
Hay algo que denomino usualmente en mis clases de dramaturgia como: el estado de vilo. Hay obras que mantienen este estado de una forma magistral y genuina. Pero antes de adentrarnos en ejemplos referenciales, propongo mejor reflexionar exhaustivamente sobre este concepto.
Las palabras “en vilo”, significan estar en el aire sin tocar el suelo. En el término físico, significa sin estabilidad, mientras que, en el término emocional, significa duda. Por lo tanto, en el caso del teatro, este estado de vilo es lo que podríamos llamar: el pulmón de una obra.
Si el estado de vilo está bien planteado en la trama, genera siempre un campo de incertidumbre que abre los sentidos hacia lugares insospechados. Este campo recubre el conflicto iniciático en la pieza y las intenciones que pueda tener uno o más personajes en la obra.
Si tenemos una estructura en donde el problema no se termina de visualizar con claridad, eso significa que el espectador empieza a crear lo que yo llamo falsas conjeturas. Es decir, intenta esbozar alguna resolución posible, debido a que no percibe el conflicto que está encubierto en la trama.
Ahora pensemos lo siguiente, para que este estado de vilo funcione, lo que debemos tener es un conflicto subterráneo que posiblemente se revele hacia el final de la obra. Por lo tanto, si este estado de vilo lo mantengo en toda la estructura, mantengo la atención de un espectador que intenta decodificar lo que sucede y, por otro lado, concentro la tensión dramática entre personajes que desconocen la situación en la que se encuentran.
Ahora bien, hay que entender que no solamente es el público el que quiere saber lo que ocurre en medio de este estado de vilo. Por sobre todo, lo quieren saber los propios personajes que se encuentran inmersos en una circunstancia sin tener definiciones de lo que ocurre verazmente en el aquí y ahora. Esto significa que los personajes intuyen que hay una tensión aparente, pero no saben a ciencia cierta qué la origina y de qué se trata. Es lo que tal vez podríamos denominar como la ambigüedad de la escena. Los personajes se inquietan porque no llegan a leer con claridad lo que ocultan sus adversarios, pero perciben que algo ocurre, aunque no saben bien qué. Para ello, el estado de vilo deberá llevar a los personajes a un lugar de incertidumbre casi permanente durante el proceso que dure el planteo.
El estado de vilo, entonces, puede permanecer hasta el nudo o desenlace de mi obra, pues mientras más tiempo lo mantenga en la trama más tensión y atención tendré del espectador. Lo importante será mantenerlo hasta que se sepa o no la verdad de las cosas. Si los personajes revelan actitudes o enunciados que el espectador decodifique con cierta facilidad, lo más probable es que el estado de vilo sea percibido como un intento trunco de cubrir un conflicto aparente.
La mejor manera de sostener el estado de vilo es encontrando no sólo un conflicto encubierto, sino también saber manejar muy bien los tiempos que la obra requiera y el subtexto como eje vertebrador de acciones cotidianas en las miradas, los silencios, las sudoraciones y hasta el mal olor que pueda generar el miedo o la paranoia en los personajes.
El estado de vilo es algo más que un nivel de intriga, ante todo, es como se estudian los personajes y el cómo giran sobre el borde de un plato sin probar la sopa apetitosa que espera en el fondo por el cucharón inquieto. Por lo tanto, este estado de vilo está sujeto a tres estadios posibles. El primero es que el autor sepa mantenerlo de comienzo a fin durante toda la obra, o buena parte de ella, sin dar indicios de un futuro problema. El segundo es que los actores lo transiten con gran hermetismo y sin adelantar absolutamente nada con ningún subtexto que desenmascare sus intenciones. El tercero, y no menos importante, es que el espectador se introduzca en una lectura exhaustiva de la pieza y deba realizar un sobreesfuerzo para intentar decodificar el aparente conflicto no dado.
Cuanta más ambigüedad tiene una obra, más es la necesidad que tiene el público de develar o intentar romper con ese estado de cosas inciertas. El estado de vilo es, pues, lo contrario a lo que llamamos información. Es la no revelación física o textual de los personajes con X situación y el cómo se asienta un punto de tensión con varios caminos especulativos que no terminan de concretarse. Resumiendo, el estado de vilo es la manera de crear una suerte de tergiversación escénica para que el conflicto esté agazapado o se manifieste de forma equivoca en la cabeza del espectador.
Para entender mejor el funcionamiento del estado de vilo, analicemos la obra Un instante sin Dios del dramaturgo argentino Daniel Dalmaroni. En el puente y en buena parte de la trama, tenemos dos personajes que se estudian mutuamente. El empresario llega a una capilla con un aparente fin de caridad, mientras que el cura no logra entender cómo un empresario farmacéutico tiene intenciones de donar tanto dinero a su comunidad barrial. El cura intuye que el empresario viene con otro propósito, pero no sabe ni se imagina el origen de ese objetivo. El empresario, por su lado, siempre se muestra sonriente y relajado, mientras que al cura se lo puede observar tenso y nervioso. De esta manera, el estado de vilo empieza a dar sus primeros frutos.
El público, al igual que el cura, desean saber cuál es la verdadera intención del empresario, por qué quiere donar tanto dinero y qué es lo que verdaderamente se esconde detrás de ese acto caritativo. En los espectadores surgen, por tanto, falsas conjeturas durante toda la obra, lográndose así diversas interpretaciones sin poder dar en el blanco y manteniendo la atención para ver en qué momento se escapa alguna información entre los personajes. Mientras tanto el estado de vilo genera su potente inercia a partir de la ambigüedad del empresario, lo que inquieta al cura durante toda la trama. Esto último también opera inconscientemente en el espectador en la manera de trazar significado y crear sentido en lo que ve y cree percibir.
Así pues, el estado de vilo se construye con actitudes no reveladas por parte de los personajes y con un conflicto enmascarado que está suspendido en el aire hasta encontrar el momento indicado para pisar tierra. Es fundamental que en obras donde se vaya a tender este campo de tensión simulada tengamos también personajes inteligentes, versátiles, agudos y por, sobre todo, contradictorios, que sepan cómo ocultar su verdadero fin y su verdadera identidad.
Por último, debemos comprender, que el estado de vilo se puede utilizar de distintas maneras dependiendo de la estructura y el tipo de personaje que tengamos en nuestra obra. Para ello hay que tener en cuenta cómo se puede generar y en qué momentos claves ha de romperse para dar paso al desenlace y a una posible resolución o no de la trama. Lo importante será el modo como configuremos ese estado de vilo y brindemos la información justa y dosificada para crear las falsas conjeturas y no caer de rodillas ante una posible definición del conflicto.
Fernando Zabala. Docente y dramaturgo.



