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Después de la peste

Date:

Bajo un régimen autocrático, sin una ubicación espacial ni temporal precisa, una mujer adulta y un hombre muy joven violan las normas de aislamiento para sostener una serie de encuentros sexuales, a lo largo de los cuales se develará una historia sórdida que los une. Después de la peste surge de un desafío formal: ¿es posible construir escenas de sexo explícito exclusivamente a partir de la palabra?

PERSONAJES

Él

Ella

Se ha procurado construir las escenas de sexo explícito por medio de la palabra. Cualquier signo escénico que pretendiera ilustrarlas sería, por lo tanto, redundante.

— I —

Salón oscuro de un bar.

Él: ¿Me invitás a sentarme?

Ella: Podrían vernos…

Silencio.

Ella: Si estás buscando un cliente…

Él: Tenés lindos pechos.

Silencio.

Ella: ¿Una copa de vino?

Él: Pago yo.

Silencio.

Ella: ¿Te gustan las viejas?

Él: Me gustan las cazadoras.

Silencio.

Ella: Los viejos me deprimen.

Él: ¿Por que son impotentes?

Ella: Tienen los ojos vacíos.

Silencio.

Él: A mí me aburren las plataformas de encuentros.

Ella: La virtualidad es lo único permitido después de la peste.

Él: Por eso. Lo interesante es la clandestinidad.

Silencio.

Ella: Y sin embargo… Nunca tuve tanto sexo como durante el confinamiento.

Él: Te habrás contagiado.

Ella: No veía más que a alguien… de quien ni siquiera recuerdo el nombre…

Él: ¿Joven?

Ella: Mucho.

Él: No creo que él tuviera el mismo cuidado.

Ella: Estaba tan solo y hambriento como yo.

Él: Ah… por eso…

Ella: ¿Se acercó a una sexagenaria? ¿Eso es lo que querés decir?

Él: Para algunos es un fetiche…

Ella: La piel arrugada, el vientre mórbido…

Él: No es mi caso, ya te dije que…

Ella: Pero sí el mío…

Él:

Ella: No busco los muslos tensos ni el pene urgente en un cuerpo como el tuyo…

Él: ¿Y qué buscás?

Ella: Eso mismo que persiguen ustedes… un capricho… como quien colecciona muñecas de trapo o fotos antiguas de niños en disfraces de carnaval…

Él: Un objeto…

Ella: Nunca un objeto me miraría con la intriga y el recelo con los que me estás midiendo vos…

Él: ¿Tu casa o la mía?

Ella: La tuya, para que se te pase el susto y quede desnuda tu curiosidad, que es lo que me excita…

— II —

Una cama en una habitación desnuda.

Ella: No, no te vayas… Quedate todavía dentro mío…

Él: Me gustó acabar en tu culo…

Ella: Y a mí que me mordieras la nuca…

Él: Estoy exhausto…

Ella: Yo quiero más…

Él: Un descanso…

Silencio.

Ella: ¿Un cigarrillo?

Él: No fumo…

Ella: Deberías. Es como el café después de una buena comida.

Él: Voy a anotar esa frase…

Ella: ¿Es para tu contabilidad de conquistas?

Él: Soy escritor…

Ella: Mierda…

Él: ¿Te molesta?

Ella: Me des-erotiza…

Él: ¿Qué esperabas? ¿Un agente de bolsa? ¿Un deportista?

Ella: Alguien que no se pareciera a mí…

Él: ¿Cómo?

Ella:

Él: ¿Sos escritora?

Ella: Dramaturga…

Él: Ah…

Ella:

Él: Por eso la colección… de muñecas, o de fotos, o de…

Ella: No te equivoques. No me interesa acopiar personajes como otros apuntan frases en su libretita…

Él: ¿Sabés? Me dieron muchas ganas de darte una palmada…

Ella: Adelante…

Él: Date vuelta…

Ella: No. Quiero que lo hagas mirándome a los ojos…

……

Él: ¿Te dolió?

Ella: No.

Él: ¿Otra?

Ella: Sí.

Él: ¿Más?

Ella: No. Ahora te abofeteo yo.

……

Él: Eso estuvo fuerte.

Ella: ¿Te gusta?

Él: Me vuelve loco.

Ella: Esperá. Quiero chuparte. Quieto.

……

Él: Perra.

