Monólogo para actriz y voces
Delirio 3:45 a. m. es un viaje por la mente de una mujer que, en un estado alterado, experimenta una profunda crisis. Es un canto, un poema escénico, donde la protagonista nos introduce en su mente fragmentada durante diferentes momentos que tienen lugar en espacios reales y oníricos. Una obra que habla sobre la fragilidad de la mente y de la vida humana.
A Ángeles Marín, por haber contado su historia,
por atreverse a vivir. Por la inspiración…
Por los relatos y los entrañables cafés.
Personaje
Estela, una mujer madura en los cincuenta. Ella es una mujer fuerte, a la moda, elegante. Bien vestida, en su piel. Una mujer que ha sabido envejecer. Atractiva y dinámica.
Lugar y tiempo
Época actual. Muchos lugares, un departamento, una ciudad, un bosque, la mente de nuestra protagonista. Lugares imaginarios.
— Siempre se llega al mismo lugar —
Había manejado toda la tarde, esta vez sí, tomé la carretera y salí de la ciudad,
eran los primeros días del año y hacía mucho frío, mucho. Entré al bosque y llegué, sabía que iba a entrar y tratar de hacer algo que tuviera que ver conmigo,
recomponerme, y entré en ese bosque. No tenía miedo porque ya había pasado lo
peor, lo peor que puede pasar alguien, meses de incertidumbre, meses de depresiones, meses de ir y venir, en un estado de alerta, en un estado de alerta
total, nunca supe…
¿Cómo había llegado hasta ahí?
¿Cómo mi mente se había fragmentado?
¿Cómo había llegado a la peor crisis de mi vida?
¿Cómo sentí eso que la gente llama locura?
¿Cómo sentí que perdía el pie?
Y caía y caía en un abismo.
Mi mente se había hecho pedazos.
Nada funcionaba: fatiga, miedo, ansiedad, llantos.
Son esas cosas que pasan y pasan cuando menos nos damos cuenta. Dejamos
de controlar todo lo que nos conforma y entonces una caída tras otra, tras otra y
tras otra.
Ahí estaba en ese bosque después de manejar horas y sabía que me iba a adentrar en él. Estaba segura que, como nunca, hoy sería fuerte, enfrentaría a muchos de mis demonios y era la única oportunidad que tenía para entrar al laberinto y matar mi propio minotauro, mi monstruo interior y así lo hice.
Entré en el bosque, sin miedo.
Oía una cascada a lo lejos. Había luna llena y decidí no mirar más mi celular.
Decidí sólo recuperar mi parte animal y correr por el bosque, sola, a esas horas de
ese atardecer, de pronto cayo la noche.
No tuve miedo, porque lo que había padecido todos esos meses era peor que
adentrarme en ese bosque y ver qué pasaba.
Sin aparente causa, había tocado fondo.
Sólo llegué ahí.
Y estamos atrapados.
Los seres humanos estamos atrapados en nuestras mentes.
Con una sensación de abandono y de no saber por dónde.
Era una molestia.
Crisis.
Angustias.
Pero yo ya había salido de todo eso.
Había encontrado un sentido a la vida.
Había.
Así que me metí en el bosque, resuelta a ver y enfrentarme por última vez.
Así que dije, ¿qué más puedo perder?
La muerte me espera todos los días.
O no, lo mejor es que he estado muerta los últimos 365 días. Un año.
Me adentro en el bosque.
Oigo gritos. Oigo mujeres.
Me esperan…
La mujer desaparece en la niebla del bosque. Se oyen gritos y luego risas.
— Los primeros días —
En el departamento.
En un estado de alerta me encuentro, es imperante que cuente mi historia.
Los acontecimientos de los últimos días me han dejado devastada.
No me acuerdo de cómo llegué aquí, cuántas veces he tenido que manejar huyendo de mí… Hace 4 años compré una camioneta, único vínculo de mí con el
mundo. Manejo sin parar, cada que puedo me pierdo en los segundos pisos, carreteras aledañas a esta gran ciudad. Manejo horas y horas sin sentido, eso ha pasado constantemente desde los últimos años. Cuando un día me diagnosticaron
con una palabra que todo mundo usa pero nadie sabe exactamente lo que significa: depresión.
Sí, el psiquiatra dijo: depresión.
“Usted tiene una fuerte depresión. Empezaremos con los antidepresivos.”
Y yo lo sabía porque desde antes yo ya estaba encerrada en mi misma.
Porque desde antes de que oyera esa palabra resonando en mi cabeza yo ya me había quebrado.
He dicho muchas veces a algunas amigas que estoy medicada y me miran:
“Qué rarita…”
“¿Acaso, está loca?”
“Pobrecita.”
