Festival Nacional de la Joven Dramaturgia 2026

Querétaro, México. Julio-agosto de 2026. Durante cuatro días, el Museo de la Ciudad volvió a convertirse en el corazón de una de las experiencias más singulares del teatro latinoamericano contemporáneo. La vigésimo cuarta edición del Festival Nacional de la Joven Dramaturgia (FJD) reunió a dramaturgas, dramaturgos, directoras, directores, investigadoras e investigadores de todo México en un encuentro que, lejos de limitarse a la exhibición de textos y espectáculos, continúa consolidándose como un espacio de pensamiento crítico sobre las transformaciones de la escritura escénica y las múltiples posibilidades del teatro en el siglo XXI.
Desde su creación, el festival ha funcionado como una plataforma de visibilización para nuevas generaciones de creadoras y creadores. A lo largo de casi un cuarto de siglo ha acompañado la emergencia de numerosas voces que hoy forman parte fundamental del panorama teatral mexicano. Sin embargo, su relevancia excede ampliamente el descubrimiento de nuevos talentos: el FJD se ha convertido en un territorio de experimentación donde las preguntas sobre dramaturgia, representación, cuerpo, política y comunidad son constantemente puestas en discusión. La edición 2026 confirmó esa vocación. Bajo una programación integrada por lecturas dramatizadas, puestas en escena, residencias, mesas de reflexión y actividades formativas, el festival volvió a preguntarse, como señalan sus organizadores, qué puede ser el teatro hoy.
Un espacio que transforma trayectorias
La dramaturga Manya Loría, participante de esta edición, sintetiza el impacto que el festival ha tenido sobre varias generaciones de artistas:
“El Festival de la Joven Dramaturgia ha marcado mi vida personal y profesional desde hace más de 10 años”.
En su reflexión, Loría recuerda que fue allí donde conoció a dramaturgas y dramaturgos que la impulsaron a continuar escribiendo y donde sus obras comenzaron a encontrar nuevas posibilidades de circulación y producción.
También destaca el papel que han adquirido las residencias y procesos colaborativos incorporados durante los últimos años: “Permiten que lxs autores trabajen sus textos con actores y reciban comentarios durante el proceso de creación, problematizando la idea de que la escritura es solitaria”. Esa idea de dramaturgia como práctica colectiva aparece hoy como uno de los ejes centrales del festival.
Un festival que también ha cambiado con su tiempo
La artista escénica y dramaturga Bawixtabay Torres, quien participó por quinta vez en el encuentro, ofrece una perspectiva privilegiada sobre la transformación histórica del festival.
Su primera experiencia ocurrió cuando aún era estudiante de dramaturgia. Desde entonces ha regresado en distintos roles: participante de talleres, voluntaria, asistente de producción y autora seleccionada en tres oportunidades. Esa trayectoria le permitió observar de cerca las mutaciones políticas, estéticas y generacionales del encuentro.
“Yo he visto modificarse el festival a través de los años”, afirma. Y explica que las discusiones actuales sobre género, clase, racismo, representación y desigualdad estaban prácticamente ausentes cuando asistió por primera vez, hacia 2014. Para Torres, uno de los cambios más significativos es la aparición de nuevas voces y nuevos sujetos escénicos:
“Ahora hablaba con mis amigas de lo interesante que es que en una mesa de reflexión muchas de las obras fueran de personajes principales personas racializadas, de clase baja, cosa que hace unos años no se veía en el teatro mexicano”.
También destaca el trabajo sostenido de quienes organizan el festival:
“Los he visto organizar con amor, con pocos recursos, con un poco más de recursos de vez en cuando, pero siempre replanteándose políticamente para qué se hace, desde dónde se hace y cómo se hace”.
Sus palabras permiten comprender que la historia del Festival Nacional de la Joven Dramaturgia es también la historia de las transformaciones culturales y políticas delteatro mexicano reciente.
Dramaturgias que expanden el teatro
Uno de los rasgos más estimulantes de la edición 2026 fue la coexistencia de propuestas profundamente diferentes entre sí, pero atravesadas por una misma voluntad de explorar nuevos lenguajes para la escena. Entre ellas destacó especialmente la puesta dirigida por Raúl Ángeles Flores sobre el texto de la dramaturga Tania Tañez, una obra de notable precisión formal y gran potencia emocional.
La dirección de Ángeles Flores construye un universo escénico de enorme delicadeza simbólica. Cada signo parece cuidadosamente elaborado para metaforizar poéticamente los conflictos y afectos que atraviesan la obra. La rigurosidad estética, la precisión actoral y la claridad de la composición visual permiten que cuestiones como la identidad, el duelo, la amistad, los vínculos afectivos y las distintas formas de construir la familia emerjan con una intensidad conmovedora.
Lejos de los efectismos, la propuesta encuentra su fuerza en la sutileza. La escena se convierte en un territorio donde lo íntimo adquiere resonancia colectiva y donde el espectador es invitado a reconocer experiencias profundamente humanas.