……

Él: Sí, así, me inflamo adentro de tu boca…

……

Él: Eso, tu lengua en mi glande… Así, suave, lento… ¡Yegua!

……

Él: Me voy… Vení, vení que te parto, no me aguanto…

Ella: Sí, tomame toda… Haceme lo que quieras…

Él: ¿Te gusta?

Ella: Me muero…

Él: Yo también…

Ella: Me estoy muriendo…

Él: Me voy… Puta… Flor de puta…

Él y Ella: ¡DIOS!

……

Ella: No… quedate dentro… un poco todavía…

Él: ¿Qué hora es?

Ella: ¿Esperás a alguien?

Él: Sin preguntas…

Ella: Claro…

……

Ella: No usaste condones…

Él: No me lo pediste…

Ella: No…

Él: ¿Preferías que me los pusiera?

Ella: Prefiero que nada se interponga entre tu cuerpo y el mío…

Él: ¿Un acto de entrega?

Ella: No me hagas reír…

Él:

Ella: Sólo el placer de violar todas y cada una de las normas que nos impusieron…

Él: Una proclama de rebelión…

Ella: Eso suena un poco solemne, baby

Él:

Ella: Tu saliva con la mía, mi flujo con tu semen, tu sudor con mi aliento, todo unido, mezclado, corrompido…

Él: Eso suena bastante escatológico, lady…

Ella: Ideal para esta época, que se regodea en la muerte…

……

Él: Es mejor que te vayas, antes de que pase la patrulla…

Ella: Sí…

Él: ¿Te acompaño?

Ella: No es necesario.

Él: No sé si podremos…

Ella: ¿Vernos nuevamente?

Él:

Ella: Sólo si nos morimos de deseo…

Él: ¿Tanto…?

Ella: Sonó ampulosa esa frase…

Él: Demasiado…

Ella: Es verdad. No la anotes en tu libreta, por favor…

— III —

Un puente sobre el río.

Él: ¿Hace mucho que esperabas?

Ella: Me muero de frío…

Silencio.

Él: Creí que me seguían. Tuve que dar un rodeo…

Ella: ¿Quién?

Él: Un hombre. Pisaba fuerte. No sé, no me volví.

Ella: Está todo desierto…

Él: Es por el clima…

Ella: Es por el miedo…

Silencio.

Ella: Abrazame…

Él:

Ella: Fuerte, como si me desearas…

Él: ¿Te beso?

Ella: Un beso largo, como en el cine…

Él: ¿Con mucha lengua?

Ella: Y con tu cuerpo apretado contra el mío…

Él: ¿Así?

Ella: Más… que nos vea…

Él: ¿Quién?

Ella: Quien sea que nos espíe…

……

Él: Creo que se abrió una ventana…

Ella: Abrite el impermeable…

Él: El viento… tengo los dedos congelados…

Ella: Yo te desabrocho el pantalón…

Él: ¿Vas a chuparme?

Ella: ¿Te gustó cuando te lo hice, no?

Él: Me volviste loco…

Ella: ¿Querés que te lo haga de nuevo?

Él: No me hagas esperar, ¿no ves cómo se me puso?

Ella: ¿No es por el frío?

Él: No seas mala…

Ella: ¿O son los ojos detrás de las ventanas los que te excitan?

Él: ¿A vos no?

Ella: Pedímelo…

Él: ¡Qué!

Ella: Rogame que te chupe…

Él: Por favor…

Ella: Más…

Él: Chupame, perra, te lo pido…

Ella: ¿Por qué?

Él: Porque me volvés loco…

Ella: ¿Sí?

Él: Sí, yegua, muy loco, me muero…

Ella: ¿De veras?

Él: Me muero, puta, me muero de deseo…

Ella: Claro, baby, claro que sí, yo también me muero…

……

Él: Dios…

……

Él: ¡Dios!

……

Él: ¡Mi Dios!

……

Él: Vení, subí, dame tu boca…

Ella: No acabaste…

Él: Quiero inundarte toda, bajate la bombacha…

Ella: Sí, tomame entera…

Él: ¿Te gusta?

Ella: Te muerdo…

Él: Te pego…

Ella: Te mataría…

Él: ¡Matame!

Ella: ¡Matame vos!

Él: ¡Te mato!

Ella: ¡Te mato!

Ella y Él: ¡ME MUERO!

