Se presenta los fines de semana en el Teatro Xola Julio Prieto hasta el próximo 10 de julio

Una mujer llega a la casa de su hermana, un departamento que se cae de miseria en las periferias de Nueva Orleans, y el matrimonio de ella está a punto de cambiar para siempre gracias a la llegada de la visita incómoda. Blanche DuBois ha bajado a ese submundo de sudor y whisky montada en un tranvía llamado Deseo, carga con una maleta llena de ropa y dos o tres objetos que valen menos que los sueños que también carga en su memoria. Estela es una ama de casa que está a punto de tener un bebé con Stanley Kowalski, un agente de ventas fornido y tosco, hijo de emigrantes polacos. Así son las condiciones de una de las tragedias más emblemáticas de la literatura dramática del siglo XX.
Un tranvía llamado Deseo es la obra más importante del dramaturgo Tennessee Williams. Ni La gata sobre el tejado de zinc caliente, El zoo de cristal o La noche de la iguana le han valido tantos premios (El Pulitzer entre ellos) ni tantos montajes como esta. No es para menos, esta obra es un ejemplo de la maestría dramatúrgica de su autor. Tennesse Williams es heredero de la tradición del realismo decimonónico que inauguró Henrik Ibsen y que continuarían August Strindberg y Antón Chéjov. El ruso fue la principal influencia para Williams. En Norteamérica el realismo encontró importantes discípulos en la prosa de Eugene O’Neill, Thornton Wilder y Arthur Miller. Para el crítico Rafael Solana, de todos ellos, el de mayor vigencia para el teatro mexicano ha sido Tennessee Williams.
En el gremio teatral damos el calificativo de «clásicos» a aquellas piezas teatrales que han sobrevivido al paso del tiempo. A veces se habla de los clásicos como un término genérico que engloba desde Edipo rey de Sófocles hasta La Señorita Julia de August Strindberg con el único criterio que da la respetabilidad académica para estas obras. Los clásicos tienen la virtud de no pasar desapercibidos. En mis años de estudiante conocí a varios maestros que veneraban la dramaturgia clásica, elevando a los altares a San Shakespeare junto a San Ibsen. También conocí a otros profesores que aborrecían al teatro aristotélico como si este fuese peor que la carne de cerdo. ¡En fin, traumas de boomers! Para bien o para mal, los clásicos permanecen vigentes y en esa categoría, a 79 años de su estreno, se inserta con dignidad Un tranvía llamado Deseo.
El clásico comienza en el presente, aunque se le admire desde el futuro. En los años 60 The Beatles comenzaron a tocar y a publicar sus primeros álbumes sin imaginar que en siglo XXI les seguiríamos escuchando y que en «la estación de los clásicos» tendrían una hora dedicada exclusivamente a ellos. Quizá de esa misma manera Tennessee Williams puso el punto final a su magnum opus, sin imaginar que sus personajes trascenderían las barreras geográficas, idiomáticas e históricas.
Un tranvía llamado Deseo ha sido llevada al cine en más de una ocasión, y constantemente se pone en escena por directores novatos y experimentados, en grandes y pequeñas compañías. En esa constante representatividad de «el tranvía» solo pocas han superado el olvido. En México continúa siendo emblemático el estreno de esta obra en Bellas Artes dirigido por Seki Sano en 1953 que tuvo como protagonistas a María Douglas (Blanche DuBois) y a Wolf Ruvinskis (Stanley Kowalski). Algunos también recuerdan el montaje que protagonizaron Humberto Zurita, Jacqueline Andere y Diana Bracho, dirigidos por Marta Luna en 1983. Quizá me equivoque, porque no tengo voz de profeta, pero considero que este montaje de Diego del Río también se escribirá en las páginas de historia del teatro mexicano.
Blanche DuBois es (quizá junto a la Nora ibseniana) el gran personaje al que aspiran a interpretar muchas actrices desde que ingresan a las escuelas de teatro. Blanche DuBois supone un reto de dimensiones equivalentes a las de Hamlet, Segismundo o Martín del Hierro. Es un personaje complejo de formas, de enrevesada psicología y exigente de un compromiso emocional. Blanche DuBois es un personaje capaz de cruzar por diversos umbrales como la ternura, la sensualidad, el histrionismo, el frenesí o la ilusión, por mencionar solo algunos. El personaje es un miura que precisa de una gran actriz que le salga al ruedo; por ejemplo, una actriz con la experiencia y la autoridad que tiene Marina de Tavira.
