La mayoría de sus obras tejen relaciones con la verdad y la ficción

Escuchando a los Cadetes de Linares entendí mejor el teatro de Víctor Hernández, quien hace menos de un mes impartió el taller de autobiografía escénica y autoficción en el Teatro de la Ciudad, en el marco del Festival de Teatro NL.
Para quienes no lo conozcan, Víctor es oriundo de Santa Catarina, Nuevo León, es actor, dramaturgo y director de la compañía La Canavati. Sus obras, Pequeño fin del mundo, Fermín Horacio, Radio Piporro y los nietos de
don Eulalio, y Ese Boker en el campo del dolor, se han presentado en múltiples escenarios a nivel nacional e internacional. Por Ese Boker fueron invitados al Festival de Teatro Iberoamericano “Adelante” en Hidelberg, Alemania.
Pocos artistas de teatro logran, ya no diría despuntar, que muchos lo hacen, sino llevar el teatro más allá, construir un lenguaje, una poética. Víctor es uno de ellos, el más reciente. Es por eso que se ha convertido en un claro referente de la escena norteña actual.
Sus obras dialogan con la idiosincrasia y la cultura popular regia y con sus propios recuerdos en la Colonia Eugenio Canavati en Santa Catarina, misma que da nombre a su compañía. La mayoría de sus obras son autobiográficas, tejen relaciones con la verdad y con la ficción. Pero a menudo esas relaciones no son visibles, se funden en la obra o en el personaje-actor.
La escritura performática de Víctor, está atravesada por la realidad y la ficción, pero la ficción entendida no como una mentira, sino como una forma transversal de abordar la realidad. La dramaturgia como construcción de lo nuevo. Este gesto vanguardista, este modo de narrar, propia del corrido, además de darle visibilidad a personajes que de otra forma permanecerían en las sombras, está hecho principalmente de tristeza y de tragedias.
Como suelen hacerlo Los Cadetes de Linares a la hora de contar historias, los actores de la Canavati asumen en primera persona los roles de los personajes que narran, pero también se narran a sí mismos, indagan en el paso del tiempo, del barrio, de su gente, y de su propia familia. Los personajes se vuelven célebres o leyendas.
Ese Boker en el campo del dolor, cuenta la historia del único superviviente de la banda de vallenato Kombo Kolombia, cuya tragedia trasciende la frontera entre el barrio y nosotros.
El teatro de La Canavati es caótico y surrealista. Radio Piporro y los hijos de don Eulalio, es un espectáculo atípico en la escena teatral mexicana. Junto con Roberto Cázares, cuenta la historia del abuelo de Víctor, un admirador de Eulalio González, el Piporro, pero después nos confunde y construye un universo surrealista. La obra transita entre lo testimonial, la ciencia ficción y el esperpento. Está situada en una cabina de radio de alguna ranchería del norte del país. Ahí descubre, y nosotros con él, el Realismo Ebrio, una especie de ritual y de broma que, por un lado lleva el ser norteño a lo grotesco y por el otro, establece un pacto con el ritual. Actuar en estado etílico para lograr un juego entre la verdad de la escena y la alteración de los sentidos.
El Realismo ebrio es también una forma de estética que nos permite ver el proceso de degradación de los actores en ese momento. Por otra parte, como ya mencioné, hay aspectos del corrido norteño que suelen estar presentes en su teatro, ya sea de manera explícita, puestos ahí, o implícita, en el modo en el que articula su dramaturgia para crear biografías escénicas y autoficciones.
Hecho de tragedias de héroes locales y leyendas urbanas, como los corridos norteños, pero también con el humor característico del norteño, el teatro de La Canavati se nutre de testimonios y los pasa por el tamiz de las pulsiones teatrales, de las imágenes surrealistas y la superposición de planos de realidad. Víctor construye sus espectáculos a partir de una dramaturgia de la alteridad, en la que Yo soy como otro, sí, pero también como Yo mismo, como autoficción. 15 de septiembre de 2024.



