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Papá está en la Atlántida, la hermandad perpetua

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Se presenta todos los sábados de septiembre a las 12:30 horas en la Sala Novo de La Capilla, hasta el 26 de septiembre

Los personajes de Javier Malpica no están apoyados en el idealismo del relato infantil. Fotos: Adrián Martagón.

Quienes somos hijos únicos nunca comprenderemos la camaradería que se puede crear junto a un hermano. Para mí, la hermandad biológica es algo mitológico que he visto en películas como Los tres huastecos (Rodríguez, 1948) o que he leído en novelas como Los hermanos Karamazov (Dostoyevski, 1880). Cuando alguien me pregunta si me hubiera gustado tener un hermano, no sé qué responder. Siento que es tan extraño el cuestionamiento como si me preguntaran si me hubiera gustado ser un pez. Aceptando que soy un ignorante en el tema de la hermandad, a continuación voy a desarrollar mi crítica (porque de teatro sé un poco más) sobre el clásico de Javier Malpica: Papá está en la Atlántida.

La obra cuenta la historia de dos hermanos pequeños que quedan bajo el cuidado de su abuela paterna, después del fallecimiento de su madre y del viaje que emprende su padre hacia los Estados Unidos. Desde su publicación en 2006, esta obra ha contado con muchísimas interpretaciones escénicas dentro y fuera del territorio mexicano. Ahora la joven compañía Bestiario Teatro revitaliza esta historia bajo la dirección de Alexander Bravo y con un elenco rotativo de cuatro actrices: Majo León y Sofía Arisbeldi (quienes estrenan y clausuran la temporada), Fátima Méndez y Paola González (funciones intermedias).

La relación de los personajes se instala desde los primeros minutos de la historia, cuando los espectadores somos testigos del primer viaje que tienen los niños rumbo a la casa de la abuela, en la provincia mexicana. Saben que su realidad citadina ha quedado perdida en un sueño pretérito que vivieron junto a la difunta madre. El hermano menor (Sofía Arisbeldi) es de naturaleza intrépida, es un niño curioso y atrevido, aunque también es muy sensible y de lágrima fácil. Al mayor (Majo León) le gusta ir de machote, aparenta una experiencia y una fortaleza que en realidad no tiene, pero que lo justifica frente a los ojos de su hermanito.

La hermandad perpetua une a los personajes en la soledad de su habitación, después de que la abuela les ha dado un rapapolvo o después de un mal día en la escuela. Se confiesan sus primeras inquietudes sentimentales por las niñas de la escuela y también comparten los temores frente a la nueva vida que les espera en esa sociedad provinciana y desconocida. La banda sonora de su niñez incluye desde las «melodías animadas de ayer y hoy» hasta el emblemático spot de la convención anual del SITATYR, pues la televisión se convierte en una compañía inanimada pero constante.

La fraternidad también es una constante en la propuesta del director. Bravo pone en primer término la relación que existe entre los personajes, que, naturalmente, es consecuencia de la dinámica que construye su pareja de actrices. Existe una precariedad de elementos para contar la historia, apenas un par de llantas, unas cajas de refrescos y una docena de botellas. Bravo también apuesta por un montaje que combina el teatro físico y el teatro de sombras; el resultado es eficiente y refuerza poéticamente el universo infantil.

Los personajes ausentes son tan entrañables y definidos como los hermanos, que nunca abandonan la escena. Por ejemplo, los niños construyen en el imaginario del espectador el carácter de la abuela, que parece albergar las dualidades de Sara García: el coraje de hacendada de Los tres García (Rodríguez, 1947)y la ternura de la abuela fantasmal de Mundo de juguete (Televisa, 1977). El padre que tiene que marcharse al extranjero para poder mantener a sus hijos parece extraído de una crónica de Los Tigres del Norte. La niña linda, que es el interés romántico del hermano mayor, es tan clara como pueda ser el recuerdo de quienes tuvimos un amor imposible en la secundaria.

La hermandad perpetua sería imposible de entender sin la interpretación comprometida de las actrices. No se trata de mujeres replicando formas masculinas, ni parodias infantiles; es genuinamente una interpretación de dos actrices jóvenes que se sumergen en la esencia infantil de estos personajes. El trabajo del elenco es verosímil y convincente. Sofía Arisbeldi es una actriz versátil que ha demostrado su compromiso escénico en tragedias como Romeo y Julieta (Álvarez Robledo, 2025) y que ahora se sumerge en la complejidad lúdica y dolorosa de un infante abandonado. Majo León tiene fuerza escénica y, aunque por algunos momentos canturrea sus parlamentos, habita con gran mesura y aplomo las situaciones que la obra le exige.

Los personajes de Javier Malpica no están apoyados en el idealismo del relato infantil; más bien, esta fábula es penetrada por el realismo mexicano, el costumbrismo formal y por un contexto difícil que exige de sus personajes una adultez precoz para poderse explicar su orfandad. Aunque la obra tiene grandes momentos de hilaridad, también toca temas profundos, que el solo hecho de enunciarlos ya implica dirigir una crítica a los actores públicos que mantienen una deuda con las infancias mexicanas.

Papá está en la Atlántida se presenta todos los sábados de septiembre a las 12:30 h en la Sala Novo (Madrid 13, Coyoacán) hasta el 26 de septiembre. Tiene una duración de 80 min y es una obra apta para toda la familia. Las entradas tienen un precio general de $300, aunque existen diferentes promociones en el teatro para estudiantes, maestros, INAPAM y vecinos de Coyoacán. Los boletos pueden adquirirse a través del sitio Boletopolis.com o en las taquillas del Teatro La Capilla.

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