«El teatro es una especie de refugio con espacio suficiente para el humor, el conflicto, la imaginación y la esperanza…», Berta Hiriart

Gracias a los amigos y familiares que se dieron el tiempo de acompañarme en este día. Gracias también a las instituciones que otorgan el reconocimiento que nos reúne, a las editoras de El Naranjo que tuvieron a bien postularme y a mis colegas del jurado. Me falta espacio para mencionar aquí a los numerosos camaradas con quienes he tenido la fortuna de colaborar. No habría hecho el teatro y los libros que han llenado mi vida sin su contribución creativa. Comparto esta distinción con todos ellos y ellas.
El teatro y la escritura, en especial, aunque no solamente, los que se dirigen a niños, niñas y adolescentes, le han dado rumbo y sentido a mi existencia. Tuve la suerte de llegar al mundo en tiempos en que las infancias y las mujeres alcanzamos derechos esenciales, no del todo cumplidos, pero al menos aceptados de palabra y por ley. De ser contemporánea de nuestro ilustre dramaturgo Juan Ruiz de Alarcón, homenajeado en estas fechas, no estaría aquí, tan contenta, hablando de teatro con ustedes.
Largo ha sido el camino para que el teatro dirigido a las jóvenes audiencias comience a reconocerse como una expresión artística tan seria e importante como el teatro para adultos. ¡Enhorabuena! Pero todavía falta un buen trecho por andar, y una prueba la dan las personas que preguntan desconcertadas: “¿Por qué escribe usted para niños?”. Como si no bastara que la tercera parte de la población tenga menos de 14 años. Aún hace falta insistir en que los niños, las niñas y los adolescentes son personas respetables e interesantes, y que trabajar para ellos puede entrañar los más intensos desafíos.
El asunto es grave porque los cachorros humanos enfrentan mil problemas. Viven, como el resto de nosotros, en un mundo donde imperan la violencia, la desigualdad y otras tantas calamidades, y precisan de herramientas para acomodar lo que les sucede. Están recién llegados.

Tendríamos que escuchar sus preguntas con mayor atención para conocer sus inquietudes: ¿por qué hay guerras?, ¿por qué hay que morir?, ¿por qué las parejas se separan?, ¿por qué algunos papás maltratan o abandonan a sus hijos?, ¿por qué hay niños que nacen diferentes o enfermos?, ¿por qué hay quien tiene demasiado y quien no tiene ni para comer? La lista es larga y constituye una buena guía para quienes hacemos teatro para ellos. Al menos para mí. Intento con mis obras ofrecer, si no una respuesta, un motivo de reflexión, una señal que diga: te he escuchado y el asunto me preocupa tanto como a ti. Aquí va una historia que trata sobre ello. A ver qué te parece.
Y es el público quien señala si la dramaturgia que se les presenta logra tocar su inteligencia y su corazón. El teatro es un acto de comunicación entre artistas y público, una comunicación especial, profunda, distinta de la cotidiana. No se trata sólo de entretener a los espectadores, propósito fácil de cumplir con niñas y niños, siempre dispuestos a jugar. Si se les pide que acompañen con palmas una melodía machacona, lo harán con gusto, pero ese tipo de participación nada tiene que ver con el teatro. Los niños, al igual que los adultos, necesitan verse conmovidos por los hechos que transcurren en escena. Desde la seguridad de la butaca, pueden presenciar acontecimientos temibles o dolorosos, sabiéndose a salvo.
Estoy convencida de que el teatro posee un poder único para colaborar a la educación ética y sentimental que requerimos en forma urgente. Abre la posibilidad de revalorar la vida, la propia y la del otro, los otros. Al entrar en zapatos ajenos, el mundo cobra perspectivas inusitadas. El hecho nos coloca ante circunstancias que, de alguna manera, podrían ser las nuestras, y esta experiencia nos permite no sólo comprender lo que sucede, sino soñar, imaginar lo que podría suceder.
Por supuesto, el teatro no es capaz de detener la injusticia, la corrupción, la violencia o la destrucción del planeta. No lo ha hecho ni lo hará. La eterna lucha entre el bien y el mal, la luz y la oscuridad, la creación y la destrucción tiene lugar constantemente. La panacea sólo existe en la mitología.
Sí puede —en cambio— ayudar a resistir los efectos de los infortunios. De manera inmediata, ofrece un alivio al estrés, haciendo posible tocar el miedo, el enojo o la tristeza, en un contexto de seguridad. La historia que transcurre en escena puede sacudir los ánimos, pero es una ficción, una verdad imaginaria, y el público, a partir de cierta edad, así lo comprende. El joven espectador puede entregarse a ella con confianza, mientras va ordenando sus ideas y emociones, a la vez que ejercita el juicio crítico, requisito de la libertad. Visto así, el teatro es una especie de refugio con espacio suficiente para el humor, el conflicto, la imaginación y la esperanza.
Cierro ya, sólo dando nuevamente las gracias.
Berta Hiriart
El Premio Nacional de Dramaturgia Juan Ruiz de Alarcón 2024 fue entregado a la maestra Berta Hiriart el 22 de junio. El jurado decidió otorgarle este galardón por "su trayectoria, su perseverancia y el legado formativo que ha brindado a varias generaciones del teatro dedicado a las infancias en México".



