
Aún tiembla en Manizales después del salvaje terremoto del pasado 10 de agosto; aún cae ceniza desde aquel rugido del volcán Arenas del nevado de El Ruiz, que en 1985 se llevó más de 30 mil almas en las cercanas poblaciones de Armero y Chinchiná, esta última considerada la meca del café más suave del mundo.
Las heridas de las que está hecha esta ciudad colombiana se remontan también cien años atrás, cuando dos fuertes incendios (1925-1926) consumieron una y otra vez el pujante centro urbano, por entonces el cuarto más grande de Colombia. Y, sin embargo, Manizales sigue aún ahí, haciendo de sus heridas un “catálogo de cicatrices”, que conservan la memoria de la que está hecha.
En lo alto, en la colina del barrio Chipre, la “fábrica de atardeceres” cantada por Pablo Neruda nos recuerda que el paisaje memorioso que la rodea es el mejor telón de fondo de una obra que se monta cada año. Faldas abajo de la céntrica carrera 23 -el lomo que atraviesa la cordillera de la ciudad- se alza esa imagen teatral que bien supo apreciar Fernando González, el filósofo antioqueño, cuando recaló por primera vez por estas orografías abismales y profundas: “Manizales es una ciudad subida en zancos”, escribió en su obra Viaje a pie, al ver cómo las viviendas guardaban un precario equilibrio sobre largas y flexibles varas de bambusa guadua.
Manizales es teatral, no cabe duda. La ironía del destino ha querido que para esta edición del festival la ciudad esté en obras, en el desmontaje de edificios y en el remontaje de otros para volver a la función de todos los días; la ironía del destino ha querido dejar por fuera de la fiesta escénica al gran teatro Los Fundadores -donde todo inició en 1968- porque su parrilla de luces no resistió la embestida del seísmo. Y sin embargo, al festival no “se le fueron las luces”, como reza el dicho popular: entre escombros, ruinas pasadas y recientes, la troupe de artistas invitados a la 58 edición del FITM subirá a las tablas desde este sábado 26 de septiembre para reafirmar el lema de esta edición: “Déjate picar del bicho del teatro”.
La memoria documentada en la escena
La edición 2026 se inició con un fuerte acento en el teatro documental. Sáhara, la barca del desierto, de la compañía canaria Unahoramenos Producciones, sube al escenario la historia de una enfermera de las islas Canarias y un joven Saharaui unido al Frente Polisario para defender a su tierra de la invasión marroquí, una visión que denuncia la codicia delirante de poderes políticos y militares de antes y que cobra vigencia en la agenda geopolítica del presente. Como se sabe, la República Árabe Saharaui Democrática RASD fue, desde 1975, ocupada a sangre y fuego por el sultanato de Marruecos. En complicidad con Estados Unidos y parte de Europa, se apoderó de sus minas de fosfato y de las ricas costas del Atlántico. Marruecos las explota masivamente bajo acuerdos comerciales y flotas pesqueras extranjeras, violando flagrantemente las resoluciones que exigen el consentimiento del pueblo saharaui a ejercer su derecho de autonomía territorial.
La compañía canaria trae también, para el segundo día del festival, uno de sus clásicos montajes, Me llamo Suleimán, que se presentó con mucho éxito en una de las ediciones anteriores del festival, y cuyo testimonio de inmigración, desplazamiento forzado y violación de derechos humanos, interpela con acritud el presente en muchas regiones del mundo.
Hay historias que no desaparecen cuando termina una dictadura o cuando un imperio deja de existir. Cambian de forma: pasan de los archivos a las conversaciones familiares, de los libros de historia a los silencios contenidos, de una generación a otra, de los secretos guardados a las revelaciones en el presente. Portugal no es un país pequeño, de la compañía Hotel Europa, trabaja precisamente sobre ese territorio de la memoria, esa que se deforma con el paso del tiempo, como lo pone de presente Gabriel García Márquez: “La historia no es lo que sucedió, sino como la recordamos”.
Estrenada en 2015 y concebida por André Amálio y Tereza Havlíčková, la pieza se adentra en la dictadura portuguesa (1926-1974), la más larga del mundo, la presencia colonial en África y, particularmente, en las experiencias de antiguos colonos portugueses.
El montaje pertenece a una investigación más amplia de Hotel Europa sobre el pasado reciente de Portugal. La compañía, fundada por Amálio y Havlíčková, desarrolla un teatro que se mueve entre el teatro, la danza y la performance y que combina testimonios, entrevistas, materiales autobiográficos, historias familiares e investigación historiográfica, todo un arseñal de recursos propios del teatro documental. El objetivo no es reconstruir el pasado como una ilustración de los libros de historia, sino preguntarse cómo ese pasado continúa actuando sobre el presente.
