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Espacios Escénicos Autogestivos, una batalla desigual

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La Rendija, en Mérida, Yucatán.

Los Espacios Escénicos que se han levantado por la audacia y entusiasmo de artistas y gestores culturales de la sociedad civil, suelen tener en el corto, mediano o largo plazo, fecha de caducidad. Existen desde el día en que abren sus puertas el empuje y fe en el futuro aunque también una condena implícita pues pueden desaparecer ante cualquier vendaval. Llamados también independientes, autónomos, autogestivos, estos foros van a riesgo de las economías y de los desvelos de quienes los inventan preñados de la certeza de que son necesarios para su comunidad, barrio, pueblo, ciudad, estado y país.

Convencidos de que han de perder hasta la camiseta los creadores que los sostienen generan empleos (directos e indirectos), colectividad y tejido comunitario.

Con una demografía que crece geométricamente cada año por las ya muchas universidades que ofrecen la licenciatura en teatro o arte dramático, el surgimiento de nuevas agrupaciones -efímeras o con ansia de permanencia-, reclaman espacios para su expresión. Resulta obvio que ante la ausencia de políticas federales de descentralización cultural y la casi nula construcción de infraestructura escénica institucional en el país, eleva significativamente la demanda de los espacios escénicos autogestivos o independientes que tampoco surgen tan a menudo por la complejidad económica que entrañan.

Según el INEGI, el organismo encargado en México de medir distintos indicadores poblacionales, sólo el 8.5 % de nuestros conciudadanos han entrado o consumido alguna vez teatro. Las cifras respecto a otros bienes culturales son similares e incluso peores, salvo el cine. Es decir, en principio no parece estar mal el que se hayan multiplicado las licenciaturas en teatro (no así la calidad de los maestros, muchas veces improvisados). Lo que se evidencia en cambio, es que sus egresados -ante la falta de espacios y fuentes de trabajo- terminarán engrosando las filas del desempleo en las grandes capitales de prestigio cultural. Paradoja que contrasta con el escandaloso 91.5% de personas que en México no han tenido acceso a su derecho a la cultura (y al teatro). Los Espacios Escénicos Autogestivos o Independientes son apenas un placebo, pues no llega ni a bálsamo, para esa urgencia extrema de grupos artísticos que no pocas veces producen con recursos propios.

Quienes con sueldo fijo, prestaciones y aguinaldo hacen las políticas públicas en cultura pocas veces brindan una mirada empática a estos esfuerzos autónomos de la sociedad civil sino por el contrario, se les trata con indiferencia y hasta desconfianza o francamente se esgrimen teorías sobre falta de probidad cuando se les audita hasta las amígdalas en cuanto se les otorga un efímero apoyo gubernamental. Es lo que sucede cuando se es parte del gremio, también, pero nunca un emprendimiento ha salido del bolsillo propio. Lo cierto es que los funcionarios van y vienen pero quienes se vuelven empresa (mala) desde el territorio, permanecerán ahí, neceando en una economía de guerra, con la subsistencia nunca asegurada.

“Los espacios independientes mantienen un precario equilibrio -nos dice Raquel Araujo en un artículo en PasodeGato– entre apoyos mixtos, debido a su naturaleza no comercial, creando infraestructura a lo largo y ancho del país. En ellos se desarrollan los procesos de creación de gran parte de la producción del teatro mexicano que también nutre de programación a los espacios institucionales. Al tratarse de los proyectos de vida de sus creadores, atraviesan los periodos de cambios institucionales y de políticas culturales contra viento y marea.”

¿A quién beneficia la desaparición de un Espacio Escénico Autónomo o Independiente? ¿Cuánto cuesta al estado el aparato burocrático de un teatro oficial en relación con lo que cuesta uno Autónomo? ¿No sería momento de repensar el acompañamiento a estos foros más allá de los programas vigentes que son insuficientes?

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