Suena una sirena.

Ella: Andate…

Él: ¿Eh?

Ella: Corré… rápido…

Él: ¿Y vos?

Ella: Soy vieja…

Él:

Ella: Creen que no soy un peligro…

Él:

Ella: Andá de una buena vez… antes de que sea tarde…

— IV —

Camarín de un teatro abandonado.

Ella: Creí que no vendrías…

Él: Convengamos que citarme en un teatro…

Ella: ¿No te resultó atractivo?

Él: Extraño… cuando menos…

Ella: ¿Porque está en ruinas?

Él: Porque está prohibido…

Silencio.

Ella: Pensé que era eso lo que te excitaba…

Él: ¿La clandestinidad?

Ella: Eso dijiste de nuestro encuentro… la primera vez…

Silencio.

Él: ¿Vivís aquí?

Ella: No…

Él: ¿Y para qué venís…?

Ella: ¿Qué son todas esas preguntas?

Silencio.

Él: Sin preguntas entonces…

Ella: También dijiste eso…

Él: ¿Sí?…

Ella: Cuando fuimos a tu casa…

Silencio.

Él: Sos muy… memoriosa…

Ella: No se puede hacer teatro sin tener buena memoria…

Él: Claro…

Ella: ¿Te fastidia?

Él: Me perturba…

Ella:

Él: Te hace… peligrosa…

Silencio.

Ella: No sé si me gusta cómo me estás mirando…

Él: ¿Cómo?

Ella: No veo que haya deseo…

Él: ¿Y qué ves?

Ella: Tampoco tiene sentido… esta conversación…

Él: Sólo querés sexo…

Ella: ¿Qué otra cosa?

Él: ¡Qué otra cosa, claro, con un capricho, con un objeto de colección!

Ella: ¡Eso lo dije yo!

Él: En nuestro primer encuentro, sí, ¡yo también tengo buena memoria!

Ella: ¡Pero a mí no me perturba ni me resulta peligroso!

Él: ¿No?

Silencio.

Ella: Todo esto… me hastía…

Él: Se soluciona fácil… Me voy…

Ella: No me refiero a vos…

Él: ¿Ah, no?

Ella: No te vayas…

Él: ¿Para qué me quedaría?

Ella: Tengo una botella de coñac…

Él: Huele a rancio…

Silencio.

Ella: Es el sudor del vestuario…

Él: ¿Eh?

Ella: El olor…

Silencio.

Ella: Estábamos en función cuando llegó la ordenanza… Los actores apenas tuvieron tiempo de cambiarse y huir…

Silencio.

Ella: ¿Una copa de coñac?

Él: ¿Por qué me citaste aquí?

Ella: Pensé que sería más seguro. La última vez, en el puente…

Él: Fue excitante…

Ella: Casi me detienen…

Silencio.

Ella: Me emboscaron en una esquina mientras esquivaba a la patrulla…

Él: ¿Y?

Ella:

Él: ¿Qué pasó?

Ella: Me pidieron documentos… Les dije que estaba buscando a mi perrito, que se me había escapado, que sin él no podía vivir, que lo quería como a un hijo… Les rogué que me ayudaran a buscarlo, caí de rodillas, me aferré a sus uniformes llorando… Uno de ellos me ordenó que me callara, pero yo seguía gimiendo y aullando, hasta que el otro me pateó para que lo soltara y yo quedé en cuatro patas sobre la vereda… Entonces empecé a ladrar, primero con un gruñido sordo, casi inaudible… después con furia, como una perra desgarrada… Los uniformados me miraron, con desconcierto… El que me había pateado levantó el bastón, como para destrozarme la cabeza… Pero el otro lo detuvo, y me escupió diciendo: “No vale la pena, es una vieja loca…” Eso me causó mucha gracia, y empecé a reírme a carcajadas, mientras los tipos se alejaban espantados…

Silencio.

Él: Buena escena…

Ella: Buena, ¿verdad?… Como tantas veces, me salvó el teatro…

Silencio.

Él: ¿Podrías servirme otra copa?

Ella: Queda para un último trago.

Silencio.

Él: El momento… en el que te pusiste en cuatro patas…

Ella: Cuando se me ocurrió ladrar…

Él: Sí…

Ella: ¿Te gustó?

Él: Mucho.

Silencio.

