Dirigida por Mariana García Franco y Abraham Jurado, se presenta en La Teatrería

Segunda llamada. El público entra al pequeño foro de La Teatrería, en la colonia Roma. Conforme ocupa sus asientos, observa a un grupo de ¿actores? No, en realidad son tres parejas conversando; sus palabras resultan ininteligibles. Poco importa: se trata de la intimidad de una reunión forzada en la que constantemente se intenta eludir la incomodidad de la convocatoria. El preámbulo funciona bien como ruptura de la convención de inicio, logrando una transición orgánica que posiciona al espectador como voyerista de lo que acontecerá.
Iván, Rainer y Roger son tres hermanos cuya cortesía y cariño aparente se truncan ante el peso de las circunstancias. Lucera, Ulrika y Bettina, sus parejas, se vuelven parte del caos vertiginoso que emerge y se disipa bajo la contención de los personajes. La farsa, la hipocresía, las convenciones sociales, los secretos y los traumas propios marcan el ritmo. Cuando uno de los seis alcance el punto de quiebre, la obra llega a esa respiración profunda y reveladora que sacia la curiosidad del voyerista: ¿cómo pasó esto? ¿En qué momento llegamos a este punto?
Con un elenco conformado por Juan Ríos Cantú, Mónica Jiménez, Francesca Guillén*, Estela Aguilar* (*estas últimas alternando funciones), Carlo Basabe, Gina Granados y Víctor Loorns, la diversidad de perfiles aporta verosimilitud y naturalidad a la historia. Algunas interpretaciones destacan: es el caso de Mónica Jiménez, en el papel de Bettina y Gina Granados, como Lucera. La exigencia de sus papeles requiere un equilibrio milimétrico entre el estado psicológico de los personajes y la fuerza histriónica de su trabajo para mantenernos en el universo en el que nos han atrapado.
Lo anterior deriva del trabajo de dirección de Mariana García Franco y Abraham Jurado; el reto de coordinación actoral, la atmósfera y el tratamiento de la dramaturgia del argentino Daniel Veronese, resulta una labor compleja llevada a buen puerto. No faltan los contratiempos —naturales en el teatro— de momentos breves en los que ciertas actuaciones decaen o exageran, sin que esto, afortunadamente, demerite en la calidad de la obra.
En una época donde la mayoría de las expresiones artísticas abordan —con justa razón— los temas urgentes del mundo, Veronese hace espacio para el drama interior; ese rincón donde existe la violencia, el desdén, el miedo, aunque también el amor y la alegría; vaya, aquello que nos conforma como seres humanos. La génesis de Mujeres soñaron caballos —producto de una noticia sobre el suicidio colectivo de animales que se arrojaban al vacío sin razón aparente— le llevó a una necesidad creativa de proyectar, en sus propias palabras, “el peso de nuestro pensamiento”. Esa metáfora, aparentemente simple, explota al final y cobra un sentido revelador.
Mujeres soñaron caballos, en La Teatrería. Funciones: martes 8:30 pm. Sábados 6 y 8 pm.Mayo: Sábados 1.30 pm.



