El diablo y la decadencia de la mitología mexicana

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Las Crónicas del Diablo: Cine de Oro Mexicano, en el Teatro Xola Julio Prieto

Pamela Cervantes como Dolores del Río. Foto: Adrián Martagón.

El Diablo vuelve a con un reportaje inmersivo. En este segundo episodio del serial teatral titulado como Las crónicas del diablo (Serrano Producciones), el temerario periodista del periódico El Pitazo penetra en la filmación de La cucaracha, película crepuscular de la llamada Época de Oro del Cine Mexicano, dirigida por el cineasta trastornado Ismael Rodríguez en 1959. En esta película se buscaba tener un duelo histriónico entre las máximas divas del cine nacional: María Félix y Dolores del Río. Además el cartel de aquella cinta contó con la participación de Emilio Indio Fernández, Pedro Armendáriz, Antonio Aguilar, Flor Silvestre, Ignacio López Tarso y la fotografía del gran Gabriel Figueroa. El Diablo logra infiltrarse dentro del equipo de filmación como doble de cachetadas. El periodista ha prometido recibir todas las bofetadas necesarias en sustitución del Indio Fernández a cambio de escribir un comprometido reportaje de esta cinta.

Esta obra pone sobre la escena el ocaso de la mejor época que ha tenido nuestra cinematografía. Aquel cine áureo comenzó en 1936 con el padrino del cine nacional, Fernando de Fuentes y las dos películas inaugurales del periodo, Vámonos con Pancho Villa  (cine de la revolución) y Allá en el rancho grande (comedia ranchera), tan diferentes como excepcionales ejemplos de la construcción mitológica de nuestro cine. Sobre el telón de la época hay discrepancias entre los historiades. Hay quienes fijan la muerte de Jorge Negrete (1953) como punto final del periodo, hay otros que lo prolongan hasta la muerte de Pedro Infante (1957) o el fallecimiento de Fernando de Fuentes (1958). Los dramaturgos  de la puesta en escena, Diego Valadez y Hugo Isaac Figueroa (director también) han seleccionado como pretexto para hablar de esta época el rodaje de La cucaracha. Esta elección es un gran acierto, pues en el filme convergen distintos actores de esta gran época;  eso le permite al Diablo tener un acercamiento con cada uno de ellos y que el público escuche «de primera mano» los testimonios imaginarios de aquellos rostros que se han transformado en arquetipos de nuestro imaginario sentimental.

La obra cabalga por la línea de la farsa didáctica, donde los personajes parecen puestos a propósito, como un mero pretexto para dramatizar una gran monografía de lo que significó la Época de Oro del Cine Mexicano.  Según Carlos Monsiváis esta nomenclatura debería escribirse en mayúsculas por el carácter institucional que tuvo el periodo. En esta estructura, El Diablo se mueve por las estampas de esta lámina folclórica para dialogar con cada una de las personalidades, o tal vez con la caricatura de ellos. Emilio Fernández, interpretado por el actor Carlos Abraham Gongo, está trazado por un estilo que recuerda más a Agallón Mafafas (personaje de Los Polivoces) que al Emilio Fernández que se escucha en las entrevistas del periodo sesentero. La voz que imposta para este personaje es más la caricatura del macho bragado que hizo el actor de doblaje Narciso Busquets (a propósito de esta película), que el Indio Fernández llorón, sensiblero y aterciopelado que se escucha en las grabaciones originales.  Algo similar ocurre con otras interpretaciones, por ejemplo la de César Baqueiro, quien hace de María Félix, y propone un reciclaje de manías y entonaciones que recuerdan más a «la roña» que a la doña.

