeación económica y territorial al ámbito de la cultura, sino proponer una imagen que permita pensar a la cultura como un sector estratégico para el desarrollo nacional, cuya fuerza radica en la articulación de capacidades creativas, conocimiento, memoria, identidad e innovación simbólica.
No obstante, esta dimensión simbólica no existe en el vacío. Se sustenta en territorios concretos y en entramados de memoria —orales y escritos—, así como en comunidades creativas, lenguas, identidades y formas de vida específicas. Por ello, una estrategia nacional de desarrollo cultural debe reconocer esta complejidad y articular de manera simultánea la dimensión sectorial de la cultura con la diversidad territorial y simbólica que le da origen, sentido y continuidad.
En este contexto, el concepto de Polo de Desarrollo Cultural no alude a una concentración geográfica de infraestructura o actividades económicas, sino a la construcción deliberada de capacidades culturales nacionales. Se trata de fortalecer el vasto territorio simbólico que conforman las expresiones artísticas, los saberes comunitarios, las tradiciones vivas, la investigación cultural, la producción creativa y los múltiples lenguajes mediante los cuales una sociedad se piensa a sí misma.
Así como el Estado invierte en infraestructura física para fortalecer sectores estratégicos de la economía, también podría impulsar una infraestructura cultural orientada a fortalecer la creación, la investigación artística, la circulación de obras, el desarrollo profesional de los creadores y la capacidad de las comunidades para participar activamente en la vida cultural del país.
La cultura no es únicamente un mecanismo de entretenimiento ni un recurso auxiliar para atender problemáticas sociales. Es una infraestructura simbólica que permite a las sociedades comprenderse, narrarse y proyectarse hacia el futuro.
Por ello, la discusión ya no debería centrarse únicamente en la asignación de recursos para actividades culturales. El verdadero desafío consiste en reconocer si la cultura será considerada, finalmente, un sector estratégico para el desarrollo nacional.
Y si la transformación que vive el país aspira a ser profunda y duradera, quizá deba comenzar por responder una pregunta que hasta ahora permanece abierta: ¿por qué la cultura sigue siendo considerada importante en el discurso, pero no es estratégica en la planeación del desarrollo?

NOTA: Mi agradecimiento a la Dra. Alejandra Trejo Nieto, del Colegio de México, por la atinada precisión terminológica en torno al concepto de «Polo de Desarrollo”.
Referencias bibliográficas:
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