“Pero ¿por qué si lo tiene todo?”
Las dosis de medicamentos hizo su efecto.
Nada de nada: ni alegre ni contenta.
Las dosis de medicamentos.
Voy a volar…
Estoy volando.
Estoy en mi recámara y vuelo.
Qué sensación.
La medicación es lo mejor…
— En un bosque —
Los bosques me gustan, son imágenes que me dicen mucho. He conocido muchos bosques, es como entrar en las historias de hadas y brujas, esas cosas, y sí, mi abuela me enseñó de brujas, chamanas y nahuales. Ella conoció brujas y esas cosas, allá en el pueblo donde nació.
Manejo por la carretera y miro el bosque. Tengo ganas de adentrarme en él y perderme.
Regreso a casa.
Y en el auto lloro sin parar.
— Imagen: un sueño —
Una mujer vomita, está vomitando sangre,
Se está curando.
Ella: ¡Estoy vomitando sangre!
¿Qué está pasando?
Voces:
Te estás curando.
— La realidad que lastima los ojos como una luz de sol en invierno —
En una calle.
Ayer fui a la televisión, juntas y juntas y juntas, escapé…. Tomé el coche y manejé
casi hasta la salida de la ciudad, y cuando iba a pasar la caseta me di cuenta de que había manejado mucho y no sabía a dónde iba ni por qué. Hace unos años que me siento muy mal.
Pero nadie, ni yo, sabe qué me pasa.
Vida perfecta.
Casa perfecta.
Marido perfecto.
Gato perfecto.
Sueldo perfecto.
No sé qué me pasa, nunca sé. A veces no tengo que ir a la televisora y me quedo en casa, y cuando me quedo en casa, pues me visto, tardo como dos horas en arreglarme, y me salgo y muchas veces no sé a dónde voy; pero no me gusta quedarme en casa, si me quedo en casa, me acurruco en un rincón y me quedo pasmada. O luego me quito toda la ropa de nuevo, fuera ropa y zapatos.
Estoy aquí en las cobijas y sólo una parte de mí cara sale al aire, el viento es gélido, hace frío, es un otoño largo y será un invierno muy, pero muy largo.
Alguien me busca.
Suena el teléfono, no voy a contestar.
Mi marido, nunca está.
Sale de viaje…
Hace mucho que estoy sola y perdida.
— Vida que se mueve como una rueda —
En los pasillos de la televisora, se dice: “Cuidado con ella, es una cabrona, es muy macha, es muy violenta y, además, cuidado, el año pasado y antepasado cayó en una crisis.”
Y entonces todo mundo cuchichea por los pasillos de la televisora y dicen: “Pobrecita, se volvió loca.”
Y ustedes, señoras del mercado, ¿por qué me miran así?
¿Quiénes son ustedes, honorables damas, para juzgarme como juzgaron a Medea y a Electra?
Señoras del mercado, vengo hasta ustedes y me planto y les digo: dejen de cuchichear en los pasillos.
El sueño, lugar mágico, encantador, el sueño reparador.
Voy manejando, todo periférico, todo en automático, veo muchas mujeres caminando, no sé qué pensar. Hay muchos perros muertos en la calle.
No sé qué pensar, llevo dos horas manejando sin rumbo.
Es de noche, me perdí. Me veo en el espejo del retrovisor y pienso que soy horrible. ¡Me parezco tanto a mi madre, la misma cara, la misma expresión, lo
mismo todo!
Soy una ejecutiva de la cadena más importante de la televisión.
Tengo 55 años.
Y ya no sé más.
¿Cómo llegué aquí?
El deseo, el deseo es verte en la mirada del otro.
El deseo son unos ojos que te desean.
Que te digan cosas hermosas, que te den alegría, que te den… pero he dejado de mirarme, de apapacharme.
Depresión.
Angustia
Duelos.
Tristezas y crisis.
Voy al súper y lloro.
Voy al gimnasio.
Me visto: traje sastre de marca.
Todo perfecto.
Zapatos de 3 000 pesos.
Me quito la ropa y me meto en la cama.
Salí con mis amigas y lloré, no sé qué me pasó, me puse mal.
La locura, desorden del corazón, la cabeza y el cuerpo.
— Sueños I —
Nuestra mujer, está ahí, es de noche, noviembre del 2012. Ha bebido y fumado mariguana, tiene miedo, no duerme. Pobrecita, me gustaría abrazarla y decirle: todo va a estar bien. Pero yo ahora sé que nada va a estar bien.
¡Pide ayuda, linda! No me escucha, ella en un momento, llora, no está más en la mirada del otro, no está más en el deseo del otro. Grita, llora, se levanta, abre la ventana
y se arroja al vacío.