Él: ¿Podrías hacerlo… para mí?

Ella: Tendrías que… ponerte un uniforme…

Él: Esa chaqueta…

Ella: ¿La de Ui?

Él: ¿Perdón?

Ella: Estábamos haciendo La ascensión de Arturo Ui cuando cerraron el teatro…

Él: Ah…

Silencio.

Él: Podría servir…

Ella: Sí… y una correa…

Él: ¿Para atarte por el cuello?

Ella: Tu cinturón…

Él: Claro…

Ella: No te lo saques… Te lo saco yo.

Silencio.

Él: Me estás…

Ella: ¿Excitando?

Él: Como nunca…

Ella: Atame fuerte…

Él: Te puedo asfixiar…

Ella: ¿De veras?

Él: ¿No tenés miedo?

Ella: ¿De qué?

Silencio.

Ella: ¿Querés que ladre?

Él: Quiero que me muerdas…

Ella: Te puedo lastimar…

Él: ¿Y qué?…

Silencio.

Ella: Te quiero adentro…

Él: Rogame…

Ella: Por favor…

Él: ¿Por favor qué?

Ella: Penetrame…

Él: Más fuerte…

Ella: ¡Penetrame!

Él: Más, como con la patrulla…

Ella: ¡PENETRAME!

Él: ¡Aullando, que no te escucho!

Ella: ¡PENETRAME! ¡PENETRAME! ¡PENETRAME!

Él: ¡Tomá, perra, arrastrada, puta!

Ella: ¡Me muero!

Él: ¡Te mato!

Ella: ¡Me estoy muriendo!

Él: ¡Morite, perra, morite!

Ella: ¡ME MUERO!

Él:

Ella: ¡ME MUERO!

Él: ….

Ella: ¡ME MUERO!

Él: Ahora me muero yo, perra…

Ella:

Él: ¡Me estoy muriendo!

Ella:

Él: ¡ME MUERO!

Ella:

Él: ¡ME MUERO! ¡ME MUERO! ¡ME MUERO!

Silencio.

Él: ¿Me convidás un cigarrillo?

Ella: Me dijiste que no fumabas…

Él: Se me acaba de antojar…

Silencio.

Ella: Despacio… Pitada a pitada…

Él: ¿Así?

Ella: También el tabaco se ha vuelto una rareza…

Él: ¿Dónde lo conseguís?

Ella: En el mercado negro… Igual que el coñac…

Él: Ah…

Silencio.

Él: ¿Dónde la próxima vez?

Ella: ¿Te gustó?

Él: A rabiar…

Suena, lejana, una sirena.

Ella: No sé… si habrá una próxima vez…

Él: ¿Por qué?

Ella:

Él: ¿No te gustó?

Ella: No es eso…

Él: ¿Entonces?

Ella: Rondan… rondan todo el tiempo…

Él:

Ella: No creo que pueda volver a ahuyentarlos… como una perra…

Suena, cerca e interminable, la sirena.

— V —

Cementerio.

Él: Requiescat in pace…

Ella: ¿Qué hacés acá?

Él: Tal vez lo mismo que vos…

Ella: Me seguiste…

Él: No es mala idea hacerlo junto a una tumba…

Ella: Andate…

Él: ¿Quién es…?

Ella: No te interesa…

Él: ¿Tu padre? ¿Tu madre? ¿Un viejo amante?

Ella: ¡Fuera!

Él: No grites. El guardia, allá bajo el arco de entrada, nos está mirando.

Silencio.

Ella: ¿Por qué me seguiste?

Él: Quería verte…

Ella: No te creo…

Él: Me moría de ganas de que me chuparas la pija…

Silencio.

Ella: Aquí no…

Él: ¿Por qué?

Ella: Necesito estar sola…

Él: Es un muerto importante…

Ella: No sigas…

Él: No entiendo por qué tanto misterio…

Ella: No entiendo por qué tantas preguntas…

Silencio.

Él: Si no es tu padre, ni tu madre, ni un viejo amante… podría ser…

Ella: Mi hijo.

Silencio.

Él: Lo siento…

Ella: No tenés por qué sentirlo. No estaba enfermo…

Él: ¿No?

Ella: Lo mataron…

Silencio.

Él: ¿Una requisa…?

Ella: Durante la protesta, cuando cerraron el diario. Se había unido a los huelguistas…

Silencio.

