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Piropo

Date:

Salvador, un profesor de avanzada edad de la escuela media, sufrió un percance. Ha dicho un piropo a una colegiala y un compañero de ella salió en su defensa, atacándolo. Para colmo de males, la chica lo persigue y ella tiene una madre que sabe en carne propia quién es Salvador. Una historia de amores prohibidos y de vulnerabilidad adolescente.

Personajes

Salvador, 65-70 años

Marga, la esposa

Eugenia, la madre de Luna

Luna, 16 años

Tiempo actual.

— Escena 1 —

El vestíbulo de la casa; desposeído. Un perchero, un paragüero, un cuadro torcido (muy torcido). Una mesa baja, dos butacones. Una alfombrita raída. Un estante con libracos viejos.

Entra Salvador, que es menudo y delgado. Está golpeado, tiene la sien cortada. Arrastra el portafolio o la cartera de documentos que trae. La corbata fuera de lugar.

Salvador: ¡Marga, Marga!

Marga: Estoy en la cocina.

Salvador: Marga, vení que te llamo.

Marga: Dame un momento, estoy…

Salvador: ¡Que te necesito!

Marga entra, está en ropa de cama.

Marga: ¿Qué pasó? Salvador, ¿qué pasó?

Salvador: (Se abraza con ella, llora.) Me atacaron, Marga.

Marga: ¿Cómo? ¿Quién?

Salvador: Me atacaron cuando salía del coche.

Marga: ¿Te robaron? ¿Qué te robaron, Salvador?

Salvador: No, no me robaron. No me robaron nada. Creo que no me robaron nada. En medio de la golpiza no me fijé si me faltaba algo, no sé.

Salvador palpa que tenga el reloj, la billetera en el bolsillo del pantalón.

Marga: ¿Cuántos eran? ¿Iban embozados o pudiste verlos?

Salvador: Claro que vi bien…

Marga: Hacé la denuncia, Salvador. Andá a la policía y denuncialos. A los atacantes, denuncialos. Yo te acompañaría, me gustaría acompañarte, pero ya sabés que no… que no puedo. Pero tenés que denunciarlos, para que no ataquen a otras personas los malvados. ¿Cuántos eran? Te pegaron mucho…

Salvador: Era sólo uno.

Marga: (Un tiempo.) Uno solo.

Salvador: Sí, uno solo. Pero pegaba fuerte.

Marga: Era muy fornido.

Salvador: Era Roa, de cuarto año B.

Marga: ¿Quién?

Salvador: Un alumno, Sebastián Roa. Guillermo Roa. Ya ni sé cuál es el nombre. Cursa el cuarto año.

Marga: ¿Te pegó un alumno de la escuela?

Salvador: Sí, me atacó.

Marga: Voy a buscar hielo. (Empieza a salir.) ¿Por qué te atacó? ¿Le pusiste una mala nota?

Salvador: No. Me dijo otra cosa mientras me pegaba. Pero capaz también me tiene rabia por el examen. Les tomé examen porque cierra el trimestre; cuando cierra el trimestre hay que tomar examen: no es un capricho tomarles examen. Ellos no leen los libros que tienen que leer para aprobar, después yo les tomo examen y ellos no saben; se llevan una mala nota y entonces…

Marga: Entonces se agarrran con vos. Dejame ponerte hielo, Salvador.

Parte a la cocina en busca de hielo; se oye que abre la heladera, que saca la cubetera.

Salvador: Pero todavía nos les corregí el examen; él… Roa, Roa no sabe qué nota le voy a poner. No lo sabe, no lo puede saber.

Marga vuelve con el hielo.

Marga: Sentate, dejame que te pongo un poco para que te desinflame.

Salvador: Ay.

Marga: ¿Te duele mucho? A lo mejor tendrías que ir a la guardia. Mirá, esta ceja te quedó como la de un boxeador. Debés necesitar unos puntos… Salvador, ¿me estás oyendo?

Salvador: No me duele nada.

Marga: Me decís eso porque querés que te acompañe. Sabés que no puedo, que no puedo ir con vos…

Salvador: No me duele nada, de verdad.

Marga: Yo iría, pero no… me vienen náuseas, me falta el aire por mirar por la ventana. Le hablé al psiquiatra, le dije lo que vos me decís. Que duermo mucho, que duermo mucho para lo que significa una pastilla, y que cuando vos me querés despertar, yo no me despierto. Fue un agobio, primero le tuve que explicar todo a la secretaria, que no me quería pasar con el doctor. Al final, logré que me pasara con el doctor y le expliqué todo a él. Que estoy hecha la bella durmiente, como me llamás vos. Todo ese esfuerzo para que él me conteste de malos modos que si estoy tomando una pastilla para dormir, es para dormir y no para que mi marido ande tratando de despertarme. Que es nocivo, fijate que dijo nocivo, que me trates de despertar si estoy durmiendo, porque es parte del tratamiento. (Un tiempo.) No me estás escuchando, Salvador.

Salvador: Vas a dormir cien años como la bella durmiente.

Marga: Llevo un solo año así, y aparte: yo ya no soy bella, Salvador.

Salvador: Si los sos, Margarita.

Marga: ¿Te sentís mejor?

Salvador: Más o menos. Me quedó una congoja acá adentro.

Marga: Te quedó atrapado el susto.

Salvador: Puede ser. Cuando lo vi venírseme encima a Roa, al principio no sabía qué quería él; siempre fue medio matón, pero llegar a este punto… Yo no sé… Yo estaba en la vereda, distraído; porque estaba distraído, hay que decir la verdad. No estaba pensando para nada en el examen de literatura española, no estaba pensando en la cena… ¡¡¡No compré la cena, Marga!!! ¿Qué vamos a comer?

Marga: No te hagas problema ahora por eso. Hay arroz, la última vez que vino Petunia le encargué siete kilos de arroz, para eventualidades como ésta. No me los trajo, por supuesto. Pero me trajo dos o tres bolsas. ¿No te duele el cuerpo, no tendrás un hueso roto?

