El fuego desde adentro

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El fuego desde adentro es una de las obras que recibió mención honorífica en la categoría de lecturas dramatizadas de la 12ª edición del DramaFest: una radiografía poética de los hijos de la ausencia, de esos niños destrozados por el abandono de quienes deberían cuidarlos y se alejan en busca de oportunidades o de perderse.

Personajes

Maco

Gazapo

Mamá

El Don

Tizne

Tula

Camello

El Cholo

Abuela

El Pozoles

Maru

Fuego frío

1. Voz

Una fogata. De la penumbra sale Maco, un espíritu a medio camino entre lo que es y lo que pudo haber sido, entra la adolescencia y la adultez. La atmósfera es fruto de huesos rompiéndose y murmullos entremezclados de hombres y animales.

Maco: Hablo con la voz del recuerdo

y la del porvenir,

la que viene de abajo

en su peregrinar al Norte.

La voz de los abuelos,

los padres, los hermanos y los hijos

que dejan una vida atrás

por el espejismo de una ilusión.

Mis palabras son cartografías

de los vagones del tren

de las paredes a medio derruir

de la soledad atorada en el cuerpo

de la sangre regada en el camino.

Hablo por mí,

por los que me antecedieron

y los que vendrán:

tristeza regada en lágrimas

lavada con agua de la cuneta.

Varias siluetas se mueven alrededor de Maco, al ritmo del palpitar de un enjambre de fantasmas.

2. Mamá

Una parte del enjambre se ilumina por un momento: cuerpos de piel quebrada y manos de arena observan a Maco. La penumbra regresa. Del enjambre sale Mamá: carga a Gazapo, un crío de 3 años.

Maco: Ya llegué, jefa.

Mamá: Te tardaste mucho.

Maco: Fue por las congeladas. No llegaban.

Mamá: No mientas, Maco. Andas de vago.

Maco: No, jefa. Fue por las congeladas.

Mamá: ¿Dónde están?

Maco: Me las quitaron.

Mamá: ¿Quién?

Maco: El Cholo.

Mamá: ¿Y tú te dejaste? ¿No tiene manos o qué?

Maco: Estaba con otros dos. Si hubiera sido él solo, me lo jodo.

Mamá: ¿Y ora qué? ¿Nomás por eso no va a haber dinero o qué?

Maco: Ya voy.

Mamá: Apúrate; el crío tiene hambre.

Maco: Ya voy.

Mamá: Y me traes de lo otro también.

Maco: Dijo que ya no iba a quemar, jefa.

Mamá: ¿Y tú quién eres para decirme qué hacer o no?

Maco: Se vuela cuando quema, jefa.

Mamá: ¡Y eso a ti qué! Tú tráemelo.

Maco: Le va hacer daño al Gazapo.

Mamá: No hables de lo que no sabes.

Maco: La jefa del Camello también quema, por eso el Zorrillo está ido.

Mamá: El Zorrillo nació tarado.

Maco: No es cierto, jefa. Nació bien. Pero la jefa del Zorrillo quema mucho…

Mamá: ¡Deja de joder, Maco! ¡Haz lo que te digo!

Maco se integra a la penumbra. La fogata crepita; después, la calma. Mamá deja a Gazapo en el piso. Camina directo a la fogata.

3. Mamá se fue

Maco regresa. Ve a Gazapo, juega con una botella. Maco se acerca y juega con el crío. Se detiene en seco: recuerda que la infancia se le fue de las manos hace mucho.

Maco: ¿Qué haces aquí solo, Gazapo?¿Dónde está la jefa? Se salió con la Cuca, ¿verdad? Mugre Cuca, nomás viene a joder… ¿Te dio de tragar? Seguro no; hoy en la mañana todavía andaba ida. Le dije que no quemara todo, pero ya ves cómo es. ¿Te dijo algo? Aunque te hubiera dicho, ni hablar puedes… ¿Sabes qué? Se me hace que ya no regresa.

Se fue.

Al quemadero o al Norte.

Ya nos dejó.

Ya quería pirarse desde hace mucho.

Nomás estaba aquí mientras se hacía humo para treparse al tren.

No lo decía, pero cada que cimbraba la vía

se le escapaba el cuerpo lejos de aquí.

¿Qué hacemos, Gazapo?

¿Nos volvemos ceniza

y que el viento nos lleve

o nos borramos poco a poco?

Va a estar duro, Gazapo.

Mejor no hubieras abierto los ojos:

pura soledad vas a ver.

De aquí en adelante

nuestros pasos andarán perdidos.

Maco se amarra el espíritu de Gazapo a la espalda. Camina: su paso es el de quien sabe que debe recorrer un largo camino antes de llegar a un lugar. En la penumbra, las siluetas lo observan. Maco las observa también. Apresura el paso y sale. Silencio.

