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El teatro te invita a explorar el mundo; es una obra de arte en proceso: Raúl Ángeles Flores

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Estrenará la obra Voy a apagar el fuego, en La Plata, para luego hacer presentaciones en todo México y circuito en festivales

Raúl Ángeles Flores, dramaturgo, director, productor escénico, actor queretano, con una gran trayectoria en el teatro para las infancias y para adultxs.

Raúl Ángeles Flores es un dramaturgo, director, productor escénico, actor queretano, México, con una gran trayectoria en el teatro para las infancias y para adultxs. Nos conocimos en el año 2023 en el Festival de Teatro Identidad y arte de Orizaba, Veracruz. Raul participa activamente de circuitos de festivales. En esa oportunidad se presentó con su obra La olla y el cucharón, en el año siguiente, 2024, nos recibió en Querétaro, mientras estábamos de gira por CDMX (Foro Shakespeare y El Altillo de las Artes), Querétaro (Teatro La Gaviota) y Orizaba (Festival de Teatro de Identidad y Arte). En el año 2025 vino a La Plata, Argentina, a presentarse con una obra en la Escuela de Teatro La Plata, instituto superior de arte teatral con 78 años de trayectoria, donde también impartió un taller de máscaras para lxs estudiantes de todas las carreras. Fue en esa estadía donde surgió,  mate de por medio, la propuesta que lo dirija en un hermoso texto que quiso compartirme y leímos juntos. Sólo en su lectura la obra me emocionó hasta las lagrimas, acepte, iniciamos un proyecto de coproducción internacional autogestivo, viaje a Querétaro a dirigirlo y ahora estrenaremos la obra en La Plata, Argentina, para luego hacer presentaciones en todo México y circuito en festivales.

Esta entrevista que di por llamar “Entre creadores” tiene por objeto dar a conocer su obra, sus creaciones y a éste gran artista del teatro Mexicano.

Raúl, cuéntanos sobre tu formación y tus áreas de trabajo en teatro y artes escénicas.

Hola. Mira, mi formación comenzó desde muy pequeño, siempre estuve haciendo teatro. Desde niño estuve en las tablas y eso me permitió conectar profundamente con las infancias, porque yo era un niño haciendo teatro para niñas y niños. Esto, de entrada, me dio una idea muy clara de la importancia del teatro para las infancias: poder conectar con ellas, bajar del escenario y continuar con el juego. Para mí, el teatro siempre ha sido eso: estar en el escenario jugando, jugando a hacer muchas cosas.

Posteriormente, me profesionalicé. Mi primer acercamiento formal fue en Casa del Teatro, en el Centro Dramático de Michoacán, donde tuve maestros increíbles como Naolí Eguiarte, Mauricio Pimentel, Nora Manek, la maestra Rocío Belmonte, Rodolfo Guerrero y el maestro Luis de Tavira, entre muchos otros. Ese momento fue un parteaguas en mi vida, porque detonó algo muy importante: tomar en serio ese juego escénico que ya habitaba en mí. No sé si me explico, pero a partir de entonces el juego se volvió serio.

Desde ahí comencé a trabajar de manera más formal en mis propias producciones. Ya tenía la inquietud de trabajar con títeres y hacer teatro para las infancias, pero después de ese diplomado decidí hacerlo al cien por ciento. Desde entonces, aproximadamente en 2010, no he dejado de hacer teatro en ningún momento.

Posteriormente realicé la Licenciatura en Docencia del Arte en la Universidad Autónoma de Querétaro, lo cual me permitió desarrollar herramientas pedagógicas para fortalecer mi trabajo, tanto como actor, titiritero, dramaturgo, director y fabricante de títeres.