Salvador se para, se mueve.

Salvador: Me duele el codo.

Marga: Fijáte bien, movelo.

Salvador: Con la primera trompada caí al suelo, sobre el codo. (Se friega.) Me duele, sí, bastante, pero no está roto.

Marga: Hay que vigilar que no se hinche.

Salvador: No parece que esté roto.

Marga: Te podría haber matado esa bestia.

Salvador: Nunca pensé que se podía reaccionar así.

Marga: A lo mejor los padres lo castigan si saca una mala nota. Hay gente que maltrata mucho a los hijos. Yo hubiera sido benévola; yo hubiera sido una madre maravillosa. Dios no quiso, no quiso y sus razones tendrá. Cuando vino el pastor el domingo, me dijo que no piense en las razones que tiene dios para hacer que las cosas pasen. Que esos pensamientos solamente le traen tristeza a los seres humanos. Dejame tocarte el brazo, te palpo. (Lo hace.) No parece que tengas un hueso roto.

Salvador: Te dije que no.

Marga: El problema es si te empieza a doler fuerte a la medianoche. Ahí, ¿qué vamos a hacer? Porque te van a tener que sacar radiografías, a entablillarte o lo que sea que te tengan que hacer.

Salvador: Yo no creo que se vaya a hinchar.

Marga: A ese chico, Roa, tienen que expulsarlo de la escuela.

Salvador:

Marga: Tienen que expulsarlo de inmediato, Salvador.

Salvador:

Marga: Es un vándalo.

Salvador: Me pegaba y me pegaba con el puño cerrado. “Viejo verde”, me gritaba Roa. ¡Tiene dieciséis años! “Viejo baboso.” Porque yo le había dicho a la nena: “Qué linda que estás”. ¿Qué tiene de malo? “Viejo sucio.” “Qué linda que estás, Lunita.” Eso nomás le dije, cuando me iba, cuando me estaba yendo. Se me vino Roa encima como un diablo. Le dije un piropo. Capaz que era un piropo, pero ni llegaba a piropo, era un elogio, no sé, una descripción. Marga, ¿qué hice? No se debe decir piropos a las chicas. Me golpeó Roa, me dio una paliza mi alumno, ¿entendés? Yo le enseñé a leer poesía, ¡conoció la poesía conmigo! Y él viene y me pega porque le susurré a la noviecita que está linda. Habrán sido celos de enamorado, el primer amor lo tiene trastornado, no lo sé. Ni siquiera sé si ella era la noviecita; yo lo vi haciendo manitos por la alameda con otra, una gorda grandota. No con Lunita, pero ahora no sé. Estos ojos míos no sirven más que para hacerme daño. Capaz no era Lunita, o Lunita es su noviecita reciente —¡los chicos de ahora son tan cambiantes!—. Él se puso frenético cuando le dije a la nena que estaba linda. ¿Qué hice de malo? ¿Cuál es mi pecado, tener ojos? Es linda, ¿qué culpa tengo yo? ¿Qué culpa tengo yo de que ella tenga dieciséis años? Cuando tenga sesenta nadie le va a decir que está linda, ¿y se lamenta? Yo no los entiendo, no entiendo a las chicas, no entiendo a los muchachos: no entiendo a toda esta generación. “Viejo decrépito”, chilló y me pateó cuando estaba tirado en el suelo. Peor que a un perro me pateó, porque a los animalitos seguro que no les pega. Es un chico dulce, Roa, yo le enseñé lo que es la poesía. ¿Te das cuenta, Marga? Me pega mi alumno, el que recitaba los sonetos de Lope de Vega.  El “Desmayarse, atreverse, estar furioso”, ¿sabés cuál digo?

Marga:

Desmayarse, atreverse, estar furioso

Áspero, tierno, liberal, esquivo,

Alentado, mortal, difunto, vivo,

Leal, traidor, cobarde y animoso.

Marga: Lo dije bien, ¿no? En orden…

Salvador: Sí, pero, ¿ves? ¿Ves lo que te digo, querida? Yo le enseñé lo que es poesía a ese salvaje.

Marga: (Compadecida.) Salvador…

Salvador: Yo ya estoy de más en este mundo.

Un largo silencio.

Marga: (Lo observa.) Cuando llorás no te salen lágrimas.

Salvador: No estoy llorando. No sé si estoy llorando.

Marga: ¿Vos coqueteaste con una alumna de dieciséis años?

Fin de la escena 1.

— Escena 2 —

Mismo escenario.

Salvador está semidormido en el butacón. Un libraco que ha estado leyendo cae al suelo y se despierta sobresaltado. La puerta de calle está entreabierta y corre un viento frío. Achuchado, Salvador se levanta (renguea un poco por la golpiza) y tiene el ojo morado. Va hacia la puerta. Junto al perchero está Luna, una adolescente que es indudablemente hermosa, quitándose las botas de lluvia.

Salvador: (Se lleva la mano al pecho.) ¿Qué hacés acá?

Luna: Quería verlo, profe. Quería saber cómo estaba.

Salvador: Si tu mamá sabe que estás acá, se va a armar un lío muy grande. ¡Tu madre, tu madre me va a odiar cuando se entere! ¡Justo tu madre! (La empuja hacia la puerta.) Tenés que irte, andate a tu casa.

Luna: Mi madre, eh.

Salvador: ¡Si yo hubiera sabido antes quién era ella, tu madre…! Antes de meterme en este lío, ¡pero yo no hice nada! Debí haberme dado cuenta de que eras hija de tu madre.

Luna: Ése es un insulto: “Hija de tu madre”.

Salvador: Callate y salí por donde entraste. Debería darte vergüenza aprovecharte de un pobre viejo.

Luna: Esta tarde no era usted un pobre viejo.

Salvador: Era un despojo contra los adoquines de Villafañe, aplastado a las patadas.

Luna: Quiero conversar con usted.

Salvador: No tenemos nada que conversar vos y yo. Nada.

Luna: Yo sí tengo que decirle algo.