— En el nido —
En el departamento.
El sueño, lugar mágico, encantador, el sueño reparador.
Estoy despierta, alerta y la cabeza y el corazón me dan vueltas.
Agosto. Siguen los insomnios.
¿Cómo llegué aquí?
El cerebro explotó.
He aquí el recuento de los daños. Infinidad de tiempo.
El hogar.
El hogar es el nido protector.
Ahí nos quedamos, afuera quién sabe.
Más o menos así pasó la historia.
Las cosas que me conforman.
Mi esposo.
Mi carrera.
Mi gato.
La casa.
Los muebles.
El estatus.
Viajes.
Tranquilidad.
Dinero.
Casa y estabilidad.
Un día todo eso se esfumó; de un día para otro, todas esas cosas ya no me
decían nada.
No había más para mí. Y entonces, ¿qué hacer?
Tengo junta a las 10 de la mañana son las 9:45 y estoy paralizada en este rincón del cuarto.
Traje sastre de marca, de moda; todo impecable.
Estoy acá, ahora, desde las 7 de la mañana. Y ahora vestida y perfumada, me quedo aquí en este rincón de mi cuarto sin poder moverme.
El otro día la señora de la limpieza me sorprendió en el clóset, metida en el clóset.
Me miro, pero yo creo que ya sabe que soy un poco rarita.
Me dijo: “Señora Estela, ¿qué hace metida en el clóset?”
Y me quedo horas pasmada.
Inmóvil, mirando, nada más mirando.
En la oficina nadie se da cuenta de que lloro todo el día y tengo ataques de pánico. Les hago creer que todo fluye y soy feliz.
Mi cabeza da golpes y el cuerpo me duele y tengo ganas de llorar. No hay más qué decir.
Voy a entrar a psicoanálisis.
Regreso al gym y no sé qué más…
¡Que alguien me ayude!
Mi cabeza va a explotar.
¡No puedo más!
¡No quiero más esto! ¡No quiero ser esto!
Ahora ya tengo que madurar.
¿Madurar? ¿He dicho madurar?
— Huidas —
En el automóvil.
Son las tres de la mañana y estoy sola, salgo del edificio donde vivo a esa hora.
Mi esposo está fuera por un trabajo en Puerto Escondido. Yo salgo y manejo en
una ciudad semivacía, donde la mayoría de la población duerme y está feliz.
Manejo todo en automático y con la música a todo volumen.
No hay más…
Es Norah Jones.
¿A dónde voy?
No lo sé.
Sólo sé que debo avanzar.
Las cosas que me definen:
Me gusta el chocolate.
Me gusta la ropa y los zapatos.
Tengo bonita sonrisa.
Me gusta que los hombres me deseen.
Me gusta beber vino, mezcal y champagne.
Me gusta comer.
Me gusta coger.
Y me gusta bailar.
¿Estoy triste?
¿Cómo estoy?
¿Voy a morir?
Hay un malestar.
Esta ciudad es peligrosa, y yo, en el coche a las tres de la mañana, quién sabe a dónde voy. El portero del edificio se me quedó mirando de una manera extraña.
Pero supongo que, supuso que había una emergencia.
Me miró como se mira a alguien que hace tonterías.
Y tiene razón: ¿qué estoy haciendo en este pinche coche a las 4:30 de la madrugada manejando?
Ya veo los anuncios que anuncian la salida a las carreteras más próximas a la ciudad.
Ya llegué casi a la salida de la ciudad.
Pasajes boscosos y fríos.
Yo ya no puedo más.
Bueno, es hora de pararme en una gasolinera y pedir un café.
¿Qué pasa?
Allá a lo lejos…
Son brujas que salen del bosque con fuegos y antorchas.
Nadie las ve más que yo.
¿Son alucinaciones?
No, son reales, más reales que todo lo que hay a mi alrededor.
Los medicamentos psiquiátricos son peligrosos.
Nada de alcohol, dijo el médico muy serio.
Los efectos de los medicamentos: somnolencia, náusea, taquicardia.
Estaciono el coche cerca del bosque y bajo siguiendo a esas mujeres.
Nadie las ve y nadie me ve.
Soy un fantasma.
¿Mamá, estás ahí?
— Bosque —
Voy a caballo, soy una amazona, nada me da miedo.
Me bajo del caballo.
Camino, llego a un lago. Hay muchas mujeres que entran desnudas a estas
aguas. Yo las miro y se ríen conmigo.
Se parecen a mí, un poco.
Hay niebla.
Una procesión de mujeres, se parecen a mí.
Me agarra una vieja de la mano y me guía, su cuerpo es viejo y arrugado. Me agarra como una madre, con mano firme y tierna.