A partir de 2017 fundé la compañía El Palacio de los Títeres, una compañía dedicada al cien por ciento a las infancias, que afortunadamente se ha convertido en un proyecto social muy importante para mí y para todo mi equipo. Nos dedicamos a trabajar con infancias en situaciones de riesgo, como población migrante, comunidades en estado de vulnerabilidad y minorías, especialmente en lugares donde el teatro no suele llegar. Esto ha permitido que El Palacio de los Títeres se posicione como una compañía que aborda diversos temas y los lleva a escena con un enfoque social.

Afortunadamente, tanto instituciones culturales de nuestro estado y del país como instituciones privadas han creído en nuestro trabajo y nos han brindado su apoyo. Entre ellas, el Grupo Ecológico Sierra Gorda y la Comisión Estatal de Aguas, con quienes hemos podido realizar giras por diversas comunidades de la Sierra de Querétaro.

Nos interesa conocer tu trabajo vinculado a los DDHH y tu mirada respecto al teatro como herramienta social de transformación.

Yo creo que todo el teatro, de alguna manera, muestra una realidad. En el caso del trabajo que hacemos para las infancias, siempre hay algo en lo que las niñas y los niños pueden creer, imaginar y proyectarse hacia el futuro. El teatro les permite pensarse como alguien diferente y abrir posibilidades.

Nuestro acercamiento a los derechos humanos comenzó hace algunos años, a partir del trabajo con distintas fundaciones. Empezamos abordando el derecho al juego, entendiendo que las niñas y los niños también tienen derecho a jugar. Sin embargo, nos dimos cuenta de que muchos no pueden ejercerlo; en Querétaro, como en muchas partes del país y del mundo, hay infancias que son vulneradas, incluso explotadas y utilizadas como fuente de ingreso.

A partir de ahí, comenzamos a trabajar con obras que abordaran estas problemáticas. Una de ellas fue Lágrimas de agua dulce, de Jaime Chabaud, que trata el tema de la explotación infantil. Posteriormente, se fueron sumando otros ejes, como el derecho al medio ambiente. En nuestras giras por comunidades de la Sierra de Querétaro, encontramos también una fuerte presencia de población migrante, lo que nos llevó a integrar esta realidad en nuestro trabajo.

A través de talleres, como El oso que miraba las estrellas, realizado con apoyo de la Secretaría de Cultura del Estado de Querétaro, comenzamos a dialogar directamente con niñas, niños y familias. En comunidades como La Purísima, por ejemplo, escuchamos historias que evidencian la falta de conocimiento sobre sus propios derechos. Estoy convencido de que el conocimiento da poder, y mucho.

Nuestro enfoque no es enseñar de manera rígida la Declaración de los Derechos Humanos, sino sembrar ideas a través del teatro. Que, al ver una obra, las niñas y los niños puedan reconocer su realidad y, en algún momento, decir: “detente, no dañes el medio ambiente, porque eso también me afecta”, o “yo tengo derecho a jugar, tengo derecho a vivir con dignidad”. Idealmente, estas reflexiones pueden trascender hacia sus familias, pero sobre todo buscamos formar futuras generaciones conscientes de que tienen derechos y pueden ejercerlos.

Un punto clave en este camino fue la obra El futuro del agua es hoy, que presentamos ante la licenciada Karen. En esta obra se plantea un mundo apocalíptico sin agua, donde las infancias son explotadas para obtenerla, hasta que una niña alza la voz y defiende sus derechos. A partir de ahí, surgió la oportunidad de colaborar en proyectos enfocados en derechos humanos.

Esto nos llevó a participar en la Caravana Migrante en Texas, una experiencia muy significativa que nos permitió dimensionar la necesidad que existe de difundir y hacer accesibles los derechos humanos. Estuvimos en el James Stadium Arena, donde, mientras las familias realizaban sus registros, nosotros trabajábamos con las niñas y los niños a través de funciones teatrales. Fue un espacio de encuentro con múltiples realidades que reafirmó la importancia de nuestro trabajo.