Salvador: Me lo enviás por escrito. Una carta o un correo electrónico, como hacen los demás alumnos. Ya tenés mi correo, todos me envían los prácticos al correo electrónico. Andate, Luna. Me comprometés.

Luna: No voy a escribir lo que quiero decirle.

Salvador: Te haría bien; practicás redacción, sintaxis, vocabulario.

Luna: ¿Usted cree en la reencarnación?

Salvador: No. Y ya te vas de acá. Como se entere el noviecito ese tuyo que venís acá a altas hora de la noche, a verme, a visitarme, me muele a palos.

Luna: No es mi noviecito.

Salvador: Tu amiguito, tu noviecito, quien sea, es lo mismo.

Luna: Su esposa, ¿dónde está? ¿No está? ¿O ya se murió?

Salvador: Mocosa maleducada. La boca se te haga a un lado. Mi esposa duerme, tiene una enfermedad y toma pastillas para dormir. Duerme, duerme muy profundo.

Luna: ¿Qué enfermedad tiene?

Salvador: ¿Y a vos qué te importa?

Luna: Pregunto, por saber.

Salvador: No tenés que saber ninguna cosa.

Luna: Para iniciar una conversación.

Salvador: Ya te dije que no habrá una conversación entre nosotros, ni esta noche ni nunca.

Luna: Podemos charlar.

Salvador: No tenemos que charlar; no hay ningún tema del que podamos…

Luna: Cervantes, de su amado Cervantes.

Salvador: Andate a tu casa, te lo pido por favor.

Luna: Es muy difícil leer textos del Siglo de Oro. Me pierdo. A veces me arrebata el sueño. Me gustó más Calderón, eso del Príncipe Segundo, el Príncipe Segismundo, que cree que está viviendo una realidad y en realidad, valga la redundancia, es una escena armada para hacerle creer que es la realidad.

Salvador: Tres veces dijiste la palabra realidad y para expresar cosas distintas. ¿Ves que te hace falta vocabulario a vos? Todos ustedes, llegan a los dieciséis, diecisiete años y no saben hablar. Después se asombran de que no encuentren trabajo. ¿Qué trabajo van a encontrar, si no hablan, balbucean y hacen señas, igual que los cavernícolas?

Luna: ¿Me puedo sentar?

Salvador: No. Quiero que te vayas.

Luna: Afuera nieva.

Salvador: No seas mentirosa. ¡Si es primavera, estamos en noviembre! No puede estar nevando. Acá no nieva. No nieva nunca en este país y lo sabés muy bien. ¿O acaso reprobaste geografía también?

Luna: En las montañas nieva.

Salvador: Sí, puede ser. Pero acá no.

Luna: Mire por la ventana. Compruebe usted mismo.

Salvador: No hay ventanas en este cuarto.

Luna: Entreabra la puerta.

Salvador: La voy a abrir para que te vayas, antes no.

Luna: Apenas abra una rajita y verá los copones de nieve que caen.

Salvador: Querés que abra la puerta porque atrás está tu noviecito, tu amiguito, Roa, y quiere entrar a darme de trompadas o algo peor todavía. Es eso, ¿no?

Luna va hacia la puerta y la abre de par en par.

Luna: Guille Roa no está y está nevando.

Afuera nieva.

Sorprendido, Salvador va hacia la puerta y se queda parado, las piernas abiertas y los brazos en jarra.

Salvador: (Susurra.) No puede ser.

Luna: Le dije que nevaba.

Salvador: Debe estar saliendo la nevada en el noticiero. No es normal que nieve.

Luna:

Salvador: ¿Vos…?

Luna, con decisión casi violenta, toma a Salvador y le da un beso en la boca. Largo, juvenil.

Salvador se aparta de repente, recorrido por una descarga eléctrica.

Salvador: (Lloriqueando.) Dejame. ¿Es una cámara oculta o algo así? Querés hacerme más infeliz y denunciarme.

Luna: ¿Me reconoce ahora?

Salvador: No. Te desconozco.

Luna: Yo ya viví antes en la tierra y después morí. Pero me acuerdo de todo. Hice una regresión, por internet. Era un servicio que ofrecían por internet. Pagué lo que costaba con la tarjeta de mi papá… Mi papá no viene nunca a vernos, pero me hizo una extensión de su tarjeta de crédito. Tengo montonazo de crédito para usar. Marisol, ¿sabe quién es Marisol, la pecosita, colorada, que se sienta atrás de Vinderman?, ella me dijo que al fin y al cabo, un padre que le extiende a su hijo una tarjeta de crédito, con crédito, es un buen papá. Debe tener razón. Marisol es la que hace labor comunitaria en un comedor escolar, donde le lee a los chicos… Usted seguro aprecia que una chica de mi edad vaya y ofrezca su tiempo a los niños pobres para leerles libros. Bueno, mi edad no, porque yo tengo justo un año menos que usted.

Salvador: No sigamos con esta locura, andate.

Luna: Béseme de nuevo.

Salvador: ¿Qué? Yo no te besé nunca.

Luna: Cierto, lo besé yo. Ahora pruebe usted.

Salvador: ¡¡Salí de acá!!

Luna: Me quito la ropa, me siento en el butacón aquel y usted me acaricia.

Salvador: ¡Serpiente! ¡Sos una serpiente!

Luna: Me siento encima suyo. ¿Sí?

Salvador: No. Andate, Luna, por favor.

Luna: No me llamo Luna. Tengo otro nombre, me dijeron en la regresión. Ester, Isabel, un nombre muy español también. Usted era un español también: Juan Diego. Me saltó en la regresión; nos conocemos desde antes y estábamos muy enamorados, en la Edad Media.

Salvador: Andate, nena. Por favor.

Luna: Usted me quería.

Salvador: Andate.

Luna: Nevaba el día que se me declaró. Nevaba el día que nos decidimos a escaparnos juntos. Había que atravesar el bosque.

Salvador: Basta, basta.

Luna: Pero no nos decidimos a escaparnos; mi padre no me dejaba casarme con usted. Pero no era por la diferencia de edad que no me dejaba. Era porque usted era pobre.

