spot_imgspot_imgspot_imgspot_img

La felicidad de las tórtolas

Date:

Luego de una decena de versiones fallidas, la autora de una obra teatral se encuentra con su personaje principal en un café para averiguar qué es lo que él realmente quiere, y así resolver cómo continuar una obra que comienza con el intento frustrado de su protagonista de quitarse la vida. A partir de ese encuentro entre personaje y autora, se desarrolla, en un juego de espejos, una reflexión sobre la felicidad y el sentido de la vida.

“¿Cree usted que se puede escribir honestamente de la muerte de un hombre si nunca se ha visto a un hombre morir?”, un desechable de Colombia // Extraído de Biblioteca bizarra, de Eduardo Halfon

— Escena 1 —

Estoy en un café. Es de mañana, sin embargo, el lugar es oscuro. Las mesas, las sillas son de madera. Es el mismo café de siempre. Tampoco he venido muchas veces. Ésta debe ser la segunda o tercera vez. ¿Importa acaso? Cuando levanto la mirada, está frente a mí.

Castro lleva puesto un traje para jugar golf. Su atuendo, sin embargo, se ve un poco ajado. Está descalzo. Arrastra un palo de golf y una pelota en el bolsillo. Una mancha de sangre, ya oscura, en el pecho, un poco más arriba del corazón.

Autora: ¿Jorge?

Castro: (Ofendido.) ¿Jorge?

Autora: Discúlpeme / no quise…

Castro: (Irónico.) No, mejor Enrique, Diego, Guillermo… ¿Cree que voy a responder a un nombre cualquiera?

Autora: No quise ofenderlo.

Me mira de pie, serio. Yo, por mi parte, me sorprendo de verlo, a él y su atuendo.

Siéntese…

Castro: Castro, así me puede llamar.

Autora: Tiene razón, lo olvidé. Castro. ¿Cómo está?

Me mira de arriba abajo. Toma la silla. Se sienta. Cruza las manos bajo su mentón. Dibuja una sonrisa, levanta las cejas. Está nervioso.

Autora: Tengo la impresión de que no quiere estar aquí.

Castro: En alguna parte tengo que estar, ¿no?

Autora: Puede ir a su casa.

Castro: ¿Qué casa? Usted me la quitó.

Pausa. Esto no será fácil.

Autora: ¿Dónde vive ahora?

Castro: ¿No sabe?

Autora: Estoy tratando de ser amable.

Castro: Ah, entiendo, vamos a jugar a ser educados…

Castro mira alrededor. Intuye que no despego mis ojos de él.

¿Qué tengo? ¿Por qué me mira así?

Autora: Perdone, no quiero… ser impertinente… ¿qué le pasó?

Castro: ¿No sabe? ¿Usted no sabe?

Autora: Quiero decir, esa sangre… ¿es suya?

Castro: (Molesto.) Del hippie. (Indica su chaleco.) Regalo de Vera. (Me explica.) Mi mujer.

Autora: Sé quién es Vera.

Castro: Claro. ¿Sabe cuándo me lo regaló?

Dudo. No respondo.

Castro: Hemos llegado hasta este punto, ¿no? Más bien usted ha llegado.

Autora: ¿Qué punto?

Castro: En el que me cita para entrevistarme porque no sabe qué hacer conmigo. Usted pregona o repite como loro que no todos los materiales llegan a obra. Porque usted no quiere hacer como esos escritores que escriben neciamente todo lo que se les pasa por la cabeza y llevan a la escena todo lo que vomitan. No, usted, no.

Autora: Me gusta esta obra, me seduce, no sé por qué. No me pasa eso con todas.

Castro: Tampoco ha escrito tantas.

Autora: Qué amable…

Castro: ¿Qué? ¿Tengo que callarme lo que pienso?

Autora: Piensa lo que yo quiero que piense.

Castro: No estaría tan seguro. (Ataca.) No tiene la más mínima idea de cuándo, en qué momento mi mujer me regaló este chaleco o este…

Castro se da cuenta de que no lleva el reloj consigo. Maldice su suerte.

¡Mierda! ¿Dónde está?

Castro busca a su alrededor.

Autora: ¿Qué cosa?

Castro: Mi reloj. Lo tenía… lo tenía puesto. No me lo saco nunca.

Silencio.

Autora: ¿Por qué no me da la clave?

Castro: (Mirando a su alrededor, más ocupado en buscar el reloj.) ¿De qué?

Autora: De la obra.

Castro: No es tan fácil…

Autora: Sé que no es fácil. Llevo más de diez años tratando…

Castro: (Se detiene. Me mira.) Diez años en los que no se ha detenido a mirarme de verdad. Diez años en que no ha logrado visualizar esa casa. ¿Nunca se ha preguntado por qué?

Autora: La casa la veo.

Castro: Por fotos, por fuera. Cualquiera puede verla. Dígame, ¿por qué esa casa?

Castro retrocede unos pasos buscando el reloj. Mira a su alrededor.

Autora: Es maravillosa.

Castro: Es bonita, monumental, imponente. ¿Y?

Autora: Es más que eso. Una casa pensada como una extensión de la roca, una casa construida a partir de la roca, que se funde con la piedra y el mar. Que es admirada por todo el que pasa por delante. La gente se fascina con ella, les provoca tanta curiosidad conocerla por dentro, ¿cómo será? ¿Helada? ¿Lujosa? ¿Quién será el dueño de esa casa? ¿Por qué él o ella puede vivir ahí y yo no? Se preguntarán… Se obsesionan…

Castro: ¿Se dio cuenta de si lo traía puesto?

Autora: No. Hay algo ahí, no sé bien qué… pero hay algo de todo eso que me resulta curioso. Algo de ese “no puedo acceder a ella, no me corresponde; pero qué bien que haya personas “decentes”, personas “de bien”, que la mantengan en tan buen estado. Ojalá no abran las puertas nunca, porque seguro que no la van a saber cuidar. Guárdenla como un tesoro y que la gente sólo pueda admirar desde fuera…

Castro: Como usted.

Pausa. Lo miro.

Autora: (Suspiro.) A lo mejor se le cayó.

Castro: ¿Dónde?

Autora: No sé.

Dejo el cuaderno a un lado.

¿Por qué? ¿Por qué lo quiso hacer?

Castro: ¿Por qué habla en pasado?

Castro: Qué gusto el suyo de meterse en aguas profundas, donde no hay luz, donde no se pisa el fondo marino… (Mira a su alrededor.) Como este café. Uno más oscuro, ¿no encontró?

Autora: ¿Lo quiere hacer todavía?

Castro: Todo el tiempo.

Autora: ¿Y? ¿Qué le falta?

Castro: La tristeza es una vocación, ¿sabía? Una vocación tan cierta como la que usted tiene por las profundidades, o por esa casa de piedra. Decisión, supongo… El empujón final. Necesita una razón. Pero no la hay. Al menos no una, hay muchas dando vueltas. Curiosamente, ninguna es suficiente… No hay lógica posible aquí. No cabe la lógica.

Autora: ¿Y qué es lo que cabe?

Castro: Dejar de sentir. Que deje de doler.

Autora: ¿Qué?

Castro: Respirar.

Pausa.

No, por favor, no me mire con lástima. Sería fácil si yo estuviera… no sé… desahuciado, porque ahí entra la lógica, pero… (De súbito.) ¿No estará pensando en desahuciarme, no?

