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Querida Ana Francis, te debo esta carta: Sergio Villegas

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Anuncia última y austera ceremonia de Los Metro, y cierra el telón

Villegas decidió hacer pública esta carta en un video: https://www.youtube.com/watch?v=2rqSWS-YO28&ab_channel=LosMetro

Ciudad de México, 24 de Noviembre 2024

Querida Ana Francis: 

Te debo esta carta. Quedé de avisarte cómo vamos con la ceremonia de premiación de Los Metro desde que recibí tu llamada hace semanas, la cual agradecí profundamente. Quisiera tomarme estas líneas para contarte todo lo que ha pasado y todo lo que he pensado. También quisiera hacer de esta carta, si me lo permites, un documento público, porque me parece que hay muchas reflexiones que son del interés de todas nuestras comunidades artísticas, en especial la de teatro. El próximo miércoles vamos a celebrar nuestra última ceremonia sin brillantina, y sin alfombras rojas. Será una ocasión para honrar el trabajo de nuestros colegas y agradecer lo que sí tuvimos y sí construimos a lo largo de esta etapa. Sé que estás enferma y que no podrás acompañarnos como lo has hecho cada año, te vamos a echar de menos. 

Tú estuviste cerca de Los Metro desde que nacieron, y ahora que terminan y tú inicias esta nueva etapa como Secretaria de Cultura de la Ciudad de México, una posición tan consecuente para el futuro de nuestros gremios, te conviertes en una interlocutora natural. La intención de esta carta es abrir un espacio de reflexión para analizar, desde mi perspectiva, cuál fue la relación de Los Metro con el estado en estos años y como el hecho de que para los colectivos artísticos nuestro gobierno se haya hecho cada vez más escaso, ha creado un terreno muy árido para trabajar en la transformación del país fuera de las esferas de gobierno. Aunque estoy seguro que diferiremos en opiniones, mi intención no es dañar ni obstaculizar un terreno donde sé que hay todo por hacer. 

Han pasado muchas cosas desde aquella tarde de viernes, cuando caminando por la calle recibí la noticia de que GNP, sorpresivamente y sin motivo, le retiraba su patrocinio a Los Metro. Todo había ido tan bien con la marca hasta entonces y estábamos tan confiados, que unas horas antes habíamos pagado la renta del Teatro de la Ciudad para celebrar ahí nuestra próxima ceremonia de premiación. En una brevísima llamada de tres minutos, GNP había retirado su oferta original de patrocinar a Los Metro los próximos siete años. No me la esperaba, estaba en shock. Volví a casa y -para distraerme- puse el canal de Julio Astillero en Youtube como acostumbro. Estaba al aire el programa donde tú participas y estaban discutiendo temas de cultura. A los pocos minutos Horacio Franco mencionó que algunas empresas retiraban su patrocinio a proyectos artísticos por sus componentes y discursos progresistas, lo que dificulta encontrar fondos privados para impulsar las artes. Tomé el teléfono y te mandé este mensaje: “Nos acaba de pasar exactamente eso, bye bye GNP”.

Estando a cuatro meses de la ceremonia y el certamen en curso, con cientos de obras de teatro ya calificadas, nos dimos a la tarea de conseguir un patrocinador presentador sustituto, cosa que originalmente nos tomó años encontrar. No lo logramos. Y aunque varios de nuestros otros patrocinadores más pequeños nos refrendaron su apoyo, y quizás habría alcanzado para producir la ceremonia como la conocemos, no hubiésemos obtenido utilidades suficientes para abrir el certamen del año que entra, mantener la Academia Metropolitana de Teatro y realizar las actividades de promoción, capacitación y documentación del 2025. Tomé la decisión de celebrar una última ceremonia de Los Metro muy austera, y cerrar el telón. 

