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No concreto: la permeabilidad del barrio

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Unipersonal de la dramaturga Thelma Carrizosa, dirigido por Bárbara Alvarado, interpretado por Diego Martínez Villa

Diego Martínez Villa. Foto: Adrián Martagón.

En los años 50 un joven cronista popular irrumpió en la escena musical con su particular estilo para definir los usos y costumbres imperantes en el entonces Departamento del Distrito Federal. En la mayoría de sus canciones Chava Flores da cuenta del modus vivendi citadino, sus defectos y manías y de aquellos personajes que se convirtieron en arquetipos de la Ciudad de México; esas composiciones se convirtieron en himnos de la idiosincrasia capitalina.  Sábado Distrito Federal. Desde las diez ya no hay dónde parar el coche, ni ruletero que lo quiera a uno llevar, llegar al centro atravesarlo es un desmoche. Un hormiguero no tiene tanto animal. En las letras de Chava Flores no solamente está presente el paisaje urbano, sonoro, literario, pictórico. Sus letras son documentos históricos que recogen palabra hoy extrañas para los milenaristas que, siendo endémicos chilangos, las desconocen. ¿Qué es un ruletero? ¿Qué un desmoche? ¿Qué son las chiras? ¿Cómo es la vil fuchina?

No pude evitar pensar en don Salvador Flores Rivera, el miércoles pasado que vi la obra No concreto. Esta obra es una pieza original de la dramaturga Thelma Carrizosa con dirección de Bárbara Alvarado y la interpretación de Diego Martínez Villa. Se trata de un unipersonal (Formato que últimamente abunda sin miramientos en las carteleras) que cuenta la historia de vida de El Caba un hombre marcado por la condición humilde de su infancia en el barrio de Santa Úrsula, al sur de la Ciudad de México. La historia presenta una estructura fragmentada, que aborrece del canon aristotélico-usigliano. El narrador de esta historia transita por un cuadro de costumbres por el que de pronto se detiene para acentuar personajes, aromas, situaciones, lugares, ambientes, etc. Pero ese cuadro tan realista y arrabalero, de pronto se atraviesa también por una pincelada surrealista. Existen referentes de la cultura popular que irrumpen, como en un sueño, las motivaciones de sus protagonistas.

Mis tenis tienen espuelas pronuncia nuestro héroe, mientras se coloca un sombrero color café sobre la cabeza e inmediatamente el ambiente del teatro se vuelca en un wéstern urbano. El andar de El Caba (Diego Martínez Villa) nos recuerdo el caminar atemperado de los jinetes clásicos del oeste: John Wayne, James Stewart o Gary Cooper. El apodo de El Caba se lo gana este personaje por sinécdoque del imaginario wéstern. La Ciudad de México a veces puede ser tan imprevisible y salvaje como cualquier pueblo del Oeste Norteamericano. Aquí se impone la ley del más fuerte, del más rápido y del más audaz. A lo largo del drama se hace repite la frase «…Aquel que no elige su muerte, jamás eligió su vida» y esto parece el adagio de un viejo pistolero como Mr. Rooster en Valor de ley (1969).

El futbol es el alfa y el omega en el destino de El Caba. El aroma de su infancia está marcado por el imponente Estadio Azteca (hoy mal llamado Estadio Banorte) y por el ritual que supone ser la casa del equipo más controversial de la liga mexicana: El Club América. Hay aficionados como Paolo  Sorrentino que definen la vida como aquello que ocurre entre partido y partido. El Caba pertenece a ellos. Messi, Maradona y Ronaldinho son referentes constantes en la narración del personaje. Frente a ellos se compara, se revela, se proyecta y se ambiciona. 

Como en una canción de Chava Flores, el barrio es un protagonista más de la historia que se cuenta. El Caba describe con detalle nostálgico los caracteres que habitan en su cuadra, la pandilla que «echa la caguama en la banqueta», la esquina donde se daba de besos con «la piojosa» o para los extraños Jaqueline. La puerta por donde se escapó una vez el Zeus, un perro gigante que dejó una cicatriz perpetua en los miedos de El Caba. Esa narración encuentra puentes históricos en quienes conocimos la ciudad (antes de conocerla) en las letras de don Chava Flores. «En la esquina de mi barrio hay una tienda, que se llama La ilusión del porvenir. Frente de ella está la fonda de Rosenda, que en domingos  pone al mole ajonjolí»

Escénicamente es una obra que demanda bastante riesgo. La dirección apuesta por el teatro físico con gran compromiso, y aún en la adversidad, se ejecuta con responsabilidad y entrega. Así como al aficionado taurino le conmueve y eriza ver al matador arrimarse a los pitones del animal, exponer su vida en un terreno tan ceñido como bien lo ha pintado el mejor Morante de la Puebla; los amantes del teatro se entregan cuando una propuesta escénica le exige al actor llegar hasta sus límites. Diego Martínez Villa es un actor con gran destreza corporal y en esta obra hace gala de sus dotes dancísticos y acrobáticos para habitar  la complejidad barrial que supone El Caba.

El estilo unipersonal que circunda la puesta escena recuerda forzosamente los unipersonales de Adrián Vázquez. No solo por los personajes, que parecen extraídos del elenco omitido de Los Olvidados de Buñuel, sino también por la exigencia interpretativa que demandan del actor. No es solamente un rigor físico, sino también, el reto que supone interpretar textos mayormente narrativos que dramáticos. Los monólogos vazquesinos (Los días de Carlitos, Hijo de mi padre) ciñen su puesta en escena a una plataforma cuadrada que acota incluso los foros más grandes; por el contrario No concreto es una obra que se desborda por todos los rincones del Foro Shakespeare. ¡Hasta las gradas llega el intrépido juglarón para contarnos su historia!

No concreto estará por tres miércoles más (hasta el 24 de septiembre) en el foro principal del Foro Shakespeare.  La función comienza a las 20:30 h y tiene una duración aproximada de 70 minutos. Es una obra exclusiva para mayores de 13 años. La entrada general tiene un costo de $300. Los boletos están a la venta en boletos.shakespeareycia.com y en las taquillas del recinto.

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