Autora: (Río.) ¿Por qué? ¿Tan malo sería?

Castro: ¿Malo? ¡Horrible! Una pésima decisión de su parte. (Con asco.) Muy pedestre, muy básico, muy “causa/efecto”. Sería una víctima de… de las circunstancias, del destino, de dios —si existiera, claro— o de la mala suerte… “¡Oh, pobre, como está desahuciado, se tira de cabeza al mar.” Dos más dos, es cuatro. Psssss… Demasiado fácil.

Autora: Está bien. Entendí. No pensaba desahuciarlo, pero necesito encontrar un motivo…

Castro: Quiere un motivo porque quiere entender. Al parecer, le proporciona cierto grado de tranquilidad entender…

Autora: ¿Sabe? Creo que usted se esconde en las palabras.

Castro: Mire quien habla.

Autora: Pero yo no trato de… de acabar con todo. A lo mejor es lo que usted dice querer, pero quizás no es lo que realmente quiere hacer.

Castro: ¿Y qué quiero entonces?
Autora: Por eso le pedí que viniera.

Castro: Usted pide de una manera extraña.

Pausa.

¿Para qué metió a ese pendejo en el baile?

Autora: Supongo que… que quería ganar tiempo.

Castro: ¿Para?

Autora: Para… no sé, para saber qué hacer.

Castro: Y como no sabía qué hacer, me cagó el plan.

Autora: Quizás quería darle tiempo a usted.

Castro: Cuando ya se ha tomado una decisión así, el tiempo es una tortura, señora. ¿Sabe cuánto me demoré en tomar la decisión? ¿Lo que me costó hacerlo? ¿Cuántas horas me pasé estudiando la marea para escoger el mejor momento? ¿Cuánto me demoré en escoger la ropa?

Autora: No.

Castro: (Desconcertado, le sorprende que no sepa.) ¿No sabe?

Autora: Bueno, no tan… no con tanta claridad ni precisión…

Castro: No podía salir vestido de cualquier manera, mal que mal era mi ropa final… pero tampoco podía salir de etiqueta, habría llamado demasiado la atención.

Autora: ¿Qué le dijo a su mujer?

Castro: Que había quedado de ir a jugar un partido con un colega de la clínica al club de campo. Sé lo mucho que le aburre verme jugar. Sé que no querría acompañarme.

Autora: Bien pensado.

Castro: Alguien tiene que pensar aquí, ¿no? Porque seguro que usted sólo pensó: “Castro es un hombre que ha llegado a un momento de su vida en que ya no quiere vivir más y se tira de cabeza al mar, pero… ¡Oh!, justo lo salva un hippie que andaba merodeando por ahí…”

Autora: ¿Merodeando? ¿Quién usa esa palabra?

Castro: Yo. ¿Algún problema?

Autora: No, me sorprende. Nunca pensé que… da igual. La verdad es que no sé a ciencia cierta cuánto le costó tomar la decisión.

Castro: ¿Nunca ha estado ahí?

Autora: ¿Dónde? ¿En las rocas?

Castro: No sea idiota. Ahí. En la negrura, en el pozo, en la falta de sol…

Autora: He pasado por momentos tristes…

Castro: Todo el mundo. Yo hablo de la tristeza negra, densa, pantanosa, que asfixia como un mar de petróleo…

Autora: No, creo que no.

Castro: ¿Nunca? ¿Me va a decir que ha vivido una vida entera sin siquiera asomarse a ese pozo…? Alguien con suerte, usted.

Autora: No me quejo.

Castro: Más vale que no lo haga.

Autora: Tampoco es tan fácil mi vida, no crea.

Castro: No conoce la desesperanza, señora. Eso ya es bastante.

Lo miro.

Autora: Me odia usted.

Castro: No pretenderá mi amor… eso sería pedir demasiado.

Miramos por la ventana. Hacia afuera. Unas pocas hojas rojizas cuelgan de las ramas. Hay tórtolas sentadas en algunas de ellas.

Castro: Envidiable.

Autora: ¿Qué cosa?

Castro: Las tórtolas. Viven lo que viven y ahí están. Sacándose los piojillos, meciéndose en las ramas, abrigadas en sus propios plumajes, dejándose estar, no necesitan nada ni a nadie, con uno que otro gusano les basta, viven porque es lo que hay que hacer, porque para eso nacieron y en algún minuto, si es que no les pasa un auto por encima o las devora un gato, se les detiene el corazón y al segundo siguiente ya no están más.

Autora: Vaya una a saber si están conformes. Quién sabe si… A lo mejor las tórtolas se aburren… O no sé, quizás sienten… desazón, pena, alegría, ansiedad…

Castro: ¿Ansiedad? ¿Una tórtola con ansiedad?

Autora: No sé… quiero decir que no puedo asegurarlo, pero quizás una tórtola piensa y se atormenta porque no tiene la vida que quiere, ambiciona…

Castro: ¿Qué? ¿Ser un águila?

Autora: No, quiero decir que quizás piensa que…

Castro: ¿En qué va a pensar una tórtola?

Autora: ¿Usted es de esos que creen que las vacas no sufren?

Castro: ¿Qué tienen que ver las vacas? Estamos hablando de las tórtolas.

Autora: Aplica igual. Son casi lo mismo que las vacas. Más chicas. Con alas. La misma quietud.

Castro: Quizás se aburren, eso se lo concedo, digamos que pasarte la vida de rama en rama y comiendo gusanos, no es precisamente un carrusel de emociones, pero de ahí a tener ansiedad… No me imagino una tórtola insomne, angustiada por pensamientos invasivos cuando todas las demás duermen… ¿O alguna vez ha visto a una tórtola lanzarse al vacío para hacerse puré contra el suelo? ¿O lanzarse en picada contra el parabrisas de un auto?

Pausa.

Autora: Si quisiera matarlo, no estaría aquí.

Castro: Si quisiera que viviera tampoco. (Sonríe.) No sabe qué hacer conmigo. Me tiene en un purgatorio, usted.

Autora: ¿Es religioso?

Voy a apuntar.

Castro: ¡Cómo se le ocurre! ¡No! Me tiene condenado a muerte, no me condene también a la religión.

Autora: (Miro hacia afuera.)Ahí llegó otra.

Castro: Y se dice escritora…

Autora: ¿Perdón?

Castro: Es un zorzal. ¿No ve?

Autora: (Miro nuevamente.) Tiene razón. No, no veo bien.

Castro: A lo mejor por eso no logra dar con la obra. Si no puede ver a ese pajarraco que está a tres metros, menos va a ver lo que le pasa por la cabeza…

Autora: Está molesto.

Castro: ¿Eso cree? ¿Qué estoy “molesto”? Puede ser. (Irónico.) A lo mejor estoy “molesto” con usted. Con el destino que me eligió.

Autora: No he elegido nada todavía.

Castro: Lo eligió hace mucho, señora. Le falta coraje para hacerlo realidad, pero…

Autora: ¿Coraje? ¿De dónde saca esas palabras usted?

Castro: No sé, me vienen a la cabeza. Deformación trágica, supongo.

Autora: No, no es eso, no es falta de “coraje”.

Castro: ¿Qué es entonces?

Autora: No sé como escribirlo… “bien”.

Castro: (Irónico.) Seguro que hay una forma de escribirlo “bien”.

