Volker Ludwig, dramaturgo y director de Grips Theater (Alemania)
Queridos amigos y compañeros de aventuras,
A los que trabajamos en el teatro para niños y jóvenes se nos conoce por ser las personas más felices del mundo. ¿Puede haber una ocupación más útil, enriquecedora y gratificante que hacer teatro de calidad para los más pequeños? Por supuesto que no. Pero la felicidad es un tema discutible. ¿De qué felicidad gozan los padres que apenas pueden alimentar a sus hijos? Desde tiempo atrás, nuestros pequeños sienten los efectos de la globalización. La “infancia despreocupada” llega a su fin cada vez más pronto, incluso en los países ricos. Los sueños de futuro se convierten en pesadillas, la carrera de ratas comienza en los albores de la infancia y el miedo al desempleo puede percibirse hasta en las escuelas primarias. Los gobiernos se ven abocados a implementar recortes porque el dinero disponible se encuentra ya en las cuentas bancarias de las multinacionales. A la hora de ahorrar, los primeros en pagar son los más desfavorecidos socialmente, seguidos de cerca por las artes, lo cual significa que el teatro de los niños se ve doblemente afectado.
Pero, independientemente de que un teatro consolidado vea reducidos sus subsidios o una compañía de teatro alternativo se quede sin su sala de ensayos, lo que resulta realmente sorprendente es la increíble estupidez de las personas que piensan que recortando los fondos del teatro infantil podrá ahorrarse dinero. Porque los niños que tiran la toalla, que se convierten en borrachos o especuladores, traficantes o ladrones, que terminan entre rejas, cuestan al Estado cien veces más. Por el contrario, aquellos pequeños familiarizados con un teatro que aborda su realidad, su vida diaria, sus esperanzas, miedos y anhelos, un teatro que les muestra que no están solos, que les invita a celebrar, reír y llorar, que confía en ellos y estimula su imaginación social… a esos niños es difícil oprimirlos.
El teatro no puede cambiar el mundo, pero puede llenar los corazones, los sentidos y el raciocinio de nuestros niños y adolescentes con la certeza de que el mundo puede cambiarse. Y eso es algo por lo que vale la pena luchar.
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