Así voy a estar un día, seré vieja…
Y ella va por ahí, sin pudor.
Porque no le importa su vejez.
Ella me dice: “Te estás curando. Tienes que entrar en el bosque, esto es sólo un sueño.”
Despierto en plena carretera, son las 7 de la mañana.
Regreso a casa.
— Los orígenes —
Mi madre.
Envejezco…
Me acuerdo de mi madre muchas veces.
Cada vez me parezco más a ella, en todo.
Me asomo al espejo y me doy cuenta de que soy mi madre.
La amé…
Ella se quedó sola y deprimida años y años.
Eso es un tema que no se menciona en la familia.
Y mucho menos alguien dice la palabra locura.
Cuando mis hermanos supieron que yo había parado en el psiquiátrico, guardaron
silencio y mi marido guardó silencio.
Todos guardaron silencio y nadie menciona esas cosas que pasan y que no le
gustan a nadie.
Porque que te digan que tu mujer está loca, en crisis y medicada, y que tu hermana no puede más, pues eso a nadie le gusta.
¿Por qué las mujeres permitimos esto?
¿Por qué?
¿Que alguien me explique?
— Sueños II —
Ha llamado, le ha dicho: “Me voy a aventar por la ventana, me siento mal”.
No duerme. ¡Se va a aventar por la ventana!
Me voy a aventar por la ventana.
Aquí voy… abro la ventana.
El aire gélido de la noche de noviembre entra por la ventana.
Es una noche de invierno.
— En la ventana —
Tengo una vecina en el departamento de enfrente, es un zombi.
Ella me mira y ambas sabemos, por la mirada, que tenemos los mismos problemas.
No necesitamos vernos, hablar o explicarnos.
Yo sé que ella está igual que yo.
Medicada.
Tiene un novio, los he visto hacerse el amor toda la noche.
Hacen el amor horas y horas.
Tiene sus frascos de medicinas como las mías, las pone en la ventana y cada mañana la veo tomarse su dosis de medicación. La dosis que le permitirá vivir
un día más. Y coger como coneja.
Es guapa.
Se parece a mí. Soy yo.
Es una actriz, ha de tener como 27 años.
Me paso mucho tiempo espiando por las ventanas.
Es una mujer que se medica y hace el amor.
— 3:30 de la tarde —
En el automóvil.
Salgo de la oficina y manejo rumbo a la salida de la ciudad.
No puedo hablar con nadie.
Mi psiquiatra no entiende nada.
Hoy en la junta no podía concentrarme.
No hay más.
Puede ser una cosa extraña la mente humana.
Cuando me doy cuenta, son las 10 de la noche.
¿Qué hice todo este tiempo?
Cuarenta mensajes en el teléfono.
En ese momento lloro y doy vuelta para regresar a casa.
Devastada.
— Más tarde, en el nido —
En el departamento.
¡Aúllo, la cabeza me explota, cierro los ojos y la temperatura del cuerpo sube y sube.
Me quemo…
Hace calor, aunque afuera de la cama hace frío. Son las 3:30 de la madrugada, grito… grito de dolor.
Hoy las palpitaciones no paran, el dolor en los ojos. Mis ojos rojos explotan. Grito,
vomito, me quiebro. No puedo más…
Mañana voy a estar hinchada de nuevo; es el cortisol, es este maldito estrés el que hace que mi cutis sea así, hinchado y feo, y las bolsas en los ojos, ¿cómo voy a hacer otro día, cómo esconder esta desgracia que es mi rostro y también mi cuerpo, el cortisol hace que una se hinche y parezca abotagada.
— Ideales de vida —
Tener el cabello largo y vivir en la playa.
Meditar y hacer yoga.
No preocuparme más por nada.
Vivir como hippie.
Tener una casita frente a la playa y ser feliz.
No estar más en la mirada del otro.
Tener un huerto.
Tener un restaurant de cocina vegetariana.
Estar en paz.
Viajar por el mundo.
Tener amigas.
— En el bosque. Purificación —
Voy en un caballo dentro del bosque espeso y con niebla, no tengo más miedo, voy como una amazona, lo que siempre he querido ser. Voy y me curo, me estoy curando, y de mi cuerpo sale sangre porque es así como una mujer se debe curar, como una guerrera.
No tengo más miedo. Voy y las amazonas de todos los bosques van conmigo cabalgando como debe ser entre féminas guerreras, solidarias y amorosas.
Entonces entiendo que tengo que hacer un gran sacrificio a las diosas por haberme abandonado tanto, y todas las brujas, nanas y abuelas salen y me perdonan, porque saben que me voy a curar, para volver a mí… Estar otra vez en mí.
