Escrita por José Emilio Hernández, dirigida por David Jiménez, se presenta en el Teatro Santa Catarina hasta el 8 de junio

No es una obra de viajes en el tiempo, por más que sus protagonistas viajen a los años 60 para cambiar el destino de un mundo al borde del apocalipsis, y de paso, conocer a Jean Paul Sartre, Samuel Beckett y Georgia O’Keefe. Tampoco es una obra sobre teorías conspirativas ni complots para destruir a la humanidad, aunque en su trama se entrelacen los planes de una oscura agencia norteamericana (la ZIA, con Z), la búsqueda de una piedra preciosa en las profundidades del mar, una persecución en un Dodge del 76’ a través de la frontera, y el encuentro con una agente doble en un restaurante de comida china.
Como toda obra de ciencia ficción, Nosotros íbamos a cambiar el mundo trata, en realidad, sobre la nostalgia.
La premisa inicial es simple y doméstica: Luis y María se han separado a raíz de una discusión estúpida. Ella ha dejado tras de sí nada más que una antología de poetas checos del siglo XX. Él, reflexivo, no hace más que mirarse al espejo e imaginar futuros posibles. A partir de ahí, sin embargo, lo que parecía una anécdota mínima se transforma en una narración demencial: tras la ruptura, la pareja es seleccionada, como parte de un plan secreto, para viajar en el tiempo y modificar el pasado con el objetivo de salvar al mundo de su destrucción.
Una aventura tecnológica y política, pero también afectiva: salvar al mundo implicará no sólo desplazarse hacia los años 60 para alterar eventos históricos, sino también enfrentarse con la historia común, con las ruinas íntimas que los amantes dejaron detrás.
El texto de José Emilio Hernández, sumado a la dirección de David Jiménez, construye una ciencia ficción a la mexicana. En ella conviven, sin perder la coherencia, reflexiones filosóficas sobre el tiempo con referencias a las Chivas rayadas del Guadalajara, y el dúo norteño de Carlos y José con una estatua del poeta Lucian Blaga. Se trata de un mundo saturado de referentes y geografías -de la frontera mexicana a Bucarest, del París en los 60 a una fonda de comida china, del fondo del mar a la ciudad de México- donde lo global se mezcla con lo íntimo, y donde el amor, como un anacronismo premoderno, se vuelve la única posibilidad de vínculo en medio del caos.
El equilibrio de esta comedia de ciencia ficción con tintes absurdos se consigue a partir de una narraturgia ágil, que combina la primera y la tercera persona, creando un juego de espejos donde los personajes se narran a sí mismos mientras son narrados, invocando así una doble conciencia temporal. En este entretejido, la actuación de Luis Eduardo Yee transita sin artificios entre Luis, María y un coro de personajes esperpénticos y cómicos. Sin transformaciones físicas evidentes, pero con una precisión narrativa que permite al espectador comprender en todo momento quién enuncia y desde dónde, su actuación es contenida, pero nunca fría; emocional sin caer en la afectación. Carismática, casi todo el tiempo, aunque puntuada por momentos de sincera tristeza.
Por su parte, el diseño de espacio, a cargo de Fernanda García, propone una estética de la reutilización: elementos escenográficos reciclados de otras producciones de Teatro UNAM -un refrigerador, una cabra disecada, un tren de juguete, una televisión antigua, una escafandra- se recontextualizan como restos arqueológicos de un tiempo descompuesto. Este universo escenográfico se convierte así en una suerte de anaquel del tiempo, sótano de las cosas perdidas a lo largo de las épocas, que sugieren un cúmulo de memorias y significados no contados, quizás perdidos. En el mismo sentido se plantea la música de Joaquín Martínez y Emiliano López, que funciona, a su vez, como un anacronismo deliberado: boleros, corridos tumbados, sonoridades híbridas que también viajan en el tiempo y amplifican la sensación de una realidad superpuesta, donde el pasado y el presente coexisten en tensión constante.
En medio del absurdo, el humor, la filosofía y los trenes de juguete, Nosotros íbamos a cambiar el mundo se erige como un epitafio anticipado de un mundo al borde del colapso, pero también como un acto de fe en la imaginación. En última instancia, es la constatación de que, quizás, lo único que queda es la posibilidad de narrar otra vez, de retroceder, de imaginar futuros alternativos en pasados ficticios.
Quizás lo único que queda es la nostalgia. Nostalgia de los amores rotos, de la infancia de nuestros padres, de los actos heróicos que a veces nos permitimos los hombres mediocres. Nostalgia, al fin y al cabo, del tiempo. Ese tiempo que hemos perdido, que siempre nos falta, que finalmente se nos escurre entre los dedos.
Nosotros íbamos a cambiar el mundo está en temporada en el Teatro Santa Catarina de la UNAM hasta el 8 de junio del 2025, de jueves a domingo en horarios habituales de teatro.


