Con casi 140 montajes en seis países, Morris Gilbert es uno de los productores más prolíficos y versátiles del teatro mexicano. En esta entrevista narra sus inicios, los leitmotiv que han impulsado sus proyectos y su visión del mal llamado teatro comercial.
Escrito por: Hugo Hernández

Rebeldía ha sido y es la actitud, sentimiento, postura… con la que ha enfrentado la vida, tanto en lo personal como en lo profesional, y gracias a ella hoy puede decirse enteramente satisfecho de quién es y de lo que ha logrado.
Recientemente cumplió 70 años de edad, casi 50 de los cuales ha estado dedicado al teatro. Para algunos es como el Rey Midas, aquel que todo lo que tocaba se convertía en oro; para unos cuantos es casi Belcebú, quien se ha “olvidado del arte, sólo para hacer dinero”; para la mayoría, por fortuna, es un apasionado del escenario que no para de trabajar, de generar, de producir… tanto así que acumula ya casi 140 montajes, no sólo en México, sino en al menos seis países.
Se trata de Morris Gilbert Raisman, quien con toda seguridad heredó el férreo carácter de sus padres: Salvador, polaco de nacimiento, sobreviviente de tres campos de concentración en la Segunda Guerra mundial, quien formó su familia con Ana, nacida en México de ascendencia rusa. Judíos ambos y padres de cinco hijos, de los cuales Morris es el tercero, el de en medio.
Si bien su gusto por las representaciones escénicas data de su primera infancia —cuando a los seis o siete años de edad jugaba en su cama, a la que con una sábana y una escoba convertía en tienda de campaña, y junto con sus amigos de entonces daba vida a historias que ellos inventaban—, fue hasta una década después cuando tuvo lo que podría definirse como una epifanía para su vocación.
Un grupo de amigos lo invitaron a ir a ver El hombre de La Mancha, con Nati Mistral. Curiosamente, ese día en la mañana él había visto en Excélsior una foto de la cantante y actriz caracterizada como sevillana y “no se me antojaba para nada ver una obra con una señora vestida así”.
Sin embargo, “materialmente me secuestraron y me llevaron al Teatro Manolo Fábregas. Nos tocó en la última fila de la sala, en la butaca pegada a la pared del lado derecho. Empezó la obertura y sentí como una descarga eléctrica. Algo en ese momento cambió mi vida para siempre”.
Luego de aquella inolvidable vivencia tuvo que viajar a Israel para vivir un año en un kibutz y sumarse a la construcción de la naciente nación. A su regreso a México se enfrentó a la pregunta familiar de ¿qué quieres estudiar? “En mi cabeza sólo oía teatro, teatro, teatro, pero lo dije y sólo se rieron. No les parecía una profesión. Lo veían como algo frívolo. Pero yo lo tenía muy claro.”
Tenía apenas 18 años y entonces sucedió algo que le pareció una clara señal que reforzaba su vocación.
Viajaba en un camión rumbo al sur de la ciudad, iba leyendo y al levantar la vista vio que pasaba frente al Teatro Insurgentes y sintió algo extraño. Decidió bajar, vio la puerta abierta y entró. Le atendió Ramiro Jiménez, el inolvidable Pollo: “Le dije que quería hacer teatro, se sonrió y me respondió: ‘Mira, ese señor que está ahí es director de escena y también maestro. Se llama José Luis Ibáñez, habla con él’”.
Ibáñez lo invitó a tomar clases en su taller de actuación y seis meses después lo llamó para participar en una obra de título profético: Un proyecto para vivir, en la que además de actuar, Morris se desempeñó como asistente de dirección, lo que le implicaba estar involucrado en todas las áreas del montaje, que luego de su temporada en el Teatro Manolo Fábregas, salió de gira por distintas ciudades, y fue en ese recorrido donde “surgió” su espíritu de productor.
“Jaime Valdez, quien era el productor del montaje, enfermó gravemente y sin que nadie me lo pidiera oficialmente empecé a hacer sus tareas. Recorrimos todo el país y aprendí muchísimo.”
Esa gratísima y aleccionadora experiencia fue el catalizador para encontrar su verdadera vocación: producir, lo que le permitiría hacer lo que él decidiera sin depender de nadie más.
Junto con su mentor viajó a Nueva York para buscar obras, ahí vieron Los hijos de Kennedy. Adquirió los derechos y se lanzó a esa primera aventura, dirigida por Ibáñez.
Convencer a los actores fue una de las tareas más difíciles, lo veían como un chavito entusiasta, pero nada más. Sin embargo, gracias a su tenacidad conformó un elenco de primera: Susana Alexander, Julieta Egurrola, Héctor Bonilla, Norma Lazareno y él mismo.