Realidad.
La vida es bella; no, no lo es. Un amigo gritaba el otro día: “La vida es bella y es bella porque siempre hay una posibilidad de encontrar una flor que se abre, un amor, una esperanza, una sonrisa”.
¿Por qué llegue aquí?
Nadie lo puede saber, lo único que sé es que un día yo misma llegué aquí, le dije al doctor “Por favor, doctor, enciérreme, no puedo estar allá afuera, no sé cómo hacerle, no sé cómo vivir. A veces me levanto y tengo una sensación de vacío y de no saber para dónde ir y qué decir. No sé qué hacer con mi vida, a dónde ir, cómo
hacerle, qué decir y qué mirar, la vida ha perdido sentido”.
Tengo 55 años, vaya edad, catastrófica. No lo sé, así es.
¿Por qué?
No lo sé es sólo que así es.
La incongruencia y la incongruencia y la incongruencia. No, no voy a decir nada que se pueda usar en mi contra.
Señoras del mercado, dejen de cuchichear por los pasillos.
Soy una señora en crisis…
Así que camino altiva entre los puestos del mercado.
Surcos…
Marcas…
Manchas….
Perdida….
Dejar de amar.
Yo tenía miedo.
No lo sé, los medicamentos hacen su efecto y vuelo.
No puedo decir que tenga que hacer algo que no quiero.
Nunca más. Y nunca más.
Vuelo y muero.
Muero y renazco.
Muero.
Mi madre era muy parecida a mí. Ella, supongo, no lo sé, nunca lo he comprobado, creo que perdió la cabeza en los últimos momentos de su vida y perdió la cabeza como se pierde cualquier cosa.
Al final, ella estaba… no lo sé, he preguntado a mis hermanos si recuerdan algo de estos acontecimientos y nada, no dicen nada.
Cuando me miro al espejo, siempre me viene la imagen de mi madre.
Hoy digo que mi madre y yo, o más bien que cada vez me parezco más a ella; no sé, pero a las mujeres nos aterra parecernos a nuestras madres, parecernos a ellas detona algo increíble, que no se explica, pero a cualquier mujer que le preguntes eso es lo que te va a decir: que cada vez se parecen más a su madre y eso aterra, de
verdad aterra, aunque no queramos.
¿Y por qué aterra?
Chingada madre, si son muestras madres.
Aterra.
Voy a gritar, voy a contar…
— El tiempo es una rueda —
Pasaba el tiempo, más tarde, más temprano. Medio funcionaba en mi delirio.
Nadie se daba cuenta de nada.
Pasaba horas en casa encerrada, en la oficina no decían nada.
Mi marido no estaba.
Así pasaban los días y yo en el declive.
Me pasaban cosas que no pasan a nadie.
— Historia del coche I —
Como todos los días, sonó el despertador… El desayuno, luego el baño, el arreglo, ese ritual de todos los días. Salgo en mi camioneta roja.
Hace calor. Una gota cae, es un calor húmedo, ese calor de la temporada de lluvias. Una mañana de agosto.
Estoy cansada, no he dormido.
La ciudad explota, tráfico, gente, niños.
¡Por fin he llegado a la productora!
CLAUSURADO. CLAUSURADO
¿Qué ha pasado? ¿Clausurado? Candados por todas partes, la calle llena de autos.
¿La productora clausurada?
Regreso al auto, manejo sin rumbo. Nadie me ha llamado, ni un solo recado. Sigo un camino sin rumbo. Agarro una calle, manejo sin control. Estaciono el coche en una calle desierta.
¿Por qué lloro?
Porque no puedo más.
Insomnios, pastillas, antidepresivos, ansiolíticos.
Salgo del coche, camino entre las calles junto a la gente. Tengo que regresar pronto a casa para averiguar qué pasó.
Llego a una cafetería, pido un café con leche y el pan dulce que tanto me gusta.
Salgo del café.
¿Por dónde era el camino? ¿Izquierda o derecha? Izquierda.
Camino sin rumbo. Hojas de periódico esparcidas por la calle, el viento las levanta. Agarro una hoja, la leo, la tiro, agarro otra.
“Mujer desaparecida, sus familiares la buscan. La policía no tiene ninguna pista a seguir; conducía un coche modelo…” La hoja está incompleta, rota.
Pasan las horas, no aguanto los pies. Me molestan los zapatos. Me recargo en la pared para quitarme el zapato derecho, tengo una ampolla. Tengo el zapato en la mano mientras me doy un pequeño masaje. De la otra esquina sale un hombre corriendo, me quita el zapato de una forma rápida y violenta. Sigue corriendo. Desaparece, se desdibuja.
¡Mi zapato, han robado mi zapato!
