Concluyó temporada en el Juan Ruiz de Alarcón del CCU
“Lo que hace la IA es tomar algo de ti. Toma algo de tu alma o tu psique;
eso es muy perturbador, sobre todo si tiene algo que ver contigo.
Es como un robot tomando tu humanidad, tu alma” (Tim Burton)

En una aldea psicótica se abren las dudas del mundo que nos plantea la tecnología y la moral a la que nos arroja.
Un juguete con figura humana, femenina, para mayor seducción de las y los ahí convocados, aparece en la vida de: una especie de consejero-gerente, una inversionista, tipo Shark Tank, una joven emprendedora que podría ser profesionista de la UNAM, de clase media, “doctorante”, “maestrante” o licenciándose y un empleado, “encargado” u algo parecido. Todos personas sin nombre, es decir “cualquiera” como tú ó como yo.
Al transcurrir la obra, en la memoria de este humilde mirador, más visual que teatral, vinieron a mi mente El proceso, de Kafka, el cine de David Cronenberg, Terry Guilliam, Tim Burton, Ridley Scott y algunos capítulos de Black Mirror. Aunque sabemos bien que hubo un Siglo de Oro, en el que se escribían obras en verso y uno de los temas más relevantes era el honor.
El honor detrás de tantas y tantas capas de máscaras, la competencia por ser aceptado, querido, invitado o “certificado”, un cambiante concepto, que pronunciado así: “honor” suena antiguo. Sin embargo David Gaitán y su equipo creativo, lograron incrustarlo aquí y ahora, más allá de un mero efecto de eclectisismo. Más bien nos presenta una traducción temporal, y hace un planteamiento lúdico de lo que significaría hoy.
Gaitán, autor y director de la obra, no recurre a la nostalgia para vender o para generar una emoción estancada en un tiempo que ya se fue, como sucede con la mayoría de estaciones y plataformas de radio con la música y la televisión en sus múltiples formas bajo la premisa aquella de “recordar es vivir”. No se trata de hablar en contra de que recordemos, al contrario, como dijo una amigo recientemente “la nostalgia estanca, no te permite aprender o entender cosas nuevas”. Al colocar el tema del honor y a sus personajes dialogando en verso, está más cerca de Volver al Futuro, que del remake de alguna otra película del antiguo Hollywood. Además el elenco fluye ágil en una dinámica que no satura.
Y del verso del Siglo de Oro a nuestro español contemporáneo hay un salto que diluye el tiempo y acaso nuestras intenciones en el engañoso mar de palabras, el lenguaje como puente entre el siglo XVI y este, como si hubiera sufrido un virus en esta puesta en escena que muestra lo que es el honor de ayer hoy o el hoy de lo que sería el honor.
Los habitantes de la aldea se enmarañan en un dilema surgido de una misteriosa lista que se hace pública y de su vínculo con la matrix-juguete: una mujer (aquella de Here she comes, here she comes, en Metrópolis, de Fritz Lang, 1927, o la replicante Nexus-6 Pris Stratton, de Blade Runner, de Ridley Scott, 1982). El juguete en esta aldea colapsa. Es un robot que hace de todo, como Alexa, las muñecas sexuales orientales, ChatGPT, Robotina (Los Supersónicos, 1962) o el más caro celular ligado a un ordenador o a un reloj.
De pronto para deliberar, los personajes aparecen unidos al juguete con una línea telefónica cada uno, a manera de un cordón umbilical que de romperse les va la vida. El encuentro me recuerda el juicio en el que se coloca a Josef K. En El Proceso porque en este caso nadie sabe quién hizo la lista o por qué están en ella, todo es puritita especulación, en Kafka son las instituciones, en la obra, las implicaciones de estar ligados nuestros valores a la tecnología. Se asume una culpa cuyo origen se desconoce pero sus efectos no se ignoran.
Hoy es posible acercarnos a alguien desde muy lejos, lo ves en una pantalla, lo escuchas a través de una bocina, y eso es fantástico, pero puede ser que nos habituemos a ello más que a el contacto en vivo. Por un momento creemos que quien triunfa es el más jodido, el menos atribulado de los personajes en esta puesta en escena en la que esa sensación se esfuma al ver que todos ellos: el consejero, la inversionista, la emprendedora y el mensajero, digamos, compiten todos por un status, por no entrar en una lista de rechazados, olvidados o malpedeados, dicho llanamente.
Es fabulosa la manera en que Gaitán, el autor y director de la obra, nos restriega en la cara que de aquel tiempo (siglo XVI) para acá, las aspiraciones y qué serán ¿defectos? de la humanidad, siguen siendo aproximadamente los mismos, en fin, «el lenguaje es un virus».