Actualmente, estamos en diálogo para desarrollar nuevos proyectos con comunidades migrantes, incluyendo una posible intervención en Nueva York. Además, estamos en proceso de creación de una obra específica en colaboración con la Comisión de Derechos Humanos, la Caravana Migrante y Fuerza Migrante. La intención es que este proyecto pueda convertirse en una herramienta replicable: un modelo que incluya una obra teatral y, al mismo tiempo, recursos para que otros grupos puedan adaptarlo o generar sus propias propuestas, siempre con el objetivo de promover y proteger los derechos humanos.

Desde nuestra perspectiva, el teatro no solo representa la realidad, sino que puede transformarla. Es una herramienta para sembrar conciencia, abrir diálogos y construir, poco a poco, una sociedad más justa.

Qué actividades y producciones estás haciendo en éste momento, que circuitos de presentación y trabajo.

 Afortunadamente, en el equipo de El Palacio de los Títeres nos sentimos muy privilegiados, porque tanto a nivel estatal como federal contamos con apoyos constantes. No dependemos de ellos, pero sin duda fortalecen nuestro trabajo. Colaboramos con apoyos gubernamentales, estatales, federales y también con la iniciativa privada.

Actualmente estamos realizando una gira por 50 comunidades de distintos municipios del estado de Querétaro con la obra El árbol que sostenía el mundo, una producción creada en El Palacio de los Títeres que aborda el derecho humano al medio ambiente y la protección de los espacios que habitamos. Es una obra de teatro de títeres de cartón que ha tenido muy buena recepción; es divertida y conecta mucho con niñas y niños. Estamos por concluir esta gira, aproximadamente en la función número 40.

Además, contamos con nuestro espacio en el centro de Querétaro, El Palacio de los Títeres, una sala con capacidad para 80 espectadores, donde mantenemos una programación continua de jueves a domingo. Ahí presentamos nuestro repertorio, que actualmente incluye obras como En busca de Maköok, Detectives del ambiente, El callejón y Monstruos en mi boca.

Recientemente participamos en el 50 Festival Internacional de Teatro Clásico Siglo de Oro en Ciudad Juárez, Chihuahua, con nuestra obra Cosas de volar. También fuimos seleccionados en la convocatoria Sábados Infantiles de la Casa del Faldón con la obra La olla y el cucharón. Asimismo, obtuvimos una residencia para realizar una lectura dramatizada dentro del Festival de la Joven Dramaturgia en Querétaro.

Tenemos varios proyectos en puerta, entre ellos la publicación de mi nuevo libro La niña que contó la última historia del mundo, por el Fondo Editorial de Querétaro.

Finalmente, uno de los proyectos que más me entusiasma es el estreno de Voy a apagar el fuego, un unipersonal en coproducción México-Argentina. Este proyecto surgió a partir de un vínculo con la maestra Jazmín García Sathicq, a quien conocí en México en un festival en Orizaba y desde entonces nos hicimos grandes amigos. A partir de ese encuentro comenzamos a trabajar a la distancia sobre el texto, en un proceso muy enriquecedor. Posteriormente, realizamos un pre montaje en Querétaro, donde compartimos un proceso creativo cercano y profundo. Es una obra que, a diferencia de otros proyectos con enfoque social, se sitúa en un terreno más personal y dramatúrgico, explorando otros lenguajes, universos y públicos, lo cual ha representado un reto muy estimulante.

Qué te motiva de presentar la obra en otros territorios fuera de Querétaro? Sabemos que trabajas mucho en las sierras y viajas mucho llevando tus obras a festivales.

Creo que algo que me motiva muchísimo es la idea del viaje. Para mí, el viaje siempre ha sido muy importante. Es como cuando te preparas para salir de vacaciones: vas a un lugar que no conoces, no sabes qué va a haber ahí, qué vas a comer ni con quién te vas a encontrar. Esa incertidumbre es una gran motivación.