Salvador: Me estás contando un libro. Una obra de teatro que di en clase.

Luna: Me dijo mi padre que lo esparara cinco años, a ver si usted hacía fortuna y estaba en condiciones de casarse conmigo.

Salvador: La tengo en la punta de la lengua, era una obra que vimos el año pasado con los del cuarto B. ¿O con los del anteaño…?

Luna: Tuvimos una historia de amor hermosa.

Un tiempo. Salvador se para, iluminado.

Salvador: Los amantes de Teruel de Hartzenbusch. ¿Estuvisme metiendo el hocico entre los libros que dejaron los de quinto? Claro, ellos hicieron una feria de libros para el día del estudiante y fuiste y te compraste uno. Seguro algún galancito que te gustaba te  vendió el libro diciéndote que es una gran historia de amor y bla, bla, bla. Ninguno de ustedes aprecia una buena historia de amor. Nada más este anciano topo y así me va, así me está yendo. Un libro de 1837 es. ¿Te pensás que vos lo podés entender?

Luna: Yo tenía mucho miedo cuando se fue, de no verlo nunca más. Maldije a mi papá por lo bajo y le deseé que se lo llevara la peste. Después, me dijeron en la regresión, él tuvo una mala muerte también. Murió de pena. Yo me abrazaba a usted cuando partió. Así. (Se abraza.)

Salvador: Soltame, Luna.

Luna: ¡No!

Salvador: (Abrazándola y llorando.) Andate, andate y dejame solo. Cuando vos te vayas, me van a caer encima diez años, veinte años, cien años. Todo por haberte deseado; y no cometí ni un pecado con mi deseo. Yo soy un idiota respetuoso de la ley con vos. Mis huesos se harán polvo, se petrificará mi corazón. Claro que voy a quedar como el Juan Diego de Hartzenbusch, hecho boñiga de la tristeza, pero ¿a quién le importa la tristeza de un viejo? ¿A quién le importa la melancolía de los que ya vivieron? Que rechinen los huesos de los viejos, que repiquen las campanas para los jóvenes. Ése es el ciclo de la vida.

Luna: Venga conmigo. Conozco un lugar.

Salvador la empuja y ella se pega más.

Salvador: No. ¡Andate vos, salvate! Vos te tenés que ir…

Salvador trata de besarla, Luna da unos pasos atrás y cae la lámpara. Hay unos besos, confusos.

Entra Marga, en camisón.

Marga: Salvador, ¿qué pasa? Salvador, ¿sos vos?

Marga levanta la lámpara; prende su luz.

Marga: Salvador, ¿estás bien?

Salvador: Sí. Sí, Marga.

Marga: ¿Seguro estás bien, querido?

Salvador: (Farfulla.) Sí, fue ella… Ella vino…

Marga: ¿De qué hablás?

Salvador busca a su alrededor y Luna no está.

Salvador: Está nevando. Afuera está nevando.

Marga: ¿Qué decís?

Salvador va hacia la puerta y la abre de par en par. No está nevando.

Salvador: Estaba nevando, hasta hace un instante estaba nevando.

Marga va hacia la puerta.

Marga: Si hay una luna espléndida…

Salvador: Pero nevaba, recién. Te juro que nevaba.

Marga: (Cierra la puerta.) Estabas soñando, Salvador.

Salvador: En Teruel nieva, porque está muy alto. Es todo de montañas allá.

Marga: Estás dormido todavía.

Salvador: Te juro que ella estaba y que afuera… (Va hacia el perchero.) Acá estaban sus botitas de goma… Ella está loca, está un poco loca. Cree en la reencarnación y dice que ella y yo, antes, en el pasado… Acá mismo estaban sus botitas de goma…

Salvador enciende la luz de arriba y observa que las botas no están.

Salvador: Ella, ella, Luna, estaba acá…

Marga: Estabas soñando, Salvador.

Salvador: ¡No!

Marga: O estuviste soñando o te tomaste por error una pastilla de las mías. Capaz te la confundiste con el analgésico. Una vez que tomé dos en lugar de una, de las celestitas te digo, las sublinguales, soñé que la enfermera Pedernera y yo hacíamos el amor. ¡Yo haciendo el amor con una mujer! Yo que nunca lo había hecho antes con una mujer, empezar con la enfermera Pedernera… ¿Sabés quién te digo? La enfermera que es alta como un puerta, gorda como un oso… Vieras qué ágil era ella en el sueño para acomodarse a mi cuerpo… Vení, Salvador, vamos a dormir.

Salvador: Todavía no. Esperá un poco.

Marga: Vamos a la cama, Salvador. Estás muerto de frío.

Salvador:

Marga: ¿Te querés enfermar?

Salvador: Había alguien acá, antes. Una mujer, una jovencita en realidad.

Marga: Era yo, Salva. Hace treinta y cinco años que estamos casados. Era yo la jovencita que deambulaba por acá. ¿Te acordás cuando llenaba la casa de los tapices que hacía bordando el cañamazo? Dale, vamos a la cama, Salva. Si vos te enfermás, ¿quién me va a cuidar a mí?

Marga cierra la puerta, apaga la luz, lleva a Salvador del codo hacia el dormitorio.

De a poco, Luna aparece de atrás de un butacón.

Luna: ¿Se fue para seguir soñándome o porque no me quiere ver más?

Fin de la escena 2.

— Escena 3 —

La mañana siguiente.

Mismo escenario. Marga está haciendo pasar a Eugenia, una mujer sencilla, de cabello largo y suelto, jeans, blusa y botas. Tiene un aire juvenil a pesar de sus 40 años.