Camino, pero con un solo zapato, cojeo. La gente me mira.
Altavoz, voz de mujer:
“¡Cortes gratis! Cortes de pelo gratis. Por inauguración, promoción sólo el día de hoy. Escuela de belleza ofrece cortes gratis.”
Una mujer joven se me acerca.
“¿Le interesa un corte? La dejaré como nueva. Ande, seño, anímese.”
Las nubes negras amenazan otra vez con la lluvia.
Está bien, hágamelo.
Entro al salón. Me pone una bata blanca. Me coloca frente un espejo.
¿Por qué estoy tan cansada?
¿Por qué estoy tan triste?
¿Por qué no puedo ser feliz?
He caminado muchas horas. No tengo fuerzas.
Me duermo…
“Esta usted lista, señora…”
Despierto sobresaltada al oír la voz de la muchacha. Me miro al espejo. Algo es extraño en mi rostro, no me reconozco.
No soy yo.
¿Dónde está mi rostro?
Devuélvame mi rostro.
Grito y salgo corriendo de ese lugar.
Me pierdo en la ciudad. El viento sopla, las hojas de periódico regresan y van por toda la calle. Agarro una…
“Mujer desaparecida fue encontrada en un parque del centro de la ciudad; su ropa sucia, sus objetos personales regados por el piso. Su rostro estaba desfigurado, enmarcado por un hermoso corte de pelo; no reconoce a nadie, sólo se balanceaba. Completamente ausente, la encontraron sentada en una banca, con un zapato entre sus manos.”
Empiezan a caer las gotas, las nubes negras cubren la ciudad, ha empezado la tormenta.
— Curación —
En la mente, lo onírico.
Manejaba siempre en la misma dirección, hacia la salida de la ciudad, y llegaba al bosque.
Siempre quería entrar. Y siempre me quedaba ahí afuera. Se oían risas de mujeres y animales mitológicos y fantásticos. Entraba un poco, a la orilla del bosque, desde donde podría regresar corriendo al coche.
Diosas, ayúdenme, voy a entrar y voy a curarme.
Sabía que mi mente, cuerpo y corazón querían curarse.
Todo mundo quiere curarse.
Curarse.
— En el bosque. Purificación —
Voy en un caballo por el bosque espeso y con niebla, no tengo más miedo; voy como una amazona, lo que siempre he querido ser. Voy y me curo, me estoy curando, y de mi cuerpo sale sangre porque es así como una mujer se debe curar, como una guerrera. No tengo más miedo. Voy y las amazonas de todos los bosques van conmigo, cabalgando como debe ser entre féminas guerreras, solidarias y amorosas.
Entonces entiendo que tengo que hacer un gran sacrificio a las diosas por haberme abandonado tanto, y todas las brujas, nanas y abuelas salen y me perdonan porque saben que me voy a curar, para volver a mí…
Estar otra vez en mí.
— Historia del coche II —
Voy manejando, es de día. La gente enloquece, la ciudad palpita. En el trayecto he fumado más de cinco cigarros.
La gente camina por entre las calles.
El cielo cubierto de nubes amenaza con otra lluvia.
Voy por la calzada, tráfico por todas partes.
Manejo sin control, empieza a llover, abro mi ventana.
Él me está esperando.
¡Por fin he llegado!
Estaciono mi carro en una esquina, la calle tiene una pendiente. Hay cinco hombres platicando que, cuando paso, me miran.
No hay nadie en el café.
Pido un café, fumo un cigarro. La lluvia se acentúa, la calle se vacía.
Entra la gente refugiándose de la lluvia.
Vuelvo a la calle, mi carro no está. Un hombre se me acerca:
“Su coche se fue hacia abajo, señora, entre el agua de la lluvia. Creo que no le puso el freno de mano. Ande, vaya a buscarlo; lo encontrará allá abajo…”
Mis zapatos se llenan de agua; en el camino hay partes de autos… partes de carros incompletos, todo destruido: una puerta oxidada pasa a mi lado, llantas por todas partes.
¿Señor, ha visto mi coche?
Sigo el camino, agotada, húmeda, mojada… lo único que encuentro es un cementerio de carros, mutilados, carros incompletos flotando en una pequeña
laguna. Llantas, asientos y puertas. La lluvia se acentúa.
Poco a poco me sumerjo en ese mar de láminas, en ese mar de aceite y de gasolina. Me meto, me sumerjo, nado… hasta que desaparezco.
— Bosque —
En el bosque pasan muchas cosas que ningún ser humano ha visto. Ya me acostumbré a las brujas, duendes y chamanas.
Animales mitológicos.
Hay cientos de mujeres que vienen a estos lugares y se curan.