Ha sido una decisión muy dolorosa, que me ha hundido en un profundo sentimiento de fracaso del cual me cuesta mucho trabajo asomar la cabeza. Ya en otras ocasiones te ha tocado acompañarme en mis dramas de junior progre buena-ondita de la Escandón, cuando este proyecto se tambaleaba, y lograba sacarlo adelante. Y hoy reconozco que la razón por la que pude hacer las apuestas que hice, tomar los riesgos que tomé, y llevar esta aventura hasta aquí fue por mis privilegios, que me han permitido participar en la vida cultural de este país como pocos lo pueden hacer. Entonces, detengan los violines, yo voy a estar bien, pero sí: se siente de la chingada. 

Porque tengo una veta idealista irredenta: quizás una parte heredada del feminismo feroz de mi mamá, otra inculcada en las escuelas de teatro por mis maestros y otra asimilada en mi brevísimo paso por zapatismo, donde aprendí que no hay cosa más importante que aprender a organizarnos. Organizar a los tuyos, ahí donde vives, done estás, llevar el pensamiento y el trabajo colectivo ahí. Aprender a organizarnos con quienes nos caen bien, pero sobre todo con los que nos caen mal, pone a prueba nuestra capacidad de trabajo para alcanzar cualquier meta. 

En nuestra última llamada, me preguntabas que qué va a pasar con Los Metro, que cuál es el plan, y si la Secretaría de Cultura de la ciudad puede ayudar a reanimar el proyecto algún día. No tengo una respuesta aún, pero de una cosa sí estoy seguro: para mí no tiene sentido reanimar este esfuerzo sin revisar el mapa original del proyecto. En este mapa, la participación decisiva y robusta del estado era clave para trabajar con los artistas en resolver los problemas estructurales que afectan a nuestro teatro: crear escaparates de publicidad, formar hábitos de asistencia al teatro en la ciudadanía, posicionar a la ciudad como capital teatral y promover que los turistas destinen al menos una noche de su estancia para ir al teatro, desarrollar herramientas digitales como carteleras y boleteras públicas, bancos de boletos para mejorar el acceso a las butacas de las poblaciones de bajos recursos, solucionar asuntos fiscales con la ciudad, revisar y resolver el racismo y clasismo en nuestros escenarios y retribuir económicamente a los espacios teatrales independientes y asociaciones civiles que lo necesitan. Y en este sentido, la premiación sólo era el escaparate de comunicación, la fiesta que ayudaba a encontrar los consensos y reunir las voluntades, pero nunca la meta en sí misma. En el 2021, Yasnaya Aguilar escribió en Twitter:

“La fiesta aceita con placer colectivo la maquinaria de la organización. La misma organización que sostiene lucha o enfrenta problemas desgastantes es la que se despliega para organizar la fiesta, el placer, la alegría. Placer y alegría, fundamentales para mantener la organización.” 

Y la fiesta nos organizó. Se unieron los sindicatos, los colegios, las asociaciones y los colectivos que agremian a cada uno de nuestros oficios. Establecimos comisiones, espacios y reglas de participación, y así como se acumuló la gente, se acumularon muchas expectativas de qué tantas cosas podíamos hacer. 

Yasnaya continua en su hilo: 

“Mantener una red organizativa en torno de lo que sea hace que, cuando se necesite, ésta se active para emergencias o deseos en donde el estado nomás no responde o responde mal.”

Y sí, cuando cayó la pandemia y los teatros cerraron, nosotros ya estábamos organizados y teníamos un poquito de dinero. Y ahí estuvimos anticipando la entrega en efectivo del premio Ciudad de México, que ese año cayó en manos del Teatro Penitenciario. Y reactivamos los talleres de escenografía para remodelar y reconvertir los hospitales. De los recuerdos más chingones que tengo es que después de haber concluido la remodelación de una sala de cuidados intensivos, una enfermera se nos acercó en el estacionamiento con una última petición: resulta que la lavandería para las sábanas de los enfermos estaba detrás de un muro de la sala recién remodelada, pero para llegar ahí había que pasear las sábanas sucias, y potencialmente peligrosas, por todo el hospital porque ambos espacios no estaban comunicados. Los carpinteros teatrales sacaron las herramientas de la cajuela, volvieron a la sala, abrieron el muro y esa misma tarde instalaron una puerta. 