Ella: ¿No lo sabías?

Él: ¡Cómo!

Ella: ¿Quién sos?

Él: No entiendo…

Ella: ¡Sí que entendés!

Él: ¡Estás gritando!

Ella: ¡Que venga el guardia! ¡No me importa! ¿A vos sí?

Silencio.

Él: ¿Cómo se te ocurre que podía saber lo de tu hijo?

Ella: Porque me estás siguiendo.

Él: Quería verte, estaba muerto de ganas de coger.

Ella: Trabajás para ellos.

Él: ¡Qué!

Ella: No sé cómo no me di cuenta antes.

Él: Estás loca.

Ella: ¡Sí! ¡Loca! ¡Completamente loca!

Silencio.

Ella: Desde que lo mataron.

Silencio.

Ella: Y creo que de eso te diste cuenta hace rato.

Silencio.

Ella: ¿Qué van a hacer conmigo?

Él: No sé de qué hablás.

Ella: ¿Qué van a hacer después de que les informes todo lo que sabés de mí?

Él: Es absurdo…

Ella: Reuniste algunas perlitas, como mis visitas prohibidas al teatro, entre el olor rancio del vestuario de Ui. ¿Sabías que Brecht escribió esa obra en el exilio para burlarse del ascenso del Führer? Buen dato para tus amos. Te van a felicitar.

Él: ¿Podrías frenar este delirio…?

Ella: Deciles que pueden matarme cuando quieran. A mí ya no me importa nada.

Él: Te daría una cachetada…

Ella: ¿De veras?

Él: O te abrazaría hasta inmovilizarte…

Ella: ¿Ante la vista del guardia?

Él: Nada más excitante…

Ella: Me estás apretando…

Él: ¿Querés que lo haga más fuerte?

Ella: Vas a ahogarme…

Él: ¿Sentís mi miembro?

Ella: Me está hurgando entre las piernas…

Él: Se va a hundir hasta tus entrañas…

Ella: Me duele…

Él: Como a una colegiala…

Ella: Despacio…

Él: Está urgido…

Ella: Más suave…

Él: ¿Así? ¿Te gusta?

Ella: Así…

Él: ¿Te lo saco?

Ella: ¡No!

Él: ¿Lo querés?

Ella: ¡Mucho!

Él: Tomá. Tomalo todo, es tuyo.

Ella: Tomame. Tomame entera.

Él: ¡Puta!

Ella: Me muero…

Él: Yo también…

Ella: ¡Te odio!

Él: ¡Me voy!

Ella: ¡Te odio!

Él: ¡Me voy!

Ella: ¡TE ODIO!

Él: ¡ME VOY!

Él y Ella: ¡DIOS!

Silencio.

Él: El guardia…

Ella: ¿Qué?

Él: Está viniendo…

Ella: ¿Se decidió al fin?

Él: Está armado…

Ella: ¿No vas a correr?

Él: No…

Ella: ¿Viene por mí?

Él: Esta vez corramos juntos.

Ella:

Él: Dame la mano. ¡Rápido!

— VI —

Vagón de un tren abandonado.

Ella: Nos seguirán hasta aquí…

Él: Difícilmente… Desde que levantaron los trenes, sólo los linyeras y los locos viven de este lado…

Ella: ¿No hay ninguno entre ellos que encuentren sospechoso?

Él: ¿Un… fugitivo?

Ella: Un disidente…

Silencio.

Él: Ninguno buscaría este refugio. Es preferible la muerte que habitar este infierno…

Ella: ¿Y nosotros?

Silencio.

Ella: ¿Por qué me arrastraste hasta aquí entonces?

Silencio.

Ella: ¿Fue para salvarme? ¿O para perderme?

Silencio.

Ella: ¡Hablá!

Silencio.

Ella: ¿Quién sos? ¿Qué querés de mí?

Silencio.

Ella: Ibas a entregarme, ¿no?

Él: Dame un cigarrillo.

Ella: No tengo.

Él: Te quedó uno… en el bolsillo.

Silencio.

Él: Y fuego. Guardás el encendedor en el corpiño.

Silencio.

Él: Tomá una pitada. Te va a hacer bien.

Silencio.

Ella: ¿Por qué no lo hiciste?

Él: ¿Qué cosa?

