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Dramaturgia occidental /20

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Imre Madách: La tragedia del hombre

Todas las fotos: La tragedia del hombre, de Imre Madách, dir. por Attila Vidnyánszky (2023). Foto: Nemzeti Színház.

Por suerte, la dramaturgia stricto sensu, que es de lo que trata este canon, sobrevive casi por completo a la traducción. Gracias a ello puedo darme el gusto de incluir en él con toda justicia La tragedia del hombre, del simpático y desdichado poeta y pensador romántico Imre Madách (1823-1864), que pude leer en la versión del gran dramaturgo cubano Virgilio Piñera, merecedor de figurar también en nuestro canon. Obra cimera de las letras de Hungría, está significativamente ligada a su historia, identidad, lengua y cultura, a pesar del elevado nivel de abstracción que presenta. Su inspiración es occidental hasta la médula. Y tal vez sólo la mal llamada Europa oriental o del Este —por no decir, eufemísticamente también, postsoviética— pueda poner coto al insensato suicidio cultural que perpetra Occidente en nuestros días.

              De la Tragedia, cuyos protagonistas son Adán y Lucifer, junto a Eva, destacaré sólo un aspecto singular de su dramaturgia: el de ostentar seguramente el récord de mayor extensión, o sea, la acción con más larga duración absoluta. Comienza con la creación del mundo y termina con el fin de la historia de la humanidad. Recordemos sumariamente su estructura. Quince cuadros y otros tantos segmentos temporales se suceden: 1. en el Cielo (la creación del mundo); 2. en el Edén; 3. fuera del Edén; 4. en Egipto; 5. en Atenas; 6. en Roma; 7. en Bizancio (época de las cruzadas); 8. en Praga (de Kepler); 9. en París (de la Revolución francesa); 10. en Praga (continuación de 8); 11. en Londres (de la Revolución Industrial); 12. en un falansterio (de un futuro distópico); 13. en el espacio (fuera del tiempo histórico); 14. entre montañas cubiertas de hielo y nieve (en un futuro final y regresivo de la historia humana); 15. fuera del Edén (continuación de 3).

              Imagino el estupor que tamaña desmesura produciría en los preceptistas del siglo anterior. Nicolás Fernández de Moratín escribía al frente de su insulsa comedia La Petimetra: «Toda esa redundancia superflua e inverosímil de acción y de enredo, es originada de la libertad que se toman de que dure la acción lo que ellos quieren, pues si la redujeran a los límites del arte, no pudieran en tan poco tiempo desatar tantos enredos, y, si alguno lo conseguía, tropezaba con la inverosimilitud, porque es imposible, o al menos muy extraño, que en un día y en un paraje le sucedan a un hombre tantos acasos». Pero lo que pone en evidencia nuestra obra es precisamente la estrechez de la unidad de tiempo neoclásica con su arbitrario límite de las veinticuatro horas. Y sin embargo… La estructura temporal revela otro fenómeno peculiar de su dramaturgia: la interiorización, que contrarresta su exagerada duración y que no sé si tranquilizaría a don Nicolás o lo escandalizaría aún más.

              Respetando el orden en que se produce la indicación, el público situará primero el cuadro 9º en una temporalidad interior o subjetiva: Adán-Kepler sueña la escena que se desarrolla en el París revolucionario, como un paréntesis temporal entre el cuadro 8º y el 10º; después, en el último cuadro, será preciso recomponer la idea obtenida hasta allí del despliegue temporal, la de un larguísimo tiempo objetivo con la excepción del cuadro 9º, al advertir que el tiempo transcurrido desde el final del cuadro 3º es también un tiempo interior, soñado por Adán. El del cuadro 9º es, pues, un sueño dentro de otro sueño. Poniendo entre corchetes los segmentos afectados de interiorización, el drama presenta la forma: 1-2-3-[4-5-6-7-8-[9]-10-11-12-13-14]-15. El tiempo externo u objetivo abarca desde la creación del mundo hasta un momento de la vida de Adán posterior al pecado original (1-2-3-15); el tiempo interior o subjetivo comprende toda la historia de la humanidad, desde la época de los faraones hasta un punto final imaginado y, como queda dicho, presenta una interiorización de segundo grado.

            Las puestas en escena de este poema dramático constituyen auténticos hitos de la historia del teatro húngaro. Y es muy notable su descendencia, con numerosas adaptaciones teatrales, pero también al cine (András Jeles, 1984), los dibujos animados (Marcell Jankovics, 1988-2011) o la ópera (György Ránki, 1976; Clive Strutt, 1985; Péter Eötvös y Albert Ostermaier, 2010, 2013). Para calibrar su importancia basta decir que en las letras occidentales se codea con Fausto, El paraíso perdido y La divina comedia.


José-Luis García Barrientos, doctor en Filología (UCM), Profesor de Investigación del CSIC, profesor de posgrado en la UC3M, es autor de libros, traducidos algunos al árabe y el francés, como Principios de dramatología, Cómo se analiza una obra de teatro, Teatro y ficción, La razón pertinaz, Drama y narración, Anatomía del drama o Siete dramaturgos, tres de ellos publicados por Paso de Gato. www.joseluisgarciabarrientos.com

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