La dirección de Paula Zelaya logra crecer un buen texto y realiza juegos escénicos que son virtuosos por su simpleza

El frío corta la piel durante la noche. El invierno deja sentir su majestad en el aire nocturno y una larga fila se extiende en la taquilla del Teatro Xola. Tras algunos percances por demás menores, logramos entrar al teatro y una escenografía de una cálida sencillez nos recibe desde las tablas. Todo está por comenzar (que es una manera de decir que está empezando a terminarse).
Mil veces no es una obra sobre ¿la venganza? ¿el amor? ¿la hermandad? ¿El fin del mundo? La verdad es que quizá dependa de quién la mire y de cómo le haya ido durante su día. Lo cierto es que Mil Veces No roza todos estos temas con la honestidad de quien habla desde la entraña. La historia sigue a Miranda y Baltasar, dos desconocidos que colisionarán en el íntimo lugar que es el pasillo entre dos puertas. La primera, una chica que ha aprendido a odiar al mundo desde la trinchera de su departamento del que se niega a salir; el segundo, un sobreviviente a una secta religiosa que ha llevado su fanatismo hasta sus últimas consecuencias.
La dramaturgia de Paula Zelaya Cervantes (también directora) y Ana González Bello (también actriz) nos lleva por un recorrido que es un vaivén emocional memorable. Un poco thriller, un poco comedia, un poco romance, Mil Veces No es una dramaturgia que encaja bien con nuestra contemporánea necesidad de que las obras no se puedan encasillar en un solo término. Repleta de un montón de juegos meta-textuales y meta-teatrales, uno de los grandes aportes de esta obra es ser un punto medio perfecto entre un teatro con riesgos narrativos y un teatro convencional que permite que el abanico de su público sea de lo más diverso. En pocas palabras: esta obra es tanto para quienes desean inmiscuirse en el misterio de un crímen, como para los que desean llorar a moco tendido en la intimidad de una butaquería repleta de gente.
La dirección de Paula Zelaya logra crecer un texto que por sí mismo ya es bueno y realiza juegos escénicos que son virtuosos por su simpleza. Un ritmo dinámico, casi músical ¿ya mencioné que hay jarana en vivo?) vuelve esta puesta en escena de casi dos horas un suspiro que apenas se percibe. Dicen quienes saben que las mejores direcciones son las que no se notan. Mil Veces No es una obra que te hace olvidar que hay unas manos moviendo los hilos detrás de los eventos que vemos hasta que vuelves a ver el programa de mano y lees la palabra “Dirección de:”
Las actuaciones de Ana González Bello y Luis Eduardo Yee nos llevan por este viaje de encuentro, amor, memoria y venganza a través de unas sólidas interpretaciones que estremecen nuestras emociones en los momentos cumbre de la obra. Miguel Tercero desborda su talento como intérprete teatral y musical en un trabajo que no divide estas dos facetas de su identidad artística, sino que las combina para ser una suerte de guía espiritual a lo largo de la obra. Cristobal Maryán, compositor musical de la obra, forma parte del espectáculo acompañando con instrumentos y permitiendo que su presencia crezca el espectáculo.
La maestría de Fernanda García en el área de diseño resulta innegable. En los tiempos de dramaturgias que exigen cada vez espacios más versátiles y los presupuestos producciones menos costosas, logra diseñar mediante la iluminación y un muy bien pensado dispositivo escénico una diversa cantidad de ambientes que apelan más a la sensibilidad de quien mira que de artilugios banales.
Es innegable que en un mundo pos-covid aspectos como la individualidad, el aislamiento, la soledad, la identidad, etc. siguen resonando en las ficciones aún si estas no buscan en estricto sentido hacer una referencia a aquel evento ya inscrito en nuestros libros de historia. En Mil Veces No podemos ver las huellas de estos temas que se han vuelto particularmente interesantes para nosotrxs como entes que viven en esta sociedad herida. Es a través del entrañable desarrollo en la relación de Baltasar y Miranda que recibimos una de las grandes lecciones que el teatro nunca parará de recordarnos: el mundo sólo puede conocerse mejor a partir del encuentro con lxs otrxs.
La obra finalizó su temporada el 24 de febrero del presente año. Parece ser que fue la última función de tan entrañable trabajo. Para quien escribe es un suceso lamentable. Ojalá las cosas hermosas no llegaran jamás a su fin. No obstante es su calidad de finitas lo que las hace precisamente hermosas. Este es el caso.