En Portugal no es un país pequeño, esa operación comienza con las voces de personas que vivieron en África durante el periodo colonial portugués. El texto fue construido mediante la técnica del verbatim: las palabras de las personas entrevistadas son trasladadas al texto teatral respetando su formulación original. La investigación testimonial se combina con una búsqueda historiográfica para construir un relato sobre el final del colonialismo portugués y sus consecuencias.
El teatro uruguayo se suma a este apartado de la historia revisitada. Plantar bandera, escrita y dirigida por Federico Silva, aborda la historia de una compañía ambulante que recorre pueblos en busca de espectadores. Silva sitúa la acción hacia finales del siglo XIX, durante el alambramiento de los campos en Uruguay, lo que supuso que los grandes propietarios delimitaran sus terrenos, mientras el Estado organizaba una policía rural para protegerlos; resultado de esa política el tránsito empieza a necesitar autorización, un escollo adverso al artista ambulante que necesita atravesar los límites. La obra nació de una fotografía que Silva encontró en un libro del Centro de Fotografía de Montevideo; la imagen mostraba a un niño vestido de hombre fuerte, con medallas y una pesa falsa de mil kilos. Una mujer permanecía detrás. El dramaturgo imaginó que podía ser su madre y envejeció al personaje sin permitirle abandonar la infancia.
El título condensa la contradicción. Plantar una bandera implica declarar la posesión de un territorio, pero la compañía de la ficción siempre actúa sobre suelo ajeno. Silva incorpora otro sentido: plantar bandera significa sostener una decisión artística bajo condiciones adversas. Cada vez que los personajes levantan el biombo y anuncian una función, construyen una patria provisional.
Este apartado de teatro documental lo cierra Veias Abertas 60, 15, 30 segundos, de la brasileña Aquela Cía. Teatro. Inspirado en Las venas abiertas de Latinoamérica, de Eduardo Galeano, esta obra narra la historia de una pareja —un soldado y un empleado de la United Fruit— que se conocen en clases de baile y deciden casarse el mismo día de la Masacre de las bananeras en Colombia (1928), cuando el ejército reprimió una huelga y mató a más de 2000 trabajadores.
Mientras el discurso documental y las cuestiones políticas exponen las heridas de la colonización, el grupo sugiere una salida: reconectarse con la imaginación a través del movimiento corporal, lo que conduciría a una conexión entre las personas y sus fuerzas vitales.
Con un formato muy singular, este espectáculo invita, además, a reflexionar sobre las formas contemporáneas de consumir información y memoria, tomando como referencia el ritmo fragmentado de las redes sociales para construir una trama conformada por 80 escenas cortas, de entre 15 y 60 segundos de duración.
La tragedia en dosis de humor
La muestra internacional discurre con la compañía española L´Om Imprebis, que presenta dos de sus obras más recientes, Hoy no estrenamos y ¿De dónde venimos?, en su acostumbrado formato de improvisación que recurre a la gran capacidad técnica y creadora de sus dos actores (Carles Castillo y Carles Montoliu), quienes salen al escenario desprovistos de artificios y con tan solo un objeto pobre con el que construyen un ritmo vertiginoso, al que se suma la música en vivo del compositor Víctor Lucas.
También en clave de humor está el Shakespeare que sube al escenario de la Universidad Nacional el creador argentino Gabriel Chamé Buendía: Medida por medida (la culpa es tuya).
Chamé revisita la obra shakesperiana con esa gran capacidad que tiene de extrapolar el universo trágico al lenguaje del clown, mediante un lenguaje contemporáneo y desenfadado que llega como un imán hasta el patio de butacas. La versión en clave de clown aporta una nueva lectura al clásico, redefiniendo lo que entendemos por teatro tradicional. “A través de un cuidadoso engranaje entre los actores, la escenografía y la magia, se crea una atmósfera en la que los giros de la trama y las reacciones del público se entrelazan perfectamente”, expresa la compañía de Chamé en su programa de mano.
De México llega Jengibre Teatro con su celebrada Duelo de brujos, inspirada en las comedias de enredos del Teatro Clásico del Siglo de Oro. Teatro joven y para público joven, el espectáculo combina teatro en verso, música en vivo, danza, títeres y teatro de sombras para celebrar el poder de la imaginación.
