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Madero camina abatido: traición e injerencia en Días negros, de 1939 Teatro Norte

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Foto: Mayra Villalobos.

La Decena Trágica ocupa un lugar singular dentro de la historia mexicana. Durante diez días de febrero de 1913, la capital del país se convirtió en el cruento escenario de un golpe de Estado que culminó con el asesinato del presidente Francisco I. Madero y del vicepresidente José María Pino Suárez. Más allá de la caída de un gobierno legítimo, aquellos acontecimientos reactivaron el conflicto armado revolucionario y marcaron el fracaso de uno de los experimentos democráticos más memorables del México moderno.

Sobre ese episodio se levanta Días negros, del escritor Edeberto “Pilo” Galindo. El drama histórico explora no sólo los hechos, sino las redes de complicidad, ambición e injerencia que hicieron posible la “tragedia”, así etiquetada en los anales de la historia. La obra no se piensa como una reconstrucción de la Decena Trágica, sino como una indagación póstuma sobre la traición. Desde la primera escena, Madero ya está muerto y su coprotagonista, Antonieta, lo recibe tras los disparos en la espalda que terminaron con su vida. La historia comienza con el magnicidio y se dedica a reconstruir las causas de la desventura.

Escrita con motivo del Centenario de la Revolución Mexicana y estrenada en la frontera chihuahuense en 2010, Días negros forma parte del conjunto de obras históricas del prolífico dramaturgo juarense. La puesta en escena original –dirigida por el propio “Pilo” Galindo junto con el español José Manuel Blanco Gil– fue una coproducción de Candilejas del Desierto y Taller de Teatro 1939; además, realizó una gira estatal en el marco del VI Festival Internacional Chihuahua; participó en el Festival Internacional Cervantino y obtuvo reconocimientos en la Muestra Estatal de Teatro y en el Festival de Teatro de la Ciudad de 2011. El texto dramático se publicó en el segundo volumen de su Antología teatral (2016), editada por la Universidad Autónoma de Ciudad Juárez. Formalmente se trata de un único acto dividido en diez escenas que alternan el escrutinio documental con una fuerte especulación dramática.

Dieciséis años después de su estreno, la obra volvió a los escenarios gracias al programa Lunes, ¡a escena!, de la Secretaría de Cultura de Chihuahua, mediante una producción de 1939 Teatro Norte y su filial Enmienda 38 Teatro, bajo la dirección de Laura Galindo. La función del pasado 8 de junio en el Teatro Experimental Octavio Trías, dentro del Centro Cultural Paso del Norte, confirmó la vigencia del montaje: la sala lució completamente abarrotada y la respuesta del público fue tal que la joven, pero experimentada directora decidió dar una segunda función para quienes no lograron ingresar a la sala. No deja de ser significativo que una obra centrada en acontecimientos ocurridos hace más de un siglo siga despertando semejante interés entre espectadores contemporáneos.

El mayor acierto de la puesta en escena, además del ritmo mesurado y tono ecuánime del registro actoral, reside en el dispositivo escénico. El espacio adopta una disposición en forma de T cuya pasarela concentra los momentos más íntimos y meditabundos de Francisco I. Madero, mientras que la sección posterior alberga las escenas colectivas, las entrevistas que debieron suceder y los episodios de mayor dimensión pública. Suspendida sobre el escenario, pende en lo alto una escultura dorada del Ángel de la Independencia que, en determinados momentos, se tiñe de rojo mediante luces. De sus alas se desprenden dos grandes telas blancas, proyectadas hacia los balcones laterales de la caja negra, creando una imagen de gran escala que remite simultáneamente tanto al monumento nacional como a un sudario tendido sobre los ideales revolucionarios.

