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San Tlacuache vs. San Ginés

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San Ginés, santo patrono de los actores. Foto: tursimosevilla.org 

Por razones afectivas me acerqué al pequeño marsupial, único en América, que provoca

reacciones tan diversas: el tlacuache. En otras regiones de América se le conoce como

zorro fara, chucha, runcho, zarigüeya, comadreja overa y, en México, tlacuache.

Adoptamos un bebé tlacuache cuya madre fue agredida por perros domésticos y que

quedó herido de la garra izquierda delantera. Al final, el pequeño marsupial no

sobrevivió pese a cuidados nuestros y seguimiento veterinario. La experiencia catapultó

mi deseo de escribirle una obra al animalito al que incluso matan por diversión en la

comunidad donde habito. Mulato Teatro necesitaba una obra para público familiar

empezando por pequeños de 4 años en adelante. En fin, había que resolver un texto que

cumpliera varias funciones utilitarias sin que se viera el código de barras del impulso

educador. Ignoraba yo el viaje extraordinario que significaría seguirle los pasos al Señor

Tlacuache.

Comen garrapatas, serpientes y alacranes como si fuesen papas fritas y gracias a

él contamos con antídotos para los venenos de tales especies ponzoñozas. En el norte le

conocen como zarigüeya y en el sur como chucha o raposa. Si biológicamente es

sorprendente, en las mitologías mesoamericanas es una pieza relevante y hasta

fundadora. Son cuatro los dioses tlacuache que sostienen el cielo y es el mensajero entre

el mundo y el inframundo. Es el Prometeo que trajo el fuego a los humanos. Es el dueño

de la aurora, señor del tiempo que dio nombre a los días. Le dio los colores del día

(amarillo) y de la noche (azul) al maíz para intentar confundir a la diosa Lisibé, dueña

de la Lumbre y del maíz… El tlacuache nos concedió el maíz que robó al igual que el

pulque, leche de la Madre Tierra… El del cuerpo despedazado y recompuesto, el muerto

y el resucitado… “El tlacuache es el nacido frío que en el lugar de las transformaciones

 se convierte en el incendiado. Transita de la superficie de la tierra al mundo de los

dioses, y vuelve; de la oscuridad al alba; de la naturaleza femenina a la masculina: es el

intermediario de sexualidad cambiante, primitiva”, dice Alfredo López Austin. Y tiene

una reputación deplorable porque además es actor.

En las mitologías de las culturas tzotziles, tojolabales, popolocas, quichés,

mayas, nahuas, totonacos, mazatecos, tlapanecos, coras, huicholes, triques, yaquis,

mixtecos, kekchíes, etc; el tlacuache aparece continuamente como parte de la pléyade de

dioses o de actantes de sus grandes relatos y en algunas tal cual como representante,

juglar, bufón, actor.

En Los mitos del Tlacuache, el gran especialista en la historia mesoamericana

precolombina, Alfredo López Austin, se pregunta “Personajes o actores. Esta disyuntiva

es centro de debate. ¿Qué son los seres del mito? ¿Son dioses importantes

enmascarados? ¿Son dioses que con la creación cumplieron su actividad primordial para

después llevar una vida ociosa? ¿Son símbolos?”

En el caso del tlacuache, el Prometeo americano que robó el fuego para dárselo a

los humanos, el problema se vuelve mayor. Así lo explica López Austin: “Nuestro héroe

no es el más indicado para resolver el problema: tiene fama de actor. Tiene nombres que

tiran, sin justificación manifiesta, al papel de representante. J. Eric S. Thompson planteó

claramente el problema al relacionar a los cuatro dioses que sostienen el cielo con los

tlacuaches. Observa Thompson que el diccionario de Motul define la palabra bacab

como “representante, zingles (?)”, y da tentativamente a la extraña palabra zingles la lectura de zingales o zincalis, con la interpretación de “gitanos”o “actores ambulantes”;.

Siguiendo con esta idea, dice que lo anterior explica que en los libros de Chilam Balam

se nombre al tlacuache Tolil Och o Ix Toloch, lo que puede traducirse como “actor

zarigüeya”. Y con esto Thompson se explica también que en cuatro páginas del Códice 

de Dresde aparezca un actor con máscara de zarigüeya y tenga sujeta por detrás la cola

prensil del marsupial.”

Si bien corrige a Thompson: “En el Códice de Dresde no se ven propiamente

cuatro hombres con máscaras y colas postizas, sino cuatro seres de cuerpo antropomorfo

con cabeza y cola de tlacuache.” Le interesa la lectura que Ramón Arzápalo Marín hace

de la palabra zingles que interpreta como juglares “que refuerza su idea de que los

sostenedores del mundo son actores.” No le tengo a la mano aunque creo recordar bien

que la investigadora teatral María Sten, en su libro Vida y muerte del teatro náhuatl, no

consignaba la singularidad del marsupial como representante.

El morfema tol de la palabra tlacuache remite también en la lengua maya a Ix

Toloch, “actor zarigüeya” aunque se especula si también era un dios-actor. Lo cierto es

que se le cita o es protagonista de relatos míticos de manera recurrente. Esto nos obliga

a pensar si no sería buen momento para recuperar al tlacuche en nuestro santoral

sincrético y mestizo como Santo Patrono de los teatreros latinoamericanos.

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