Autora: No se burle, quiero decir que… me gusta la idea de rozar, de (busco las palabras) de acercarme… de indagar, de asomarme a una decisión así… (Niego.) No, quiero decir… lo que me gusta es imaginarme, jugar con la idea de…

Castro me mira cada vez peor.

Castro: “Imaginar”, “jugar con la idea…”, “asomarse”. Señora, me tiene predestinado a la tristeza…

Juego con una goma de borrar que tengo sobre la mesa.

Castro: ¿Y eso?

Autora: Una goma.

Castro: Sí, sé lo que es. Pregunto para qué la tiene aquí. Escribe a pasta, ¿no?

Autora: No sé por qué, pero siempre ando comprando gomas y las pierdo y las vuelvo a encontrar tiempo después. Me doy cuenta, entonces, de que no las he usado casi nada. Que están casi nuevas… eso me gusta.

Castro: ¿Qué?

Autora: Que les queda mucha vida por delante… que no están gastadas y… no sé, supongo que es la promesa de poder borrar todo lo que no me gusta.

Castro: ¿Comete muchos errores?

Autora: Como cualquiera.

Castro: Como cualquiera, no. Se esmera en no cometerlos.

Autora: Uno que otro, sí.

Castro: ¡¿Uno que otro?!

Autora: No ando por la vida metiendo la pata, si a eso se refiere.

Castro: Sería muy peligroso.

Autora: No he dicho eso.

Castro: ¿Ha hecho daño? ¿Ha causado dolor a quienes ama? ¿La han lastimado?

Autora: ¿Podemos volver a la historia?

Castro: No me respondió.

Autora: Ese día… esa mañana, más bien, cuando despertó, si es que despertó, porque seguramente no pudo dormir en toda la noche, mal que mal sería su última noche en su vida, pero supongamos que pudo hacerlo, que durmió junto a su mujer, cuando…

Castro toma la goma de borrar. La mira.

Castro: Qué lindo sería, ¿no? Poder borrar los errores del pasado.

— Escena 2 —

Llevo horas intentando dar con algo. No he logrado nada satisfactorio. Estoy de mal humor.

Nuevamente aparece, de la nada.

Autora: ¿Dónde estaba?

Castro: Si no sabe usted…

Autora: No juegue conmigo.

Castro: Ah, usted decide acabar conmigo y yo no puedo jugar con usted.

Pausa.

Me fui por ahí. Necesitaba descansar de usted.

Autora: ¿Tan insoportable le resulto?

Castro juega con la pelota de golf. Pausa.

Castro: (Luego de un momento.) ¿Qué pasaría… si no vuelvo?

Autora: No sé, supongo que no tendría motivos para estar aquí.

Castro: Interesante.

Autora: ¿Qué?

Castro: Si yo no aparezco, usted… no existe.

Río.

Ríase, pero es verdad. Si no hay creatura, ¿qué es usted? ¿Alguien que escribe “la nada”? ¿Me equivoco? No es capaz de lidiar con este espacio ni con esa gente (mira al público) sola.

Autora: No se trata de eso.

Castro: ¿No?

Autora: No. Es más entretenida cuando estoy con usted.

Castro: ¿Qué cosa?

Autora: ¿La vida?

Castro: Curioso. Tome mi mano.

Él extiende su mano por sobre la mesa. Yo no la tomo.

Autora: No me refiero a eso.

Castro: Sí, ya sé que no se refiere a eso. (Espera.) No me toca.

Autora: Prefiero no hacerlo.

Castro: ¿Tiene miedo de encariñarse?

Recoge su mano.

Castro: Volví a la playa a buscarlo. Por eso me demoré.

Autora: ¿Y?

Castro me muestra su muñeca vacía. Suena una notificación en mi celular. Lo tomo. Castro me mira asombrado.

Autora: Perdone, creí que lo había apagado…

Castro: ¿De qué habla?

Autora: Del teléfono.

Castro: Eso no es un teléfono. ¿O sí? ¿Por ahí… habla?

Autora: Hablo, envío mensajes, miro mi correo, tomo fotos…

Castro: ¿Fotos? ¿Los teléfonos toman fotos?

Autora: Me perdí. ¿En qué modelo se quedó usted?

Castro: Tengo un teléfono… pero no es así… (Busca en sus bolsillos, no lo encuentra.) Se me debe haber caído en el agua… pero es más pequeño y se abre…

Autora: Como una almeja…

Castro: Tiene tapita…

Autora: Claro, como una almeja…

Castro: ¿Y eso toma fotos?

Autora: Sí, mire.

Le tomo una foto. Para mi sorpresa no puedo verla, la cámara no registra nada. Castro no es real. A veces, parezco olvidarlo.

Castro: ¿A verla?

Autora: Eh… no, es que no… no logra capturarlo. Hay muy poca luz.

Miro un pelo que se me ha caído.

Castro: ¿Qué mira?

Autora: Un pelo. Mitad blanco, mitad negro.

Castro: Raro, ¿no?

Autora: No, no es raro. Es un pelo teñido de negro. Empezó a aparecer la raíz…

Castro: Canosa.

Autora: Usted, en cambio, tiene casi puros pelos negros.

Castro: Gracias a usted, no voy a llegar a verlos blancos.

Pausa.

Autora: Siente mucha pena por sí mismo.

Castro: Alguien tiene que sentirla, ¿no? Digo, ya que usted no siente nada por mí.

Autora: ¿Nada? ¿Eso cree? Llevo años intentando lidiar con usted. De los tres personajes, es usted al que cité. De los tres personajes, es usted al que sigo. Los otros dos tienen nombres, usted…

Castro: Un apellido.

Autora: Sí, no sé por qué. Me gusta usted.

Castro: ¿Qué le gusta de mí?

Autora: Que es un enigma.

Castro: No lo haga.

Autora: No puede vivir eternamente. ¿Qué voy a contar? ¿La historia de un hombre que decide quitarse la vida, es rescatado por un tercero… ¿y decide no hacerlo?

Castro: ¿Por qué no?

Autora: Porque no.

Castro: No es una razón.

Autora: Es un final feliz.

Castro: ¿Y? Necesitamos finales felices.

Autora: Necesitamos finales buenos, que hagan sentido. Un final feliz, a estas alturas, no es creíble para nadie.

Castro: Yo me lo podría creer.

Autora: Usted se creería cualquier cosa con tal de salvar el pellejo.

Castro: ¿Usted no?

Silencio.

Autora: Lo siento, no me parece creíble.

Castro: Pero al mismo tiempo, necesita salvarme.

Autora: Necesito una historia.

Castro: Pero no cualquiera. Cualquiera no le sirve. Una y otra vez llega al mismo punto: quiero quitarme la vida y por las razones que sean, no lo hago. ¿Qué le dice eso?

Lo miro en silencio.

¡Dígame! ¿Qué le dice eso?

Autora: ¿Que no quiere hacerlo?

Castro: Usted no quiere que lo haga. ¿No se da cuenta?

Pausa. Suspiro.

Autora: Puede que… que tenga razón, porque si lo hago, si dejo que usted… lo haga, no habría obra.

Castro: No la entiendo.

Autora: Antes de que empiece la obra, usted trató de… de… hacerlo

Castro: ¡Dígalo, señora! No se le va a caer el pelo. Bueno, sí, eventualmente, se le va a caer, pero no por decirlo.