4. Hueso

Maco entra. Trae a Gazapo en la espalda. Lo baja y lo sienta a un lado. Luego, de una bolsa de papel, saca un hueso de res.

Maco: Hoy hubo suerte, Gazapo. Con todo y lo jodido que pintaba el día. El Don de la carnicería no quiso que hiciera los encargos.

Maco toma una olla, la llena con agua y echa el hueso. Toma un puñado de carbón y

aviva la fogata. Una humareda densa sale de entre las brasas: es el Don.

El Don: Te vas a robar la carne.

Maco: No, Don, cómo cree.

El Don: Tu hambre es tanta que te comerías cruda hasta a tu madre.

Maco: Ande. Le hago los encargos.

El Don: No.

Maco: Si quiere estoy aquí antes de que usted llegue.

El Don: Con ese escuincle en el lomo no vas a poder.

Maco: Sí puedo.

El Don: Es un lastre. Deberías tirarlo. Además, te van a quitar la carne como te quitaron las congeladas.

Maco: Me agarraron a la mala. Ande, le hago los encargos.

El Don: No. Lárgate.

Maco: Regáleme este hueso, aunque sea.

El Don: Déjalo o te rajo la cara.

Maco suelta el hueso; el Don lo toma y lo echa a un bote de basura, sin dejar de mirar a Maco. El humo de la fogata se hace más denso, el Don desaparece. Maco agarra el hueso y corre.

Maco: La cara del Don era la del diablo cuando dijo eso, Gazapo. Pero me la peló: se distrajo y le di baje. Luego corrí. Mucho. Sabes que no se me frunce, pero ese Don da miedo. Quién sabe si todo lo que dicen de él sea verdad. Aunque dijo algo cierto: contigo a mis espaldas, todo es más difícil. Ora sí ya estamos solos, Gazapo.

Maco se recuesta junto a Gazapo. Duermen. En la penumbra, las siluetas revolotean en torno a un fuego moribundo: la frontera entre la sombra y la luz cada vez es menor.

5. La cosquilla de pirarse

Maco se levanta, mira a Gazapo y camina. Sus pies son de lodo; su andar, un vaivén

a punto de desmoronarse. De las penumbras sale el Tizne, un niño de hollín.

Tizne: ¿Qué haces, Maco?

Maco: Qué te importa.

Tizne: ¿Ora sí te vas?

Maco:

Tizne: Llevas así harto tiempo: vienes, te paras y miras la vía.Pero no te subes al tren.

Maco: No te importa.

Tizne: ¿Estás esperando que regrese tu jefa?

Maco: Vete.

Tizne: No va a volver. El Cholo vio cuando se trepó al tren.

Maco: No es cierto.

Tizne: Andaba con la Geni. Las dos se fueron.

Maco:

Tizne: Hicieron bien. El Pozoles las anda buscando.

Maco: ¿Para qué?

Tizne: No sé.

Maco: Mentiroso.

Tizne: Eso dice el Cholo.Pero quién sabe. Ya ves que le gusta inventar cosas.

Maco:

Tizne: Deberías venirte conmigo. La Geni dejó el cuarto que le rentaba al Don.

Maco:

Tizne: El Camello sigue ahí.

Maco: ¿Y el Zorrillo?

Tizne: ¿Qué con él?

Maco: Que si la Geni se fue con el Zorrillo.

Tizne: Sí.

Maco: ¿Y por qué dejó al Camello? También es crío suyo.

Tizne: Por canijo, será. Ya ves cómo se pone con la “chiva sintética”.

Maco: La Geni también le hace a eso.

Tizne: Nomás a la piedra. Pero el Camello de a tiro ya se enganchó con la “chiva”.

Maco: Por pendejo.

Tizne: El Pozoles se la dio, quesque para probar si estaba buena.

Maco: ¿Y el Don qué dijo?

Tizne: No sabe. ¿Quieres probar? Ahí traigo tantita.

Maco: No jodas.

Tizne: ¿Te vienes o qué?

Maco: No.

Tizne: ¿Y el Gazapo?

Maco: ¿Qué con él?

Tizne: Lo quieres dejar, ¿verdad?

Maco:

Tizne: No te hagas. Se te ve en los ojos que te quieres ir. Hazlo, así te libras de cargar con un crío que ni es tuyo.

Maco: Cállate.

Tizne: Déjalo. Yo le encuentro lugar con el Pozoles.

Maco: Primero te jodo.

Tizne: Yo nomás decía, no te pongas bravo. ¿Te vienes?

Maco: No.

Tizne: No tarda el tren. Quién quita y hoy sí te subes.

Maco: ¡Vete!

Tizne regresa a las brasas; se vuelve humo. Se escucha el tren. Maco observa el paso de los vagones. La oportunidad se va con el aire caliente. Maco regresa junto a Gazapo y se lo amarra en el lomo. Su paso es barro quemado.

Maco: Se me escapan los recuerdos, Gazapo.