Hay animales salvajes y fantásticos.
Pero hoy no tengo miedo.
Esas mujeres enorme, y gordas y viejas, danzan y cantan.
Están tan bien en ellas mismas.
No necesitan estar en la mirada del otro.
Empiezan a cantar y bailar alrededor de la fogata.
Yo hago lo mismo y me dejo ir.
Voy quitando capas de mi piel y me limpio.
Envejezco de golpe y ya nada me da miedo.
Engordo de golpe y nada me da miedo.
Me veo y grito: depresión.
— Historia del coche III —
Voy por la calzada llena de carros de todos colores. Es una tarde de agosto.
¡Por fin pude salir del tráfico!
¿Dónde voy a comprar el pan? ¿El pastel?
Puta cena de hoy en la noche, no tengo ganas de ver a los amigos de Ernesto, de sus reuniones, de las parejas y de cocinar.
Puta madre, ¿cómo llegué aquí?
Sigo manejando, me relaja fumar.
Me metí cinco antidepresivos y me siento bien pacheca.
Vuelo, la mejor manera de sobrevivir es estar medicada.
Sigo por otro camino, me interno por entre las calles hasta llegar al borde de un parque.
¡He llegado a la feria!
Juegos mecánicos, algodones, helados; gritos y voces, miedo y risas. Y esa línea
de coches que apenas se mueven.
La cena podrá estar preparada si llego en diez minutos, pinche cena, me vale
madres…
Logro estacionarme en un lugar muy pequeñito, agarro mi monedero, salgo corriendo.
Corro sin rumbo perdiéndome entre la multitud.
¿A qué juego me subiré?
Me subo a uno muy violento; el miedo y el mareo se apoderan de mí, los latidos se acentúan, la saliva se me resbala.
Los gritos de miedo se acrecientan mientras el juego mecánico enloquece. Pasa el tiempo mientras voy de aquí para allá; subida en varios juegos: unos más suaves, otros más fuertes. Me gustan los peligrosos. Me subo a las sillas que se elevan, voy suspendida en la suavidad de la noche. Cientos de rostros que se crispan, gritos, sonidos fuertes y una música violenta, una y otra vez sin parar.
La cara caliente, las venas azules, el calor penetra mi cuerpo, la garganta seca de tanto gritar.
Me compro un helado gigante para refrescarme la boca. Vuelvo a las sillas que vuelan.
Estoy suspendida. Mis piernas son suaves, calientes; mientras un líquido caliente
sale de mis piernas y chorrea desde las alturas.
Sólo me dejo llevar por el vaivén, la velocidad, el aire, y cierro los ojos.
¿La cena?
La cena…
Puta cena.
No señores, no me miren así, también sé reír y bailar y coger y gozar y…
No señores, no me juzguen.
Lo que me define hoy…
Volar, suicidio, accidente.
Me corté el cabello hace tres días. Mi largo cabello negro caía y caía.
Hoy no me reconozco.
Lo hice yo sola en casa. Era para ver quién era esa mujer debajo de tanto cabello.
Luego fui al salón para que arreglaran el desastre.
¿En qué momento perdí mi juventud?
¿En qué momento dejé de ser feliz?
Oigo los sonidos de las campanas de las iglesias.
Oigo los sonidos de los trenes que pasan.
Veo a mi madre sola, perdida en sus pensamientos.
Está sentada en su sillón favorito. Como todas las tardes, prende la televisión y ahí pasa horas y horas. Me parezco tanto a ella.
Tengo miedo de envejecer y de la locura.
Hay muchos hombres que me acosan y muchas mujeres que me odian.
Son los delirios.
Han pasado meses desde los acontecimientos que cambiaron mi vida para siempre.
Meses de entradas y salidas.
Ahí voy entendiendo, de a poco.
— En el bosque —
En la mente, lo onírico.
Estoy en el bosque y voy caminando, oigo a las brujas que ríen y cantan. No me da miedo. Voy a una cueva, ahí me quedaré hibernando, tengo que curarme.
Haré una telaraña como una tarántula y cuando la terminé, podré salir de ahí y sé que las señoras de la noche me acompañan: las brujas, las hadas, las mujeres de la naturaleza.
Ellas saben que me estoy curando. Esas mujeres enormes, gordas y viejas que danzan y cantan.
Están tan bien en ellas mismas.
No necesitan estar en la mirada del otro.
Empiezan a cantar y bailar alrededor de la fogata.
Yo hago lo mismo y me dejo ir.
Me voy quitando capas de piel y me limpio.
Envejezco de golpe y ya nada me da miedo.
Engordo de golpe y nada me da miedo.
Me veo y grito: depresión.
