
Teatro El Milagro. Calle Milán 24, entre Lucerna y General Prim. 8 pm.
Como ir a un restaurante y perderse entre el murmullo de las conversaciones. Como no saber hacia dónde van las hormigas en un árbol. Como dos botellas de vidrio que chocan en una bolsa. Como detenerse en un video para leer los comentarios. Como voltear en el cine sólo para ver la cara de los espectadores. Así es La hiena también soñará con Dios.
Es una obra extraña. Lo mismo puede saltar del humor al miedo, de la parodia a la invocación. Es una obra que juega con diversos formatos. Quien la visite encontrará la proyección del Nosferatu de Friedrich Wilhelm Murnau intervenida en un ejercicio de voces. La pantalla al centro, dos actores y la oscuridad. Aunque en apariencia parte de una premisa sencilla, ¿Cómo se llena el vacío? ¿Cómo se llena el silencio?, su desarrollo no lo es tanto. Como en las narraciones orales una historia te lleva a otra en un loop que puede ser llenado desde el canto cardenche y El cementerio marino de Paul Valéry hasta la violencia doméstica y la pandemia. Es una obra exigente con su público y quizá ahí radica su mayor virtud.
Igual de exigente resulta con sus actores: Fernanda Bada y Emiliano Cassigoli interpretan a diversos personajes como intentando recrear el detrás de cámaras del Nosferatu. La energía que despliegan, el respeto de las luces y su arreglo hacen que el pequeño espacio se transforme. Continuamente mutan como si un insecto luchara por abrirse paso en la carne, el uso de las máscaras entre personajes, el ejercicio del cuerpo y la música. Quizá encontrar el ritmo, poner el silencio a un lado, sea lo más difícil de lograr. Nos encontramos en las primeras escenas del Nosferatu, nos detenemos en una carta. La interpretamos. Hacemos chistes sobre lo hermético. Mientras la veía me daba la sensación de los cuentos de hadas. Esa sensación de intuir que algo está por terminar y comenzar de nuevo. De ver todo el tiempo de la misma escena, aunque distinta.
Fiel a su dramaturgia, José Emilio Hernández intenta romper las lógicas con las que se construye el teatro en México, en la Ciudad de México, al menos. Al igual que un niño, cada vez que está a punto de concluir el castillo decide que es momento de esparcir los bloques y hacer otra cosa, una casa, un ferrocarril, una obra sobre muertos. Entonces la lógica con la que construía se vuelve obsoleta, pesada y cambia. Es como ver a un boxeador ortodoxo pelear contra esa ortodoxia, cambiar de guardia, intentar el cruzado en lugar del jab, jugar con las piernas y recibir los golpes por intentarlo. A veces pensaba que era una falta de fe, pero es en realidad una búsqueda.
Una mención aparte deben ser la creación del espacio sonoro y la luz. Uno de los mejores recursos con que cuenta esta puesta en escena es la musicalización en vivo. Los instrumentos, tanto de Joaquín Martínez como de Emiliano Cassigoli, simplemente hacen que la obra se revista de esa atmósfera de muerte que llega a estremecer en los mejores momentos. Y por otra parte la luz, diseño de Fernanda García. En un inicio confusa, pues no se sabe bien porqué se proyecta frente a los espectadores, pero que justo da esa sensación de estar en una vieja sala de cine o frente a un atardecer. Sin embargo, lo mejor de ella es la ruptura de la pantalla, el juego de sombras que se trasminan por la proyección y que hace que esos viejos actores de la película original del Nosferatu puedan hablar, volver por un momento al presente. La idealización de este recurso es una de las mejores puertas para explorar en esta obra.
Al final todos mueren, pero la muerte no es el tema central. Es probablemente la tercera vez que veo esta puesta en escena y siempre digo que es una obra sobre el miedo. Aunque más que el miedo es sobre la desesperanza. Sobre aquello que va a llegar y llega. Es una obra donde se intenta que la muerte hable, y si alguien es capaz de hacerlo, son los actores que se cuelan entre las grietas del texto para encarnar lo que no esta dicho, lo que no puede decirse. Ciertas tradiciones dictan que no se le puede hablar con miedo ante la muerte, tal vez por ello intentamos recurrir a la risa. Y es esta uno de los registros más sobresalientes de la obra. La risa como un mecanismo del cuidado. Porque algo que intenta en todo momento esta obra es cuidar ese espacio, el teatro, la oscuridad, el encuentro donde el otro lado habla para ser escuchado.