Nomás miro pedazos de memoria,

palabras en el agua del río

que se pegan contra las piedras.

No sé qué de lo que veo es mío

y qué de la abuela.

¿Te acuerdas de ella?

No. La conociste nomás de oídas.

Era linda. No como la jefa.

Por la abuela, nuestros pies

dejaron la tierra y el agua de la ribera;

nos metimos a la selva

y borramos nuestros pasos.

Nos quedamos sin casa

sin sal

sin viento

sin calor.

Nos metimos al frío

de la montaña,

el de los huesos mojados

y los pies rotos.

La abuela se quedó ahí,

tendida,

con los ojos abiertos para siempre,

mirando sin ver ese cielo rojizo,

con el alma triste y la voluntad rota.

La jefa se endureció,

su fogón se hizo pedazos:

sus brazas ya no servían para calentar,

nomás para sacar ámpulas y rasgar la carne.

Por eso tienes la cara así,

como tierra seca,

como olla rota.

Por eso sus manos

ya no sirven para la caricia,

nomás para recordarnos

lo áspero del camino.

La jefa se endureció,

su fogón se hizo pedazos;

sus brazas ya no servían para calentar,

nomás para sacar ámpulas y rasgar la carne.

Maco se eleva: quiere soltar a Gazapo y que se estrelle contra las piedras; quiere andar ligero. Gazapo le regala una sonrisa tierna, la misma que Maco tenía a los 3 años y compartía con su abuela, cuando todavía creía que el fuego era para calentar. Maco desciende.

Maco: No me mires así, Gazapo. Yo no soy la jefa: aunque me rompa, yo no voy a quebrarte. Si nos vamos a chamuscar, que sea juntos.

 Maco se vuelve llamarada y se eleva sobre la penumbra. Oscuro breve.

Fuego de oscuridad

6. Hay que darle

De la oscuridad sale el Camello, un niño casi transparente; su mirada es la de quien se ha perdido en la bruma. Viene con Tula, una habitante de la frontera entre la niñez y la adolescencia.

Tula: Apúrate, Camello.

El Camello saca algo de su bolsillo y lo inhala. Empieza a reír.

Tula: ¡Trae acá! Todavía no tragas nada y ya andas con eso.

Camello: Tate…

Tula: Trae acá

Camello: Tate…

Entra Maco.

Tula: ¿Dónde andabas?

Maco: En el crucero.

Tula: Ahí no vas a sacar nada. La gente ya no da.

Maco: Unos sí. ¿Qué haces con éste?

Tula: Anda triste.

Maco: Anda ido.

Tula: Tiene como una semana que está solo.

Maco: No es cierto. Andaba con el Tizne.

Tula: Ya no. El Tizne se fue con el Pozoles.

Maco: Y eso qué.

Tula: Pues que el Don corrió al Camello del cuarto. Ahorita se anda quedando en el puente.

Maco: Es su bronca.

Tula: Ya ni come.

Maco: ¿Y para qué cargas con él?

Tula: Porque es amigo.

Maco: Te va tumbar tu varo.

Tula: El Camello es amigo.

Camello: Me pegaste, Maco, me pegaste.

Tula: ¿Qué le hiciste, Maco?

Maco: Está ido.

Camello: Me agarraste a la mala…

Tula: ¿Es cierto?

Maco: No fue a la mala. Fue de frente.

Tula: ¿Por qué?

Maco: Quería llevarse al Gazapo con el Pozoles.

Tula: Andaría urgido.

Maco: Quería joder.

Camello: Dame más, Tula.

Maco: Déjalo.

Tula: No, Maco. A los amigos no se les deja.

Maco: El Camello no es amigo. Es lacra.

Tula: Todos somos lacras.

Maco: Déjalo.

Tula: No, Maco.

Maco: ¡Allá tú, Tula!

Tula: No te pongas bravo.

Maco: Allá tú.

El Camello se vuelve transparente. Tula trata de agarrarlo, pero el viento se lo lleva.

Maco: Déjalo.

Tula: Cómo eres, Maco. ¿Le vas a entrar al jale?

Maco: No.

Tula: ¿Por qué?

Maco: No tengo varo.

Tula: Yo me encargo de eso.

Maco: El Don se va a cabrear.

Tula: Ni que fuera el dueño de la calle.

Maco: Se va a cabrear.

Tula: Nomás vamos a poner un puesto de dulces enfrente de la escuela. Además, ya le dije y dijo que sí.

Maco: Ya te fregaste.

Tula: Cuando te pones así, me caes mal.

Maco: Te va a poner a vender “chiva sintética”.

Tula: Yo le dije que nomás puros dulces y chicharrones.

Maco: Te fregaste.

Tula: ¡No seas necio, Maco! Mi mamá va a ir conmigo. Si quieres, puedes vender tus congeladas.

Maco: El Don me trae entre ojos.

Tula: No es cierto.

