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Sobre el teatro y la cultura

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Podría ser que las autoridades de alto nivel no estén interesadas en el desarrollo cultural

El 26 de marzo de1979, don Oscar Flores Tapia, inauguró este teatro.

Hoy presenciamos una debacle cultural en nuestro país en todos sus ángulos: el presupuesto federal apenas existe y figura. Los presupuestos estatales y municipales también son invisibles. Se ha tratado de solucionar y llegar a todos los artistas por mecanismos populistas sin proyecto o sentido, que solo han logrado la pulverización de los escasos recursos para la federación y estados.  

Tenemos una Ley General de Cultura y leyes estatales de cultura —precisamente la de Coahuila fue la primera—, porque es necesario regirse con los preceptos que salvaguarden los derechos de los mexicanos. Y la cultura no es algo superfluo o accesorio; no es algo frívolo.

La cultura es acompañamiento indispensable de la educación que asegura el desarrollo integral de las personas; por eso, se ha elevado a derecho constitucional.

En Coahuila y el país, estamos obligados a analizar qué ha pasado con nuestros recintos culturales, los proyectos y programas.

Hemos visto cómo nuestro patrimonio se ha perdido poco a poco, silenciosamente. Hablando de Saltillo, mi ciudad, perdimos primero el edificio del ICOCULT, que era la sede del Instituto Coahuilense de Cultura y donde se encontraba la única galería de la ciudad, una librería de Educal, una sala de cine y un foro; y que, por una decisión marcada por el capricho y despecho de un gobernador, se arrebató este espacio tan importante para la ciudad, para la comunidad artística y cultural y para todos los ciudadanos y que ahora es un elefante blanco convertido en oficinas.

No hubo quien lo defendiera, porque la cultura requiere pasión, no sumisión.

Sé que no es una situación exclusiva de este estado, es una situación nacional. Una de las razones que han pesado mucho en este deterioro es la falta de interés de las autoridades, los compadrazgos y prebendas electorales, cuyo resultado es tener al frente del desarrollo cultural —por cierto, el más menospreciado— a personas que lo desconocen y que no tienen vínculo con el sector, incapaces de entender cuál es su función y cuyo nombramiento no responde a su capacidad o experiencia, sino a una decisión política.

Entender que, antes de una obediencia ciega y conveniente, también su función, radica en aconsejar, informar a sus superiores para contribuir a una toma de decisiones correcta, sensata, y participar activamente en el desarrollo cultural.

Existe mediocridad en las instituciones culturales y sus encargados en los tres niveles (municipal, estatal y federal) así como insensibilidad hacia los artistas y gestores culturales. Las personas encargadas de dichos despachos tienen la responsabilidad de buscar alternativas para hacer su trabajo y gestionar recursos, vincular adecuadamente a instituciones, creadores, artistas, públicos, iniciativa privada, organismos internacionales, organismos federales, etc.

Sin embargo, por conveniencia, callan y dejan pasar decisiones autoritarias que afectan a los ciudadanos. Cada gobierno en turno, en sus tres niveles, cuenta con un programa de desarrollo cultural que, en la letra, se ve muy coherente; sin embargo, estos proyectos no se materializan y se quedan en buenas intenciones porque carecen del más elemental presupuesto y además están encabezados por gente apática que desconoce su trabajo.

Parece que las autoridades de alto nivel no están interesadas en el desarrollo cultural; tampoco los encargados del sector tienen interés de escuchar a los artistas, lo cual siempre es difícil, pues es un gremio combativo, es un gremio crítico, pero se debe tener la capacidad de dialogar y contribuir a una convivencia respetuosa.

El arte, la cultura, los artistas, merecen todo el respeto, porque representan un patrimonio social qué permite al ser humano elevar su espíritu.                          

Sobre el Teatro de la Ciudad Fernando Soler

La historia del Teatro Fernando Soler la conozco desde niña porque nació del sueño de mi padre, Óscar Flores Tapia, exgobernador de Coahuila; muchos años después tuve acceso a los planos y caminé por los cimientos. Esa es la razón por la que me siento con autoridad moral y con la obligación de escribir estas palabras.

Me siento ofendida por el atropello a su legado cultural. Siento amenazado el Teatro Fernando Soler. Apenas hace un poco más de 20 años se renovó; costó mucho esfuerzo y trabajo devolverle su dignidad. Me parece que ahora la está perdiendo o está en riesgo. El Teatro Fernando Soler, en Saltillo, no es solo un bien inmueble, propiedad del gobierno del Estado, del cual se puede disponer libremente, con independencia del destino para el cual fue edificado. Así como honras una iglesia, así un teatro es la catedral del arte.

El destino del Teatro es ser anfitrión de expresiones escénicas, sí, pero no de cualquier tipo, sino de aquellas que cumplen una finalidad dentro de una estrategia más amplia del desarrollo cultural de las personas; por eso, los argumentos para defender la grabación de la Filarmónica del Desierto con el rapero Millonario en ese recinto son falaces y sin sustento. Eso lo entendería si fuere un teatro con fines comerciales, pues su objetivo permite presentar todas aquellas expresiones escénicas y eventos que contribuyan a alcanzar esa finalidad de lucro.

Pero el Teatro Fernando Soler no fue concebido para este propósito, no es un negocio; fue construido y destinado a formar parte de la infraestructura cultural fundamental que son inherentes al desarrollo de una política cultural en beneficio de la población; su administración, su uso y usufructo están determinados por ese objetivo y en el marco de la política pública, la cual es inexplicablemente ausente.

