Corneille: El Cid

«Igual sagacidad se observa en el modo de considerar a Corneille como un poeta medio español», escribe Menéndez Pelayo refiriéndose al Padre Andrés y su Historia de la literatura universal. Me basta que la apreciación se pueda verificar —y se puede— en la obra elegida, El Cid. Seguramente a esa tensión entre dos dramaturgias opuestas por el vértice, entre las severas reglas del clasicismo francés y la libertad sin freno del Siglo de Oro español, entre Racine y Guillén de Castro, debe la pieza uno de sus encantos mayores y quizás el éxito arrollador que conoció.
El Cid es una obra extraordinaria. Históricamente, es la primera gran tragedia en verso del teatro francés. En palabras de Sainte-Beuve: «Le Cid est une pièce de jeunesse, un beau commencement, le commancement d’un homme, le recommencement d’une poésie et l’ouverture d’un grand siècle». Es también paradigma de un fenómeno tan frecuente como enigmático: la obra, generalmente de juventud, que consagra a un autor y que, a la vez, inaugura y culmina su producción mayor, dotada de una gracia especial contra la que nada puede la supuesta mayor perfección de las obras maestras que prologa y con la que, en fin, se le termina identificando.
Corneille pertenece a una generación que se resiste aún a la disciplina que se le intenta imponer en arte y en política. La historia externa de El Cid es tan interesante como ejemplar. Celosos del éxito de la obra, un grupo de autores menores crean una camarilla para combatirla con la ayuda del todopoderoso Richelieu, que se preciaba de escribir y que obligó a la Academia Francesa a pronunciarse. El resultado fue una mezcla agridulce de las malévolas ruindades del cardenal y la admiración indisimulable de los académicos. Les Sentiments de l’Académie sur Le Cid no contentó a nadie y dañó el prestigio de la institución, que decidió no mezclarse más en esas batallas literarias.
Como dramaturgo, la exuberancia de la inspiración de Corneille se ve entorpecida por las reglas demasiado estrictas del clasicismo. En su Examen du Cid admite que es la obra en que se permitió el máximo de licencias, aunque «pasa todavía por la más bella para quienes no se someten a la última severidad de las reglas». Reconoce «que la regla de las veinticuatro horas comprime demasiado los incidentes de esta pieza» (por ejemplo, que el duelo con Don Sancho suceda dos horas después de la huida de los moros, derrotados por Rodrigo, sin duda agotado y quizás herido tras la batalla). La unidad de lugar, «que —dice— no me ha dado menos fastidio en esta obra», brilla por su ausencia, pues aunque todo sucede en Sevilla «y guarda así una especie de unidad de lugar en general», lo cierto es que «el lugar particular cambia de una escena a otra»: palacio del rey, apartamento de la infanta, casa de Jimena, una calle o plaza, etcétera.
Este tira y afloja entre dos dramaturgias, que podría haber tenido consecuencias desastrosas, se resuelve en el caso de El Cid en un feliz contrapunto que es la clave de su logro artístico y de su éxito. La española se impone en el tratamiento del espacio y subyace al del tiempo, suavizando lo que tiene de forzado o inverosímil; la francesa, en la unidad de acción, en el rigor y naturalidad del verso y quizás sobre todo en la estructura: Corneille sabe acendrar Las mocedades del Cid para quedarse sólo con lo universal y hondamente humano, prescindiendo de lo superfluo.
No sé si los excesos que denuncia Lessing en su acerba crítica de Rodoguna son o no de filiación española. Pero lo cierto es que El Cid es un drama medio español sin duda, y Corneille, quizás, un dramaturgo medio español también.
José-Luis García Barrientos, doctor en Filología (UCM), Profesor de Investigación del CSIC, profesor de posgrado en la UC3M, es autor de libros, traducidos algunos al árabe y el francés, como Principios de dramatología, Cómo se analiza una obra de teatro, Teatro y ficción, La razón pertinaz, Drama y narración, Anatomía del drama o Siete dramaturgos, tres de ellos publicados por Paso de Gato. www.joseluisgarciabarrientos.com