Autora: Antes de que empiece la obra, usted trató de matarse, ¿no es así?

Castro: Sí, pero usted metió al hippie y todo se fue al carajo.

Autora: De acuerdo. Como sea, él se tiró al agua para salvarlo, forcejearon y usted lo golpeó de tal forma que lo dejó inconsciente a Pablo, sí. Así es que se vio obligado a llevarlo a su casa. Ahí empieza la obra. Con usted, rogando que no se le muera este desconocido y al mismo tiempo, enrabiado porque él frustró sus planes. Si después de eso, usted lo hace

Castro: Si me mato…

Autora: Sí. ¿Para qué fue la obra? O sea, usted parte en el punto “A” y termina en el punto “A”. No tiene sentido.

Silencio. Me quedo en silencio, pensando. Él me mira.

Castro: ¿Qué piensa?

No respondo.

Dígame, por favor. Me da pánico cuando se queda pensando; quizás en cosas horrorosas que me está preparando.

Autora: Hay algo que me surgió… pero si es así… no sabría cómo resolverlo…

Castro: ¡Pero usted no resuelve nada! Es muy inútil como escritora. ¿No ha pensado en cambiar de oficio? Seguro sabe hacer algo más aparte de inventar historias… Apostaría que es buena, no sé… para las matemáticas, para hacer pan, para manejar un auto… para vender…

Lo miro.

Autora: Quizás no se trate de usted.

Castro: ¿Cómo que no se trata de mí?

Autora: Quizás la protagonista es Vera, no usted. Y por eso no funciona la obra…

Castro: Quizás usted es mala escritora y por eso no funciona la obra. (Ofendidísimo.) Por supuesto que yo soy el protagonista.

Río.

Yo soy el que cargo con la decisión más trascendental de la historia.

Autora: De acuerdo, pero lo que había imaginado es que una vez sorteado el obstáculo de Pablo…

Castro: Del hippie.

Autora: Sí, tiene nombre, se llama Pablo. Una vez sorteado / ese obstáculo…

Castro: / ¿Qué? ¿Lo maté?

Autora: No, ¿no se acuerda?

Castro: Disculpe, con las innumerables versiones que ha escrito… me confundo…

Autora: Usted estaba en el agua… queriendo… ¿sí?

Castro: Matarme, señora. Usted me puso ahí.

Autora: Está bien. Él lo vio y se lanzó al mar a salvarlo. Estando todavía en el agua, forcejearon y usted le pegó con tal fuerza que lo dejó inconsciente…

Castro: Todo eso ya lo dijo…

Autora: ¿Puedo terminar? (Es un descubrimiento súbito.) Es impertinente usted.

Castro: (Orgulloso.) ¿Le sorprende?

Autora: Finalmente decidió llevárselo a su casa para que se recuperara. Por supuesto, no le contó la verdad a su mujer…

Castro: No entiendo. ¿Yo o Pablo?

Autora: Usted no le contó lo que había tratado de hacer…

Castro: ¿Qué? ¿Qué me quise matar?

Autora: Claro.

Castro: Por supuesto que no, qué vergüenza. ¿Y cómo le expliqué a mi mujer que había un extraño inconsciente en el living de la casa?

Autora: Le dijo que, camino a su partido de golf, vio a este pobre tipo ahogándose y que usted se tiró al agua a salvarlo.

Castro: ¿Eso le dije a Vera?

Autora: Sí.

Castro: ¿Y me creyó?

Autora: ¿Por qué no le iba a creer?

Castro: (Duda, claramente no le parece coherente.) Siga.

Autora: En algún momento, Pablo se despertó. En ese momento…

Me callo. Guardo silencio. Castro me mira intrigado.

Castro: ¿Qué? ¿Qué pasa? ¿Por qué se queda callada?

Reviso mis apuntes.

Castro: ¿Encontró algo? ¿Mi reloj, por casualidad?

Autora: Ella está convencida de que se quiso matar.

Castro: ¡Qué! ¿Cómo supo?

Autora: No, usted, no. Pablo.

Castro: (Confundido.) ¿Pablo se quiso matar?

Autora: No.

Castro: No entiendo nada. Es muy enredada usted.

Autora: Sí sé. (Pausa.) Usted le mintió a Vera. Le dijo que lo había salvado porque estaba ahogándose en el agua. Ella deduce que Pablo se quiso matar porque se metió al agua con ropa.

Castro: ¿Por eso? Débil.

Me echo para atrás molesta por la crítica.

Castro: Siga.

Autora: ¿Para qué? No tiene sentido. Tiene razón, todo es muy enredado, muy alambicado…

Cierro el computador ofuscada.

Castro: No ponga esa cara. No es tan terrible, no se ha muerto nadie. Sólo es una obra mediocre… Quiero decir… ¿Eso la hace pensar que Vera podría ser la protagonista y no yo?

Pausa.

¡Dígame! ¿Eso la hace creer que ella es la protagonista / de su obra…?

Autora: (Suspiro.) Tiene razón, a pesar de todo lo rara que pueda ser esta historia, usted sigue siendo el protagonista…

Castro: Porque yo decido.
Autora: Usted decide.

Pausa.

Castro: ¿Segura?

Autora: Sí.

Castro: Entonces, decido que hasta aquí llegué. Un gusto. Adiós.

Él se va.

Autora: ¿Qué hace? ¡Oiga! ¡Castro! ¡¡¡Castro!!!

Oscuro.

— Escena 3 —

Han pasado horas. O quizás días. Ya no sé. Castro no aparece, se me escabulle y sigo escribiendo. (Pausa.) ¿Y si dejo de escribir y empiezo… a provocar?

Luego de un momento, se oye su voz en off.

Castro: (En off.) Es broma, ¿no?

Sonrío.

Dígame que es una broma… la creía más inteligente… pero esto… esto es la oda al cliché… al lugar común… ¿De verdad? ¿No se le ocurrió nada mejor?

Castro entra. Trae puesta una guayabera, unos bermudas y unas alpargatas. Trae un daiquiirí en la mano.

Autora: Estoy buscando…

Castro: ¿En el cliché? ¿De verdad cree que soy tan común y corriente como para disfrutar de una semana en Punta Cana?

Autora: Hay gente que lo hace.

Castro: Exacto. Gente, así en general. No yo.

Autora: Porque usted es especial. ¿Qué pasó? ¿El hotel no era de su agrado? ¿El daiquirí muy dulce? ¿La comida muy grasienta?

Castro se queda en silencio.

Dígame…

Castro: ¿De verdad le interesa?

Autora: Por algo estoy preguntando.

Castro: (Sonríe al rememorar.) Fue idílico. Vera me sorprendió. No me dijo dónde íbamos hasta que aterrizamos. Nunca había estado ahí. El clima, ideal. La gente… un encanto. Esas playas, el agua… meterse al agua y caminar mar adentro… los peces de colores nos rodeaban… Al principio Vera creía que podían ser pirañas o peces mordedores, pero no. Se fue relajando y después lo único que quería era caminar por el agua con los peces. Los dos primeros días la miraba feliz desde la orilla… su piel blanca, palidísima… sus caderas que… a ella le dan vergüenza sus caderas, dice que son muy anchas, a mí me encantan… de vez en cuando, me miraba desde el agua y me hacía señas para que la siguiera… yo, tendido en la arena, sólo la miraba… no necesitaba nada más.

Castro guarda silencio.