Marga: Ya lo despierto. Se acostó muy tarde Salvador; ni siquiera sé si durmió. Está con pesadillas desde el… (avergonzada) el ataque, lo que sufrió. Supongo que usted viene a hablarle por eso, ese asunto. No está acostumbrado a la violencia. No estamos acostumbrados a la violencia, ninguno de los dos. A lo mejor deberíamos acostumbrarnos en el mundo en que vivimos… Él, acá en casa, está siempre encerrado en los libros. Lee y lee; ya sabe usted, ama la literatura. ¡Vaya uno a saber qué clase de amor es ése! Antes teníamos un perrito, un pichicho, y él lo sacaba a hacer sus necesidades… Era el único paseo que daba en todo el día, el perrito, él no. Aunque él también, ahora que lo pienso. Después el perrito se nos murió; lo atropelló el colectivo. Lo fuimos a enterrar a la casa de unos amigos; él lo llevó a enterrar. Vivían en las afueras, en Funes. Le tenía mucho afecto al perrito y seguro nuestros amigos lo escucharon desolados. Era una profesora de matemáticas y su esposo; daba en el Adoratrices. Exprofesora de matemáticas, María Delia. María Delia algo, ahora no me acuerdo, hace mucho que no la veo. Como sea, tenían fondo y le ofrecieron a Salvador un pedazo del fondo para enterrar el perrito. No se quede ahí parada, pase, siéntese. Salvador lo llevó y era de noche ya. Yo no fui; me ahorro de ir a las ceremonias tristes porque me hacen mal. La verdad, una pavada protegerse: no sirve para nada. Mire, lo que le cuento pasó hace tantos años y al final, ya me pasé un año, ¡un año entero sin salir de casa! Hace dos semanas cumplí el año que no salgo de casa. Cuestión que Salvador entierra el perrito, el pichicho que teníamos y vuelve. Lloraba o llovía, no me acuerdo bien, pero él estaba destrozado. Cuando se le murió el padre, don Alberto, en paz descanse, no lo lloró tanto. Es un hombre sensible para las pérdidas. Ojo, parece que yo estoy defendiendo a Salvador como si fuera un chico, pero no, no lo estoy defendiendo. No lo estoy defendiendo. Uno llega a cierta edad en la que tiene que defenderse solo. Comemos algo, yo le preparo algo, no me acuerdo qué. Nos vamos a acostar y a las dos, tres de la mañana, se levanta y me grita: “¡Marga, el perrito estaba vivo cuando lo enterré!”. Eso era imposible, ya le digo, porque yo lo vi muertito, el cadáver, cómo le había quedado roto el cuello adonde lo golpeó el colectivo. Le hablo, le quiero hacer comprender; pero él estaba ensimismado y se va. Se va a lo de nuestros amigos, la profesora, exprofesora de matemáticas y el esposo, y desentierra al perrito. No sé qué les habrá dicho a ellos; pero, claro, el perrito estaba muerto. Siempre estuvo muerto, desde que salió para llevarlo a Funes. Una pena. ¿Quiere que le sirva alguna cosa? ¿Un café, un té? Mire que le puedo hacer un café inolvidable. ¿No? (Eugenia hace que no.) Ya se lo busco a Salvador, ¿usted me dijo que se llama?

Eugenia: Eugenia.

Marga: Es la madre de la chica, ¿verdad?

Eugenia: Sí.

Marga: Ahí se lo traigo, Eugenia. Le traigo igual un cafecito que tengo una cafetera eléctrica nueva que compré por teléfono. ¡Increíble la de cosas que uno puede comprar por teléfono! Va a probar el café y se va a quedar con la boca abierta de lo rico que es. Sí, ya verá. Le traigo un pocillito y se lo traigo a Salvador. (Marga empieza a salir, arrastrando los pies.) Los hombres son todos unos sátrapas.

Marga sale.

Pasa bastante tiempo hasta que llega Salvador, bajando las escaleras, tomándose del pasamanos. Se para frente a Eugenia, le tiende la mano. Ella mira la mano de él, él también se mira la mano. Está angustiado; ella le da un beso en la mejilla.

Salvador: Sentate. Seguro Marga te ofreció café. Está loca con la Nespresso; hace café a cada rato, de unos sabores que… ¡dios mío!; después se pregunta por qué no duermo por las noches. Hay que probar el café sabor a avellana. (Paladea.) Café sabor avellana. Ni café ni avellana, un menjunje que… Vos no viniste para hablar de esto.

Eugenia: No.

Salvador: No me venís a devolver el libro de las Novelas ejemplares.

Eugenia: No. Pero todavía lo tengo. En un estante alto, con los recuerdos de la escuela secundaria.

Salvador: ¿Venís a hablar de tu nena?

Eugenia: Sí.

Salvador: Yo no sabía que era tu nena.

Eugenia:

Salvador: Es ella. Tu hija me acosa.

Eugenia:

Salvador: No me mires así, a veces pasa. Cosas de chiquilinas, e incluso puede que ni siquiera la mueva el deseo, sino un desafío, una apuesta, que le haya jugado alguna amiguita, o amiguito. “Te apuesto a que pongo a mis pies al viejo de castellano”. Hablan así, todo el alumnado se refiere a mí así.

Eugenia: No sé cómo ella habla de su profesor. Ella está muy preocupada.

Salvador: Lo menos que puede estar.

Eugenia: No hizo nada para que te propases.

Salvador: ¡No me propasé! ¡Fue ella!

Eugenia: Es una chica muy sensible. Estudia canto y antes hacía natación, en una escuela de natación, en el club. El objetivo era que pudiera participar en un torneo de natación, pero al final no, lo dejó. Ella es muy inocente; no se merece que… Es especial, es una nena especial… Lee todo lo que vos le das. Se encierra en su pieza, los marca con crayones, recita las partes importantes…

Salvador: Leyó Los amantes de Teruel.

Eugenia: ¿Qué? No sé. Tampoco sé de quién heredó el gusto de leer.

Salvador: Me acosa, ya te dije. Viene a verme, se trepa por la ventana que dejamos abierta… En serio se metió por la ventana. No lo hace todos los días, pero anoche lo hizo.

Eugenia: (Seria.) Eso no es verdad.

Salvador: Los chicos de ahora se meten en un serio problema. Creen que luchan por renovar sus derechos, y en realidad invaden y destrozan. Van a terminar denunciándolos a la policía. Yo, por ejemplo, podría empezar denunciando a tu hija que se cuela por mi ventana y…

Eugenia se ha levantado en estos últimos parlamentos; una vez muy cerca de él le propina un cachetazo brutal.