No sé si Los Metro ayudaron y hasta qué punto, pero a mí me gustaría pensar que contribuimos a que, para algunas personas, la pandemia fuera menos pinche. Y aquí, a la comunidad teatral, el estado nos quedó a deber todo. No hubo ninguna iniciativa específica para ayudar a un sector que se vio desproporcionadamente afectado por la emergencia. Nunca entenderé eso. 

Asumí que habría partes de este jolgorio que podían financiarse con patrocinadores de la iniciativa privada, en especial lo referente a la ceremonia, para hacer un programa de televisión que llamara la atención de los públicos, con mucha brillantina y una gran alfombra roja. Pero también sabía que habría otras cosas, las más cruciales y consecuentes, en las que solo el estado podría y debería incidir, arriesgar, e invertir. Y por último, imaginé que antes que las empresas o el gobierno financiaran algo así, los primeros que debían contribuir económicamente éramos la propia comunidad teatral. Lo cual fue tremendamente controversial, pero de ahí no nos movimos: Cada producción interesada en participar en el certamen debía contribuir de acuerdo a sus posibilidades y pagar una inscripción, y que ese dinero, lo íbamos a donar a una asociación civil que lo necesitara más que nosotros. Y año con año, así fue. A lo largo de siete años, otorgamos más de $2,250,000 a asociaciones civiles y espacios teatrales independientes. Y mira, en retrospectiva, si nos hubiésemos quedado con ese dinero, quizás no estaríamos en este entuerto. Pero esa no era la idea. La apuesta era que, si nosotros éramos generosos y retribuíamos a nuestra propia comunidad, las empresas serían generosas, y el estado respondería acordemente. Y en esta última parte, me equivoqué. 

A lo largo de siete años, pisé un sinfín de oficinas del gobierno de la ciudad, presentando este proyecto, buscando inversión pública y una colaboración estrecha con autoridades para trabajar en las partes del proyecto que sí son de la incumbencia del estado. Y está por demás contarte que los resultados siempre fueron muy magros. La Secretaría de Gobierno me turnaba a Turismo, Turismo me mandaba a Cultura, Cultura me contactaba con Finanzas, Finanzas con Comunicación Ciudadana y un largo etcétera. A veces avanzábamos un poco más que otras, pero siempre los trabajos rendían poquísimos resultados, o de plano se quedaban truncos. 

Y así con el paso del tiempo, mientras el estado se hacía escaso, nos fuimos deshaciendo de las ambiciones de enfrentar nuestros problemas estructurales y concentramos nuestros esfuerzos en lo que sí podíamos financiar con ayuda de la comunidad y la iniciativa privada: la difusión, la documentación, las ayudas a las asociaciones civiles, la organización del certamen y la premiación. Saqué mucho cayo para entender los objetivos mercadológicos de las empresas y ofrecerles estrategias de publicidad atractivas. El mundo de los patrocinios es complicado, el dinero no es fácil de conseguir y está severamente condicionado solo a cumplir con las actividades que resultan útiles a las marcas. Y así conseguimos lo que pudimos. Había patrocinios más rentables que otros, pero en promedio usábamos un 60% del dinero en cumplir las exigencias de la marca y el resto se usaba para mantener a flote el barco. 

Todas las personas que trabajaban en Los Metro recibían una remuneración digna. La ceremonia se volvió una oportunidad importante de chamba anual para muchos artistas. Invertimos mucho, arriesgamos todo, y nunca nos sobro dinero. Y justo cuando comenzábamos a asomar la cabeza, a encontrar un poco de estabilidad y certeza, GNP decidió no continuar -ya con la ceremonia a la vuelta de la esquina- y el barquito naufragó.

