La puesta en escena con la que Arturo Riós celebra 50 años de actor termina temporada este 9 de noviembre en el Teatro El Granero

Sí, celebrar con un compañero actor, dicho así con mayúsculas, es un homenaje para Arturo, pero lo es más para quienes tenemos el privilegio de haber trabajado con él, y para quienes pudimos emprender el periplo de su viaje por El Final, el monólogo teatral autoría de Beckett.
Vivir esta batalla teatral emprendida por Arturo, es sumergirte al mar de la honestidad de un ser, ese que se brinda con todo a lo que es la esencia del actor.
La partida y camino a la etapa de sobrevivencia, cual naufragio de un anciano que está en sus últimos tiempos de vida. Lo despiadado y egoísta de la rueda, en un girar lento y doloroso de un desheredado. Beckett no se anda por las ramas, y emprende el periplo de un viejo por diferentes senderos, sólo para buscar el refugio de los días. Los caminos, cuevas, albergues, sótanos, casas desoladas, son los bosques de un viejo Lear enloquecido a falta de cordura. Este viejo nos lleva a la senda de la soledad de la sobrevivencia, reflexiona, vive, encarna la desprotección de todos los abrazos.
La puesta en escena comienza al vivir la instalación fotográfica (extraordinaria por cierto) por los caminos de los cincuenta años de actor de Arturo Ríos. Al anunciar la tercera llamada desde el lobby, uno entra a las entrañas del teatro, una ruta de huellas del personaje a conocer. Un universo Beckettiano, alumbrado apenas por la utilería que acompañó al anciano por vivir. El velorio de un viejo irlandés está por revelarse.
La oscuridad se hace luz cuando vemos a un actor concentrado hasta la médula. El viaje comienza. Uno como espectador visitará las entrañas del alma. Arturo no tiene contemplaciones. Va. Se adentra al mar de todos los océanos. Su única embarcación es una pequeña tabla. De ahí el actor no se moverá. Es su universo. El movimiento creativo está en su volcán de ebullición interno. La extraordinaria apuesta de dirección de Ana Graham, me recordó las grandes direcciones actorales de Ludwik Margules. «El actor debe acojonar al público sin parafernalias de movimiento escénico», decía el viejo sabio de la pipa. Arturo conoce bien esas rutas pues vivió hondamente al viejo polaco en un par de puestas que le recuerdo (Lulú, y Antígona Nueva York).
En una hora cuarenta y cinco minutos, los espectadores somos testigos del ser humano. La rueda de la vida para un desheredado de privilegios. El teatro revela luz a lo oscuro que vemos de reojo. ¿Qué sería de nosotros en la derrota de la soledad, del abandono de todos los cobijos? ¿Con el silencio del desprecio absoluto?
Viví el aplauso de cincuenta años de un actor consagrado a su oficio por entero. Arturo es un símbolo de eso desconocido para muchos, eso llamado mística.
El Final, es una lección de teatro en dirección, en iluminación, en el silencio que comunica las verdades. En la poesía del hecho teatral. Un viejo anónimo de Beckett que es todos nuestros viejos que callamos. La soledad auténtica de todos nuestros teatros.
Mi epílogo, a esta experiencia agradecida, queda en mi Lear por un final de una tabla salvatoria. El vaivén de una vida suspendida. El final de todos los finales. El mi reino por un actor en la entrega total; como esa vivida por Arturo Ríos. !Gracias todas por una noche maravillosa de teatro!



