Antonio Buero Vallejo: El sueño de la razón

Buero Vallejo es el dramaturgo que preside el teatro español de la segunda mitad del siglo XX, casi desde el final de la guerra civil hasta casi su muerte en el 2000; también seguramente el más importante y sin duda el más representativo. Asombra que lograra estrenar todas sus obras habiendo combatido en el bando republicano, habiendo sido condenado luego a la pena de muerte, muy pronto conmutada, y no habiendo renunciado nunca a sus postulados ideológicos.
No son pocos ni insustanciales los aspectos de su teatro en los que centrar la atención: su propósito ético y la pasión por la verdad; su visión trágica, con la responsabilidad humana y la esperanza como claves; sus trasfondos significativos: realismo y simbolismo, individuo y sociedad, el mito, la historia, un aparente naturalismo costumbrista, etc. Privilegiaré, en cambio, un recurso de estricta dramaturgia con el que experimentó Buero casi obsesivamente, que explica la elección de la obra y que encierra un problema teórico de primer orden.
Consiste en hacer ver u oír al espectador algo que ve u oye un personaje presente en escena, titular del punto de vista, pero que no ven u oyen los demás personajes: por tratarse de una percepción subjetiva, anclada en lo irreal, lo fantástico, lo soñado, lo subconsciente, o secuela de una tara física. Las posibilidades de estos denominados «efectos de inmersión», presentes desde su primera obra, En la ardiente oscuridad, los depura Buero —y acaso los agota— en El sueño de la razón, Llegada de los dioses, La fundación y La detonación; dramas en los que ya no pueden considerarse un efecto ocasional, sino que se sitúan en el centro mismo de la estructura dramática, dominándola.
¿Y dónde está el problema? El sueño de la razón permite verlo con claridad. Goya, el protagonista, es el ya anciano de la Quinta del Sordo, de las pinturas negras. Además de sus alucinaciones visuales y auditivas, si se trata de identificarse con él, de ponerse en su lugar, es lógico que el público deba compartir también su objetiva sordera. Pero el reto es tremendo. No es fácil convencer a un espectador de teatro —y subrayo de teatro, que ve con sus propios ojos y oye con sus oídos—, por muy buena voluntad que ponga, de que está sordo.
Cuando Goya no está en escena, oímos lo que dicen los demás personajes; pero dejamos de oír si Goya entra. Debemos creer entonces que hablan, que pronuncian palabras que no oímos porque estamos sordos; pero sabemos con certeza que lo que hacen realmente los actores es mover los labios, sin emitir sonido alguno. Tan es así que el autor escribe, entre paréntesis, el texto que cada actor debe simular que dice (aunque no diga nada) para facilitar su tarea. Interesante ejemplo de forzosa divergencia entre texto y puesta en escena. Sinceramente, creo que el pacto de ficcionalidad pide aquí del espectador más de lo que puede dar. Y, sin embargo, en el cine este tipo de efecto se logra con absoluta limpieza, con suma facilidad, sin que chirríe lo más mínimo.
La cuestión del punto de vista o de la representación de la subjetividad en el teatro, que, aunque la sometiera a un asedio implacable, no la inventa Buero (basta pensar en el final de las Euménides o en el espectro de Banquo de Macbeth), es un problema teórico de primer orden. En síntesis brutal, encaja a la perfección en las representaciones mediadas, como la narración y el cine, y tiene que chocar por fuerza con las carentes de mediación, como el teatro. Pero si en el caso de Buero se roza la imposibilidad es porque se suma su estricta observancia de la estética realista a esa dificultad modal; que se puede vencer, en mi opinión, por el camino opuesto de abrazar la convención teatral y sus inagotables posibilidades, para concluir que nada hay que el teatro no pueda representar.
Pasando por alto sus otros muchos méritos, ya sólo por haber metido el dedo en la llaga de un problema tan crucial y haber hurgado en ella con solvencia y brillantez merecería Buero Vallejo el lugar destacado que ocupa en el canon de la dramaturgia occidental.
José-Luis García Barrientos, doctor en Filología (UCM), Profesor de Investigación del CSIC, profesor de posgrado en la UC3M, es autor de libros, traducidos algunos al árabe y el francés, como Principios de dramatología, Cómo se analiza una obra de teatro, Teatro y ficción, La razón pertinaz, Drama y narración, Anatomía del drama o Siete dramaturgos, tres de ellos publicados por Paso de Gato. www.joseluisgarciabarrientos.com