Y sí, es cierto que el estado no se desmarcaba por completo, pero siempre mostró un interés estratégicamente testimonial. En los últimos años, la papa caliente de “Los Metro” terminaba en la oficina de algún teatro público que nos haría un descuento en la renta del inmueble “para el evento” y nos daría alguna que otra facilidad en la medida de sus posibilidades. Pero el “evento” era siempre tan grandote, convocaba a tanta gente y era tan complejo que acabábamos desbordando las capacidades de estos espacios, importunando a sus vecinos, afectando las relaciones institucionales y colmando sus capacidades de gobernanza. Los Metro fueron un proyecto ambicioso que necesitaba una colaboración mucho más estrecha con los altos mandos del gobierno de la ciudad, que siempre terminaban por poner distancia. Alguna vez tú y yo discutimos si tenía sentido que hubiera fondos públicos para algo como Los Metro. Tú me dijiste que estaría mal visto. Y ahí sí coincidimos, fíjate. Solo que yo le agregaría ¿Pues cómo no va a estar mal visto, si están viendo mal? 

Siempre me preguntaré qué hubiera pasado si hubiéramos logrado coordinar al resto de las secretarías para abordar las propuestas clave: hacer la campaña publicitaria con Comunicación Ciudadana y el Fondo Mixto o la boletera pública y el banco de boletos con la Secretaría de Finanzas. Siempre me preguntaré si una empresa como GNP hubiera retirado su patrocinio tal como lo hizo, sabiendo que la jefa de gobierno y los miembros de su gabinete asistirían a la ceremonia. Digo… se vale soñar.

Y para imaginar cómo sería trabajar con las instituciones, no había que ver muy lejos. Cada Noviembre, un proyecto estrella de la Secretaría de Cultura Federal llamado Original, hace lo que nosotros buscábamos para el teatro, pero con otra comunidad: los artistas textiles. Este proyecto, que tiene un presupuesto público de más de 50 millones de pesos, trabaja todo el año con los creadores a través de cursos, capacitaciones, ferias y encuentros con la intención de transformar todo el entorno económico, ético, legal y de política pública que afecta a esta comunidad. Y culmina con un gran evento de valor mediático, en este caso un desfile de modas televisado donde se exhiben sus creaciones más destacadas, y esto contribuye a su vez a generar más valor para los artesanos. Toda proporción guardada, y con muchos millones menos, yo encuentro muchos paralelos, cada quién en su cancha y a su escala. Y en ese sentido es igual de perverso afirmar que Los Metro fueron una entrega de premios, como afirmar que Original es solo un desfile de modas. Hay una crítica que yo sí haría a Original, un proyecto muy chulo pero que admito no conozco muy a fondo, y aquí te va: Tras su creación, Alejandra Frausto afirmó que Original es un “movimiento” generado desde la Secretaría de Cultura. Yo no creo que los verdaderos movimientos se gesten dentro de las estructuras de gobierno. Se gestan afuera, y si acaso, el estado puede colaborar con ellos. Debería colaborar con ellos. Y si algo distinguió el primer piso de la 4T fue su colosal torpeza o de plano tajante negativa a trabajar con los colectivos ciudadanos. Siempre poniendo por delante los fantasmas de la desconfianza: que si por el dispendio indebido en el pasado, el derecho de picaporte, los robos y las tranzas. Cesaron los apoyos a las asociaciones gremiales y crearon una convocatoria de cantidades diminutas llamada Profest, en la que, por lo menos en nuestro caso, salía más caro simular que éramos un festival, que el poquito dinero por el que podíamos concursar.

Para colmo, depender de convocatorias, lejos de potenciar el trabajo en conjunto, nos atomiza. Nos sumerge en la lógica de las “carpetas” para “jalar agua para nuestros propios molinos”. Las convocatorias nos hacen caer en moldes que suprimen la innovación. Tampoco nos permiten pensar en grande. A través de convocatorias hemos sembrado miles de proyectos artísticos en terrenos áridos y estériles, sin ningún incentivo para trabajar en los problemas del ecosistema de forma colaborativa; problemas que toca resolver a los colectivos ciudadanos en conjunto con el estado, trabajando de forma simbiótica y no parasitaria, con transparencia, sobre metas específicas con resultados medibles y en tiempos determinados. Y los ciudadanos debemos ser remunerados por nuestro trabajo al igual que los funcionarios. 

