Se presenta hasta el 17 de diciembre en el Foro Shakespeare

A mediados del siglo XIX en las principales plazas de Madrid se impuso un nuevo estilo de toreo: la encerrona. El toreo en solitario suponía un reto soberbio para los espadas más encumbrados que buscaban demostrar su arte y valor al enfrentar a seis toros en una misma tarde. En los anales taurinos se da cuenta que los primeros matadores en probarse sin alternantes de cartel fueron Rafael Molina lagartijo y Salvador Sánchez Frascuelo. A principios del tercer milenio, casi cien años después, las encerronas volvieron a proliferar en los carteles taurinos. El niño prodigio, Julián López El Juli salió en hombros de la plaza de toros de Las Ventas con su encerrona de despedida de novillero en 2003.
Por los ruedos teatrales la situación es un tanto similar. El monólogo es un formato que demanda una gran capacidad interpretativa, y, aunque no se juegue uno la vida, también supone mucho valor desnudarse y exponerse en cuerpo y alma frente al público. Al igual que ocurre con el toreo, el solitario encuentra un primer auge a finales del siglo XIX y principios del XX, con dramaturgos que apuestan por monólogos unitarios como Strindberg (La más fuerte), Chéjov (Sobre los daños que causa el tabaco), Eugene O’Neill (Antes del desayuno) o Jean Cocteau (La voz humana). También en años recientes las carteleras teatrales han reflejado un boom de monólogos y unipersonales. ¿Esto responde a necesidades de producción? ¿Supone, al igual que en el toreo, un reto para el artista encontrarse consigo mismo?
Hace unos días me pasé por la obra Algo de Ricardo, un monólogo escrito por el dramaturgo uruguayo Gabriel Calderón, que la directora Itari Marta ha llevado a escena junto al actor Ricardo Reynaud. Esta obra cuenta la historia de Ricardo, un actor teatral que por fin recibe la oportunidad de interpretar un protagónico de postín shakesperiano: Ricardo III. Cansado de interpretar personajes secundarios o protagonistas independientes que pasan desapercibidos, Ricardo acepta esta oportunidad con el hambre acumulada durante años para que el público reconozca su trabajo y pueda obtener, quizá, alguna recompensa que lo inscriba en la historia teatral.
La obra de teatro tiene dos líneas argumentales que constantemente se cruzan. Por un lado es la historia de Ricardo, el actor que lucha por entenderse con un director escénico acartonado y textocentrista. Simultáneamente se cuenta también la tragedia de Ricardo III y su ascenso al poder. Ambas narrativas tienen temas que les atraviesan: la soberbia, la ambición y el exceso. Gabriel Calderón construye un texto que hace converger dos líneas temporalmente alejadas con 400 años de distancia, pero unidas en su condición humana.
«Lean, por favor» repite constantemente Ricardo, montado sobre un pequeño ladrillo de superioridad intelectual respecto a sus compañeros. Cansado de su alelado director, Ricardo toma el control del montaje y pretende hacer de la tragedia de Shakespeare un espectáculo tan personal como soberbio. Quizás los vicios de poder, arrogancia y ambición no son exclusivos de la época isabelina y se encuentran mucho más cerca de lo que nos imaginamos. Ahí radica el discurso de esta nueva obra.
La puesta en escena es fastuosa y grandilocuente. Toda la historia ocurre entre los bastidores de un teatro. A media altura cuelgan vestuarios, pelucas y accesorios que vestirán a los personajes de la obra. Al fondo hay un rack con más ropa y un espejo pequeño sobre una mesa desmontable estilo Ikea. A la derecha un sillón grande que servirá para la comodidad de las déspotas posaderas. Desde los primeros momentos de la obra se hace uso de multimedia, gracias a una gran pantalla que se suspende por los andamiajes teatrales. La escenografía e iluminación tienen la firma de María Vergara. El diseño multimedia de Karla Sánchez Kiwi y el vestuario es diseño de Sandra Garibaldi.
La apuesta escénica de Itari Marta es temeraria por los cuatro costados. En 2023 ya se había presentado una primera temporada de este monólogo, pero la directora ha apostado por una reinterpretación de su propio trabajo. La versión actual supuso una revisión minuciosa del texto de Calderón con especial énfasis en el poder de la síntesis. Una obra resulta más poderosa cuando los elementos del drama están pulidos y afinados, libres de la retórica que engolosina a muchos dramaturgos. Ese trabajo con el actor y el texto es evidente en escena pues consigue unidades sólidas en tono y narrativa.
«Dirigir a Ricardo Reynaud en esta exploración del ego y la precariedad ha sido un proceso revelador. Esta obra no solo habla del teatro, sino de cómo todos, en algún momento, buscamos coronas que no existen. Invito al público a que se deje atravesar por esta sátira, porque aquí no hay respuestas fáciles, solo preguntas que muerden» Apunta la directora Itari Marta, quien se ha distinguido por su pericia al dirigir unipersonales como El testamento de María y Una historia del diablo, entre otros más.
El humor ácido es un ingrediente protagonista de este montaje. Los personajes de Shakespeare nos invitan a superar la sensiblería y la barata conmiseración; y esta obra supone también una provocación a la risa incómoda, aquella que después de unos segundos nos hace reflexionar «¿En serio me estoy riendo de esto?» La noche del pasado 11 de noviembre, la risa del público era discreta, pero constante. Como el público de las Ventas de Madrid que no se entrega con algarabía ante un pase, pero a media voz pronuncia un constante «¡Ole!» cuando la destreza se hace presente.
El compromiso escénico de Ricardo Reynaud para interpretar este monólogo supone de un gran coraje. Los instantes en que conecta con su público consigue un encuentro franco y honesto. Reynaud transita con fluidez entre el verso blanco y la prosa ordinaria, y también camina con aplomo entre los diversos niveles de ficción que presenta esta dramaturgia, rompiendo por varios momentos la cuarta pared con el espectador.
José Tomás tocó el cielo de Nimes al cortar once orejas y un rabo simbólico durante su encerrona de 2012. En las encerronas teatrales el actor no debería perseguir su salida en hombros de la sala, pero quizás en su fuero interno sí lo reclama. Lo que nos recuerda Algo de Ricardo es que el ego puede embriagarse fácilmente con las palmas, y que no es un vicio exclusivo de los gobernantes, está en cada uno de nosotros.
Algo de Ricardo está en temporada en el Foro Shakespeare (Zamora 7, Col. Condesa) hasta el 17 de diciembre. Martes y Miércoles a las 20:30 h. El costo de las entradas es de $400, pero se invita a seguir las redes del Foro Shakespeare para estar al tanto de nuevas promociones. Los boletos están a la venta en taquilla y a través del sitio web del recinto: https://foroshakespeare.com/.