Maco: Sí es cierto.

Tula: ¿Por qué, a ver?

Maco: No quise halconearle.

Tula: Yo le digo que te deje.

Maco: Vete al mercado.

Tula: No. Ahí manda el Pozoles.

Maco: Pero sacas más.

Tula: Con el Pozoles, mejor no meterse. ¿Le vas a entrar o no?

Maco: Deja veo.

Tula: Nomás no te vayas a tardar mucho.

Maco: Te aviso.

Tula: ¿Y el Gazapo? ¿Dónde anda?

Maco: Se lo dejé a la Maru. Me hizo el paro hasta la tarde.

Tula: Es chida la Maru.

Maco: Sí. Es la única que nos trata bien.

Tula: Es porque nació aquí.

Maco: ¿Cómo sabes?

Tula: Eso dice mi mamá.

Maco: ¿Neta?

Tula: Esa casa de allá era la suya. Un tiempo se fue, pero luego regresó.

Maco: ¿A qué?

Tula: A ayudar.

Maco: ¿A quién?

Tula: A la gente que está jodida.

Maco: Andas inventando.

Tula: Ella es así. Lo que más le molesta es ver que gente como el Don o el Pozoles jodan a los niños.

Maco: Esa Maru está loca si se mete con esos dos.

Tula: No te creas, es brava cuando se enoja. Una vez me tocó ver que se puso al tú por tú con el Pozoles.

Maco: Me quieres ver la cara.

Tula: Le dijo que si no dejaba de vender “chiva” en los juegos que están por la primaria, lo iba a joder.

Maco: Y el Pozoles no hizo nada, ¿no?

Tula: Se juntó mucha gente. A lo mejor se puso nervioso y por eso no le hizo nada a la Maru.

Maco: No sabía.

Tula: Creo que se va a juntar con el Manuel.

Maco: ¿Quién?

Tula: La Maru, ni modo que el Pozoles.

Maco: ¿Con ése?

Tula: El Manuel también es chido. Oye.

Maco: ¿Qué?

Tula: El Manuel dice que en la tarde va a haber una cosa de música y muñecos, ahí en el mercado. ¿Vas?

Maco: No. Hay que darle.

Tula: Deberías ir. Nos vemos, Maco. Piensa lo de las congeladas.

Tula sale. Maco la observa. Oscuro breve.

7. No se puede

La penumbra se fragmenta, los huesos crepitan; sombras se deslizan bajo la mirada de un demonio envilecido por el tiempo. Desde su mirada turbia, sentado en una pila de huesos, el Don observa el trajinar de las polillas que revolotean cerca de su fuego abrazador: algunas llevan heridas abiertas, otras, cicatrices sobre cicatrices. Muy pocas son las que se mantienen al margen. Maco, sin dejar de ser sombra, con Gazapo en el lomo, se abre paso entre las polillas. El Don lo observa.

Maco: No se puede, Gazapo.

Las lunas pasan y sigo sin ver.

No me sale nada.

Veo caminos cerrados cada que intento abrir los ojos.

El Don me lo dijo:

El Don baja de la pila de huesos y sale de la penumbra. Fuma un puro. Se acerca a Maco. Cada que abre la boca, el humo del puro envuelve a Maco.

El Don: Mientras sigas con ese tumor

que te agarra la voluntad,

vas a seguir en la mierda.

Vas a querer levantarte

pero no vas a poder;

vas a querer irte

pero no vas a poder;

vas a querer llorar

pero no vas a poder.

Déjalo antes de que

ya no puedas andar.

Total:

uno más

uno menos

es lo de menos.

Maco: Eso me dijo el Don.

Su lengua abrasa

nomás de escucharla:

te vuelve vidrio,

te astillas.

Pero tiene razón:

la voluntad

no te quita el frío

ni el hambre.

Debería hacerle caso

dejarte.

Ya habrá quién vea por ti.

Siempre hay alguien que ve por los críos.

Maco deja a Gazapo en el piso. Las polillas se acercan al crío. Maco camina de un lado a otro bajo la mirada fulgurante del Don.

Maco: Lo intenté en el crucero

con fuego en el hocico;

lo intenté en la escuela

con los dulces.

No se puede.

Anduve los pasos de otros.

Agarré camino y me perdí,

empantanado en sueños

que no son míos.

Ese Don es oscuro:

mira donde otros no han visto

mira aquello que quieres ocultar;

mira tus demonios y los pone frente a ti

para dejarlos salir sin remordimientos.

Es un espejo roto en el que puedes ver

el abismo que llevas dentro.

Ese Don es el diablo.

Maco se aleja de Gazapo. Las polillas se acercan al crío cada vez más, mientras el Don observa, sonriente, sin dejar de fumar. Maco se detiene. Regresa con Gazapo, lo abraza. El Don deja de sonreír. La penumbra se hace densa. El humo del puro lo cubre todo.