Me gusta prepararme y también imaginar lo que va a pasar. Así como insisto mucho en que las niñas y los niños usen su imaginación, para mí la imaginación también es un motor fundamental. Imaginar cómo será el escenario, cómo será el público, cómo reaccionará ante lo que llevamos y qué me va a aportar esa experiencia. Porque cada viaje también te transforma.

Cada vez que piso un nuevo escenario o llego a otro territorio, algo cambia dentro de mí. Es como si en el camino fuera adquiriendo pequeñas herramientas o “superpoderes” que después puedo aplicar en otros contextos. Por ejemplo, haber estado en escenarios muy grandes te hace replantear cómo sostener la energía en espacios más pequeños, y viceversa.

Para mí, el teatro es la vida misma. Todo se vuelve un aprendizaje constante. Siempre he pensado que la vida es como una obra de arte en proceso: algo que puedes ir retocando, corrigiendo y reconstruyendo todo el tiempo.

También, claro, el viaje siempre viene acompañado de nervios, de esa emoción previa a la función, a lo desconocido. En este momento, por ejemplo, estoy muy entusiasmado con el viaje que vamos a realizar a La Plata, Argentina, para la presentación de Voy a apagar el fuego. Ya hemos tenido la oportunidad de presentarnos ahí con La olla y el cucharón, una obra para infancias, pero ahora vamos con una propuesta para público adulto, lo cual representa un nuevo reto.

Al final, se trata de seguir explorando el mundo, y creo que esa invitación también está en el teatro: salir, descubrir y dejarse transformar por cada experiencia.

Que reflexionas del trabajo realizado en co-producción con la Cía. Argentina García Sathicq, como ha sido el proceso creativo y de producción, ¿cuáles son tus expectativas de tus presentaciones en La Plata, Argentina?

 El proceso de Voy a apagar el fuego ha sido, para mí, un nuevo momento en la vida. De entrada, nunca había trabajado en una coproducción internacional, y aunque compartimos muchas cosas como países, también existen diferencias en la forma de pensar y de habitar el mundo. Eso lo volvió un reto muy interesante.

Desde que le presenté el texto en Argentina a la maestra Jazmín García Sathicq, ella mostró un compromiso inmediato. Me sorprendió profundamente su disciplina, su claridad y el amor con el que abordó el proyecto. Desde los primeros ensayos ya tenía el texto muy trabajado, con múltiples ideas en desarrollo, lo que hizo que cada encuentro fuera distinto y enriquecedor.

Debido a la distancia, gran parte del proceso inicial fue imaginado. Construíamos desde la palabra, sabiendo que en algún momento todo se iba a concretar en el espacio. Cuando logramos coincidir en Querétaro y trabajar en El Palacio de los Títeres, el proceso tomó otra dimensión. Transformamos el espacio en una cámara negra y comenzamos a explorar desde lo concreto: el piso, las bancas, cada elemento fue resignificado hasta encontrar una atmósfera íntima que dialogara con la obra.

La guía de la maestra Jazmín fue fundamental. Aunque mi formación tiene bases en el realismo, llevaba tiempo sin trabajar desde ese lugar. Ella me condujo a través de distintos procesos para conectar profundamente con el personaje, llevándome a zonas emocionales que no había explorado antes. Fue un trabajo exigente, pero muy revelador.

También representó un reto desde la dramaturgia, ya que suelo trabajar con universos más lúdicos o esperanzadores. En este caso, la obra se adentra en heridas profundas, en preguntas sobre el dolor, la vida y el sentido de lo que atravesamos. Hay una frase en la obra que lo resume bien: “hay silencios que nunca se dicen y fuegos que nunca se apagan”. El personaje vive en ese estado, ardiendo constantemente por su historia, y llevar eso a escena ha sido un parteaguas en mi camino.

En cuanto a las expectativas para La Plata, la verdad es que no me planteo expectativas cerradas. Me interesa más abrirme a la sorpresa. Saber que puede haber un público que conecte profundamente con la obra, como también personas que tomen distancia, y ambas cosas son válidas en el teatro.