Ella: Entregarme…

Él: ¿Cómo estás tan segura…?

Ella: ¿Qué te hizo arrepentirte?

Silencio.

Él: Hablame de tu hijo…

Ella: ¿Qué más quieren saber? ¿De qué les sirve? ¡Está muerto!

Él: ¿Te quería?

Ella: ¿Eh?

Él: Yo odio a mi madre…

Ella: No… no me interesa…

Él: Ni siquiera la odio… Me es… absolutamente indiferente…

Ella: ¿Hay algo o alguien por quien tengas algún sentimiento?

Silencio.

Él: Él…

Silencio.

Él: Era de una belleza extraordinaria… La primera vez que lo vi, pensé que había sido una aparición… Tendría unos… dieciocho años… Me buscó con la mirada apenas me acodé en la barra de aquel bar sórdido… Bebía algo fuerte… creo que era vodka… la copa resultaba extraña en sus manos… como un arma en el puño de un niño… Supe que me había turbado, porque sentí un sudor de fuego en la nuca, y al bajar la vista advertí que el hielo de mi whisky temblaba… Pagué antes de terminarlo, y salí… No había hecho dos pasos cuando intuí que me seguía… Dos cuadras después, me arrinconó contra la persiana de un galpón, y se apretó contra mi boca… Su lengua me buscó con avidez la entrepierna y no hizo falta que se esforzara demasiado para que mi pija se encendiera y me volcara con un alarido brutal que arrancó de cuajo el silencio del callejón…

Ella: Otra historia sucia…

Él: ¡No!

Silencio.

Él: Desde ese día viví afiebrado… Se me había adherido a la piel, como un eczema… Quería arrancármelo, como quien se rasca hasta desollarse… No sé si por miedo a la persecución o al escarnio… Era la primera vez que ardía así por un cuerpo… Era la primera vez que desesperaba por un hombre… Pero cuanto más quería evitarlo, con más furor lo deseaba… Consumía las horas esperándolo… Nada tenía sentido, salvo la avidez de su carne dentro de la mía… El día que faltó a nuestro encuentro, salí enloquecido a buscarlo… Me cegó la ira cuando lo vi riéndose con una chica en la penumbra de un bar… Lo arrastré de un brazo hasta la calle, le partí la boca con un puño, y me lo cogí como un perro rabioso sobre el empedrado… Desde entonces, empecé a seguirlo… Gozaba de ser su sombra, de espiarlo sin descanso sin que él lo advirtiera, de presenciar cada uno de sus actos, de descubrir sus secretos… Supe así que frecuentaba a una célula de agitadores, que hacían tareas de sabotaje… Le encargaban cosas nimias… como activar un parlante con cumbia durante el toque de queda… o plantar una pila de mierda frente al ministerio antes del amanecer… De tanto en tanto, accedía a que nos viéramos… Que se me entregara sin sospechar de mi acoso me hacía gozar con una violencia imprevista… Las citas se fueron espaciando… y aunque en la cama nos revolcábamos a gusto, creo que había empezado a temerme desde la noche en que lo golpeé… Hasta aquella mañana en la que decidió dejarme, y con una risita de ángel vengador, aclaró que sería para siempre… No sé si fue un impulso irracional… pienso más bien que lo hice después de un frío cálculo… Tenía dos opciones: dejarlo ir y sufrir que otros disfrutaran de lo que me habían quitado… o cortarle las alas… y que nunca más volviera a ser de nadie… Al día siguiente lo denuncié… Me gusta sentir que no hubo traición… sólo el final inevitable de un amor apasionado…

Silencio.

Ella: No sé por qué me estás contando todo eso…

Él: Soy escritor, ¿no? Cuento historias… vividas o soñadas…

Silencio.

Ella: ¿A mí… también vas a traicionarme?

Él: No…

Silencio.

Él: Su caso no se trata de traición, lady. Sólo es parte de la rutina.

— VII —

El mismo vagón. Ella, sola, echada en el suelo y abrazada a sus piernas, mira obsesivamente el hueco oscuro que da al exterior. Tiempo. El silencio ensordece como un zumbido. Largo tiempo.

Voz de Él: Conseguí un pan…

La figura de Él empieza a recortarse en la negrura.

Él: … y dos latas de cerveza… un banquete…

Silencio.

Él: Los cigarrillos te los debo…

Ella: ¿Y ellos?

