Christopher Marlowe: Eduardo II

Pocos dramaturgos pueden rivalizar con Marlowe en biografía enigmática y de tintes tan teatrales o novelescos. Cabe seguramente en una página lo que sabemos con certeza de él, pero las especulaciones que suscita llenan gruesos volúmenes. Es cierto que tres días antes de su muerte en una reyerta, el 30 de mayo de 1593, fue acusado formalmente de blasfemo, homosexual y ateo. Y resulta muy verosímil que se hubiera enrolado en el servicio secreto inglés, como espía, desde sus tiempos de estudiante en la Universidad de Cambridge. Pero la teoría más fantástica y significativa es la de que habría fingido su propia muerte y seguiría proporcionando al teatro textos incomparables bajo el nombre de un actor de segunda fila, sin mucha imaginación, sensato y bien remunerado, un tal William Shakespeare.
¿Cabe elogio mayor para un dramaturgo? Se verifique o no la identidad entre ambos; basta que se los considere —sin que resulte disparatado— comparables. Y creo que lo son, al menos en lo concerniente a la obra elegida, que no desmerecería —o desmerece— bajo la firma de Shakespeare. Lo cierto es que el nacimiento teatral de éste coincide con la muerte de Marlowe sin solución de continuidad, que se advierten bastantes coincidencias textuales entre sus obras, así como la mano del precursor en media docena de piezas del sucesor y quizás la colaboración de ambos en la trilogía de Enrique VI. Pero lo decisivo es el estado en que Marlowe entrega a Shakespeare el testigo del teatro británico, habiéndolo levantado de la penuria medieval al auge renacentista en menos de una década. De tal proeza cabe destacar la consolidación definitiva del verso blanco (pentámetro yámbico sin rima) para el diálogo dramático, que heredó y culminó Shakespeare.
Tengo El azaroso reinado y lastimosa muerte de Eduardo II por la obra maestra de Marlowe, aunque pueda competir con ella La trágica historia del Dr. Fausto en fama y en trascendencia del mito, pero no en lo que nos incumbe, en dramaturgia. La de ninguna de sus otras seis obras es tan rica, compleja y madura como la de ésta; sobre todo por la apasionante humanidad de unos personajes dotados de introspección y hondura psicológica portentosas. Y no sólo su protagonista, sino buena parte del amplio reparto, empezando por los más destacados: Mortimer el Joven, su antagonista; Gaveston, su favorito y amante, y la despechada Reina Isabella. Llama la atención, por lo excepcional, la presencia entre ellos de caracteres variables, que sufren una transformación decisiva en su manera de ser a lo largo de la acción, como el Rey, que, redimido por su propia derrota, transita de la sima a la cima de la humanidad al perder el poder y padecer torturas abominables; en sentido contrario, la Reina, que, de amorosa y desairada, se convierte en adúltera y cómplice de la muerte de su esposo, y Mortimer, cuya ansia de poder lo transforma de noble y altivo en un despojo humano. Gaveston, el oportunista que aprovecha la pasión del rey en beneficio propio, es buen ejemplo de carácter fijo.
Magistral resulta el ritmo trepidante de una trama llena de peripecias y es notable la variedad de temas, motivos y conflictos de todo tipo, políticos, sociales, religiosos, que entretejen la obra. Por ejemplo, el poder y sus demoledoras consecuencias en quienes lo detentan o lo sufren; las pasiones u obsesiones incontrolables —el egoísmo de Gaveston, el orgullo de Mortimer, la sexualidad de Eduardo— que terminan destruyendo a los personajes, o los límites que el sufrimiento humano puede soportar. Aunque lo más llamativo será seguramente el asunto del amor homosexual, que Marlowe se atreve a presentar sin una condena explícita y que entronca con su fascinación por lo prohibido como revelador de la naturaleza humana.

Es sorprendente que todavía en 1969 el beso de Ian McKellen (Eduardo) y James Laurenson (Gaveston), en la producción de la Prospect Theatre Company, provocara controversia y fuera el primero del género que mostró la televisión británica, al pasarse la función por la BBC un año después. Puede verse, en clave gay, la versión cinematográfica de Derek Jarman (1991). Bertolt Brecht hizo una adaptación que figura entre sus propias obras. En ella se basó el montaje de Lluís Pasqual en el Teatro María Guerrero de Madrid (1983) que tengo grabado en mi memoria de espectador, con Alfredo Alcón de protagonista y un Antonio Banderas jovencísimo y arrebatador como Gaveston.
Si Shakespeare no fue Marlowe, seguramente sin Marlowe no habría llegado a ser Shakespeare, o sea, el autor que preside la dramaturgia occidental y cuyas obras nos maravillan.
José-Luis García Barrientos, doctor en Filología (UCM), Profesor de Investigación del CSIC, profesor de posgrado en la UC3M, es autor de libros, traducidos algunos al árabe y el francés, como Principios de dramatología, Cómo se analiza una obra de teatro, Teatro y ficción, La razón pertinaz, Drama y narración, Anatomía del drama o Siete dramaturgos, tres de ellos publicados por Paso de Gato. www.joseluisgarciabarrientos.com