Voy con la idea de dejarme llevar por la experiencia. Alguna vez, en un taller con Guillermo Arriaga, él decía que si ya sabes el final de una historia, entonces no tiene sentido escribirla. Para mí, presentarme en Argentina es eso: permitir que el proceso se siga escribiendo en el encuentro con el público.

Me emociona especialmente ese momento final, cuando termine la función y estemos ahí, con todo lo vivido, junto a la maestra Jazmín, compartiendo ese cierre y, al mismo tiempo, abriendo la puerta a todo lo que viene. Porque la intención es que este proyecto continúe creciendo y encontrando nuevos espacios.

¿Cuéntanos de qué trata la obra y la propuesta artística y cómo has trabajado con la dirección, siendo que el texto es de tu autoría?

La obra sigue a un personaje llamado Alejandro, quien a lo largo de su vida atraviesa distintos momentos que lo marcan profundamente. El fuego está presente de manera constante en su historia: tiene un abuelo bombero, su casa se incendia y vive relaciones que, con el tiempo, también terminan reducidas a cenizas. La obra habla de cómo ciertos acontecimientos nos afectan a tal grado que permanecen con nosotros y no nos dejan en paz.

Es también una invitación a mirarnos, a entender por qué reaccionamos de ciertas formas y cómo vamos construyendo comportamientos a lo largo de la vida. Plantea que el silencio, el no hablar lo que nos duele, puede generar consecuencias profundas. Al mismo tiempo, muestra a un personaje resiliente que, a pesar de todo, sigue de pie, intentando sostener su vida y, en ocasiones, la de alguien más. De alguna manera, conecta con la idea de que siempre sobrevivimos, aunque esa supervivencia no siempre sea de la forma más sana.

En cuanto a la escritura, la obra tiene mucho de mí. Creo que todas las obras llevan algo personal, aunque no siempre sea evidente. Hay elementos que parten de experiencias propias, de vivencias cercanas o de historias que me han marcado en distintos momentos.

Al iniciar el proceso, la propuesta contemplaba un montaje con proyecciones y diseño sonoro en vivo, una puesta con una factura más técnica. Sin embargo, al entrar al espacio escénico, la maestra Jazmín propuso algo fundamental: confiar en la actuación. A partir de ahí, el trabajo se centró en construir un universo desde el cuerpo y la interpretación.

El resultado es una puesta en escena que, a lo largo de una hora, lleva al espectador a recorrer toda una vida desde la mente del personaje. Es como entrar en su cabeza y transitar por sus recuerdos, saltando entre la infancia y la adultez, entre decisiones, pérdidas e incertidumbres, todo dentro de un mismo espacio.

Ha sido un proceso muy satisfactorio. El público ha conectado con la obra y todavía queda camino por recorrer, ya que continuaremos trabajando el proyecto en Argentina para seguir afinándolo rumbo a su desarrollo y crecimiento.

¿Qué sueños y proyectos tienes para tu trabajo?

Me gusta comenzar con una frase de una canción de Kevin Johansen que dice: “qué lindo que es soñar, soñar no cuesta nada, soñar y nada más”. Yo soy un ferviente defensor de los sueños, y sueño con que este proyecto llegue a muchos lugares, que podamos compartirlo ampliamente y, sobre todo, afianzar una amistad entre dos países y entre dos creadores.

También sueño con seguir descubriendo cosas nuevas todo el tiempo, tanto a nivel personal como profesional. En paralelo, está el deseo de continuar llevando nuestro trabajo a las infancias y a las familias, confiando en que el teatro que hacemos pueda generar preguntas, provocar reflexiones y, en algunos casos, ofrecer respuestas.

Si aunque sea una persona logra encontrar o esclarecer su camino a partir de una de nuestras obras, para nosotros ya es suficiente. Me interesa vivir el teatro como una forma de vida. Es algo que atraviesa todo lo que hago, y hoy no concibo mi vida sin él.

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