Los hijos de Kennedy se estrenó el 12 de enero de 1977 en el Teatro Independencia, y fue un primer gran logro, al que se sumaron otros títulos como Cenizas, dirigida por Héctor Mendoza; El árbol, de Elena Garro; y luego Claudia, su primer éxito en taquilla. Y fue precisamente durante la temporada de esta última que Morris tuvo que tomar una drástica determinación: dejar la actuación.
“En el día trabajaba en el taller de mi padre (venta de uniformes escolares) y atendía los pendientes como productor de Claudia. En las noches daba las funciones, y al terminar éstas ensayábamos Nube nueve, dirigida por Julio Castillo. Un día durante la función se me durmieron los brazos, pensé que era un ataque; en el intermedio me revisó un médico y me dijo: no es un infarto es un ataque de estrés. Tiene que bajarle a sus muchas actividades”.
Esa noche, Morris se quedó a solas en el teatro, se despidió del escenario y decidió que con Nube nueve terminaba su vida como actor, actividad que ha extrañado, y en diversas ocasiones ha sentido el gusanito de volver a los escenarios.
“Y es que, por supuesto, la vida del actor es mucho más divertida y en la actualidad más alivianada, pues gracias a Dios los actores hoy tienen mucho trabajo y a los productores nos cuesta mucho más trabajo levantar proyectos. Estamos en un tiempo especialmente difícil para el teatro.” Tan difícil como en 1985, cuando se estrenó Nube nueve, que hubo de cerrar su temporada, como muchos otros montajes, por el terremoto que azotó a la Ciudad de México.
En 1986 estrenó Y seguir viviendo, una obra que con su título resumía el sentimiento de los mexicanos ante la tragedia que habían enfrentado.
Fue hasta 1988 que Morris retomó su actividad de manera intensa, y no sólo llevó a escena tres puestas (Mi vida es mi vida, Magnolias de acero y Sola en la oscuridad), sino que empezó la preproducción de un montaje que cambiaría el rumbo de su vida profesional: el musical ¡Qué plantón!
“MORRIS, NACISTEPARAHACERMUSICALES”: LUCHA VILLA
En octubre de 1985 se estrenó en Londres el musical Los miserables, que maravilló al mundo entero. Dos años después llegó a Broadway y Morris Gilbert empezó las negociaciones para traerla a México, lo que pudo concretar hasta el 2002, gracias a Ocesa.
Pero en 1988 se acercó a él Guillermo Méndez y le contó que acababa de escribir, junto con Marina del Campo, un musical con toques ecológicos y se lo querían presentar para ver si le interesaba producirlo. Morris les advirtió que estaba esperando los derechos de Los miserables, pero que irían avanzando mientras tanto.
Hicieron lo conducente: una lectura, un taller de perfeccionamiento y lo presentaron al matrimonio Fábregas, quienes ante la evidente calidad del proyecto aceptaron rentarles el Teatro San Rafael, santuario de los grandes musicales.
El resto es ya historia: ¡Qué plantón! tuvo una temporada de dos años; superó las 600 representaciones; recorrió materialmente todo el país en una exitosísima gira, convirtió en estrellas a sus actores (Lolita Cortés, Susana Zabaleta, Manuel Landeta, Gerardo González…); se estableció como un clásico en grupos estudiantiles que hasta la fecha lo montan constantemente; pero sobre todo significó para Morris un paso enorme en su carrera, como se lo dijo Lucha Villa la noche del estreno: “Morris, tú naciste para hacer musicales”.
Inquieto como siempre, paralelo a la temporada de ¡Qué plantón!, llevó a escena otras puestas, y fue en 1992 que una vez más el éxito taquillero tocó a su puerta con Adorables enemigas, en una exitosísima temporada de más de tres años y 900 funciones, pero que especialmente le dejó un enorme regalo: la amistad con Carmen Montejo y Marga López para toda la vida.
“Estrenamos en el Teatro Insurgentes, donde nos iba muy bien, y luego por decisión del dueño inexplicablemente nos lo quitaron. Buscando a dónde mudarnos y nos fuimos al Hidalgo, ahí dimos un trancazo, un enorme trancazo de taquilla; vendíamos hasta las escaleras. Fue la primera obra en la que verdaderamente gané dinero.”
CON OCESAMESAQUÉLALOTERÍA
Pocos años después, en 1997 sucedió un acontecimiento que abrió un nuevo rumbo en su trayectoria, y que hasta la fecha ha dado como resultado un centenar de maravillosos montajes de todos los tamaños, géneros, nacionalidades, estilos: su colaboración con y para Ocesa.
“Tenía ya 10 años intentando producir Los miserables, y por mil razones no se había podido concretar. Estaba cansado y un poco desilusionado, así que decidí que si no se hacía pronto me retiraba. Pensaba que yo había llegado hasta donde se podía llegar en mi carrera, ya eran 20 años. Y entonces apareció Ocesa.
