Plauto: Anfitrión

Por más que suela reprimir aquí, deliberadamente, mis escrúpulos de filólogo, hay ocasiones, como ésta, en que la ayuda de la venerable y segura disciplina se hace imprescindible. Sin atender al contexto histórico, tanto Plauto como toda la comedia clásica (no así la tragedia) resultan inaccesibles. Agradezco por eso la ayuda de mi amigo Antonio López Fonseca, catedrático de filología latina en la Universidad Complutense de Madrid y excelente editor, por cierto, de la obra en cuestión. En sus palabras: «Si hay un poeta antiguo que ha sobresalido, con un inigualable talento teatral y una visión proverbial que le permitió tratar temas que hoy siguen teniendo actualidad, ese es Plauto».
En cuanto a su talento teatral, desechemos el prejuicio culturalista que acecha a los «clásicos». La extraordinaria celebridad que alcanzó Plauto en vida se debe al carácter popular, de evasión o entretenimiento de su teatro. La comedia latina nace por imitación de la griega, en particular de la Comedia Nueva, pero, a diferencia de ésta, que asumió ser escuela de democracia, la romana, como parte de los juegos (ludi) y en competencia con otros espectáculos, de desfiles, luchas o fieras, debía satisfacer la exigencia de pura diversión del público. Con el modelo griego y su confortable distancia cultural supo conjugar Plauto magistralmente las tradiciones romanas más genuinas: improvisación, diálogos atravesados por el equívoco y el absurdo, ruptura de la cuarta pared y apelación al público, movimiento escénico capaz de atraer la atención del espectador itinerante y distraído, junto a otros recursos espectaculares como la música; personajes tipo, caricaturizados, tramas repetidas con situaciones liosas y enredadas, etc. Y todo ello, verificable en Anfitrión, no al servicio de la crítica, sino para entretener a un público nada disciplinado.
El contrapunto a su elemental comicidad lo pone la gigantesca influencia ejercida por Plauto en la posteridad, evidente en la comedia y el teatro, pero también más allá, en la cultura, incluso en el lenguaje, como lo prueba que dos nombres propios de la obra elegida se hayan convertido en comunes, los de “anfitrión” y “sosia” (o “sosias”). Los casos semejantes son muy raros: “celestina”, “donjuán”, “tartufo” y pocos más (ni Fedra ni Medea ni Edipo). Y es precisamente Anfitrión, la primera del canon, su comedia de más éxito y abundante progenie en los siglos posteriores, desde la Edad Media a la más reciente actualidad, con el hito decisivo del Amphitryon de Molière y después los de von Kleist, Giraudoux, Georg Kaiser y una interminable lista en la que figura la versión de Alfonso Sastre Los dioses y los cuernos (1995).
El tema del nacimiento de Hércules es tratado ya por Hesíodo en El escudo de Heracles y luego por los trágicos griegos, «pero es Plauto quien, a través de una comedia en latín, constituye el principal legado para la tradición occidental» (López Fonseca) con su visión del mito y una especie de “racionalismo irónico” en el tratamiento. Las aportaciones propiamente teatrales son tantas que ni siquiera cabe una enumeración completa: su carácter de “tragicomedia”, como explica pasmosamente Mercurio en el Prólogo: «Hacer que sea íntegramente una comedia, cuando aparecen reyes y dioses, no me parece apropiado. Entonces, ¿qué? Como también interviene un esclavo, haré que sea, como acabo de decir, una tragicomedia» (vv. 60-63); el giro paródico, la abierta metateatralidad y la ironía dramática propiciada por la complicidad del público con los dioses, como testimonia la cita anterior o ésta de Júpiter en el arranque del Acto III: «Yo soy aquel Anfitrión que tiene a Sosia por esclavo, el mismo que se convierte en Mercurio cuando conviene, soy el que vive en el piso de arriba, el que a veces me convierto en Júpiter, cuando me apetece. […] Ahora vengo por vosotros, para no dejar la comedia sin terminar» (vv. 861-868); pero, sobre todo, el prototipo de la comedia de la duplicación, de los equívocos o de los errores, preñada de densidad simbólica, que arranca de una de las escenas teatrales más célebres y fecundas, aquella en la que Sosia llega a poner en duda su identidad al encontrarse consigo mismo (en realidad, con su “doble”, Mercurio). Su descendencia, como la de la obra y todo el teatro plautino es innumerable.
Asombra que Plauto sea al mismo tiempo una especie de cómico de la legua o de tres al cuarto y el más decisivo e influyente de todo el teatro occidental; tan eminente como pedestre. Los hechos que lo respaldan son irrefutables, pero el enigma, modélico, sigue en pie.
José-Luis García Barrientos, doctor en Filología (UCM), Profesor de Investigación del CSIC, profesor de posgrado en la UC3M, es autor de libros, traducidos algunos al árabe y el francés, como Principios de dramatología, Cómo se analiza una obra de teatro, Teatro y ficción, La razón pertinaz, Drama y narración, Anatomía del drama o Siete dramaturgos, tres de ellos publicados por Paso de Gato. www.joseluisgarciabarrientos.com