Autora: De verdad que suena idílico. ¿Y? ¿Qué hace aquí? ¿Por qué no está allá?

Castro: Al tercer o cuarto día… no lo pude soportar más. Vera se dio cuenta, no me dijo nada, pero se metió en su cueva como suele hacer y volvió a aparecer esa grieta, enorme, infinita que creíamos haber dejado en tierra… Se me anduvo pasando la mano con… (indica su trago en la mano) y todo empezó a hacerse trizas, hasta los peces… parecían de plástico o cartón pintado…

Autora: No se preocupe. No iba en serio. Lo de Punta Cana.

Castro: (Sorprendido.) ¿Qué? ¿Armó lo de Punta Cana para provocarme?

Autora: Está aquí, ¿no?

Silencio.

Castro: Teníamos un acuerdo. Quedamos en que me dejaría ir.

Autora: No acordamos nada. A usted se le plantó y se fue. Además, yo no tengo por qué estar “acordando” nada con usted.

Castro: ¿Por qué no?

Autora: Porque esto no es un negocio entre usted y yo.

Castro: ¿Quiere que le obedezca? ¿Qué haga lo que usted quiera? ¿Eso quiere?

Autora: Por supuesto que no.

Castro: No, claro que no, porque si algo le gusta de mí es que estoy vivo, que tomo mis propias decisiones. ¿Para qué me llamó?

Autora: Lo lamento, esto es lo que hago. Escribir historias.

Castro: Escribir y matar. Lindo oficio.

Autora: Nunca he matado a nadie.

Castro: Perdóneme, pero si me obliga a caminar por esas rocas y a lanzarme de cabeza al agua, eso vendría siendo, querida señora… (Se le ilumina la cabeza.) ¡Ya sé por qué no encuentra la obra!

Autora: ¿Por qué?

Castro: Porque yo no quiero hacerlo. Usted me está obligando a hacerlo, pero como no quiero, es… es… resulta falso.

Autora: ¿Mi obra es falsa? ¿Eso está queriendo decir?

Castro: No se lo tome en forma personal. No sé si toda la obra, pero los motivos sí. No son orgánicos.

Autora: Está bien. Supongamos que tiene razón. Supongamos que no quiere acabar con todo. ¿Qué es lo que quiere, entonces?

Castro: Tener una vida que me guste.

Autora: Eso es muy amplio, muy abstracto. No sé hacer nada con eso.

Castro: Ése no es mi problema. Usted me preguntó qué es lo que quería y yo le respondí.

Autora: (Suspiro.) Está bien. ¿Qué es para usted una vida que le guste?

Castro: ¿A usted le gustaba mi vida?

Autora: Lo que alcancé a imaginar…

Castro: Que no fue mucho, seamos honestos.

Autora: No, no fue mucho, pero lo que alcancé a imaginar era una vida que… sí, era… era… o sea, era… por momentos… visceral…

Castro: ¿Qué? ¿Tenía hígado, intestinos?

Autora: Quiero decir que estaba conflictuado, que tenía rabia… también un poco triste…

Castro: ¿Por?

Autora: Nada parecía conmoverlo. En algún momento del camino, se le escapó el sentido, se le fueron las ganas. Siempre lo imaginé como un animal…

Castro: ¿Un animal? ¿Qué? (Horrorizado.) ¿Una tórtola?

Autora: Un oso.

Castro: Eso me gusta.

Autora: Un oso herido. Que no muere fácilmente. Que agoniza. Y en esa agonía, daña a los demás.

Castro: Muy prometedor…

Autora: Quizás por eso tomaba.

Castro: ¿Un alcohólico?

Autora: Entre otras cosas… También era médico…

Castro: ¿Puede dejar de hablar de mí en pasado? Sigo aquí.

Autora: Tiene razón. No es bueno. Como médico.

Castro: Entiendo.

Autora: Más bien mediocre. Se dio cuenta demasiado tarde. Cuando ya no era posible cambiar de rumbo. No tenía / facilidad para hacer

Castro: ¡Presente!…

Autora: No tiene facilidad para hacer amigos… Bastante autocompasivo. Está herido por la vida. No le resulta fácil ni fluido el estar vivo.

Castro: Seguimos hablando de mí, ¿no?

Lo miro.

Autora: No estoy herida por la vida.

Castro: (Irónico.) No, claro, usted es feliz, como las tórtolas. ¿Cuántas versiones lleva?

Autora: ¿Qué tiene que ver?

Castro: ¿Cuántas?

Autora: No sé, unas… diez, veinte, quizás… no las he contado.

Castro: Ya perdió la cuenta quiere decir. ¿Cuántos años desde que escribió la primera versión?

Autora: Más de diez.

Castro: Si después de diez años no ha dado con lo que quiere, yo creo que ya no va a dar. No sea necia. Deje ir…

Autora: ¿Qué quiere que le diga? Me parece, no sé… interesante sondear en los intersticios de / una decisión así…

Castro: “Intersticios”… ¿y usted me pregunta de dónde saco esas palabras rimbombantes?

Autora: (Sonrío.) ¿Qué pasa con esa persona cuando no le resulta?

Castro: ¿Me está preguntando a mí?

(A lo Robert de Niro, en Taxi Driver.) ¿Are you talking to me? ¿Are you talking to me?

Lo miro. Espero que continúe.

Castro: ¿Por qué dije eso?

Autora: No sé, me surgió… fue algo espontáneo.

Castro: ¿Qué tiene que ver Taxi Driver en esto?

Autora: Ya le digo que no sé, fue algo que surgió. ¡No todo tiene una explicación!

Castro me mira serio.

¿Qué?

Castro: Estoy tratando de hablarle de algo que para mí es bastante serio y usted va y mete una frase archirrepetida y manoseada…

Autora: Le dije que lo lamento. Aunque, también se escribe así.

Castro: ¿Cómo? ¿Mal?

Autora: No, probando cosas que funcionan y otras que no.

Castro se queda en silencio.

Castro: ¿Le funcionó recién mi imitación de De Niro en Taxi Driver?

Autora: (No quiero discutir.) No. Siga.

Castro: ¿Con qué?

Autora: Me iba a contar qué fue lo que le pasó cuando no le resultó.

Castro: ¿Qué sentí cuando, una vez que estaba en el agua, heladísima, de este mar que es cualquier cosa menos un mar tranquilo, rogando para que una ola me hiciera mierda contra las rocas, para que fuera rápido, aparece ese hippie de la nada y me saca contra mi voluntad de lo que sería mi tumba de agua? ¿Eso?

Sonrío. Castro se desconcentra.

¿Le parece gracioso?

Autora: No. Me da risa que sea tan “dramático”. Perdone. Sí, eso quiero saber.

Castro: Ganas de matarlo. Eso sentí. Y no es un decir. Por un segundo, se me cruzó por la cabeza hacer un dos por uno…

Autora: Casi lo logra.

Castro: Sí, y cuando me di cuenta de que había estado a punto de matarlo, me asusté. Sentí susto y rabia. Una rabia como nunca había sentido. Cansancio también…

Autora: ¿Por el forcejeo?

Castro: No. O quizás un poco, sí, pero sobre todo un cansancio de adentro. No sabe todo lo que me demoré en planear milimétricamente mi muerte, lo que me costó tomar la decisión para que llegara un atorrante a último minuto y echara todo a perder. (Recuerda, toma mi abrigo y lo arrastra hacia adelante, como quien sale del mar arrastrando un cuerpo.) Lo saqué del agua a duras penas y me quedé sentado en la arena, con ese desconocido junto a mí…

Autora: No sabía. ¿Hacía calor?