Desde República Dominicana recala el montaje El Gallo, una puesta en monólogo de Francisc Cruz sobre los paisajes íntimos del estadista, escritor, poeta, político y ciego, Joaquín Balaguer. Y, finalmente, de Brasil llega Raquel Botafogo con su solo de danza Cinza com Sol, una profundización en la investigación sobre danza y formas animadas iniciada en 2013 junto a la Cia PeQuod de teatro de animación. En realidad, la obra escénica no es un solo sino un dúo entre la bailarina y un muñeco habitable (técnica que comparte miembros del artista manipulador con la estructura corporal del muñeco) que utiliza la danza, el teatro de formas animadas y la música, evocando las poéticas de Kazuo Ohno (1906-2010) —artista japonés y maestro de la danza Butoh— para abordar la muerte, la vida, la elaboración del duelo y la resiliencia.
Compromiso y realidad del teatro colombiano
Algunas de las compañías más internacionales del teatro colombiano se dan cita en esta edición, con grupos y dramaturgos que son referentes de la escena latinoamericana, y otros que están renovando las expresiones y búsquedas de la escena nacional.
La muestra la encabeza El Teatro Petra trae su último montaje, El pabellón del oído, una dramaturgia de Fabio Rubiano en la que explora una forma singular de familia desde ese tono de comedia negra, cruel, que atraviesa toda su dramática. Por su parte, La Maldita vanidad sube a escena el tema de la migración en Sinécdoque, la parte por el todo, con dramaturgia y dirección de Jorge Hugo Marín. El colectivo explora el tránsito de cuatro hombres en una situación de espera, en una obra cargada de diálogos cortos, donde la tensión de la situación alimenta un universo exterior que descubrimos desde los paisajes sonoros.
Otra mirada a la migración la expone Señor M. con la obra Frágil. Manuel Orjuela y su grupo de actores nos adentran en la historia de Ángel, cantante de ópera colombiano que haciendo su carrera de Tenor lírico en el lugar más remoto de Alemania, es visitado por dos amigos de la infancia provenientes de su natal Pereira-Colombia. Ellos han llegado allí con la absurda idea de pasar la frontera de los Estados Unidos desde Europa. Es ahí donde empieza una conmovedora historia de soledades, exilios e ilusiones de tres seres buscando fortuna alejados de sus raíces.
En este apartado nacional destaca Teatro El Paso, de Pereira, con Los Tumbaos, un fresco tenebrista que narra las soledades de Don Alirio Alicante, un músico en decadencia que espera, como Godot o como el Coronel de García Márquez, las regalías de sus éxitos ya lejanos, mientras se arruman sus recuerdos en el espejo apulgarado de la funeraria a donde han ido a caer sus sueños de gloria.
Sumado a los grupos nacional, se tiene una nutrida participación del teatro manizaleño en esta edición del festival, que permite a los espectadores acercarse a las distintas estéticas y poéticas que atraviesan la escena local del último año, a la vez que ampliarán el espacio de confrontación sobre los lenguajes, las técnicas y el abordaje de temáticas que transitan desde la tradición hasta la vanguardia.
Mediante convocatoria abierta, la organización del FIT hizo la selección de cinco montajes, que se ha podido ver a lo largo de la semana en los distintos escenarios: Cafeto, de la Corporación hablando por los niños; Yo no soy de aquí, de Teatro El Escondite; Uriela y sus hermanas, de El Giro colectivo Andrómeda 3.0; El Fénix de la montaña, de Actores en Escena, y Calvario, de Los Chicos del jardín.
Y como es costumbre en las últimas ediciones, en el marco del FITM se lleva a cabo el Congreso Iberoamericano de Teatro (del 29 de septiembre al 2 de octubre), que este año llega a su 8ª edición con Las pedagogías del teatro como tema centra. Durante mayo el comité académico evaluó 170 propuestas provenientes de 20 países, para seleccionar finalmente 64 intervenciones que se pondrán en discusión durante cuatro días en el Centro de Convenciones del Teatro Los Fundadores, a través de 16 de mesas de trabajo.
La experiencia de las compañías, los maestros, los talleres, los procesos comunitarios y los propios escenarios también generan saberes. Esa concepción atraviesa la trayectoria del Congreso Iberoamericano de Teatro, que inició en 2007 su reflexión sobre los caminos y desafíos de la creación colectiva y a lo largo de distintas ediciones se ha planteado grandes temas de discusión que responden a las tendencias del arte escénico contemporáneo, como la irrupción de las tecnologías digitales en la escena, el cuerpo y las corporalidades en la escena, o la política y lo político en la geografía escénica del continente.