Silencio.

Ella: Creí que volverías con ellos…

Silencio.

Ella: ¿Cuándo vienen…?

Silencio.

Ella: ¡No soporto más esta espera!

Él: Tampoco yo…

Ella: ¡¿Vos?!…

Silencio.

Ella: No entiendo…

Él: ¡Qué es lo que no entendés!

Silencio.

Ella: ¿Qué querés hacer conmigo?

Él: ¿No te quedó claro?

Silencio.

Él: Creo que ni él supo chuparme tan bien la pija.

Silencio.

Ella: ¿Por qué esta dilación absurda…? ¿Qué sentido tiene seguir demorando el desenlace?

Él: No soy un buen dramaturgo…

Silencio.

Ella: Te excita… El miedo en mis ojos… la ansiedad en mis tripas… hasta el olor de mi mierda… todo eso te excita…

Él: Ya no…

Silencio.

Él: La primera vez sí… Recuerdo el vértigo, el bombazo en el pecho, el hervor en la sangre, después que lo denuncié… Como si una risa convulsa me hubiera abierto de un tajo… y anduviera con las vísceras al viento… Nunca volví a sentir… esa violencia… esa plenitud de estar vivo…

Silencio.

Él: Después… todo fue repetición… hastío… pura rutina… Pero creo que eso ya te lo dije…

Silencio.

Él: Es hora de cambiar de aire…

Silencio.

Él: De volver a dar un salto… Sería un privilegio, aun si fuera el último… Hay desgraciados que se pudren sin haber saltado en su vida…

Ella: ¿Y por qué conmigo?

Silencio.

Ella: ¿Por qué alterarías tu… rutina… conmigo?

Silencio.

Él: ¿Esperás una galantería?

Ella: No me insultes…

Silencio.

Él: Tomemos la cerveza… antes de que pierda el frío…

Silencio.

Ella: No sé si me das asco o envidia…

Él: ¿Envidia?

Silencio.

Ella: Yo nunca sentí esa plenitud…

Él:

Ella: … esa violencia de la vida.

Silencio.

Ella: Siempre viví envuelta en una niebla… como si el mundo a mi alrededor fuera… un piano… al que le hubieran puesto la sordina…

Él: ¿Y el sexo…?

Ella: El sexo… Tal vez haya sido un modo de aliviar la desesperación…

Silencio.

Ella: Creo que sólo encontré algo de saciedad en la insurgencia… En cada gesto clandestino… desde el libro vedado que se adivina a oscuras en la pubertad… hasta el texto provocador que se declama a gritos en un escenario… se huele la propia muerte… Es un instante… un breve fulgor… en el que la vida alrededor… como el piano… suena…  

Él: Como ahora…

Silencio.

Él: Deberías estarme agradecida…

Ella: ¿De veras?… Nada más lejano al vértigo de la insurrección que esta trampa para ratas… Aquí sólo huele a podrido…

Suena, muy lejana, una sirena.

Ella: Ahí están… finalmente…

Él: Sí… Todavía estás a tiempo de irte…

Ella: ¿Irme…?

Silencio.

Él: Empecé a seguirte como si fueras un número más… una ficha ignota en un expediente… Aunque es preciso reconocer que hubo ciertos momentos… breves atisbos de placer… inesperados…

Ella: ¡Ahorrame los detalles! ¡Al grano!

Él: Tal vez hubiera sido mejor persistir en la ignorancia… repetir el manual de una rutina fija… Pero no había modo de esquivar la evidencia… Tenía que volver a aquel instante en el que todo había empezado… Traté de recordar si alguna vez pronunció tu nombre… o si se refirió acaso a tu existencia… Nunca te mencionó… Seguramente te quería… o al menos te admiraba, porque siguió tu camino… aun sabiendo que no hay rebeldía posible sin pagar en carne propia el precio…

Ella: ¿De qué hablás…?

Él: Recibí la orden con una carcajada… Parecía una broma que tuviera que volver al origen para rematar hasta la simiente de quien me había convertido en un burócrata abyecto… Después sentí curiosidad… ¿Qué restos suyos podría encontrar en quien lo había engendrado? Quizá un rastro de su mirada altiva… un despojo de su sudor ardiente… ¿un eco de su insolencia que pudiera volver a excitarme y sofocar después con un puñetazo certero?