Ahora este teatro lo maneja un Patronato sin criterio, este muy criticado Patronato, y la ausencia de autoridad han permitido estos desatinos.

No me dejo llevar por una experiencia de vida donde tuve el privilegio de crecer en un medio rico en ideas y pobre en recursos, tampoco por 30 años de ejercer públicamente el trabajo cultural de diferentes maneras; nace de una convicción personal de participar en la vida cultural y defender los derechos culturales.

El Estado debe cumplir conforme al marco constitucional y convencional que nos rige; y que, en el caso de Coahuila, ha sido reforzado tanto en la Ley de Desarrollo Cultural para el Estado de Coahuila de Zaragoza, como mediante la Carta de Derechos Económicos, Sociales, Culturales y Ambientales (Carta DESCA) de Coahuila de Zaragoza.

Tan es así que el artículo 109, fr. XI de la Ley de Desarrollo Cultural para el Estado de Coahuila de Zaragoza adscribe al Teatro Fernando Soler como parte de las instalaciones de la Secretaría de Cultura, necesario para el cumplimiento de sus funciones sustantivas.

Los bienes que tiene a su cargo esta Secretaría tienen un gran valor simbólico para la sociedad, pues guardan su historia y no son solamente bienes inmuebles, paredes o estructuras, son la infraestructura que garantiza el ejercicio de los derechos culturales.

No tengo ni la menor idea de por qué razón se decidió hacer un Patronato. Creo que un Patronato comprometido y consciente de su responsabilidad puede ser positivo, pero quiero acentuar y recordar que la cultura es un derecho constitucional de todos los mexicanos; por tanto, el Estado tiene la obligación de conservar y acrecentar ese derecho, tutelarlo y aportar recursos para su desarrollo.

En el caso del Patronato del Teatro de la Ciudad, me sorprende e ignoro —por qué no se pidió opinión, asesoría o consejo— o cuál fue el criterio para seleccionar a sus integrantes, cuya inexperiencia y ausencia es patente. Tenemos derecho a saber cuáles fueron las condiciones y qué compromisos se firmaron. La cultura de nuestro Estado está bajo la Ley de Desarrollo Cultural y una ley estatal; no es al capricho de unos cuantos y nadie, ni el Patronato del Teatro Fernando Soler, está por encima de los mandatos de esas leyes y de la política cultural estatal que está a cargo de la Secretaría de Cultura. La Secretaría de Cultura está y debe estar por encima de cualquier figura cuya función es exclusivamente —no dictar la política cultural— sino acatarla y aportar buscando medios para acrecentar sus recursos, de sus propias utilidades, que precisamente provienen históricamente y estructuralmente de la sociedad.

Desde su inauguración en 1979, el Teatro de la Ciudad Fernando Soler ha albergado a primeras figuras del teatro nacional y de la época de oro del cine mexicano, como Ignacio López Tarso, Silvia Pinal y Héctor Bonilla.

En su escenario se han presentado prestigiadas agrupaciones como la Orquesta de la Comunidad de Madrid, el Ballet Nacional de España, la danza butoh de Japón, el Ballet de Singapur, la Compañía Francesa de Ballet Clásico de Lorraine, el Teatro Negro de Praga y el Ballet Folclórico de China.

Grandes personajes como Joan Manuel Serrat, el célebre mimo Marcel Marceau y Nacha Guevara, al igual que destacados músicos como el flautista Horacio Franco, el tenor Ramón Vargas, Leo Brouwer, el chelista Carlos Prieto y el famoso coro de los Niños Cantores de Viena, forman parte de la historia de este recinto.

Entre las obras memorables montadas por agrupaciones locales recuerdo: De la calle, de Jesús González Dávila, bajo la dirección de Alejandro Santiex; así como En el nombre de Dios, de Sabina Berman, y Los empeños de una casa, de Sor Juana Inés de la Cruz, ambas dirigidas por Mabel Garza y monólogos como el de Jaime Chabaud, Divino Pastor Góngora.

Conferencias de Elena Poniatowska y Carlos Monsiváis, entrañables actores y actrices locales como Nancy Cárdenas, Chuy Valdés y Lupina Soto, pisaron el escenario ante un público respetuoso. Es prácticamente imposible mencionar aquí tantos eventos inolvidables, son cientos.

Este es el nivel del recinto desde su inicio y es el que debe seguir conservando.

Los miembros de ese Patronato y el director del teatro no entienden el alcance de lo que están haciendo; están cambiando un público que nos ha costado muchos años construir, minimizando el trabajo artístico, devaluando el recinto y discriminando a nuestros artistas locales.

Ahora se permite introducir alimentos en la sala, ofendiendo al ejecutante y molestando al público que sí conoce el comportamiento en un recinto de categoría.

Se pone una virtuosa orquesta y un recinto cultural al servicio de un seudomúsico como el Millonario, que no aporta nada a la sociedad y con la letra de sus canciones envilece y envenena a nuestros jóvenes y, además, despiden a dos músicos por negarse a participar en esa grabación. ¿Por unos cuantos pesos?

Les pido a todos los ciudadanos que seamos activos en la defensa de nuestros espacios, de nuestro patrimonio histórico; exijamos a las autoridades que se apliquen las leyes.

Exijamos presupuestos dignos para el desarrollo cultural de nuestro país.  

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