La obra tiene dos actos, el primero es extraordinario. Desde que se levanta el telón se instala el tono cómico con El Diablo mirando en una gran pantalla los grandes momentos de la televisión que se han convertido en memes de antología, como Pedro Sola confundiendo el nombre de la mayonesa que se está anunciando. El diablo cambia de canales en la pantalla hasta que de pronto llegamos a un canal de cine clásico que transmite Macario (1960), el poema cinematográfico de Roberto Gavaldón. Elías Toscano, quien interpreta a El Diablo, es un actor de postín, que en cada uno de sus montajes demuestra la gran escuela que le precede. Se distingue por su versatilidad y compromiso con que penetra en la piel de sus personajes. Este montaje no es la excepción. El Diablo, tiene ecos de un Tin Tan por momentos pachuco y por instantes peladito que busca salirse con la suya gracias a su inteligencia y destreza corporal. El ingenio periodístico del  Diablo consigue revivir las anécdotas más relevantes del cine, desde sus años silentes hasta la década de la transición sesentera. Entre el humo de los recuerdos aparece Cantinflas (Jhovardy Vences) con un monólogo tan rocambolesco como arrabalero; después llega el turno del desfile romántico de María Félix, los elogios poéticos a la belleza de Dolores del Río, y los duelos artísticos más sobresalientes entre las figuras de la época.

Siempre flotarán en el ambiente las interrogantes ¿Era mejor Pedro Infante o Jorge Negrete? ¿Tin Tan o Cantinflas? ¿El cine chovinista del Indio Fernández o el cine disruptivo de Luis Buñuel? Esta última pregunta tiene un enfrentamiento cantado entre el prodigio de Calanda (interpretado por Rafael Blásquez) y el Indio. Buñuel y Fernández representan las dos caras extremas de la cinematografía nacional: la hispanidad y el indigenismo; la mitología y el realismo, la épica nacionalista y el surrealismo goyesco. Atinadamente el director Hugo Isaac Serrano decidió trasladar estos antónimos en tono de parodia a la famosa escena de los charros cantores en Dos tipos de cuidado (1953). La escena es grandilocuente, barroca y desternillante para todos; arriba y abajo del escenario. Al fondo se proyecta un grabado digital que representa el duelo entre un toro (Buñuel) y un gallo de pelea (Fernández), y ese retablo posmovirtual enmarca la gran confrontación cinematográfica que remata el primer acto con una posible tragedia. La segunda mitad de la obra es lenta y estática. Los protagonistas permanecen sentados en las sillas plegables típicas en una filmación y se deleitan en diálogos de ensoñación schilleriana que más allá de afectar evolutivamente la acción parecen estar impartiendo una clase de historia de cine mexicano en la Cineteca Nacional.

Como particularidad de la noche de estreno he de resaltar un momento de viveza escénica. La actriz Pamela Cervantes, quien interpreta a Dolores del Río, tuvo un resbalón con uno de sus diálogos, pues confundió de nombre a los personajes de El Diablo y Emilio Fernández. Sentada al lado de su compañero, con mirada frontal de diva norteamericana comenzó el diálogo llamándole Diablo a quien era Emilio y sobre el parlamento la actriz cayó en cuenta de su error. Todos nos dimos cuenta. Pero entre ella y su compañero resolvieron con tal gracilidad y destreza, no negando el error sino integrándolo como parte del carácter arrogante y plastificado de la diva. Todo el público aplaudió con generosidad e indulto en señal de bien bajado ese balón. Los errores no deberían de ocurrir en una función de teatro, sin embargo lo más probable es que sí pasen. Es entonces cuando la experiencia y la destreza de los interpretes puede brillar al resolver estos deslices con verdad, antes que con la negación del que quiere hacer “como que no pasó nada”.  Así es el teatro que respira, está vivo y a veces (¡Qué bueno!) es imperfecto.

La obra permanecerá en cartelera del Teatro Xola Julio Prieto todos los miércoles a las 20:30 h hasta el 25 de junio. Los boletos están disponibles en las taquillas del recinto y a través del sitio ticketmaster.com.mx. Se invita a seguir las redes de la compañía  como @las_cronicas_del_diablo en Instagram, TikTok, Facebook y X.

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