El trabajo visual encuentra una correspondencia directa con los diálogos. Los personajes avanzan a tientas, entre medias verdades y lealtades ambiguas. Por ejemplo, en una de las escenas más eficaces, Las manos en la masa, el diseño lumínico se vuelve uno con la trama. La acotación dicta que Varias calles de luz en el escenario se cruzan entre sí. Gustavo Madero se desplaza por unas, Huerta por otras. Sobre el desplazamiento el texto”. La manipulación de halos, sombras y penumbras refuerza la sensación de conspiración permanente que atraviesa la caída del gobierno Maderista. Los Galindo –el padre desde la escritura, y su hija desde la dirección– construyen un universo donde la claridad nunca es absoluta, y en la que la iluminación deja de ser un recurso accesorio para convertirse en una forma de pensamiento escénico: los personajes se mueven dentro de corredores de sospecha donde la traición reluce antes de consumarse.

El montaje recae sobre un joven elenco, cada vez con mayor aplomo, que enfrenta con solvencia un material lingüísticamente complejo: disimulo y apartes, ironía e intimidaciones. Más de veinte intérpretes sostienen una trama poblada por personajes históricos, diálogos densos y extensas confrontaciones ideológicas. Iván Pozos da vida a un Madero vulnerable y profundamente humano, distante de la imagen monumental del héroe histórico. Frente a él, Ana Saavedra dota a Antonieta de la inteligencia crítica y tenaz que articula buena parte del espectáculo. Destacan también las interpretaciones de Victoriano Huerta y Gustavo A. Madero, así como la presencia de la cantante que interviene en la cantina El Gato Negro, aportando momentos de respiro dentro de una obra marcada por la tensión política y emocional.

Otro de los hallazgos más interesantes de la puesta en escena remite a la aparición de Antonieta Rivas Mercado como personaje transhistórico. La decisión resulta deliberadamente anacrónica, ya que, en 1913, esta intelectual, activista y promotora del teatro nacional, apenas tenía trece años y no pudo haber participado en los acontecimientos representados. Sin embargo, la obra no persigue la fidelidad documental. Hija del arquitecto Antonio Rivas Mercado, responsable de la Columna del Ángel de la Independencia, Antonieta simboliza ese mismo ideal que preside el escenario. Más que un personaje histórico, funciona como encarnación de la memoria crítica. Ella interroga, confronta y obliga a los personajes a justificar sus decisiones. Goza del poder de la ubicuidad: se traslada a Ciudad Juárez para cuestionar a Huerta, consuela a la madre de Madero, presencia el asesinato presidencial porque su papel dramático consiste en atravesar coordenadas espaciotemporales en pos de la verdad que los propios protagonistas son incapaces de reconocer. Cuando Antonieta inquiere o indaga, quien en realidad pregunta es nuestra Historia.

La única ausencia perceptible en la experiencia escénica es un programa de mano lo suficientemente robusto. Este documento físico o digital no solo debería enlistar los créditos de un nutrido equipo técnico y artístico, sino que, en montajes de naturaleza histórica, resulta indispensable ofrecer al público una síntesis cronológica de los acontecimientos principales. Dar contexto, pues. La dramaturgia de “Pilo” Galindo no sigue una secuencia lineal; recurre a analepsis, anticipaciones, repeticiones o ciclos y escenas especulativas. Conocer de antemano los acontecimientos más relevantes de la Decena Trágica facilitaría la expectación de una estructura premeditadamente fragmentaria.

Vista desde el presente, Días negros adquiere resonancias inesperadas. La obra insiste de manera constante en la participación de intereses extranjeros dentro de la crisis política mexicana. Los conspiradores justifican sus acciones apelando a la presión estadounidense, mientras las negociaciones diplomáticas y militares aparecen como una fuerza que condiciona el destino nacional. Resulta imposible no pensar en los debates contemporáneos –federales y estatales– sobre la influencia de Estados Unidos en nuestra arena política. No corresponde al teatro resolver tales controversias ni tomar partido por una u otra posición. Sin embargo, sí puede recordarnos una lección incómoda: cuando la aplicación de la justicia depende de presiones externas y no de la fortaleza institucional propia, la soberanía se convierte en un terreno vulnerable. Allí radica buena parte de la vigencia de Días negros. Más que una obra sobre el pasado, la dirección de Laura Galindo nos advierte sobre las formas en que la traición, la ambición y la injerencia siguen encontrando caminos para echar luz sobre el presente.

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