Quizá muchos conocen a Marina de Tavira por sus trabajos cinematográficos y en particular por su nominación al Oscar por la cinta Roma (Cuarón 2018), pero la verdad artística de ella encuentra su máxima libertad en el teatro. El alma literaria de aquel personaje de Tennessee Williams se encarna de forma grandilocuente en una actriz que se permite habitar toda la fuerza de este bello ser. La obra arranca con el estrépito de un baúl grande que es rodado por la escalinata del Teatro Xola. Con toda la fuerza que supone el sonido de la madera azotando contra el suelo Marina de Tavira entra en escena y comienza a habitar la ficción. Desde los primeros minutos puede escucharse en su voz la fragilidad de quien llega buscando su mortaja.
«Me dijeron que tomara un tranvía llamado Deseo, que trasbordara a otro llamado Cementerio y que viajara seis cuadras y me bajara en Campos Elíseos»
Stanley Kowalski es un fornido y rústico viajante que contrasta con el refinamiento decadente de Blanche. Ambos forman una pareja tan erótica como disonante, su presencia me hace recordar a otras parejas que deambulan entre la barbarie y la ilusión, como Doña Bárbara y Santos Luzardo, personajes de Rómulo Gallegos. La interpretación que hace de Kowalski el actor Rodrigo Virago es justa y ceñida. No es su cuerpo atlético y corpulento lo que brilla sobre el escenario, sino su manejo pausado del diálogo y la explosión de emociones que revientan su línea tosca.
Estela, la hermana de Blanche, es interpretada por Astrid Mariel Romo. Su interpretación de este personaje no es precisamente la de una mujer sometida o resignada a las brutalidades del polaco fortachón; más bien la actriz encarna la ternura y el ensueño y sobresale la fuerza de su pulsión vital. Mitch, interpretado por Alejandro Morales, es un personaje definido con el pincel del psicoanálisis. Se dice que vive en casa de su madre enferma y este personaje ausente que controla la soltería de Harold Mitchel la hace parecer extraída de alguna película de Alfred Hitchcock, una madre tan controladora como castrante. La interpretación de Morales desnuda el dolor de este personaje por su profunda incapacidad que tiene de relacionarse con las mujeres que le atraen. Imprime a sus escenas de ternura y conmoción.
Diego del Río es un joven director que ha demostrado su capacidad para entender los mecanismos del realismo norteamericano (hace un par de años también tuve la oportunidad de ver su trabajo en Todos eran mis hijos) y llevarlos a escena con la humildad del artista que permite que la obra brille en su esencia original antes de imponer una soberbia creativa. Ese respeto que existe por los clásicos realistas es ya una virtud que me parece elogiable en del Río, porque hasta hace unos años esa virtud era una especie en peligro de extinción en los escenarios mexicanos. La mayoría de los directores aborrecían de montar «el rialismo» y otros buscaban formas innovadoras y reciclajes posdramáticos para, según ellos, revitalizar a los clásicos.
Un tranvía llamado Deseo es un montaje honesto y exigente con el espectador. Es una obra que habla con verdad y no subestima en lo absoluto la inteligencia de quienes le miran. El montaje es temerario sin ser en ningún momento arrogante. El director comprende que el «realismo» no es sinónimo de «verismo» o «naturalismo» y que para contar una historia de este estilo bien se puede prescindir de grandes escenografías que recreen cinematográficamente el hábitat de los personajes o de utilería que replique con un nivel de detalle riguroso los objetos de la vida real. El estilo realista que penetra este montaje no se apoya en las formas ornamentales de un naturalismo trasnochado, se sostiene sobre los pilares de la dramaturgia y las capacidades de los actores que integran el montaje.
El elenco está integrado por Marina de Tavira, Rodrigo Virago, Astrid Mariel Romo, Alejandro Morales, Mónica Jiménez, Andrés Penella, Federico Di Lorenzo, Diego Medel, Diego Santana y Patricia Vaca. Todos los actores marchan sobre un tono homogéneo de balada trágica que no cae en impostaciones, ni formas grandilocuentes; por el contrario se conducen por un ritmo suave y cadencioso, con algunos relámpagos de comedia, que cabalga lentamente hacia la tragedia. He de subrayar que al igual que en las tragedias griegas el coro es tan importante como los protagonistas, pues dirigen y confrontan las pasiones humanas.
La musicalización de la puesta en escena es creada por los mismos actores, quienes interpretan algunas canciones a capella o realizan armonías. Los géneros que acompañan esta historia son principalmente el bolero y el jazz. Se incluyen piezas como La vida en rosa y el aria de la habanera perteneciente a la ópera Carmen. Ambas piezas sintonizan perfectamente con el afrancesamiento intelectualoide de Blanche DuBois.
Un tranvía llamado Deseo se presenta los fines de semana en el Teatro Xola Julio Prieto hasta el próximo 10 de julio en los siguientes horarios: viernes a las 20:00, sábados a las 19:00 y domingos a as 18:00. La obra tiene una duración de 170 minutos con intermedio. La entrada general tiene un costo de $650 y los boletos están a la venta a través de Cartelera de teatro, Ticketmaster y en la taquilla del recinto.



