Una obra sobre el amor al teatro

Todos, o casi, pasamos por etapas en donde añoramos la velocidad, las formas y el aroma de un tiempo. Eso generalmente quiere decir que hemos pasado del galope al trote y las rodillas no son tan flexibles como antaño. Pero mientras suceda en la acción y no en la quietud personal y muda de un recuerdo, la nostalgia no es más que un bello color otoñal al borde del camino. Ahora, el grupo teatral de El Milagro estrena una obra con ese nombre y ese tema aplicado naturalmente a su hacer, su estructura y sus habitantes. Es decir, un discurso para unos pocos peregrinos que lo han vivido pero con la posibilidad de ser disfrutado por todos.
Es muy agradable ver como el trabajo es un ramillete generoso que tiene en cuenta los factores esenciales de lo convocado: el público, por ejemplo, transformado en una ausencia, en una sombra con ecos de viejos aplausos renovados; la pobreza y la persistencia que casi siempre nace con un grupo y muchas veces también muere con él. El ingenio para inventar una escenografía válida con lo que se reúne de los bolsillos de todos y las contribuciones casi simbólicas de algunos amigos. El emparedado de referencias dramatúrgicas para intentar construir una identidad y el recurso de la comicidad para aligerar todo este paquete que contiene otros cuantos componentes similares que tiñen en su hacer de sentido y de valor al teatro y a sus hacedores.
Me recordó que hace pocos meses paso por México el Odín Teatret en una gira mundial al cumplir 60 años de existencia, con sus actores – aún los originales – guiados como siempre por su director, el maestro Eugenio Barba, que en pocas semanas cumplirá 88 años. Pero allí no había nostalgia sino la fortaleza que da una ética y una técnica. Que es lo que también vemos en el grupo mexicano. Y aquí, en la casa que ellos mismos fundaron, modificaron y actualizaron junto con muchas otras acciones e incluso como valiosos editores.
Para el montaje de La Nostalgia el equipo se constituyó con David Olguín como dramaturgo y director, Gabriel Pascal organizando la escenografía e iluminación, Mauricio Pimentel asumiendo uno de los roles y creando el vestuario, y completándolo Lura Almela con una gran actuación. Un trabajo lleno de ingenio y de amor al oficio y de respeto a sus habitantes, incluyendo por supuesto a los espectadores.