8. Mirar la oscuridad

Maco está sentado. Entra Tula. El Don entra y sale de la penumbra, como sombra que se mueve en la oscuridad, hasta disolverse en humo.

Tula: ¿A quién esperas?

Maco: A nadie.

Tula: Ya se arregló lo de los dulces.

Maco: Yo ya no vuelvo.

Tula: Te juro que ya se arregló.

Maco: El Don me jodió enfrente de todos.

El Don: ¿Qué haces aquí?

Maco: Me volteó la cara de un madrazo.

El Don: La Tula puede vender; tú no.

Maco: Me tiró la mercancía.

El Don: Que no te vea de nuevo.

Maco: Perdí todo.

Tula: Ya hablé con él.

Maco: Ya no voy.

Tula: En serio. No te va a pasar nada.

Maco: No quiero acabar como el Camello.

Tula: Eso fue cosa del Pozoles.

Maco: Fue el Don.

Tula: ¿Quién dice?

Maco: Esos dos son pura oscuridad. Deberías irte con tu jefa.

Tula: ¿Adónde?

Maco: Tú tienes gente fuera de aquí.

Tula: No es tan fácil, Maco. ¿Dónde anda el Gazapo?

Maco: Con la Maru.

Hay un silencio. Maco y Tula observan la penumbra. Entra el Cholo, un fuego-niño: su cara es una máscara quemada por el sol; sus pasos, pequeños incendios que consumen lo que deja tras de sí. Bailotea cerca de Maco.

Tula: ¿Qué te traes, Cholo?

El Cholo: No vengo a verte a ti, morra.

Tula: Hazte para allá.

El Cholo: ¡Que no vengo a verte a ti, te digo!

Tula: ¿Entonces a quién?

Dos hogueras siguen a Maco.

Tula: Vámonos, Maco.

El Cholo: Shhhhh.

Tula: ¿Qué te traes?

El Cholo: ¿Quieres quemarte?

Tula: A mí no me espantas, Cholo.

El Cholo: Shhhhhh.

Tula: Vámonos. Maco.

El Cholo: Piérdete, Tula. La cosa no es contigo.

Tula: Vámonos, Maco.

El Cholo arde: el espacio se ilumina; Tula se espanta y sale.

Maco: ¿Qué, pues?

El Cholo: El Don me dijo que te buscara.

Maco: Ya me encontraste.

El Cholo: Te deja vender lo que quieras si le haces un favor.

Maco: No es cierto. Me jodió enfrente de todos.

El Cholo: Fue por hacerte el vivo. El permiso es para la Tula y su jefa, no para ti.

Maco: Llégale, Cholo.

El Cholo: El Don sabe que estás pasando hambre de a gratis. Ora que, si dejaras al Gazapo…

Maco: ¡Por ahí ni le muevas porque te jodo!

El Cholo arde más: mira a Maco y bailotea como fuego fatuo a su alrededor. Maco se pone tenso. El Cholo se aleja un poco.

El Cholo: El Don te quiere ayudar.

Maco: Vete, Cholo.

El Cholo: El Don te da la mano una sola vez.

Maco: ¿Qué hay que hacer?

El Cholo: Algo fácil.

Maco: Yo no le hago al halconeo.

El Cholo: Para eso no sirves. Es otra cosa.

Maco: ¿Qué cosa?

El Cholo arde de nuevo: mira a Maco desde la profundidad del vacío. Se le acerca. Maco huele la carne quemada del Cholo.

El Cholo: Otra cosa. Pero primero debo ver si puedes.

Maco: ¿Qué cosa?

El Cholo mira a Maco: quiere abrasarlo y volverlo ceniza. Arde de nuevo.

El Cholo: Sígueme.

El Cholo arde con mayor fuerza.

Maco da un paso a la oscuridad.

La penumbra se rompe

por el sonido de un disparo:

el crepitar del fuego lo llena todo.

El Cholo irrumpe en las sombras.

La noche se pinta de naranja,

de rojo y de pólvora,

de negro y de carne quemada.

Maco se pierde

en ese laberinto

de fuegos fatuos.

Después, el silencio.

Oscuro breve.

Fuego abrasador

9. En la oscuridad

Maco está roto. Habita ese lugar en el que cualquier sonido se vuelve lamento. Quienes hablan, lo hacen desde un espacio indeterminado; las voces, ventiscas que forman una tormenta, se entrecruzan. Siluetas fragmentadas deambulan de un lado a otro, con el escozor de los incinerados. La Abuela, un tizón entre las sombras, por momentos emerge, más como una visión, que como una presencia.

Maco: Entre aquel crepitar

de cuerpos de arena

escuché tu voz, abuela.

Me perdí.

El tiempo me abandonó.

Mis manos buscaron dónde asirse

pero no pude agarrarme de nada.

Abuela:

¿Qué te ha llevado

a beber oscuridad, Maco?