Ella: No es posible…

Él: Me costó entender que no se trataba de una broma… sino de un destino… Creo que me confundió la sordidez de nuestras primeras citas… Podía reconocer esa afición al sexo urgente… pero tu avidez por el cuerpo joven como probable pieza de una colección… no estoy seguro de que él la conociera y mucho menos que la hubiera comprendido… o aprobado…

Ella: Miserable…

Él: Veo que empezaste a entender la situación…

Silencio.

Él: Nunca reporté tus informes…

Silencio.

Él: Decidí defeccionar… es decir, condenarme…

Suenan, más cercanas, las sirenas.

Él: Vienen por mí… Vos estás limpia… por ahora…

Silencio.

Ella: ¿Qué se supone que debería hacer?… ¿Qué es lo que esperás? ¿Que nos volvamos a acoplar como dos bestias furiosas y que acabe arrancándote la pija con los dientes? ¿Que te asfixie hasta quebrarte la nuca entre mis manos? ¿Que te destroce el cráneo con el taco de mis botas?

Silencio.

Ella: O quizá esperes que me vaya… que espíe desde lo oscuro cómo te arrastran a patadas hasta un auto… y cómo te vas alejando para siempre… para después ponerme a salvo y retomar mi vida como si toda esta inmundicia nunca hubiera ocurrido…

Silencio.

Ella: Me pregunto cuándo comenzó todo… cómo fue que nos volvimos tan viles… en qué momento nos acostumbramos a convivir con la infamia…

Silencio.

Ella: Mi hijo era mejor que yo… No lo supe hasta que me lo arrebataron… Demasiado ocupada estaba en mirarme en el espejo de mi melancolía… en complacer mi vanidad de artista mediocre… en pronunciar discursos incendiarios desde la comodidad de la inacción…

Silencio.

Ella: Creo que estaba empezando a resignarme… Él había sido capaz de sacrificarlo todo a sus ideas… y yo podía encontrar el consuelo de una muerte heroica… En cambio…

Silencio.

Ella: Saberlo en manos de un alcahuete… de un informante gris… de un triste lacayo… Él no se merecía un final tan sórdido….

Silencio.

Ella: Y yo… ¿Cómo se te ocurrió pensar que podría sobrevivir a tanta miseria?

Silencio.

Ella: La sola idea de que entregándote purgarías el sacrificio de mi hijo me repugna… ¿De verdad creés que todo puede reducirse a una burda transacción? ¿Que es posible comprar mi vida a cambio de tu redención?.… Voy a decírtelo con la misma brutalidad con la que concebiste este plan roñoso… ¡Tu vida no vale nada!

Silencio.

Ella: ¡Nada!… Y la mía tampoco… después de haberte conocido…

Silencio.

Él: Debo admitir que la escena es efectiva… Aunque esta vez, a diferencia del comienzo, sea usted quien suene tan solemne, mi lady…

Silencio.

Él: Sobrevivirás, sin embargo… estoy seguro…

Ella lo mira largamente.

Suenan, ensordecedoras, las sirenas.

Largo tiempo.

Apagón


PATRICIA ZANGARO (Buenos Aires, 1958) es dramaturga y docente. Ha estrenado, entre otras obras, Hoy debuta la finada; Pascua rea; Por un reino; Auto de fe… entre bambalinas; Tiempo de aguas; El confín y Última luna; África, un continente; Tango; Dueto nocturno; El barbero de Suez; Libertins. 
Como dramaturgista, trabajó para el Teatro San Martín y el Teatro Nacional Cervantes junto a directores como Robert Sturua, Lluís Pasqual, Jorge Lavelli y Leonor Manso. El espectáculo de su autoría, A propósito de la duda, que dirigió Daniel Fanego en el año 2000, dio inicio al ciclo de Teatro por la identidad, que acompaña desde entonces la lucha de las Abuelas de Plaza de Mayo. Sus obras han obtenido diversos premios y han sido publicadas y traducidas al francés, portugués, italiano, alemán e inglés. Entre 2010 y 2020 estuvo a cargo de la dirección de la Maestría en Dramaturgia de la Universidad Nacional de las Artes (Buenos Aires).

Las autorizaciones para el montaje de esta obra pueden solicitarse a la autora en la siguiente dirección electrónica: patricia.zangaro@gmail.com

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