Desde mi perspectiva, ha sido desastroso pensar que la relación entre los colectivos ciudadanos y el estado se resuelve con convocatorias. Yo me pregunto, si “Original” no existiera y una colectiva de artesanos, un movimiento desde la ciudadanía, se acercara a la Secretaría de Cultura federal a proponer un proyecto similar, ¿Cuál hubiera sido la respuesta? ¿Una reunión atenta, un par de botellitas de agua, una invitación a aplicar al Profest y un descuento en la renta de Los Pinos para su “evento”? Sé que la provocación es temeraria, pero lo que quiero decir es que cada expresión artística en este país merece su propia versión de “Original”.

Y en el caso de la capital de la doceava economía más grande del mundo, el gobierno de la Ciudad de México debe arriesgar e invertir en iniciativas y herramientas para impulsar a su industria teatral y crear condiciones económicas más favorables para sus participantes; como lo han hecho otras capitales teatrales: desde Buenos Aires hasta Madrid pasando por Nueva York. Si esto no se dio con la Academia Metropolitana de Teatro y Los Metro, pues que se dé con algún otro colectivo que presente mejores propuestas, yo le entro. Pero el estado debe abrir la puerta: Hay derechos de picaporte que son bien ganados y bien merecidos. 

Ana Francis M, secretaria de Cultura de la CDMX. Foto de su instagram/ anafrancismor

Ahora, una cosa sí te digo, y aquí si tengo toda la experiencia: las iniciativas no se van a pagar con patrocinios. ¿Las alfombras rojas? Esas quizás sí. Pero una campaña de difusión para todo el sector no la va a pagar una marca de pastelitos, los cursos de racismo no los va a pagar una refresquera, una marca de shampoo no va a invertir en un banco de boletos para poblaciones de escasos recursos. Eso no les interesa a las marcas. Dejemos ya de imaginar que podemos crear un sistema fiscal paralelo en el que las empresas financien nuestros proyectos y necesidades. Suficiente tenemos con los estímulos fiscales como el EFIartes, que han puesto en manos de las grandes empresas la decisión de qué arte se produce y qué arte no. Las empresas tienen sus propias agendas, y un día están y al día siguiente ya no. Aquí hay un botón de muestra.

Que el último aliento de Los Metro sirva como advertencia: No existe un sustituto para la reforma fiscal progresiva que necesitamos para hacer que los ricos en México paguen los impuestos que les tocan, crear un estado que en vez de encogerse se haga más presente, y convertirnos en un país más amable, en el que estos sueños no se descalabren así, y que pueda haber muchos más que lleven nuestra cultura a todos los rincones del país, y del universo. Gracias por escuchar, por llamar, por siempre estar al pendiente. Sabes que te admiro un montón y te deseo toda la mierda del mundo (porque en el teatro nunca nos deseamos suerte, nos deseamos mierda). Te vamos a extrañar el miércoles. Mejórate. Hay todo por hacer. Te mando un abrazo muy apretado. 

Sergio

Sergio Villegas es originario de Querétaro, ha creado diseños de escenografía e iluminación para más de 80 producciones escénicas, entre ellas: Madre Coraje, Billy, Eliot, Zoot Suit, La novicia rebelde, Mentiras el musical, Godspell, Homéridas, Hoy no me puedo levantar, Nadando con tiburones, El Escote, El coleccionista, El árbol de la vida.

Villegas, fue curador nacional de la participación de México en la Cuadrienal de Praga de Diseño y Espacio Escénico 2011 en donde México recibió la medalla de oro en Arquitectura Teatral. Diseñó el nuevo Teatro Milán y Foro Lucerna en la Colonia Juárez. Actualmente es presidente de la Academia Metropolitana de Teatro que organiza los Premios Metropolitanos de Teatro. 

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