Valle-Inclán: Luces de bohemia

Luces de bohemia es la cima del teatro español del pasado siglo, y seguramente desde el Siglo de Oro. Pero lo es de una forma enigmática o paradójica. Contraviniendo casi todas las reglas de la construcción dramática, llega a ser una obra maestra, no sólo de la literatura, del siglo XX y de cualquier época, de la lengua española y de cualquier lengua, sino también del arte teatral tout court.
Valle-Inclán (al contrario que el Lorca de La casa de Bernarda Alba) se empeña en evitar los recursos de probada teatralidad, en correr todos los riesgos e incurrir en todos los defectos. Sin embargo y contra todo pronóstico, la obra es de una teatralidad sorprendente pero rotunda, un hito también de genuina dramaticidad, que funciona a la perfección, con suma eficacia, en el teatro, sobre un escenario. Y no pocas puestas en escena lo prueban ya.
La hipertrofia literaria (en las acotaciones por caso, pero no sólo) implica la introducción forzada de una cierta subjetividad o punto de vista más o menos autoral; lo que parece compadecerse bien con la estética del esperpento y mal con el modo dramático de representación. El reparto no puede resultar más descabellado, tanto por la cantidad de personajes cuanto por el carácter episódico de casi todos. La misma dispersión lineal, nada arquitectónica, puede achacarse a la estructura, fragmentada en quince cuadros, en movimiento perpetuo —casi de viaje— por los múltiples espacios, también episódicos, de los que sólo se repiten dos, la casa de Max Estrella y la taberna de Pica Lagartos; estructura propia de la forma abierta o narrativa más extremosa (como de novela picaresca) frente a la estrictamente dramática o cerrada.
Pero trabaja a favor de las fuerzas centrípetas, más secretas siempre en obra que presume de lo mucho y peligroso que tiene de centrífuga, que el diálogo juegue, en cuanto al estilo, mucho más la carta de la unidad que la del contraste; o también, por ejemplo, que se atenga a la forma más natural, el coloquio, esto es, la conversación entre interlocutores. Aunque es la unidad de tiempo quizás la que consigue frenar la dispersión extrema de la estructura, del espacio y de los personajes. La agrupación de éstos en las diferentes configuraciones o escenas, trazada con tiralíneas, sirve también de contrapunto aglutinante a la disolución que promueve el caótico reparto. Pero seguramente, más aún que esta disposición sintagmática de los personajes, lo que la salva del naufragio es el trabajo de caracterización, al que no se le puede rebajar la calificación de prodigioso.
Luces de bohemia, cuya dramaturgia encierra todavía un desafiante y formidable misterio, es una obra maestra del drama, del teatro, tanto como del arte verbal; y Valle-Inclán, un soberbio creador, no sólo como autor exquisito de literatura; también como genuino dramaturgo, o sea, como hombre de teatro, intempestivo pero por genial. Luces de bohemia o el triunfo de la transgresión dramática.
José-Luis García Barrientos, doctor en Filología (UCM), Profesor de Investigación del CSIC, profesor de posgrado en la UC3M, es autor de libros, traducidos algunos al árabe y el francés, como Principios de dramatología, Cómo se analiza una obra de teatro, Teatro y ficción, La razón pertinaz, Drama y narración, Anatomía del drama o Siete dramaturgos, tres de ellos publicados por Paso de Gato. www.joseluisgarciabarrientos.com