Un tiempo.

Salvador: (Acariciándose la mejilla.) Ustedes no tienen límite.

Eugenia: (Vuelve a sentarse.) Lo siento.

Salvador: Está bien. No voy a llamar a la policía.

Eugenia: No es ella la que se mete en tu casa.

Salvador: La vi bien, pero igual no voy a llamar a la policía. No sabía que era tu hija y por vos haría muchas cosas, haría lo que sea. Me acuerdo cuando estudiabas en el liceo conmigo.

Eugenia: Yo sabría si es ella quien se escapa y…

Salvador: Eras la alumna estrella.

Eugenia: Tengo una alarma antirrobo en la casa, conectada. Sonaría si alguien sale subrepticiamente.

Salvador: Yo creía que vos vivías afuera. En otro país.

Eugenia: Pasé un tiempo en Italia, en Messina.

Salvador: A Marga el café de Nespresso le da dificultad prepararlo. No lo quiere reconocer, pero… ¿Querés que vaya yo a buscártelo? Es un momentito.

Eugenia: No. Decía, ahí en Messina nacieron los chicos, tengo dos. Después volví.

Salvador: Messina, escenario de Mucho ruido y pocas nueces.

Eugenia: Me separé, pero tengo buena relación con el papá. Los chicos van o él viene…

Salvador: La comedia de Shakespeare.

Eugenia: No la leí; no la vi.

Salvador: No importa.

Eugenia: Luna, la que conociste, es la mayor.

Salvador: Es una buena alumna. Es aplicada, obediente. Es prolija. Mucho más de lo que eras vos si mal no recuerdo. Por supuesto, tiene buena memoria. Pero en los adolescentes tener buena memoria no significa que tienen interés y por eso no retienen los conocimientos. Tienen buena memoria porque la memoria es un músculo. Aunque no sea un músculo, funciona como un músculo. Por eso tienen buena memoria como tienen buenas piernas para correr rápido.

Eugenia: Vino llorando a casa con lo que pasó. Me asusté mucho.

Salvador: Te juro que no le hice nada. No le dije nada malo tampoco; le dije: “Qué linda que sos”, porque es linda. Es indudable que se parece a vos. Esto último que te estoy diciendo no te debe gustar. “Qué linda que sos” fue nomás lo que pronuncié, y el chico, el amigo o el noviecito, el vándalo, se me vino encima para atacarme. Yo no sé…

Eugenia: Dudé en si llamar al padre y contarle o no lo que pasó.

Salvador: Yo no sé si él es un chico loco o está enamorado de tu hija. A esa edad los chicos son muy susceptibles, tienen la mente como cera líquida, son…

Eugenia: Al final no lo llamé.

Salvador: Yo te pido disculpas, Eugenia. Yo no debí haber abierto la boca. Tendría que aprender a callarme cuando veo una chica hermosa. La belleza de las mujeres sigue llamándome la atención. No estoy muerto todavía. Me gustan las mujeres hermosas, y si me permitís una confidencia, te voy a decir que me gustan como me gusta una obra de arte. Que yo no voy a ningún lugar de estos que hay para conocer mujeres lindas.

Eugenia: Comprás revistas con mujeres desnudas y te conformás.

Salvador: ¿Qué?

Eugenia:

Salvador: Ya no se imprimen revistas de ésas. El mercado editorial está muy mal en estos años. 

Eugenia: No es a mí a quien tenés que pedir disculpas.

Salvador: La gente lee por internet.

Eugenia: Ni siquiera sé si se arregla con un pedido de disculpas.

Salvador: ¿Creés que tengo que pedirle disculpas a ella? ¿A tu hija?

Eugenia: No sé, es…

Salvador: Porque si creés que tengo que pedirle disculpas a ella, yo se las pido. No tengo problema y le explico que nunca en mi vida había pensado ni soñado que decirle a una mujer que era hermosa podía tener consecuencias y ella sentirse ofendida o humillada. Desde tiempos inmemoriales los poetas celebran la belleza de las mujeres en sus trovas y canciones, pero si ahora está mal, está mal. Y si hay que pedirle disculpas a una nena de dieciséis años, se le pide disculpas. Que el mundo esté loco y yo no lo entienda, es problema mío. Es la única conclusión que saco. Perdoname, Eugenia.

Eugenia: Esta conversación me recuerda tanto la de otros tiempos.

Salvador: Hacé una cita y le pido disculpas. Delante tuyo o de quien sea; si querés que sea delante de los directivos de la escuela, delante de la rectora, la preceptora, o la mala pécora de la regente, lo hago. No tengo ningún problema, ninguno.

Eugenia: Gracias, profesor.

Salvador: Ninguno, ninguno.

Eugenia: (Visiblemente incómoda.)

Salvador: La cuestión es quién me pide disculpas a mí.

Un largo silencio.

Salvador: Una golpiza, a mi edad. Yo podría estar jubilado; no me jubilo porque me gusta la literatura española. De cada treinta alumnos, tengo un alumno bueno, que lee y discute y digo: por ése, por ése me quedo yo dando clases. Porque ése puede ser el escritor del futuro que le consiga un Premio Nobel de Literatura a la Argentina, a mi país. O puede convertirse en un presidente de la nación que alguna vez actúe con justicia. Y necesito la plata también; que es más dando clases que como docente jubilado. Y es indecente golpear a un jubilado; es un delito o prácticamente un delito. Un viejo soy, ¿te das cuenta? Un viejo verde, al decir del noviecito de tu hija, y ya sea un viejo verde o no, básicamente soy un viejo.

Eugenia: Ser viejo no da derechos a ser tonto. ¿No lo dice el rey Lear?

Un silencio más breve.

Eugenia: Nadie te pedirá disculpas.

Salvador: Es el mundo en que vivimos.