Maco:

La desesperanza, abuela;

el miedo a no tragar.

Abuela:

Por miedo es que terminé aquí.

Por miedo es que tú y tu madre

caminaron mis pasos llenos de fe,

sin saber que en el trayecto

abandonaríamos

lo único que teníamos:

yo, la vida;

ustedes, la esperanza.

Y es lo peor

que se puede perder.

Maco:

Aquello fue un hervidero de sombras

hablando con lenguas de plomo, abuela.

Una serpiente de fuego

subía y bajaba, entraba y salía,

rodeando con su fulgor

aquellos cuerpos sin rostro.

La única manera de escapar

fue mezclarme con los muertos,

con el miedo en la garganta

y el odio en la mano.

Y entonces te oí, abuela.

De las sombras emerge el Don, un ídolo de plomo hirviente. Huele a metralla y a

sangre. Trae un cucharón de metal en la mano que usa de vez en vez para vaciar

rencor sobre las brasas ardientes.

El Don:

No fue tu abuela la que te habló, Maco.

Maco:

¿Quién, entonces?

El Don:

Escuchaste una voz,

y quisiste creer que era la de ella,

pero yo te traje hasta aquí.

Maco:

No es cierto.

El Don:

Nadie puede escuchar a los muertos,

sólo los muertos.

Maco:

¿Estoy muerto?

El Don:

Mi voz la escuchan

los desesperados.

La escuchó el Pozoles

cuando tenía ocho años:

un animal perdido,

andrajoso, lleno de mocos y de caca.

Lleno de hambre.

El Pozoles sale de las brasas, una criatura maltrecha de cuero quemado.

El Pozoles: Mi padre me abandonó en cuanto salí

del vientre de mi madre;

agarró camino al Norte

y se perdió en el polvo.

Mi madre me abandonó en cuanto salí

del vientre de la desesperación;

agarró camino a la coca

y se perdió en las calles.

El Don vacía su cucharón sobre las brasas. Observa a Maco.

El Don:

El Pozoles se formó solito:

a fuerza de aguantar

descalabros y humillaciones,

se hizo piedra por dentro.

Andaba como cabra loca:

dando coces,

clavando los dientes

a quien se le atravesara.

Iba directo a la perdición.

Fue cuando lo llamé.

El Pozoles:

Estaba hambriento:

de comida

de atención

de cariño

de furia.

El Don:

Primero le di eso:

el camino de la furia,

la posibilidad del odio,

del rencor sin remordimiento.

Después, lo demás.

Maleza corrosiva,

duró años, muchos.

Pero con la coca y el crac

se enturbió más de la cuenta:

agua podrida que agarró caudal

por cuenta propia.

El Pozoles regresa a las brasas.

El Don:

Después vivieron otros:

algunos se quemaban antes de tiempo;

otros había que quemarlos

antes de que se hicieran llamarada.

Todos hijos de la ausencia.

Todos niños destrozados

por quien debería cuidarlos.

Entra el Cholo.

El Cholo:

Luego llegué yo,

así como tú, Maco,

de camino al Norte,

huyendo de hombres de pólvora.

El Don:

Éste llegó solo,

pero ya venía tatemado.

Quién sabe qué habrá visto en el camino

que hizo de sus ojos dos pozos negros,

dos laberintos retorcidos.

El Cholo está hecho para esto:

un cocodrilo salvaje

a la espera de ver

quién mete la mano al agua.

Maco:

¿Y el Camello?

El Don:

Ése es de los que se van

cuando les toca:

por la “chiva sintética”

o por la bala.

Da lo mismo

Maco:

¿Y el Ceniza?

El Don:

Carne de cañón.

Maco:

¿Y yo qué?

El Don:

Tú tienes suerte:

te la jugaste por un mugroso hueso

y eso me dio lástima.

Pero a mí nadie me ve la cara

sin llevarse una herida de por medio.

Y la que tú tienes

no va a cicatrizar nunca:

ni el tiempo

ni los ungüentos

ni las palabras

te van a curar.

Vas a vivir con ella para siempre.

Ya nunca serás lo que eras

ni podrás ser lo que pudiste ser.

El Don se acerca a Maco y le vacía el cucharón encima. Maco se hunde en el piso;

El Don regresa a la penumbra. De las sombras sale la Abuela y abraza a Maco.

Abuela:

Agarra camino, Maco,

agarra camino si no quieres ser polvo…

Maco empieza a fundirse con la oscuridad.

Maco:

Ya mejor tuérzame, Don.

Lo que me hizo

es peor que tener hambre.

Tuérzame de una vez.

Abuela:

No digas barbaridades, Maco.

Maco:

¿Abuela?

Abuela:

Me equivoqué contigo:

no estás aquí por voluntad propia

ni por miedo;

llegaste aquí por desesperación.

Maco:

Fue como dijiste, abuela:

el Don me arrebató

la poquita esperanza

que me quedaba.

