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La fuerza escénica del dolor en Johan Velandia

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Festival Internacional de Teatro de Manizales

Lo que no tiene nombre dirigida por Johan Velandia.

“El mundo se ha reído siempre de los locos. De Don Quijote, aunque con un fondo de ternura. De Hamlet, no sin cierta admiración. ¿Cómo podría yo, ahora, reírme de la locura?”, dice Piedad Bonnett en su libro Lo que no tiene nombre, en el que deja un testimonio demoledor de su duelo frente al suicidio de su hijo, Daniel. Johan Velandia retoma este texto y lo lleva a escena con la profundidad y la destreza creativa que no solo lo caracteriza, sino que la misma obra literaria conserva en su narrativa íntima, desgarradora y valiente.

Partir, como espectador, de haber leído el texto a su adaptación al cine o al teatro puede causar cierta expectativa, predisposición o, incluso, resistencia, pues convive una inherente necesidad de encontrar, en este caso, sobre las tablas, las voces, los gestos, los diálogos y las sensaciones causadas por la lectura de la obra; en contraste, el espectador puede ampliar su mirada, o pensar que la obra no alcanza el mismo efecto, o remarcar en él las posibilidades para habitarla. En este sentido, el montaje de Johan Velandia, para mí, recoge los momentos más sublimes del texto y los convierte en una composición poética pura, sensible, sincrónica, acompasada e intensa que nos abraza y nos recuerda, por un instante, que ante la belleza del arte -por supuesto tan subjetiva- sucumbe el tiempo: el reloj y todo lo que ocurre afuera queda de lado y simplemente moramos el territorio en el que nos encontramos con la obra para dejarnos llevar por la experiencia del acontecer teatral.

Uno de los elementos que más se destaca en el trabajo de La Congregación Teatro es la construcción y el desarrollo de los personajes, que tienen el potencial de crecer en el escenario y aproximarse al espectador con cautela, pero de manera directa. En este caso, recibimos personajes que se multiplican en otros: la madre se encarna en el cuerpo de varias actrices (aunque Victoria Hernández es quien lleva el hilo conductor), lo mismo que el hijo, los psicólogos, los psiquiatras, y hasta los medicamentos que cobran vida para hablarnos, desde el recurso de la crítica y el humor negro, del absurdo en el uso y abuso de los mismos y la necesidad de la ciencia en el siglo XXI de resolverlo todo para “no estar triste”. Así, sus gestos y sus voces resuenan y se prologan en diversos personajes para alcanzar un montaje mutante y polifónico, en el que diálogo de los cuerpos es constante, dinámico y sutil.

El manejo del tiempo no se da de forma lineal; la estructura se propone en zigzag, en un ir y devenir entre en el pasado y el presente, entre los recuerdos, las culpas, la memoria, los viajes, las crisis y los pensamientos intrusivos. En medio de este tejido temporal, aparece un objeto que se convierte en el signo articulador de la obra, en el dispositivo dramatúrgico que le permite a los actores transformar distintas relaciones espaciales y simbólicas con el espacio: la escalera; una escalera que no solo representa la subida al último piso del edificio para saltar al vacío, sino que también se convierte en las ventanas del avión, en las cargas de nuestras humanidades, en la habitación de reposo, en el vagón que viaja en el tiempo, entre otras posibilidades. A ello se suma una arquitectura teatral que sin mayor número de elementos escénicos (característico en Velandia) logra seducir al espectador con el juego de luces que potencian las texturas de los paneles de fondo, que por momentos giran y muestran, como parte del homenaje, la obra artística de Daniel, el hijo de Piedad Bonnett.  


Johan Velandia nos entrega una obra que, aún atravesada por el dolor de la pérdida y la tragedia, no cae en exceso de melodrama, y este para mí, resulta un gran acierto en su propuesta, pues se sostiene en un ritmo que evita imponer una respuesta afectiva en el espectador y, por el contrario, se vale de la plasticidad corporal de los actores, de las voces construidas musicalmente y de la potencia gestual para construir emociones que suben, se contienen, conmueven y descansan -por instantes- en una risa “penosa” que refresca la tensión durante la obra. El dolor no necesita exagerarse para tocarnos y acá, finalmente, dejo una bella frase que aparece en el libro “Vanas repeticiones del olvido”, de Eusebio Calonge, que me resuena a partir de este montaje que nace de un texto literario: “El dolor que encontremos en las palabras debemos devolverlo hecho emoción al escenario, limpio de sensiblería; la alquimia teatral cambia el dolor del mundo en fuerza escénica. Un dolor que a veces se libera en la risa, que es como una toma de aliento para sumergirnos en lo más profundo, y que nos deja una mueca enquistada o una carcajada helada”. Gracias Johan y Piedad por dejarnos una huella imborrable en esta edición de nuestro Festival Internacional de Teatro de Manizales.

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