Carta a Roberto Briceño

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El actor, director y pedagogo teatral Mauricio Pimentel, quien formó parte del Centro Dramático de Michoacán desde 2003, donde fue Director Artístico se despide en este texto del maestro Briceño Figueras, fallecido el primer martes de este mes

Muricio Pimentel.

Me faltó despedirme de ti. Siempre quedó una conversación pendiente.
Hoy te escribo esta carta con alas, confiando —y creyendo— que la leerás, o al menos la sentirás. Eso me consuela.

Fuiste un faro en mi vida incipiente y provinciana, llena de deseos. Cuando llegué a Morelia, tu nombre ya circulaba con un respeto casi ritual. Te veía a la distancia. Sentía que no estaba a la altura. Se hablaba de ti como de alguien que había venido a remover las aguas del teatro michoacano desde la raíz.

Sabías que la verdadera transformación no ocurre sólo en los escenarios, sino en la formación de los actores. A eso dedicaste tu vida: a sembrar curiosidad en los jóvenes, a abrirles los ojos hacia el arte, a ofrecerles las bases fundamentales del oficio. 
Roberto Briceño: el gran provocador.

Fuiste artista y artesano. En el aula abrías pensamiento y escarbabas profundo. Tu inteligencia y sensibilidad eran inagotables. Cada día aprendía algo nuevo de ti. Fundaste y sostuviste durante años el taller de los sábados en la Casa de la Cultura. No había trámites ni requisitos: sólo presencia y hambre. Así fuéramos veinte o dos alumnos, nunca dejabas de hablar de teatro. Me enseñaste el rigor y la certeza de que siempre se puede ir más lejos.

Contigo, sin saberlo entonces, comprendí y viví a Grotowski, Meyerhold, Artaud. Los habías estudiado hasta el infinito. Compartías tus saberes filosóficos desde la práctica. Sabías que es en el cuerpo del actor donde habita la poesía: sin cuerpo no hay silencio, no hay palabra, no hay verdad.

Hay un momento que llevo guardado conmigo, un umbral: el instante en que cambió para siempre mi manera de entender el arte del actor y el rumbo de mi vida. Me diste alas.

Corría 1992. Estábamos en temporada de _La ronda de la hechizada_ de Hugo Argüelles. Yo era asistente de dirección y de vestuario. Deseaba actuar, pero callaba esas ganas y observaba cada función desde el costado. Tu no formabas parte del montaje, pero eras cómplice cercano del director y del equipo creativo. Yo ya era tu alumno y de vez en cuando aparecías por el teatro.

La actriz protagonista tuvo que ausentarse y aún faltaba una función para cumplir el compromiso institucional. Si no se realizaba, probablemente no nos pagarían. El director preguntó qué hacer. En la tradición teatral, cuando alguien falta, el asistente entra al ruedo. Pero esta vez el personaje era femenino.

Sin plena conciencia —y con ingenuidad— levanté la mano y dije: “Yo lo hago”.

Esa noche estudié el texto que, en realidad, ya conocía sin saberlo. Era más fuerte la pulsión de actuar. Durante el sueño soñé la obra completa, yo encarnando a Doña Dominga: la actriz española llegada a México para “civilizar” con su arte a los indios considerados malditos. Dominga termina enamorada de un indígena y entrega la vida por él.

Llegué al teatro dos horas antes. Tú ya estabas en el camerino esperándome. Me ayudaste a travestirme. Con seguros y alfileres construimos un atuendo quizá grotesco. Me abrazaste. Comprendiste la importancia de ese acto. Me acompañaste hasta el escenario, los demás estaban eufóricos, crucé el espacio entre risas -por lo ridículo que tal vez me veía-. Tú ahí, conmigo.

Sonó la tercera llamada y todo ocurrió como ya lo había soñado.

Al final, cuando desperté de la ficción, estabas en las butacas, de pie, aplaudiéndome. Después, en el camerino, me abrazaste. Recuerdo con una hondura intacta ese abrazo: cómplice, iniciático. Entonces entendí que había algo más en la actuación que debía investigar y aprender. En ese camino sigo. Cada función sigue siendo un misterio.

Hoy te invoco, como invoco a los míos antes de cada función. Te imagino sentado en las butacas.

Gracias, Maestro.
Gracias por dedicar tu vida al arte, al teatro.

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