“Siempre les he dicho que yo los invoqué. Anhelaba que existiera una empresa que fuera así, y así y así… Y llegaron ellos. Mi relación inicial con Ocesa fue por Ticketmaster; fui el primer productor teatral en usar sus servicios para Adorables enemigas. Recuerdo que tuvimos problemas al principio y un día que de plano no sirvió el sistema reclamé a gritos hasta que todo funcionó bien.”
Tiempo después, lo invitaron a una comida y le dijeron: “Estábamos buscando a alguien para ser el director de la División Teatro de Ocesa, y luego de oírte gritar con tanta vehemencia para defender la venta de los boletos, creemos que eres la persona adecuada, y queremos saber si te interesa”.
“Me quedé con el ojo cuadrado. No los conocía, sabía que les iba muy bien en conciertos, pero esa área no es mi fuerte. Así que les dije: vamos a probar, para conocernos. Y empezamos con una obra chiquita Confesiones de mujeres de 30; mientras ellos producían La Bella y la Bestia. Pensé: ‘A ver cómo lo hacen’; y cuál fue mi sorpresa al ver la maravilla de trabajo que habían logrado. Me dije: ‘¡Tarado, tarado, tarado! Estos sí son los de a deveras’.”
Días después Federico lo invitó a una junta con todo el equipo de La Bella y la Bestia: “Fede tenía una botellita de agua en las manos, me la lanzó, la caché y dijo: ‘Les presento al nuevo director de la División Teatro’”.
Desde entonces han pasado 26 años, a lo largo de los cuales juntos han llevado a escena 26 grandes musicales, y más de 60 obras de cámara. Para describir su relación con Ocesa, Morris tiene una sola palabra: ¡MARAVILLOSA!
“A lo largo de este tiempo sólo he recibido cosas buenas de todos ellos: de Alejandro Soberón, de Fede, de George González, de Julieta González. Aman el teatro, y lo apoyan de manera materialmente incondicional. Con Ocesa me saqué la lotería, gracias a mi trabajo; no fue fortuito, pero me saqué la lotería.”
Si alguien le pregunta hoy por su musical preferido, sin dudarlo responde Anastasia, “pues es el que está ahora en cartelera, y siempre será así. El que está vivo es el favorito; el resto son recuerdos, gratísimos, maravillosos, pero recuerdos al fin”.
Entre esos 26 musicales ha habido experiencias de todo tipo: Mary Poppins y Hoy no me puedo levantar fueron difíciles, por las “singulares” personalidades de sus creativos; otros han estado llenos de momentos soberbios, como el primer montaje de Los miserables, Chicago, El full Monty, Violinista en el tejado, Wicked…
Amén de los éxitos artístico y comercial, Ocesa ha impactado en dos ámbitos muy importantes en el teatro en México: por un lado, la profesionalización de sus distintas áreas y por el otro, la exportación al mundo de talento mexicano.
Por lo que toca al primero de estos aspectos, hay dos ejemplos evidentes: desde el primer musical hasta el más reciente, todos los personajes (protagonistas o ensamble) se ganan su lugar en las audiciones; lo cual garantiza que cada papel siempre lo obtenga el mejor para hacerlo. Eso ha propiciado que actores, cantantes, bailarines, se preparen más cada vez.
“Ocesa no sigue el modelo de llamar estrellitas de televisión, que estén de moda, sin importar si tienen los talentos para hacer el personaje. Recuerdo cuando montamos Chicago, me llamó una gran estrella de telenovelas para decirme que quería el personaje de Roxie, le respondí que estaríamos encantados de considerarla. Le informé que tendríamos un taller de perfeccionamiento del estilo Fosse, y luego vendría la audición, y si los creativos la seleccionaban estaríamos más que contentos de trabajar con ella. Me dijo: ‘¿Quieres que yo audicione; en mis tiempos no era así’. Y le respondí: ‘Creo que esos tiempos ya pasaron’”.
Y concluye la idea tajantemente: “Hemos mantenido esa política, y estamos muy orgullosos de que así haya sido y siga siendo”.
El segundo ejemplo se vive en las áreas técnicas. “En los primeros montajes recibíamos decenas de creativos extranjeros de cada área, para hacer o supervisar el montaje —explica Morris—, actualmente cada vez son menos y ha habido ocasiones en que la supervisión es mínima, e incluso ahora hemos mandado técnicos y creativos a montar las obras en otros países.”
A esto hay que añadir las decenas de artistas egresados de las filas de Ocesa que encabezan los repartos de múltiples montajes en México y otros países, e incluso no sólo en teatro, sino en cine, series… Bianca Marroquín, Luis Gerardo Méndez, Michelle Rodríguez, Alan Estrada, Fernanda Castillo, Mariana Treviño, sólo por mencionar a algunos.