Castro: ¿Importa?

Autora: Mucho.

Castro: Sí, ahora que lo pienso, hacía calor. Ese calor del mediodía que quema. La arena caliente, un remanso después de esa pesadilla en el agua congelada… No había nadie más…

Castro mira a su alrededor. No hay un solo ser viviente. Sólo Pablo y él.

Temblaba…

Niego.

Temblaba, pero no de frío, temblaba por… no sé… por el vértigo, por el terror, por el alivio, porque estaba vivo, el corazón que late, la presión de la sangre en las sienes, para reírse, mudo… como si no hubiera voz… todo en silencio… el agua salada que me… (Escupe, vomita agua.) Y no calienta, está ahí arriba, pero no… parada en sus patas me mira, se acerca sin miedo, quiero tomarla y ver de cerca ese punto rojo, no hay respuesta, no me responde, es un círculo, no es más que un círculo en el cielo y ese punto rojo… Era cruel…

Autora: No lo entiendo.

Castro: No, claro, no es fácil de entender. Cuando me… me di cuenta de que no lo había logrado… que todavía estaba… Sentí pánico porque por un segundo creí que lo había matado… No respiraba. Y yo temblaba, no paraba de temblar, ¿se lo dije, no? (A Pablo, más bien al abrigo.) No vas a hacerlo, ¿verdad? No vas a tener el desparpajo de hacerlo aquí, ¿verdad? O sea, no… no me vas a quitar lo que es mío, ¿no? Ya me quitaste el reloj. No me quites además esto…

Castro me mira, sorprendido. Es un hallazgo en su recuerdo.

Castro: ¡¡¡¡El reloj!!! Ahí se me perdió, en el agua, en el forcejeo con ese… (Lo lamenta profundamente.) Era lindo ese reloj. Regalo de aniversario.

Autora: Sí sé.

Castro: (Se reprocha.) Debí habérmelo quitado antes de meterme… me quité las zapatillas. ¿Por qué no el reloj? Debí haberlo hecho. Así lo habría salvado…

Pausa.

(A mí.) Lo pensé. Las tonteras que uno piensa. Salvar un reloj.

Ríe. Pausa.

Me demoré porque me… No. No me demoré, me distraje que es distinto. Necesitaba decidir y estar en paz con esa decisión: quedármelo o quitármelo. Tampoco tenía tanto tiempo para decidirme. ¿Puede creerlo? Había decidido meterme al agua y no salir con vida y sin embargo, no podía decidir si quitarme el reloj y dejarlo junto a mis zapatillas o meterme con él…

Autora: Le creo.

Castro: No, no es lógico que me lo quedara. Lo lógico habría sido… no sé, regalárselo a alguien que lo necesitara y así prolongar su vida.

Pausa.

Autora: No quería estar solo. Nunca ha querido estar solo.

Castro: (No oye.)Lo cierto es que no quería estar solo…

Autora: Se sentía acompañado…

Castro: (No oye.)Y por idiota que parezca, me sentía acompañado con él. Es contra agua, obvio. No le iba a pasar nada. Iba a estar a salvo.

Ríe. Se ríe ante su situación idiota.

El reloj… iba a estar a salvo. Algo que por la puta, estuviera a salvo. Iba a seguir funcionando incluso cuando hubiera… decidí que no, que lo llevaría conmigo… era mío, podía hacer con él lo que quisiera. A los faraones se les sepultaba con una cantidad infinita de huevadas inservibles porque el más allá y tal… pero yo no lo quería para el más allá.

Ríe.

Lo quería para el más acá, por breve que fuera… (Pablo, o sea, el abrigo, vomita mucha agua.) Ahí… ahí me di cuenta de que no lo había matado. Y en ese momento…

Castro emite un largo, hondo sollozo. No es un llanto. Es un desgarro, una herida que sale desde lo desconocido, lo hondo de sí, lo ignoto.

Nos quedamos en silencio durante un rato.

Quería hacerlo, señora. Quería que dejara de doler, quería descansar de esto de una vez por todas, quería soltar las amarras y dejarme ir…

Autora: ¿Y?

Castro: Ahí en esa playa, en medio de esa luz quemante del mediodía, con la ropa mojada, la sal en la boca, temblando por dentro, sin mi reloj…

Castro se calla de manera abrupta.

Autora: ¿Qué? Con la ropa mojada, la sal en la boca, temblando por dentro, sin su reloj, ¿qué?

Silencio. Castro está en sus pensamientos.

Autora: Castro…

Luego de una pausa, Castro, como si despertara, se incorpora rápido.

Castro: Quiero ir a un parque.

Autora: ¿Qué?

Castro: Un parque, sí. Quiero sentir el sol en mi cara, el aire, mirar los árboles, pisar el maicillo…

Autora: Me estaba hablando de lo que pasó en la playa.

Castro: Ahora quiero salir de aquí…

Autora: ¿Qué va a hacer en un parque?

Castro: No sé…

Autora: ¿Quiere tomar un helado?

Castro: Sí. ¿Por qué no?

Autora: ¿De qué sabor le gusta?

Castro: ¿Ah? Da lo mismo. Quiero sentir el aire entrando por…

Autora: No, no da lo mismo.

Castro: Cualquiera está bien.

Autora: ¿Quizás de chocolate…?

Castro: Bueno.

Autora: O frutilla.

Castro: (Impaciente.) Está bien.

Autora: Quizás vainilla.

Castro: (Alterándose.) Ya le dije que me da lo mismo.

Autora: No sabe, ¿no es verdad? No sabe si prefiere el chocolate o la frutilla. ¿No se da cuenta?

Castro: ¿De qué?

Autora: No sabe cuál es la diferencia entre un sabor y otro.

Castro: ¿Qué importa eso?

Respiro hondo. Nos miramos en silencio.

¿Qué pasa? Se quedó callada.

Autora: Estoy pensando.

Castro: Ése es su problema. Piensa demasiado. No hace bien.

Autora: Usted no tiene nada que hacer allá afuera. Volvamos a la playa…

Castro: Déjeme decidir eso a mí. Si usted me lleva… ¿Cómo sabe si saliendo de aquí encuentra su historia?

Autora: ¿Usted cree? ¿En un parque?

Castro: Claro, salir a la calle, ver… no sé, oír el ruido de… de las construcciones, los bocinazos, el tráfico, los carros de bomberos…

Autora: El paraíso en la tierra…

Castro: Cualquier cosa menos este café.

Autora: Creí que le gustaba.

Castro: Estaba siendo educado. Es asfixiante.

Autora: ¿El café?

Castro: No entra aire aquí, no se puede respirar bien…

Autora: No crea que allá afuera hay verdes prados y pajaritos revoloteando…

Castro: Seguro que hay más aire que aquí. Quisiera ver… gente paseando perros, niños jugando, otras personas…

Autora: Otras personas…

Castro: Sí, y autos, gente en bicicleta, camiones…

Autora: ¿No estará pensando en… tirarse a las ruedas de los…?

Castro: ¡No! ¡Por favor! ¡Qué mal gusto!

Autora: (Miro la hora.) No tengo mucho tiempo.