Mis ojos están rojos;

mis manos

mis pies

mis oídos

mi piel completa

se volvió turbia.

¿Para qué quiero seguir así?

Abuela:

No para qué,

sino para quién, Maco.

Acuérdate de Gazapo.

Maco:

¿Cómo sabe de él?

Abuela:

Lo vi en sueños,

antes de dejar mis huesos en la montaña.

Lo vi correr contigo,

a salvo,

lejos de los hombres de la pólvora.

Por él es por quien debes seguir.

Maco:

Ya estoy roto, abuela.

Ya lo dijo el Don:

esta herida no va a cerrar nunca.

Abuela:

No escuches a ese demonio,

sólo ve con el ojo del odio.

Te quiere nublar la voluntad

para que te hundas en él.

Agarra camino lejos de aquí, Maco,

agarra camino si no quieres ser ceniza.

No hay ninguna herida

que no cicatrice.

Maco:

Estoy quebrado, abuela.

Abuela:

Yo también anduve en pedazos mucho tiempo,

pero tu llegada curó mis rencores.

Todavía brillas entre tanta sombra.

No te apagues.

Hazlo por el Gazapo.

Hazlo por ti, Maco.

Las voces cesan. Maco ilumina por un momento la oscuridad. Después, el silencio.

Fuego cálido

10. Tula se va

La penumbra da pie a un cielo grisáceo que se confunde con el humo de una hoguera recién apagada. Entra Tula.

Tula: ¿Maco?

Maco se incorpora de la ceniza. Tula lo abraza.

Tula: ¿Dónde andabas?

Maco: No sé.

Tula: Mira cómo estás. ¿Fue el Cholo? ¿Qué te hizo?

Maco: No. Fue otra cosa.

Tula: ¿Qué cosa?

Maco: No sé.

Tula: Ay, Maco. La Maru te anda buscando.

Maco: ¿Por qué?

Tula: Hace dos días te fuiste.

Maco: ¿Dos días?

Tula: ¿No te acuerdas?

Maco: No.

Tula: Anda preocupada…

Maco: Es por el Gazapo, ¿verdad? Seguro ya no lo aguanta.

Tula: Cálmate. No es eso, tú lo sabes. Anda preocupada por ti.

Maco: No es cierto.

Tula: La Maru te estima, Maco. No seas malagradecido.

Maco: Perdón. La cagué.

Tula: ¿Qué anduviste haciendo?

Maco: No me acuerdo.

Tula: Ay, Maco. Ojalá no haya sido lo mismo que el Cholo.

Maco: ¿Qué haces aquí?

Tula: Ya me voy.

Maco: Te acompaño.

Tula: No, Maco. Ya me voy de aquí, de estas calles.

Maco:

Tula: Mi mamá dijo que ya es momento.

Maco: Hacen bien.

Tula: Es por el Pozoles y el Don.

Maco: ¿Te hicieron algo?

Tula: No, pero si me quedo, sí me van a hacer.

Maco: ¿Qué?

Tula: No me quitan los ojos de encima. Me siento como la Lupe cuando entró a la secundaria: decía que andaban como perros en celo. El Don le regalaba carne y el Pozoles le ofreció un puesto en el mercado. Y ya ves, se voló con él. Dicen que el niño que trae en la panza es del Pozoles. Ve tu a saber.

Maco: Cabrones.

Tula: A ella no le fue tan mal como a la Petra o la Licha. Nadie sabe dónde andan: si en el Norte, la capital, o si de plano siguen vivas. No quiero acabar así, Maco.

Maco: ¿Cuándo te vas?

Tula: Mañana.

Maco: No vuelvas nunca, Tula.

Tula: Vénganse con nosotras.

Maco: No, Tula.

Tula: Ya le dije a mi mamá. Dijo que sí.

Maco: Ahorita. Pero luego se va a cansar.

Tula: Ándale, vénganse.

Maco: No, Tula. El Gazapo y yo somos una carga. Por eso la jefa nos dejó.

Tula: Mi mamá no es tu mamá. Si ella dice sí, es sí.

Maco: No, Tula.

Tula: Piénsalo.

Maco: Está bueno.

Tula: Te voy a extrañar.

Maco: Yo también.

Tula sale. El tiempo se detiene. Maco está por salir cuando entra el Cholo. Va de un lado a otro, hurgando si Maco es o no un fantasma.

Maco: ¿Qué, Cholo?

El Cholo: Shhhhhh.

Maco: ¡Pírate o te jodo, cabrón!

El Cholo: Shhhhhh.

Maco observa dentro del Cholo: es el abismo.

El Cholo: Creí que ya eras difunto.

Maco: ¡Pírate!

El Cholo: El Don es quien se va a pirar.

Maco:

El Cholo: ¿No quieres desquitarte de lo que te hizo?

Maco:

El Cholo: Deberías. Yo te ayudo.