Con el canto de los animales, las aves y todas ellas acompañándome, me curo.
— Siempre se vuelve al mismo lugar de manera diferente —
Había manejado toda la tarde. Esta vez sí tomé la carretera y salí de la ciudad.
Eran los primeros días del año y hacía mucho frío, mucho. Entré al bosque y llegué, sabía que iba a entrar y tratar de hacer algo que tuviera que ver conmigo, y
entré en ese bosque… No tenía miedo porque ya había pasado lo peor, lo peor que puede pasar alguien, meses de incertidumbre, meses de depresiones, meses de ir y venir, en un estado de alerta, en un estado de alerta total, nunca supe ¿cómo había llegado hasta ahí?
¿Cómo mi mente se había fragmentado?
¿Cómo había llegado a la peor crisis de mi vida?
Mi mente se había hecho pedazos.
Nada funcionaba, fatiga, miedo, ansiedad, llantos.
Son esas cosas que pasan y pasan cuando menos nos damos cuenta. Dejamos de controlar todo lo que nos conforma y entonces una caída tras otra, tras otra y tras otra.
Ahí estaba, en ese bosque, después de manejar horas, y sabía que me iba a adentrar en él. Estaba segura de que, como nunca, hoy sería fuerte, enfrentaría muchos de mis demonios, pues era la única oportunidad que tenía para entrar al laberinto y matar a mi propio minotauro, mi monstruo interior, y así lo hice.
Entré en el bosque, sin miedo.
Oía una cascada a lo lejos. Había luna llena y decidí no mirar más mi celular.
Decidí sólo recuperar mi parte animal y correr por el bosque, sola, a esas horas de
ese atardecer.
No tuve miedo, porque lo que había padecido todos esos meses era peor que
adentrarme en ese bosque y ver qué pasaba.
Sin aparente causa, había tocado fondo.
Sólo llegué ahí.
Y estamos atrapados.
Los humanos estamos atrapados en nuestras mentes.
Con una sensación de abandono y de no saber por dónde.
Era una molestia.
Crisis.
Angustias.
Pero yo ya había salido de todo eso.
Había encontrado un sentido a la vida.
Había.
Así que me metí en el bosque, resuelta a ver y enfrentarme por última vez.
Así que dije, qué mas puedo perder.
La muerte me espera todos los días.
O no, lo mejor, es que he estado muerta los últimos 365 días: un año.
Me adentro al bosque.
Oigo gritos y danza. Oigo mujeres.
Me esperan.
Veo a Medea, Electra, Eurídice, Ofelia, Julieta, Agatha.
Las veo y sé que regresaré un día.
Me la debo, este duelo a muerte.
Sólo yo puedo.
Lo voy a hacer.
Vuelo.
Entro en el bosque.
Voz en off:
Tenía ganas de decirte: todo va a estar bien, linda.
Todo va a estar bien.
El bosque se ilumina, se incendia, ella entra al bosque, allá va a curarse. Tiene una cita con ella misma.
Se quita su abrigo.
Vuela, grita, corre.
Ahí va una mujer que danza con lobos.
Ahí va una mujer que danza con brujas.
Ahí va una mujer…
Ahí va una mujer que danza, que vuela, que voltea a mirarse.
Estela:
Porque lo único que tiene sentido es la liberación, la oportunidad de un solo instante: el aquí y el ahora pese a nosotras mismas, pese a nuestra mentes y sus trampas, pese a todo, sólo un soplo, un instante, y la vida y su flujo, y la vida que no para, un aliento para siempre… la eternidad.
El delirio acaba a las 3:45 a. m.
Aquí voy…
Oscuro.
Ciudad de México, 2015-2016
Verónica Musalem. Ganadora del Premio Nacional de Dramaturgia Incendia 2026. Miembro del Sistema Nacional de Creadores de Arte 2012-2015 y 2019-2022. Escribe teatro, cine, ópera y es docente. Ha recibido el apoyo del Programa a Proyectos y Coinversiones Culturales, ha sido becaria de Jóvenes Creadores e Iberescena, ha ganado Efiartes, el apoyo de Fundación Bancomer. Algunas de sus obras se han traducido al inglés, francés, húngaro, árabe y griego. Ha sido invitada a Francia, España, Estados Unidos, Budapest, Chile, Colombia y Arabia Saudita. Ha estrenado dos óperas en el Palacio de Bellas Artes. Entre sus publicaciones se encuentra La trilogía de la tierra (Paso de Gato, 2022). Es fundadora de Musa-Colibrí Producción, productora dedicada a las artes escénicas.
Las autorizaciones para el montaje de esta obra pueden solicitarse a la autora en la siguiente dirección electrónica: veromusalem@gmail.com