Castro: Dijo el suicida.

Lo miro

Perdone, no puedo evitarlo. Debo haberlo sacado de usted.

— Escena 4 —

Han pasado días, semanas. No ha dicho una sola palabra. No reacciona y yo estoy llegando a un callejón sin salida.

Castro está sentado en silencio. Lo miro de vez en cuando mientras escribo. Está triste.

Autora: ¿Cuánto tiempo llevan casados? ¿Usted y Vera…?

Castro no responde.

Castro…

Castro no responde.

Autora: Es su única mujer, ¿no? Quiero decir que no ha estado casado antes.

Castro no responde.

No, no creo que haya estado casado antes. Es médico. Ha tenido una carrera … regular. Eso ya lo hablamos… No hay hijos… perros, sí. ¿Qué perros son?

Castro no responde.

Son grandes, viejos. Una pareja. El macho es un pastor alemán, Domeyko, y la hembra una bóxer. Se llama Fortuna, ¿no?

Castro no responde.

Lo de los perros me gusta. Creo que es particular.

Castro no responde.

No sé, me parece coherente que hablen de sus perros en términos de sus hijos. Mucha gente lo hace. Hablan de “los niños” cuando hablan de sus gatos o sus perros…

Dejo todo a un lado.

Autora: Si no me dice nada, no puedo avanzar.

Castro: Puedo contarle mi vida entera, así y todo, no va a avanzar.

Autora: ¿Qué quiere? ¿Quiere irse?
Castro: Todo el tiempo.

Autora: Hágalo.

Castro: ¡Ah! ¡Ja! ¡Ja! ¡Jaaaaa! ¿Para qué? Me va a volver a llamar cada vez que quiera saber algo más, o que se sienta sola.

Vuelvo a escribir. Castro se levanta y se acerca al público.

Autora: ¿Para dónde va?

Castro: ¿Qué le importa?

Autora: No puede ir hacia allá.

Castro: ¿Por qué no?

Autora: Hágame caso.

Castro: ¡No he hecho otra cosa que hacerle caso y mire dónde estoy!

Autora: Haga lo que quiera.

Castro: ¡¡¡Ajááá!!!! ¿Lo que quiera? ¡¿Lo que quiera?! ¡Quería ir a un parque a tomar helado!

Autora: Sí sé.

Castro: Pero sigo aquí.

Autora: No llegó.

Castro: ¿No llegué? ¡¿No llegué?! No fue porque no quisiera.

Autora: Sí sé.

Castro: Usted no quiso.

Autora: Tampoco es tan así, pero entiendo para dónde va.

Castro: ¿De qué me sirve que usted entienda, señora?

Autora: Me sigue llamando señora.

Castro: ¿Qué quiere? ¿Qué le diga “mamá”?

Autora: No sea idiota. Me hace sentir vieja llamándome “señora”.

Castro: Lo siento, pero es vieja. Y cada día se va a hacer más vieja. Usted se siente una joven permanente pero cada mañana frente al espejo se encuentra una nueva arruga, una nueva marca que el día anterior no estaba… ¿Cuánto tiempo ha pasado desde que empezó conmigo?

Autora: Ya le dije. Diez años. Quizás un poco más.

Castro: O sea que la persona que partió con esta historia tenía la piel más lisa, más lozana, menos canas, menos manchas, más firmeza y menos pellejo.

Autora: Sí.

Castro: Yo sigo igual.

Autora: Sí.

Castro: Igual, señora. Le tiene tanto miedo a morir que no encuentra nada mejor que inventarse una fantasía en la cabeza…

Autora: Yo no le tengo miedo a morir…

Castro: Por favor, el cliché ese de “no le tengo miedo a la muerte, si no a la forma de morir…” no se lo compro. ¿Ha visto morir a alguien?

Autora: Sí.

Castro: ¿Cercano?

Autora: Sí.

Castro: ¿Y? ¿Un coro de ángeles lo elevó por sobre la faz de la tierra, dichoso de dejar la vida terrenal?

No respondo.

Castro: ¡Dígame! ¿Se fue en “paz” de este mundo? ¿Con una sonrisa en los labios?

Autora: No.

Castro: ¿Cómo fue?

Autora: Quiere desquitarse…

Castro: Me encantaría, señora, pero no tengo cómo… ¿Cómo fue?

Autora: No viene al caso.

Castro: ¡Déjeme decidir eso a mí! Deme en el gusto una vez que sea. ¿Cómo fue?

Autora: Fue raro. Idiota. Sin sentido… sin ninguna gran revelación… sin entender ni avanzar nada… fue como si se hubiera quedado atascada en una trampa que no vio venir…

Castro: ¿Qué pasó?

Autora: Se afiebró por días, fue a consultar y la dejaron internada. Le sacaron sangre, le metieron sondas, le sacaron sondas, la metieron bajo rayos X, la sacaron de los rayos X, la metieron al quirófano, la sacaron del quirófano… Estaba molesta, enojada supongo por no poder seguir en la fiesta… Pero sobre todo, enrabiada, atormentada … no sé bien con qué… consigo misma quizás, por sentir que no había vivido la vida que hubiera querido vivir…

Castro: Como las tórtolas…

Autora: (No lo oigo.)¿Para eso estamos aquí? ¿Para eso vivimos una vida que nos duele, nos cuesta, nos desangra? ¿Para finalmente no entender nada de nada? Se aferraba, se anclaba a la fantasía por ínfima que fuera de que iba a sobrevivir, de que iba a salir de ésta. Estaba, literalmente, en los huesos, y hacía planes para el futuro… ¡Planes! ¿Se da cuenta? Planes…

Silencio.

Traté de que llegara… al parque.

Castro: Trató poco.

Autora: No. Traté y mucho, pero no hubo caso.

Castro: ¿Qué me pasó? ¿Qué me inventó para que no llegara? ¿Un hippie que me retuvo en contra de mi voluntad? ¿Me mandó a un crucero en Tailandia?

Saco mi teléfono. Lo dejo sobre la mesa.

Autora: ¿Se acuerda que le dije que podía tomar fotos con mi teléfono?

Castro: Estamos hablando de mí, no de su…

Autora: Tiene una función para sacarse fotos una misma.

Castro: Impresionante.

Autora: Mire.

Opero mi celular. Me tomo una selfie. Se la muestro.

Ahora tómese una usted. Sólo tiene que poner su dedo sobre el círculo rojo.

Castro: ¿Tengo que apretarlo?

Autora: (Sonrío.) No, no es necesario apretar. Sólo ponga su dedo encima.

Castro se enfoca a sí mismo y lo hace.

Castro: No aparece nada.

Autora: ¿Qué le dice eso?

Castro: Que no sé manejar esto.

Me alarga el teléfono.

Autora: No, no es por eso.

Castro: Hay muy poca luz. Usted lo dijo.

Autora: Pero yo sí pude tomarme una. ¿Entiende?

Silencio. Algo parece empezar a entender.

Castro: Cuando salí del agua con el hippie… (se corrige) con Pablo y me quedé en la arena… ¿sabe lo que descubrí?

Autora: ¿Qué?

Castro: Que quería vivir.

Silencio.

Autora: ¿Creyó que quería seguir viviendo…?

Castro: No, no creí. Me di cuenta de que quería seguir vivo… Que después de todo, alguien, el hippie, me había salvado… para algo.

Autora: Entiendo.

