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Festival Mujeres en Escena: 34 años de teatro, memoria y resistencia en Colombia

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Se realizó los primeros días de agosto en foros de Bogotá

Patricia Ariza, pieza fundamental para las mujeres de teatro colombianas. Foto Mauricio Alvarado Lozada.

El Festival Mujeres en Escena, en Colombia, que se llevó a cabo durante los primeros días de agosto, llegó a su edición número 34. Son ya más de tres décadas desde que se convirtió en punta de lanza para otros encuentros similares en Iberoamérica.

Creado por la Corporación Colombiana de Teatro (CCT), dirigida por la actriz, gestora, dramaturga, activista, ex ministra de Cultura y maestra Patricia Ariza, igualmente al frente del Teatro La Candelaria, el encuentro convocó a más de 6 mil asistentes en los 16 escenarios de Bogotá donde se desarrolló. Se presentaron 55 funciones de teatro, danza, performance y lectura dramática.

Participaron 44 grupos colombianos, provenientes de Bogotá, Barichara, Cali, Duitama, Facatativá, Medellín, Pereira, Riohacha, Soacha y Valledupar, así como 6 grupos internacionales de Venezuela, Costa Rica, Ecuador y España. En una programación especial, el festival rindió 23 homenajes a mujeres en las artes escénicas.

La Corporación Colombiana de Teatro “es una organización cultural sin ánimo de lucro fundada en 1969, dedicada a la creación artística, la formación escénica y la transformación social a través del teatro. Con sede en la histórica Sala Seki Sano en La Candelaria, Bogotá, es un colectivo de artistas comprometidos con la memoria, la paz y la inclusión”, se destaca en sus redes: corporacioncolombianadeteatro.com

Carolina Ramírez: Foto: bancadelparque.

Más de cinco décadas lleva la CCT impulsando procesos culturales que promueven la reflexión crítica, el diálogo y la resistencia creativa. “Nuestra labor se extiende a comunidades vulnerables, colectivos de mujeres, juventudes, víctimas del conflicto y grupos marginados, con quienes construimos espacios de expresión y participación”.

Hablamos con Carolina Ramírez, coordinadora general del festival y de la CCT:

“Contamos con diversos programas y proyectos. Uno de ellos son los festivales, para los que nos abocamos a conseguir fondos y poder así llevarlos a cabo. La boletería de nuestros festivales es muy económica para que todo el mundo pueda ir al teatro; además, también hay eventos gratuitos.”

“Este 2025 fue más difícil organizar el Festival de Mujeres porque hubo un menor apoyo institucional. La corporación realiza dos festivales: uno de teatro alternativo, que organizamos en los años pares, y el de Mujeres, que es anual. Cuando hacemos el alternativo, el de Mujeres suele ser más pequeño, como el año pasado. Este año, al no hacer el alternativo, el de Mujeres creció un poco. Sin embargo, si lo comparamos con ediciones anteriores, sigue siendo un festival pequeño. Antes llegamos a tener más de 80 grupos participantes y más de 100 funciones. Aun así, logramos apoyos importantes, sobre todo de ONG como FOCUS, ONU Mujeres, Confiar y la Embajada de España, además de un pequeño respaldo de la Secretaría de Cultura de Bogotá. La consigna es hacerlo, sea grande o pequeño. Este año participaron 50 grupos. Pudimos traer artistas internacionales de Ecuador, Venezuela, Costa Rica y España. La suma de voluntades —de las compañías, los teatros y las organizaciones— lo hizo posible.”

Un festejo con personalidad

Este es un festival pionero, creado en 1991, que abrió el camino a otros similares en Latinoamérica. En México existe uno inspirado en él; en Venezuela también; en Perú hay un movimiento fuerte encabezado por la maestra Ana Correa, y en Chile igual. Estos encuentros tienen entre 5 y 8 años. Los más antiguos son los de Chile y Perú. Pero el de Bogotá fue el primero en reconocer el quehacer de las mujeres en la dramaturgia y dirección, y también en destacar su aporte a la construcción de paz.

¿Qué tiene de particular?

CR: “Lo particular de este festival en Colombia es, por supuesto, su enfoque de género. Reconoce el trabajo de las mujeres en todos los niveles: directoras, dramaturgas, actrices, pero también su papel en la construcción de paz y memoria histórica. Patricia Ariza decía que algún día le quitaremos el ‘por la paz’ al nombre, pero por ahora seguimos siendo el Festival de Mujeres en Escena por la Paz.”