Eugenia: La disculpa tiene que ser pública y ante el Comité Educativo.  Te pedirán que te retires, que dejes la escuela. Supongo que es una mala noticia después de lo que acabás de decir. Pero no lo vas a sentir tanto, ya tendrías que haberte retirado y…

Salvador: Es una venganza.

Eugenia:

Salvador: ¿Te estás vengando de mí?

Eugenia: No…

Salvador: Esperaste todos estos años y me pusiste un anzuelo. Me pusiste a tu nena de anzuelo. Y yo fue como un pez estúpido, un pez bocón, y me tragué toda la carnada. Despúés vos nada más recogiste el hilo…

Eugenia: Yo podría decir lo mismo, que te estás vengando de mí.

Salvador: (Con sorna.) ¡Yo! ¡Pobre inocente!

Eugenia: Al principio pensé que todo lo que me decías era verdad. Que me querías. Fue después, mucho después, andando los años. Cuando me fui a vivir a Roma, mis padres me llevaron con ellos a Roma y fue ahí donde me di cuenta de que no me querías, de que no me quisiste nunca. Pero ya era tarde, y entonces me dije: “Ojalá se haya corregido”.

Salvador: Vos eras una nena, Eugenia. Las nenas tienen esos arrebatos.

Eugenia: Vos fuiste el primero para mí.

Salvador: Yo no te toqué, Eugenia. Yo, que yo sepa, nunca la traicioné a mi esposa.

Eugenia: Me llevaste con vos al campo. ¿Te acordás?

Salvador: ¡Fue hace tanto!

Eugenia: ¡Me diste un beso!

Salvador: No, no me acuerdo.

Eugenia: ¡Yo sí! Me diste un beso, ¡fui mi primer beso!

Salvador: No sé. A veces los adolescentes mezclan las cosas; tiene un nombre en psicología, se llama “recuerdo encubridor”. Es un recuerdo falso, que encubre una escena real.

Eugenia: Era para repasar un texto de la obra que querías montar. La obra que querías montar, la obra que querías montar. ¡Calderón, la obra que querías montar! ¡A mí me querías montar!

Salvador: Hablá más bajo, por favor.

Eugenia: Voy a gritar si tengo ganas.

Salvador: Acá no. En mi casa no.

Eugenia: ¡Todo lo que no grité cuando…!

Salvador se pone de pie.

Salvador: (Haciéndole la seña de adonde está la puerta.) Sentenciame a lo que vos quieras, pero de mi casa te vas. Vos y tu hija, las dos son de la misma ralea. No quiero saber nada de ninguna de las dos.

Eugenia: ¡No me voy a ir! ¡Quiero que todo el mundo lo sepa!

Salvador: Mi mujer está muy enferma. ¿No tenés caridad?

Eugenia: Me dijiste que íbamos a aprender los textos de Calderón, ¡La hija del aire!

Salvador: ¿Y no aprendimos el texto?

Eugenia: Yo estaba enamorada de vos.

Salvador: Vos tenías quince años; yo no iba a ir preso por tener sexo con una menor. Me creés tan estúpido, tan degenerado que…?

Eugenia: Te la pasaste encerrado en la habitación, todo el día.

Salvador: Sí, ¿y eso qué tiene de malo?

Eugenia: Para empezar, el encuentro en el campo fue secreto. Me dijiste que era secreto, que era algo entre los dos, para los dos. Que no le contara a mis padres, ni a los otros profesores. Que te podían echar de la institución. Íbamos a leer las obras de Calderón o quien fuera, a elegir qué obra hacer ese fin de año.

Salvador: La hija del aire, ya lo dijiste.

Eugenia: Todavía me sé los textos de memoria.

Sí, que Venus te anunció,   

atenta al provecho mío,       

que había de ser horror       

del mundo, y que por mí habría,   

en cuanto ilumina el Sol,    

tragedias, muertes, insultos,          

ira, llanto y confusión.         

Salvador: Semíramis, jornada primera. Nunca pudiste aprenderte la segunda.

Eugenia: Te oía recitar detrás de la puerta, la sabías completa…

Salvador: Te gustaba La hija del aire, lo elegiste vos. Yo nomás te conté los argumentos de tres o cuatro comedias ineludibles, Fuenteovejuna, El caballero de Olmedo, Peribáñez y El príncipe constante… Yo me acuerdo, estábamos entre La hija del aire y El príncipe constante y…

Eugenia: Te vi. Te vi por el ojo de la cerradura.

Salvador: Eso se llama espiar.

Eugenia: Me quedé sin aliento cuando te vi.

Salvador: ¿Qué viste? A ver, decime. Me viste con mis libros. Me viste leyendo, que es lo único que yo sé hacer. Leer y disfrutar de lo que leo. ¿Qué acción tan inmoral pudiste haber visto en mí…? No soy inmoral, no soy un pervertido. Mi casa la visita un pastor desde hace quince años, porque Marga no sale, no puede salir, está enferma. El pastor nos lee pasajes de la Biblia, a veces nos los explica, que Noé tal cosa, que el rey David tal otra… ¡Que Salomón, Salomón! El mismísimo rey Salomón, emblema de la sabiduría, de viejo dormía con una niña de catorce años para calentarse la cama. ¡Salomón, ahí tenés! El pastor, que vio la indignación pintada en la cara de Marga, de mi mujer, le explicó que “calentar la cama” no era hacer el amor con la chica. Que era “calentar” literalmente, que la chica hacía, por decir así, de bolsa de agua caliente del rey Salomón. ¡Viejo perverso el rey Salomón! Roa se volvería loco si lo tuviera enfrente; privaría al mundo del Eclesiastés y el Cantar de los Cantares.

Un largo silencio.

Eugenia: Me llevaste para tu placer solitario.

Un tiempo.

Salvador: De verdad que no entiendo.

Eugenia: Me llevaste a escondidas de todos.