El tacto como dramaturgia: la propuesta de Bawixtabay Torres
Entre las experiencias más innovadoras del festival sobresalió también la creación escénica presentada por Bawixtabay Torres, resultado de una investigación iniciada en 2023 alrededor del tacto, la memoria corporal y las tecnologías afectivas del cuidado.
La pieza despliega un dispositivo escénico singular. La autora permanece presente durante toda la función, aunque invisibilizada detrás de una delicada tela translúcida. Sobre esa superficie se proyectan imágenes relacionadas con los ejes conceptuales de la obra: identidad, deseo, ternura, memoria, placer y política.
Mientras tanto, lxs espectadores sentados uno frente al otro realiza una serie de acciones guiadas por la dramaturga. A partir de sus respuestas corporales, emocionales y afectivas, se construye una dramaturgia viva, irrepetible, observada por quienes ocupan las butacas.
Lo que ocurre es una inversión radical de la lógica teatral tradicional: los espectadores se convierten en protagonistas involuntarios; la autora aparece como una presencia espectral que organiza la experiencia; y la dramaturgia deja de ser únicamente texto para convertirse en relación, tacto y acontecimiento.
La propuesta forma parte de una investigación más amplia que Torres viene desarrollando desde hace varios años. Según explica la propia artista, su interés inicial consistía en preguntarse cómo narrar la historia de un cuerpo a través del tacto de otro cuerpo.
El proyecto evolucionó posteriormente hacia exploraciones vinculadas con la performance relacional, los programas performativos y la construcción de archivos de memoria corporal. “Se ha vuelto el centro de mis investigaciones estos últimos años”, afirma la creadora.
La artista entiende el tacto no sólo como una experiencia sensorial, sino también como una práctica política capaz de recuperar memorias invisibilizadas, historias familiares borradas y relatos que tradicionalmente han quedado fuera de los discursos oficiales.
Su reflexión conecta además con una de las preocupaciones más relevantes del teatro contemporáneo latinoamericano: la necesidad de generar espacios de encuentro, cuidado y escucha frente a contextos atravesados por múltiples formas de violencia.
“Creo que el placer, la celebración y el goce son tecnologías de cuidado y de resistencia que nos han permitido seguir”, sostiene. Desde esa perspectiva, la pieza se convierte en mucho más que una experiencia participativa: es una investigación poética sobre la vulnerabilidad, el contacto humano y la posibilidad de construir comunidad a través del cuerpo.
Huesitos: habitar un texto, construir un hogar
La poética escénica de Raúl Ángeles Flores en el Festival Nacional de la Joven Dramaturgia 2026.
Entre las experiencias más significativas de la vigésimo cuarta edición del Festival Nacional de la Joven Dramaturgia destacó la puesta en escena de Huesitos, texto de la dramaturga Tania Tañez, dirigida por Raúl Ángeles Flores y desarrollada inicialmente en el marco de la Residencia de la Joven Dramaturgia.
La obra, presentada como parte de los procesos derivados del festival, constituye un ejemplo notable de cómo la dramaturgia contemporánea mexicana continúa encontrando formas de dialogar con problemáticas urgentes como la migración, el desplazamiento forzado, la infancia y la construcción de comunidad.
En conversación para este artículo, Raúl Ángeles Flores compartió detalles sobre el proceso de trabajo que dio origen al montaje, revelando una concepción del teatro profundamente vinculada a la escucha, la colaboración y la construcción colectiva de sentido.
«Huesitos llegó a nosotros como parte de la Residencia de la Joven Dramaturgia, un espacio que permite algo cada vez más necesario en el teatro: que un texto pueda encontrarse con otras voces antes de llegar definitivamente a la escena.» El director recuerda que durante una semana trabajaron junto a la autora y al equipo coordinador del festival, Sayuri Navarro, Oriana y Imanol Martínez, en un proceso de lecturas, conversaciones, exploraciones y reescrituras que permitió profundizar en las posibilidades dramáticas del texto.
«Desde la primera lectura encontramos una obra que ya poseía una enorme fuerza dramática. La historia estaba ahí, así como sus preguntas fundamentales: ¿qué sucede cuando tenemos que abandonar nuestro hogar?, ¿qué significa esperar?, ¿cómo podemos volver a sentir que pertenecemos a algún lugar?, ¿de dónde nace la esperanza cuando parece que lo hemos perdido todo?»
Lejos de concebir la residencia como un espacio de corrección, Ángeles Flores destaca que el trabajo consistió en acompañar la potencia ya existente de la escritura.
«Nuestro trabajo durante la residencia no partió de la idea de mejorar el texto, sino de habitarlo. Escuchar cómo hablaban sus personajes, descubrir cómo caminaban, qué silencios necesitaban y qué elementos podían permitir que una historia profundamente particular encontrara también una dimensión universal.»
