¿Qué entusiasmo nos empuja a seguir publicando teatro …?

La ira es una emoción que surje de la afectación, pero a diferencia de una reacción impulsiva, la ira nace a causa de una razón, de un acontecimiento que consideramos injusto, dañino o simplemente perverso. De tal manera que a mayor desafectación y distancia con lo que pasa a nuestro alrededor, menor capacidad de pensamiento de ira. De ahí, también, que la construcción del mundo digital trate de cercenar en lo posible los brotes de solidaridad, causantes de esa ira natural, respuesta orgánica pero reflexiva frente a las agresiones que contemplamos sin pudor desde nuestras ventanas mágicas. No estamos hablando de furia sin más, estamos hablando de indignación vehemente como manifestación de una respuesta a una realidad sin respuestas.
Anulada esta ira, nos quedaría para la irritación y el cabreo todo lo que nos pasa a los individuos como tales, cada cual en su individualidad. Pero esta es una ira interesada, que provoca competencia en el “sálvese quien pueda” y que no camina en contra de las órdenes impuestas, más bien es una simple vía de escape (que con frecuencia es manipulada por quienes se procuraran un asalto al poder).
Tal vez resulte extraño decir que publicar –en el sentido de hacer público aquello que estaba guardado en alguna parte– nace tanto del deseo de compartir como del deseo de dejar vía libre a las emociones nacidas del pensamiento rabioso, entre las cuales brilla de forma llamativa la ira, convertida en sentimiento permanente, una vez que no encuentra recepción positiva en su lugar de origen.
Hablamos, no cabe duda, de esa ira sincera, reacción explosiva frente a lo que sucede en el mundo –ese mundo que va más allá de lo unipersonal–, dejando a un lado la otra ira, la que solo despierta cuando nos toca en la piel aquello que fugazmente nos molesta. Cierto que el teatro también abarca todo tipo de iras y de rabias, grandes y pequeñas, coléricas y contenidas, colectivas y egocéntricas, empáticas y frías… Pero si hay una ira que de verdad merece la pena ser publicada –y esto es opinión personal– es aquella que trata desesperadamente de alzar la mano dentro de ese mar complaciente de la no ira, de la censura implícita.
He aquí la cuestión, romper la censura, entendida esta como mecanismo subyacente y que se propaga y se digiere sin que las personas sean realmente conscientes. De tal manera que no podamos sentir el más mínimo enfado por lo que vemos de manera retransmitida, por más atroz que sea; porque la realidad, imposible de cambiar, actúa de manera eficiente sobre el autocontrol (o la comodidad).
En la ruptura de esa censura debería trabajar la industria de la edición de libros –de nuevo opinión personal–, a pesar de la utopía que esta misión lleva implícita, pues esta sería la mejor manera de recuperar para el libro su sentido etimológico y metafórico, como ‘parte interior de la corteza de los árboles’, o dicho de otro modo: lugar que se esconde bajo la superficie de la vida y que es capaz de transmitir savia (y sabiduría). Publicar un libro, sería entonces, dejar a la vista lo profundo, pero no lo profundo de cualquier cosa sino solo de aquello que se mantiene en pie fuera de las hachas (y de las motosierras). Publicar un libro, sería entonces, permitir que los fluidos que dan coherencia a la realidad se expongan con trascendencia.
Hace unos días acudí a un encuentro de edición promovido por la XXXII Muestra de Teatro Español de Autores Contemporáneos, en Alicante. A raíz de la mesa de debate, coordinada por Eduardo Pérez Rasilla, nació una pregunta que todavía me ronda la cabeza. ¿Qué entusiasmo nos empuja a seguir publicando teatro a sabiendas de las infinitas dificultades de una labor que no acaba de tener una justa recompensa, ni siquiera en el ámbito (el teatral) donde se realiza?
Es a esta pregunta a la que trato de responder aquí, aunque en parte, como se puede adivinar por lo dicho, tiene, en lo que a mí respecta (y a la editorial Invasoras) una contestación sencilla y ya expuesta: la ira, o mejor dicho, el activismo en contra de la no ira.
¿Así que es esto? ¿El combate por interpretar lo real desde un posicionamiento radical, poético, insumiso y exaltado, si por exaltarse entendemos romper los límites que nos silencian?
Algo así, sin duda. Pero ahora viene la pregunta más compleja: ¿cómo mantener el activismo a espaldas de la lógica? Pues la lógica lo que dice es que si nadie compra libros, si nadie los lee, es como si no existieran. Y si esta lógica se sujeta a las leyes del mercado… Ya me dirán qué gran futuro prometedor nos espera. Creo que no es preciso subrayar la ironía.
Y sin embargo, y a pesar de las dificultades que acechan esta aventura (facturas que no se cobran, autoexplotación desmedida, incomprensión de las instituciones, ausencia del libro teatral en bibliotecas y un largo etcétera), es aún más difícil dejar de seguir publicando el interior de las cortezas. Será la ira.
Esta mañana, mientras iniciaba la escritura de este artículo, pasaban por mi cabeza ideas fulgurantes sobre cómo darle difusión a los libros de teatro, pero sobretodo cómo ser capaces de transmitir enamoramiento por la lectura (no confundir con escritura) de textos dramáticos (entendamos la palabra drama de manera abierta).
Y una de ellas fue la de generar un circuito de lecturas dramatizadas. La lectura dramatizada como primer acercamiento al texto desde la desnudez del espacio–tiempo. La lectura en voz alta como puerta abierta a la palabra que nos emociona.
Es complicado (esta será la respuesta de los teóricos y especialistas), es muy complicado que podamos crear pasión por algo que se ha visto tan intelectual y elitista, circunscrito a un marco profesional reducido… ¿Pero por qué no darle la vuelta a esta cuestión? ¿Por qué no sacar la lectura de sus ‘casillas’, por qué no llevarla a cualquier parte que no sea, precisamente, el teatral, donde ya sabemos que lo que más abunda son autoras y autores que solo se leen a sí mismas, a sí mismos?
Hagamos la prueba, no ya con carácter demostrativo (para comprobar lo bien que funciona ´mi pieza´), sino para darle salida a la ira. Salgamos a la calle y en una plaza, leamos teatro a viva palabra, entremos en un café después de invitar a nuestras amistades –y enemistades– y compartamos con ellas una querida lectura, leamos para el público en las iglesias, en los trenes, en los descampados, caminando por la calle… Leamos para el público como si el público fuera un niño que se va a dormir, y no duerme.

Como ven, esta es una propuesta sincera para que la adopten, con entusiasmo, tanto organismos oficiales de propagación de la Cultura como festivales de teatro contemporáneo.
La no ira se vence librando.
Sí, la no ira se vence librando.