Castro: ¿Lo ve?

Autora: Veo, pero es… Imposible. Quiero decir, a lo mejor fue un sentimiento, no sé, de sobrevivencia, un acto instintivo, reflejo, pero efímero…

Castro: ¿Qué sabe usted?

Autora: Mucho más que usted.

Castro: No me conoce.

Autora: No voy a tener esta discusión con usted.

Castro: Porque la perdería.

Autora: No se trata de perder o de ganar.

Me pongo de pie. Agarro mis cosas.

“¿Para dónde va?”

Castro: ¿Para dónde va?

Autora: Voy a descansar un poco.

“No puede irse. No ahora.”

Castro: No puede irse. No ahora.

Autora: No se preocupe. Es sólo un momento. Necesito airearme.

“¿Y yo?”

Castro: ¿Y yo?

Autora: Puede irse como lo ha hecho todo este tiempo.

“Sí, claro.”

Castro: Sí, claro

Autora: “No me deje. No ahora. ¿No se da cuenta?”

Castro: No me deje. No ahora. ¿No se da cuenta?

Autora: “Quiero vivir.”

Castro: Quiero vivir.

Autora: “Hay tórtolas. ¡Mierda! ¡Tiene que haber tórtolas!”

Castro: Hay tórtolas. ¡Mierda! ¡Tiene que haber tórtolas!

Autora: “¿Dónde se fueron?”

Castro: ¿Dónde se fueron?

Autora: “Las tórtolas.”

Castro: Las tórtolas.

Autora: “No me deje. No ahora…¡Aj! Eso ya lo dije…”

Castro: No me deje. No ahora… ¡Aj! Eso ya lo dije…

Autora: “Cállese.”

Castro: Cállese.

Autora: “¡Basta!”

Castro: ¡Basta!

Pausa.

¿Qué quiere demostrar?

Autora: Que estoy detrás de cada cosa que dice, de cada cosa que hace, de cada decisión que toma.

Castro me mira derrotado.

Perdone.

Castro no reacciona. Ha sido derrotado. Como quien entiende “usted manda”.

No era necesario…

Silencio.

Diga algo.

Silencio.

Hágalo. Lo ha estado haciendo todo este tiempo.

Castro: ¿Qué quiere que diga?

Autora: Lo que quiera.

Castro: ¿Lo que quiera? Qué mal chiste.

Autora: De verdad. Lo lamento.

Castro: Yo también. (Mira hacia afuera. Triste.) No hay ninguna hoy. ¿Son aves de estación?

Autora: ¿Qué cosa?

Castro: Las tórtolas.

Autora: No sé. (Pausa.) Tengo algo para usted…

Saco un reloj de pulsera. Lo pongo sobre la mesa. Castro lo mira, por un momento, vuelve a animarse.

Castro: Mi reloj… ¿Dónde estaba?

Autora: Por ahí…

Castro: Claro.

Castro toma el reloj. Se lo pone. Lo mira. Algo no le cierra. El reloj, como los peces, le parece de cartón pintado. Desanimado, sin fuerzas, sin entusiasmo alguno, se lo quita.

No es el mismo.

Autora: Es el mismo, créame.

Castro: (Totalmente derrotado.) ¿Qué sabe usted?

Castro deja el reloj sobre la mesa. Da otro paso hacia el público.

Autora: (Antes de que salga.) ¡Va a volver! ¿No se da cuenta? ¡Va a volver! ¡Usted me necesita tanto como…!

Me callo. Se detiene.

Castro: Siga. Yo la necesito tanto como… ¿usted a mí?

Pausa.

Autora: No. Yo no lo necesito a usted. Me divierte, sí, pero de ahí a necesitarlo…

Castro: Sus días, señora, son planos. Si no inventa algo que la saque del sopor, la vida le parece inútil… casi una pérdida de tiempo… Juega a que… tiene una vida, con una hija, familia, amigos, gente que la quiere, pero lo cierto es que siempre ha sentido que la vida le corre por el lado. Trata de vivirla, de tomarla como quien toma el toro por las astas, pero no puede, se le escapa. O peor, sabe que la vida que vive no es la gran cosa, “pero es lo que hay”. Si sólo tuviera la decisión para dejar de correr como una rata de laboratorio, si sólo pudiera poner una pata abajo y detener la rueda, cerrar los ojos y oír el silencio. El silencio real. El silencio oscuro, negro, total.

Pausa.

A lo mejor no hay obra. A lo mejor nunca la hubo. Y como al parecer es un poco necia…

Autora: Puede ser, pero si no hay obra, usted…

Castro: Yo, ¿qué?

Lo miro.

Ah, entiendo. Si ése es mi destino, que sea. Mejor no haber sido nunca nada, que ser y dejar de ser, ¿no cree?

Silencio.

Autora: ¿Qué hago?

Castro: Acepte la derrota y déjeme ir. Déjeme ir, por favor.

Autora: No tengo la historia.

Castro: ¿A quién le importa? A usted, ciertamente, no.

Autora: Si se va…

Castro: Sí sé, ya me lo dijo.

Autora: No va a haber existido nunca. Nadie lo va a recordar. ¿Eso es lo que quiere?

Castro: No estoy seguro, pero sé que esto, este lugar, usted… no lo quiero. Me cansa.

Autora: Entiendo.

Castro: Me aburre, es insoportable… estar vivo… así. Condenado a la tristeza, a la asfixia…

Autora: Ya entendí, le digo.

Lo miro.

Entre ser imaginado y ser nada…

Castro: Elijo la nada.

Castro toma valor y da un paso hacia el público para desaparecer en la nada.

Autora: ¡Espere! No se vaya todavía, no se vaya sin despedirse.

El escenario, sola, es aterrador. Luego de un momento, se oye su voz.

Castro: Gracias.

Autora: ¿Por qué?

Castro: Por nada.

Apagón

Inscrita en el Registro de Propiedad Intelectual de Chile, bajo el número 2022-A-9058

Ximena Carrera Venegas (Santiago, Chile). Actriz, dramaturga, productora, guionista y docente. En 1997 creó la compañía de teatro La Trompeta junto al actor y director Sebastián Vila. Algunas de sus obras son: El auriga Tristán Cardenilla (1997), Antes de la lluvia (1999), Café (2002), Naturaleza muerta (2003), Medusa (2010), Lucía (2015) y La felicidad de las tórtolas (2022), que aquí se presenta.Algunos de los premios que ha recibido son:Primer Premio Juegos Literarios Gabriela Mistral por su obra Café, Premio Nacional a la Mejor Obra de Teatro 2010, y el Premio Municipal de Literatura, por su obra Medusa.

Comparte este post:

spot_imgspot_imgspot_imgspot_img

Popular

Artículo anterior
Artículo siguiente

Más como esto
Descubre

La Dramaturgia del Espacio, de Ramón Griffero llegó a la Universidad de Texas en El Paso

Recientemente, durante la semana del 9 al 13 de marzo,...

A Silvia A. Peláez, el Premio Nacional de Dramaturgia Juan Ruiz de Alarcón 2026

La escritora Silvia A. Peláez es la ganadora del...

Partinuplés, de las mujeres del Siglo de Oro, a nuestros días

Romance, magia y humor, en una comedia de Ana...

Cien proyectos para los Teatros del IMSS

Escenarios IMSS–Cultura 2026-2027, convocatoria nacional para proyectos de teatro...