Maco: Tú estás con él.

El Cholo: Ya no. El Pozoles va a ser el nuevo Don.

Maco: Eso anda diciendo desde hace mucho.

El Cholo: Pero ahora sí es la buena.

Maco:

El Cholo: El Don quiere darme cran. Lo sé desde hace rato. Pero no se le va a hacer.

Maco: ¿Por qué me dices eso?

El Cholo: Porque ya eres cadáver.

El Cholo es fuego fatuo.

El Cholo: Pero hoy no.

Maco:

El Cholo: A lo mejor mañana.

El Cholo mira a Maco antes de salir. Se esfuma. Maco mira la oscuridad: camina hacia ella como si sus pies tuvieran voluntad propia. Una figura le cierra el paso: es Maru, carga a Gazapo.

11. Salir

Maru: Debes irte, Maco. Hoy. Se va a poner feo. Peor que nunca.

Maco: ¿Irme? Maru es la única que nos trata bien, Gazapo. Te cuida sin enojarse. Me

sonríe como lo hacía la abuela. ¿Adónde?

Maru: Lejos de aquí.

Maco: ¿Por qué?

Maru: Hace dos días hubo un enfrentamiento entre gente del Don y gente del Pozoles.

Maco: Yo estaba perdido.

Maru: ¿No te acuerdas de nada?

Maco: Maru me ve con esa mirada que descubre cualquier mentira. Duda un momento, pero me cree. No.

Maru: Haces bien. Entierra ese día en el olvido.

Maco: ¿Qué debo enterrar? ¿Por qué debo irme? Maru nos mira. Saca un papel. Anota

algo.

Maru: Toma.

Maco: Leo el papel. Sé dónde está ese lugar: fuera de todo esto.

Maru: Busca a Pedro. Dile que vas de parte mía.

Maco: ¿Por qué debo irme?

Maru: El Pozoles y el Cholo van contra el Don. Se va a poner feo.

Maco: ¿Y yo qué? Maru me mira. No dice nada, pero algo sabe. Hace dos días hice algo.

¿Hice algo?

Maru: No le rasques, Maco.

Maco: Maru está espantada. Me abraza; tiembla.

Maru: ¡Vete ya!

Maru abraza a Maco y sale. Maco camina en una espiral por la que empieza a difuminarse, a perderse en el polvo del olvido.

Maco:

Hay humo en mi cabeza;

no sólo de fuego,

también de tiempo

y de fantasmas.

Recuerdo correr

junto a otros.

Recuerdo una serpiente

de fuego quemando todo.

Recuerdo

balas

cuerpos

gritos

sangre

murmullos.

Corro y caigo

como otros detrás mío.

El Cholo está frente a mí:

de su mano sale humo;

de la mía también.

Estoy en sus ojos

y él en los míos:

espejos que se miran

antes de romperse.

Maco se hunde más y queda inmóvil. Entre la penumbra, las siluetas del Gazapo y Maru lo saludan: el mundo se abre para Maco. Se levanta.

Maco:

Eres la abuela, Gazapo;

y la Tula

y la Maru.

Eres luz.

Maco empieza a caminar.

Deja tras de sí su piel quemada.

Maco:

Hay cosas que quiero olvidar:

el yo de dos días atrás

la mordida en mi pierna

el humo en mi mano

el hambre

la desesperación de noche

todo ese laberinto que casi me pierde.

La penumbra lo rodea:

quiere tragarlo

hacerlo ceniza

apagar su fuego…

Maco aprieta el paso.

Maco:

Hay cosas que no quiero olvidar:

el camino a casa,

las manos de la abuela,

el árbol de tamarindo afuera de su casa,

el sol de las montañas,

a la jefa cuando yo tenía cinco años,

el día que conocí a la Tula,

la luz de una fogata a media noche,

el fuego que no abrasa,

el día que aprendí a nadar,

cuando no tenía que huir,

la ilusión de no saber qué es la muerte,

tu sonrisa cuando naciste, Gazapo.

No quiero olvidar:

todavía puedo ser niño.

Las sombras se diluyen,

las voces se esfuman.

Maco aprieta el paso.

Maco:

Aunque esté roto

aunque mi rostro sea una cicatriz

aunque mis palabras sean amargas

Quiero ser de nuevo

Por ti, Gazapo.

Por mí.

Por la abuela.

Oscuro final.

Oswaldo Valdovinos. Escritor, dramaturgo, diseñador, realizador de títeres y director escénico de Astillero Teatro. Desde hace 20 años trabaja en la escena mexicana en teatro de títeres para jóvenes audiencias. En 2010 fue finalista del Premio Nacional de Dramaturgia Joven Gerardo Mancebo del Castillo con la obra El temor llegó con el pozole.
Las autorizaciones para el montaje de esta obra pueden solicitarse al autor en la siguiente dirección electrónica: valdovinosp@yahoo.com.mx

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