
Puerto deseo es un sitio completamente inesperado. Inasible, impreciso, sorpresivo. Con este montaje, versión libre de Un tranvía llamado deseo, podemos recordar el final desconcertante de la película Había una vez en Hollywood, de Quentin Tarantino, donde reconocemos perfectamente una historia; por decirlo de algún modo, ya sabemos lo que vamos a ver, pero queremos verlo de nuevo. Lo reconocemos, es una historia que no nos cansa. Sin embargo, lo que ocurre al final de esa película, lo diferente, es lo que ocurre en Puerto deseo desde el primer momento. Cuando entra a escena Pablo Marín, en lo que identificamos de inmediato es el papel nada menos que de Blanche DuBois, advertimos que se trata de una versión moderna, por llamarla de cierta forma, en la que este personaje legendario estará encarnado por un hombre gay. Dejándonos llevar por la inercia, podríamos suponer que ahí para todo, que no es cosa menor, es cierto, pero que la historia se mantendrá intacta; es decir, que además de Mariano, como Blanche DuBois, una tremenda variante, no tendremos otros cambios. Sin embargo, en algún momento, dejaremos de preocuparnos por perseguir la historia que ya conocíamos. El mundo ha cambiado.
Con una libre adaptación de la obra clásica de Tennessee Williams, Gabriela Guraieb y Mariana Giménez emprenden una serie de riesgos incalculables, en donde lo que parece imperar es el caos, la tremenda cantidad de discursos a la que accede una persona promedio, sobre todo en las ciudades. Puerto deseo no es Un Tranvía, pero tampoco es necesario que lo sea; la dirección escénica de la propia Mariana Giménez nos lo recuerda cada tanto, nos lleva por caminos diferentes. ¿Qué pasaría si los personajes de Williams estuvieran en una atmósfera creada a partir del diseño escénico de Alita Escobedo y Mario Marín del Río, en el México de los años 80, pero además con una visión tremendamente actual, cabalgando del bolero al anarcopunk? Así se desdibujan las fronteras en estos tiempos, donde los nuevos discursos parecen fluir, no sin pasión, pero sí con una libertad envidiable. Sin duda, Teatro UNAM apuesta con esta producción por estos nuevos discursos en los que, como diría Borges, cada época debería tener la capacidad de reinventar a los autores clásicos.
La obra se presenta del 3 de octubre al 24 de noviembre en el Teatro Juan Ruiz de Alarcón, con funciones los jueves, viernes y sábados a las 19:00 horas y domingos a las 18:00 horas. Suspende 12 de octubre; 1 y 2 de noviembre. Los boletos pueden adquirirse en la taquilla del teatro y en línea, el costo es de $150 pesos, con 50% de descuento para alumnos, maestros, exalumnos de la UNAM e INAPAM. Las funciones de jueves Puma la entrada es de $30 pesos. Para más información se puede consultar la página www.teatrounam.com.mx y www.festival.culturaunam.mx; así como las redes sociales de @TeatroUNAM y @CulturaUNAM.



