
En el marco del Día Internacional de la Danza, hablamos con Claudia Lavista, quien además celebra su primer año al frente de Danza UNAM.
¿Qué retos ves en temas como la cantidad de bailarines formados en México, el sostenimiento de compañías y el futuro de las nuevas generaciones?
CL: En Epicentro —el primer encuentro de universidades y escuelas profesionales de danza contemporánea—, nos hicimos esa misma pregunta. México tiene 33 licenciaturas en danza, que gradúan a unos 450 bailarines y bailarinas al año. ¿Qué hacemos con ellos en materia laboral?
La respuesta no está en las compañías de danza, ni en las becas del Sistema de Creación (antes FONCA), ni en los teatros. Desde mi experiencia, la clave está en el sistema educativo: La danza debe formar parte integral de la educación básica, no sólo como actividad física o turística, sino como herramienta formativa en valores como el trabajo en equipo, la construcción de identidad, la reflexión existencial y filosófica, y el cuidado comunitario.
Muchos de esos egresados comenzarán a crear agrupaciones, foros en sus comunidades y espacios propios. No hay recursos suficientes para becar a todos, así que la solución debe venir desde la educación.
Sobre la longevidad del bailarín: ¿qué pasa con su carrera a medida que envejece?
CL: Es un problema serio. Depende del tipo de danza: en la danza clásica la carrera es corta, mientras que en la contemporánea o en estilos como el Butoh, se puede bailar hasta edades avanzadas, por ejemplo, Kazuo Ono bailó magistralmente a los 90 años.
En general, a los 50 años un bailarín de alto rendimiento ya está dejando los escenarios. Pero quien estudia danza no solo baila: crea, da clases, organiza festivales, gestiona proyectos culturales. Yo misma, además de ser bailarina y coreógrafa, me convertí en gestora cultural para sostener Delfos y ahora, en la UNAM, impulso proyectos desde otro frente.
Las escuelas deben enseñar desde el principio que la danza no se limita al escenario: también es escribir, generar pensamiento crítico, crear publicaciones, construir comunidad.
A un año de tu gestión en Danza UNAM, ¿qué balance haces?
Estamos terminando una relatoría que incluye resultados simbólicos y mediciones concretas, algo que en danza no es común. Por ejemplo, preguntamos a los estudiantes cómo debería ser el perfil del maestro ideal y obtuvimos datos muy valiosos.
Epicentro fue un parteaguas: participaron 21 universidades y, al regresar a sus sedes, comenzaron a discutir los temas abordados aquí, como la necesidad de relaciones más horizontales entre estudiantes y docentes. Realizamos ejercicios para fomentar esta visión, donde la comunicación y el entendimiento sean bidireccionales.
Queremos impulsar una educación interdisciplinaria: que la danza no sólo se enseñe como técnica corporal, sino también desde la reflexión filosófica, el análisis político y la historia del arte. La danza atraviesa todas las construcciones sociales; moverse es también pensar y construir ciudadanía.
¿Qué ves hoy en la danza mexicana y en los cuerpos de los bailarines?
CL: Lo que sucede en el sur global es fascinante: hay un regreso a las raíces corporales, resignificadas en el presente. En noviembre traeremos a Sudakas Sudadas, que presentan Práctica de Culos —un título sin filtros— y trabajan desde esta resignificación.
Vivimos un momento de hibridación brutal: danzas populares, contemporáneas y de calle se mezclan en propuestas únicas. La interculturalidad, la migración de conceptos, la disolución de fronteras culturales… todo eso está transformando nuestras escenas.
Así lo reflejaremos en el Día Internacional de la Danza: celebraremos la diversidad como la riqueza de un bosque, donde lo valioso es la variedad, no la uniformidad.
¿Cómo avanza el trabajo de mapeo de escuelas y formación de bailarines?
CL: Epicentro fue el primer paso. Queremos construir un mapa nacional de escuelas profesionales de danza, con links a sus páginas. Aún no tenemos cifras cerradas, pero sabemos que hay 33 licenciaturas y que egresan unos 450 bailarines al año. Frente a esa cifra, los espacios laborales son escasos: CEPRODAC y DAJU, por ejemplo, sólo pueden acoger a 24 bailarines en total.
Estamos trabajando en esta numeralia, aunque es una tarea ardua.
¿Qué consejo le darías a un joven bailarín que está buscando su camino?
CL: Que tome todas las clases posibles de todo lo que le interese: danza, pintura, flamenco, filosofía… Que vea mucha danza y, sobre todo, que se encierre en un salón para descubrir quién es. La respuesta no está afuera: está adentro.
¿Cómo ha sido dejar en pausa Delfos y asumir este nuevo rol en la UNAM?
CL: Delfos está en pausa, pero no desaparece. Estar en la UNAM me permite generar proyectos para la comunidad de la danza, que es mi familia. Claro que hay problemas, pero medito y entiendo que este es un rol temporal de cuatro años. Después volveré a ser creadora, bailarina y maestra a tiempo completo. Estoy muy feliz.
La entrevista se realizó dos días antes de que Rossana Filomarino fuera nombrada Miembro de Número en Artes Escénicas de la Academia de Artes, y un día antes del Día Internacional de la Danza, jornada en la que Danza UNAM organizó 12 horas de actividades en el Centro Cultural Universitario.
El cierre fue con la Red de Bailadores, un colectivo juvenil que promueve el baile libre en las colonias bajo el lema: “sin acoso, sin alcohol, sin costo y sin competencia”. Con varios DJ’s, celebraron una gran fiesta en la explanada de La Espiga en el CCU, frente al Museo Universitario Arte Contemporáneo (MUAC).

La Nueva Red de Bailadores: El baile libre es bailar como quieras.
Claudia Lavista, actual directora de Danza UNAM,nació en París (1969), se formó en el Sistema Nacional para la Enseñanza Profesional de la Danza y con el maestro Federico Castro. Su carrera inició en los años 80 con el grupo U.X. Onodanza y la compañía venezolana Danzahoy, con la que realizó giras internacionales. En 1992, cofundó la compañía Delfos Danza Contemporánea junto a Víctor Manuel Ruíz y la Escuela Profesional de Danza de Mazatlán, consolidándose como una figura central en la formación de nuevas generaciones de artistas escénicos. Entre sus reconocimientos destacan el Premio Nacional de Danza (1992), la Medalla Luis Fandiño a la trayectoria artística (2020) y la distinción International Jerusalem Fellow Award (2021).