La historia sigue a Ulises y a su madre, Lucy, durante un viaje hacia el norte en busca del padre del niño. En una parada inesperada, Ulises conoce a Huesitos, un perro fantasma que habita una casa abandonada y que se convierte en su compañero de
aventura. A partir de ese encuentro emerge una reflexión sensible sobre el desarraigo, la pérdida y la necesidad humana de encontrar un lugar al cual pertenecer. Para el director, allí reside uno de los núcleos más conmovedores de la obra:
«El desplazamiento, la pérdida del hogar y la búsqueda de un lugar seguro son dolores que atraviesan generaciones.»
Una casa construida con cartón, memoria y afectos
Tras la residencia, el proyecto continuó su desarrollo dentro de El Palacio de los Títeres, compañía con la que Ángeles Flores decidió profundizar la investigación escénica iniciada en el festival.
La obra dialogaba directamente con una de las líneas de trabajo de la agrupación: los derechos humanos, la migración, el desplazamiento y la protección de las infancias.
Comenzó entonces un segundo proceso de creación basado en nuevas lecturas, exploraciones actorales e intercambios colectivos.
«Permitimos que los actores hicieran propuestas hasta descubrir quién debía habitar cada voz.»
De ese trabajo surgieron interpretaciones que el director considera fundamentales para la construcción final de la obra: Adrián Marino como Ulises y Alonso Barrales como Huesitos.
«Juntos sostienen buena parte del universo de la obra: dos personajes provenientes de realidades aparentemente distintas que terminan reconociéndose en una misma necesidad de encontrar un hogar.»
La puesta fue creciendo a partir del trabajo colectivo de Leslie Cobos, Sofía, Diego, Vero, Sara García, Adrián Marino y Alonso Barrales, bajo la dirección de Ángeles Flores.
Uno de los aspectos más destacados del montaje es el uso del cartón como material principal de la escenografía.
«La casa fue construida a partir de cajas y fragmentos de cartón, pero pronto comprendimos que no podía ser solamente una escenografía: la casa tenía que estar viva.»
La estructura escénica se transforma constantemente. Los propios actores la habitan, modifican, fragmentan y reconstruyen durante la representación.
Huesitos también nace del cartón. A través de máscaras, objetos e iluminación focalizada, la casa adquiere una condición orgánica que acompaña emocionalmente el recorrido de los personajes. «En una obra que habla de aquello que permanece cuando hemos tenido que abandonar un lugar, el cartón —frágil, cotidiano, reciclable, capaz de convertirse una y otra vez en otra cosa— terminó encontrando su propio sentido.»
El teatro como continuidad
La experiencia de trabajo resultó tan significativa para la compañía que decidieron continuar desarrollando el proyecto más allá del contexto del festival. «El Palacio de los Títeres ha decidido continuar con el proyecto, desarrollar el montaje, realizar temporadas y permitir que la obra encuentre nuevos públicos y nuevos espacios.»
En un festival donde muchas de las propuestas reflexionaron sobre la memoria, la identidad, el cuidado y las formas contemporáneas de la dramaturgia, Huesitos apareció como una obra capaz de traducir esas preguntas en imágenes escénicas de gran delicadeza poética.
Su recorrido evidencia además uno de los aportes fundamentales del Festival Nacional de la Joven Dramaturgia: no sólo producir encuentros entre artistas, sino generarcondiciones para que los proyectos continúen creciendo más allá de los días que durael evento.
Como concluye Raúl Ángeles Flores:
«Quizá eso sea también una residencia: no solamente permanecer durante algunos días alrededor de un texto, sino permitir que una historia encuentre un lugar desde el cual continuar creciendo. Tania Tañez nos permitió entrar en la casa de Huesitos.
Nosotros decidimos quedarnos un poco más. Y ahora queremos abrir sus puertas para que otros puedan habitarla.»
Veinticuatro años preguntándose qué puede ser el teatro
Quizás el principal logro del Festival Nacional de la Joven Dramaturgia sea haber comprendido que la dramaturgia contemporánea ya no puede definirse únicamente como escritura de diálogos o construcción de personajes.
Las obras, procesos y discusiones presentados en esta edición revelan una expansión constante del campo dramatúrgico hacia territorios donde conviven la performance, la instalación, la participación, la creación colectiva, la memoria, la investigación artística y la experimentación interdisciplinaria.
Por ello, al cumplir veinticuatro años, el festival no aparece como una institución consolidada y cerrada sobre sí misma, sino como un organismo vivo que continúa transformándose junto con las generaciones que lo habitan.
Como señala Manya Loría, sigue siendo un espacio fundamental para que autoras y autores de todo México puedan mostrar sus trabajos, dialogar con otros creadores y ampliar las posibilidades del teatro.
En tiempos marcados por profundas transformaciones culturales, el Festival Nacional de la Joven Dramaturgia confirma que su aporte más valioso consiste precisamente en sostener una pregunta abierta. Una pregunta que atraviesa sus veinticuatro años de historia y que continúa resonando en cada lectura, cada montaje, cada discusión y cada encuentro: ¿qué puede llegar a ser el teatro?