“Llevo 13 años trabajando en este festival. Y he visto cómo las obras, incluso las escritas por hombres, han evolucionado. Caminan a la par de los fenómenos sociales en Colombia, y no son ajenas a lo que ocurre en Latinoamérica. Por ejemplo, de México hemos tenido obras que nos hablan de problemáticas tan dolorosas como las desapariciones.”

El contexto actual reflejado en escena

Hace unos días se presentó una obra del festival anterior, sobre Valledupar, en la parte rural del norte colombiano, es  un unipersonal, un poema escénico doloroso que habla de una masacre en la zona del Valle.

Me preguntas qué refleja el festival y pienso en esa obra, en esa matanza. Son hechos dolorosos que no ocurren solo en Colombia. Quienes participamos en el festival reconocemos esos relatos como parte de la memoria. Estas obras hay que hacerlas para no repetir la historia, para visibilizar y reflexionar.

Este año se presentó La caída de las águilas, escrita por una joven bogotana. Es una obra sobre la masacre de El Salado, una de las más trágicas de Colombia. También estuvo El grito de la mujer cabra, de Marcia Cabrera, un performance-concierto fuerte y con humor. La obra cuenta cómo su padre fue asesinado en el genocidio de la Unión Patriótica.

El festival construye paz a través de la memoria, usando distintos lenguajes: el títere, el unipersonal, el performance. Aborda temáticas como el racismo o la migración, que seguramente se verán más en los próximos años.

En Argentina y Chile, la dictadura es tema recurrente; en Colombia, las desapariciones forzadas y las masacres, desde los años 30 hasta ahora. Soldados, por ejemplo, es una obra basada en la novela La Casa Grande, de Álvaro Cepeda Samudio, sobre la masacre de los jornaleros de las bananeras.

El festival también permite ver lo que pasa en países como México o Venezuela. Este año se presentó una obra sobre Palestina. A través de foros, charlas y preguntas a los creadores, se generan criterios, se fomenta el reconocimiento de la diversidad y se comparten las dificultades y alegrías del arte.

No todo es tristeza

Hay obras que abordan la memoria histórica desde el carnaval. La Guajira, un grupo de teatro antropológico, presentó rituales escénicos que acercan al público a la cultura Wayuú.

También se presentó La Pola Ardiente, basada en la figura histórica de Policarpa Salavarrieta, La Pola. Es una obra híbrida —teatro, autoficción, punk y memoria histórica—, escrita y dirigida por Sandro Romero Rey, e interpretada por Myra Patiño. Combina testimonios personales, textos del siglo XIX, imágenes documentales y reflexiones actuales. Plantea una pregunta abierta sobre los significados contemporáneos de esta heroína.

El grupo cultural-ambiental Luciérnagas presentó Las aventuras de Luci, sobre los humedales de Bogotá, dirigida por Carmen Fandiño, una joven directora.

Más allá del escenario

Las actividades académicas versaron sobre dramaturgia, creación colectiva, nuevas masculinidades, entre otros temas. El público participó activamente. Se ofrecieron siete talleres (una cifra récord), incluyendo dos de dramaturgia con una maestra española, uno de maquillaje para no profesionales, un seminario con una maestra cubana, y un taller sobre creación colectiva, metodología del Teatro La Candelaria. También hubo uno sobre teatro coral, impartido por otra especialista española. Todos los talleres tuvieron precios simbólicos (50 mil pesos o 15 dólares por 8 a 10 horas).

¿Da miedo ser mujer, ser teatrera en Colombia?

CR: “Colombia ha tenido avances en derechos y políticas públicas. Pero lo que hay que cambiar es la cultura: cómo nos movemos en el mundo, cómo reconocemos el hacer de las mujeres. Ahora tenemos más responsabilidades: somos profesionales, pero también se espera que seamos buenas en todo. Las luchas por los derechos de las mujeres siguen. Para las artistas, las políticas culturales son claves. Ahí vamos, remando y sacando el alma.”

Patricia Ariza, dramaturga, gestora y ex funcionaria, ha dicho que “hace 34 años, el porcentaje de mujeres en la dirección y la dramaturgia teatral en Colombia era del 2%. Hoy, aunque aún insuficiente, hay un mayor número de directoras, dramaturgas y teóricas de las artes escénicas en el país”.

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