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Fiesta de compromiso, el sismo del silencio

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Los domingos hasta el 12 de julio en el Foro Shakespeare

Estamos frente a lo más dramático que puede tener el teatro: la otredad. Fotos de Daniel Reyes.

Un grupo de amigos acude a una cena especial que da el coronel en su domicilio. Antes de probar bocado, los invitados descubren que el pavo que están a punto de comer es de hule y rebota en cuanto se cae sobre una superficie plana. El telón se abre y todos los comensales se descubren en un escenario teatral. El obispo ha olvidado sus parlamentos y repite como un autómata lo que escucha del apuntador. Los invitados se retiran de uno en uno y salen envueltos en un profundo pánico escénico. Así transcurre una de las secuencias más memorables de la cinta El discreto encanto de la burguesía del gran Luis Buñuel.

En el sueño del aragonés los burgueses saben comportarse con soltura y desparpajo mientras no se sienten observados, pero en cuanto las miradas están puestas sobre ellos todos se sienten pequeñitos y no pueden siquiera articular una palabra. ¿Cuáles son los mecanismos del comportamiento familiar?

Quizá si existiera un observador voyerista entre nuestras cenas de Navidad o aniversarios podría analizar a detalle las relaciones perversas que soportan nuestra familia. Sería fácil identificar, en cuestión de minutos, quién es el cabeza de familia, quién cocinó la cena, quién ha preparado los postres, quién guarda un secreto inconfesable para el resto y cuál es el tema prohibido eternamente callado. Las celebraciones familiares son una radiografía del complejo ramaje dinástico que nos sostiene.

Fiesta de compromiso es la obra más reciente de Clemente Vega (autor y director) que explora las complejas líneas dramáticas que afectan a una familia que se encuentra celebrando el compromiso de la hija más pequeña. Lo que debería ser un momento de dicha y bonanza termina desdoblando la carnalidad palpitante de todos los personajes que se han sentado a la mesa.

La obra está dividida en dos actos, más que eso, dos estadios perfectamente definidos sin intermedio. En la primera parte se observan las dinámicas familiares, los desplazamientos, los gestos protocolarios, los brindis y los afectos de cada uno de los integrantes de esta familia disfuncional. No existen diálogos enunciados. De fondo se escucha un audio extenso con las voces de los actores que representan los pensamientos inconexos que perturban el ambiente. Todo lo que no se dice flota por el aire como el denso humo de tabaco, impertinente y cancerígeno.

Advierto que esta primera parte de la obra puede resultar redundante, saturada y lánguida, pero todo este malestar dramático vale la pena para llegar a la segunda parte de la obra. Ahí el protagonista es el silencio, las sutilezas y las pequeñas acciones que determinan el drama. Si en la primera parte prima el estruendo, el desconcierto y el barroco saturado y multifocal, en la segunda mitad todo marcha en antonimia: el silencio, la restauración del orden y el minimalismo estético.

La dramaturgia es muy elemental. El énfasis de la puesta en escena no se apoya en el textocentrismo, sino en el movimiento (interno y externo) de los personajes. El acento de la obra está en la caricia, no en la fábula que le precede. El epicentro de la concepción escénica se apoya en la piel y en el sudor y no en la trama que produce la lágrima. No es que estemos frente a un teatro conceptual que prescinde de la historia ¡De ninguna manera! Estamos frente a lo más dramático que puede tener el teatro: la otredad.

Los elementos de vestuario y escenografía ilustran de manera tangible los cambios que han cimbrado a esa familia. Al inicio es escandalosa la saturación del ambiente, una mesa recargada de platos, copas, cubiertos y candeleros, con un contraste chirriante entre sofisticación y plástico. Posteriormente la escena camina hacia la sobriedad. Pasa del barroco al minimalismo con la misma firmeza que han cruzado el estrecho de Bering nuestros abuelos. Los colores que anunciaban el compromiso nupcial se destiñen entre texturas de manta y algodón. El diseño de escenografía y vestuario también tiene la firma de Clemente Vega.

El elenco está conformado por Mónica Bejarano (la madre), Francisco Mena (el padre), Aída del Río (la hija mayor), Elisabetha Greuner (la prometida), Alberto Quijano (el prometido) y Gaby Castillejos (la amiga de la novia). Todos están comprometidos en un tono que me recuerda mucho al cine de Buñuel, en un punto vacilante entre el ensueño y el realismo más descarnado. La pareja de Greuner y Quijano surca las aguas de la sensualidad y el deseo con todas las crestas que pueden tener las olas de esas emociones. Mónica Bejarano imprime a su personaje la sobriedad y el frenesí de una madre en fiesta. Francisco Mena sobresale por su trabajo corporal, preciso y vigoroso.

El crítico Alejandro G. Calvo señala que hay actores como John Wayne que «da gusto solo verlos caminar». Es el caso de Aída Del Río, actriz que posee un temple escénico magnético y enigmático. Ya sea en la quietud o en el aspaviento, Del Río transmite con nobleza hasta las gradas todo su trabajo emocional.

Es una pieza única en su tipo que dialoga perfectamente entre el teatro y la danza con temeridad y compromiso. Fiesta de compromiso es una producción de la compañía Nostalgia Teatro. Se encuentra en temporada todos los domingos a las 20:30 h en el Foro Shakespeare (Zamora 7, Col. Condesa) hasta el 12 de julio. Las entradas tienen un costo de $400. Los boletos están disponibles en el sitio web boletos.shakespeareycia.com y en la taquilla del teatro.

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