PORHOMOSEXUALFUIDISCRIMINADO, PORESOSOYREBELDE
Además de su compromiso con la calidad, Morris ha tenido otro con la congruencia. Desde su primer montaje hasta ahora sólo ha llevado a escena obras en las que él cree personalmente, que le gustan, que le interesa comunicar. Esta congruencia tiene una base: su rebeldía de siempre.
“Siendo homosexual, de niño, de joven fui discriminado, fui perseguido, fui atacado por todas las vías habidas y por haber. Hoy en día es muy fácil ser gay. Hace 50 años no era tan fácil y hace 60, menos. Y tampoco es que hoy sea facilísimo, pero el cambio y la apertura que ahora tenemos es un gran paso en relación a aquel entonces.
“Mi forma de sobrevivir, de salir adelante, fue rebelarme. Decir no, no estoy de acuerdo y me van a oír. Y empecé a hacer todas estas obras disruptivas porque quería que me oyeran.”
El tema de la homosexualidad estuvo presente en producciones como ¿Los hijos de Kennedy, Actos indecentes, La fiesta, Los monólogos de la vagina, El Full Monty, Nube nueve, No más sexo, Visitando al señor Green, Rent, Verdad o reto, Perfectos desconocidos…
Sin cacarearlo ni presumirlo, sino con la convicción de que era su obligación y su derecho, desde hace 50 años Morris ha enarbolado ésa y otras muy válidas banderas.
Y su rebeldía se ha manifestado no sólo contra la homofobia, sino contra otros muchos prejuicios y abusos, como la pederastia, la violencia de género, la destrucción ecológica, el capitalismo salvaje, el maltrato infantil…
“El teatro ha sido mi manera de protestar por las injusticias. Tenemos que decirle a la sociedad que cada quien tiene el derecho de ser libre, de ser quien es y no pedir permiso ni tener que dar explicaciones a nadie.”
Uno de sus montajes más exitosos, en múltiples sentidos, es Los monólogos de la vagina, que recientemente celebró 8 mil representaciones, en 23 años de temporada. Del mismo, Morris dice: “Cuando vi la obra en Nueva York me prometí a mí mismo que haría que la mayor cantidad de gente la conociera. Siempre he estado en contra de la violencia hacia las mujeres, y esa conciencia nació siendo apenas un niño de 5 años, cuando cerca de mi casa oí cómo violaban a una joven y nadie hizo nada para defenderla. Y después tuve mujeres maltratadas en mi propia familia, esos dos factores me hicieron comprometerme con esa obra”. Tanto que incluso produjo una temporada en español en Broadway.
Avalado por su trayectoria, que se acerca a las 140 producciones (en México, Argentina, Israel, España, EUA y próximamente en Reino Unido), rechaza tajantemente la etiqueta que algunos han tratado de ponerle como el productor comercial por antonomasia. “Me sorprende mucho la tontería humana: juzgan, prejuzgan sin saber, sin investigar. Si ésos que critican revisaran mi trayectoria verían que no me he dedicado ‘tanto’ al mal llamado teatro comercial.
“Son etiquetas que nos han querido imponer para dividirnos. Y me parecen absurdas y ridículas. Yo he producido de todo y hay quien no quiere verlo, o no les conviene verlo.”
En la tranquilidad de su oficina en los rumbos de Polanco, Morris reflexiona sobre su actividad como productor desde hace casi medio siglo y concluye: “Financieramente, ésta es una profesión muy terrible: en el teatro es facilísimo perder dinero y es casi imposible ganarlo. Y aunque públicamente diga que siempre nos va bien económicamente, no es cierto. Pero no ando por ahí lamentándome.
“La verdad es que la mayor parte de las obras que montamos no ganan dinero e incluso no muchas recuperan ni su inversión. Es mínima la cantidad de obras que ganan y por fortuna casi siempre ésas cubren las pérdidas de las otras. Los productores tenemos alma de apostador y siempre decimos: en la próxima me va a ir muy bien, en la próxima me recupero. Por eso seguimos, porque tenemos esa esperanza y mágicamente aparece a veces ese garbanzo de a libra.”
Hoy, con 70 años de edad y 48 de productor, Morris dice no tener proyectos a mediano o largo plazo, hoy planea el día a día. “A corto plazo quiero seguir trabajando, buscando obras, produciendo; y sobre todo divertirme, porque a eso venimos a este mundo: a pasarla bien.”
Él, sin duda, la ha pasado muy bien. Ha hecho lo que ha querido, y se ha movido y mueve como pez en el agua en la actividad que sin dudarlo ni un instante define como su vida misma: el teatro.