Salvador: No entiendo, Eugenia. Entonces, ¿vos hubieras querido tener relaciones sexuales con tu profesor treinta años mayor? ¿Vos hubieras querido seducirme y que yo…? Es un delito lo que querías; es ultraje, abuso de menores. Podía ir preso si lo hacíamos. ¿Vos lo comprendés ahora? Tenés una hija, tenés que comprender. Tendrías que estar agradecida que yo no lo haya hecho. Porque no soy un degenerado, no soy un perverso. Eugenia, Eugenia, vos sos grande ahora; tenés que entender…

Eugenia llora.

Eugenia: Vos sos un perverso.

Salvador: No. Estás llorando así porque no lo soy. Ésa es la fuente de tu amargura.

Salvador se acerca y le acaricia el rostro.

Salvador: ¿No fuiste feliz? ¿No te hizo feliz tu marido? Seguís siendo tan linda…

Eugenia: Me consolé. Fue así, me consolé por un tiempo, pensando que había sido la única. ¡Qué idiota que fui! Pensé que sufrías, que habías sufrido cuando nos separamos y por no tenerme. Eso pensé… ¡era una chiquilina!

Salvador: Es que fue así. Sufrí mucho cuando te alejaste, cuando supe que te fuiste afuera, a Italia. Pero era por tu bien.

Eugenia: Entonces supe que hubo una Andrea Domingo, una Débora Rabinad, Deby, que hoy es concejal… que está en la política… y es un milagro que ELLA no te haya denunciado. Supe que hubo muchas que te llevabas al campo. Lo hacías cuando te quedabas solo, cuando ella, ésa, tu mujer, iba de visita a… Ella, ésa, ¿no lo sabe, verdad? ¿No sabe nada de tus escapadas al campo?

Salvador: No sé de qué estás hablando.

Eugenia: Tu mujer no sabe que andabas con las alumnas del secundario.

Salvador: Yo solamente te quise a vos, y fue un error.

Eugenia: Llegué a contar una media docena. Media docena de chicas.

Salvador: Cosas que te dicen. Chismes de la sala de profesores. ¡Envidias!

Eugenia: Media docena hasta que me fui. Ahora estás viejo, claro. Ahora no tenés más que calmarte o suicidarte.

Salvador: Fuimos los dos al campo para elegir una obra de Calderón. Elegimos La hija del aire, aprendiste el texto. Hicimos un acto de la obra, para fin de curso. La jornada primera. Vos estabas maravillosa de Semíramis; el otro chico, no tanto, y la chica que hacía de chico, Guadalupe qué-sé-yo, menos. Porque era tartamuda, pero era buena alumna de castellano y literatura.

Eugenia: Está bien que el chico Roa te haya golpeado. Si yo fuera más valiente, tendría que pasarte con la Kangoo por encima. Ojo que no es un auto, es una camioneta.

Salvador: Estás resentida.

Eugenia: Yo te quería, profesor.

Salvador: Pero era un delito corresponderte.

Eugenia: El delito lo cometiste igual.

Eugenia toma sus cosas para irse.

Eugenia: Voy a testificar para que te sumarien y salgas de la escuela.

Salvador: ¿Vas a contar nuestra historia?

Eugenia: No, voy a contar la tuya.

Salvador: ¿Te vas a ir antes de que Marga te haga probar los cafés de Nespresso? ¡La ilusión que tiene Marga de que las visitas prueben el Nespresso! Hablemos un poco más. Dejame explicarte.

Eugenia sale.

Salvador: ¡Eugenia! ¡Eugenia, por favor vení!

Fin de la escena 3.

— Escena 4 —

Momentos después entra Marga con los cafés en una bandejita de plata.

Marga: ¿Qué? ¿Se fue?

Salvador: Parece.

Marga: ¿Qué vamos a hacer? ¿Querés que nos tomemos los cafés?

Salvador: ¿A esta hora?

Marga: Para no desperdiciar.

Salvador: Después no vamos a dormir. Hoy es sábado, podría dormir más.

Marga: Tal vez ya no deberías levantarte tan temprano para ir a la escuela.

Salvador: No me gusta remolonear. Nunca me gustó remolonear.

Marga: Tal vez no debas dar más clases, Salvador. ¿Lo pensaste?

Salvador: No.

Marga: Vení, sentate y tomemos el café. Juguemos a las visitas. ¡Hace tanto que no me visita nadie! Dale, viejito, sentate cerquita.

Salvador: No me gusta que me digas viejo.

Marga: No seas tan arisco. Antes me querías más.

Salvador: Eso no es verdad.

Marga: O me querías más o me tenías más paciencia. Debe ser esta maldita enfermedad que le acaba la paciencia y las ganas de vivir a todo el mundo. Estoy muy sola, todo el día. Encerrada con mis recuerdos y mis pensamientos. Me gustaría tener a alguien con quien hablar.

Salvador: Te ofrecí traer otro perrito y no quisiste.

Marga: ¡No! ¡Con todo lo que sufrimos cuando se murió el pichicho! ¡No, Salva! Yo no tengo la culpa de por qué dios o quien haya, la esencia, no nos mandó hijos. Es una pena no haber tenido hijos.

Salvador: No hables así. Lo que es es.

Marga: A veces pienso: tendríamos que haberlo hecho más.

Salvador:

Marga: Haberlo intentado más.

Salvador: No había tantos tratamientos de fertilidad como hay ahora cuando éramos jóvenes.

Marga: Haber hecho más el amor, Salvador. Lo hacíamos poco.

Salvador:

Marga: Hasta le mentimos al médico que consultamos. Le dijimos que lo hacíamos, cuando no lo hacíamos. Y el ángel Gabriel a mí no me iba a venir a visitar. Yo nunca fui tan pura ni tan buena. Tampoco es que fuera como mi hermana Mabel, que le gustaba espiar a los muchachos desnudos en el club, por el ventiluz que comunicaba el… Nada, nada. No tiene importancia. Supongo que yo soy una mujer fría. Eso, fría.

Salvador: ¡Pero no, Marga!

Marga: Ah. ¿Vos dirías que yo soy ardiente?

Salvador: ¿Te parece tener que hablar de estas cosas a esta altura de nuestras vidas?

Marga: No sé. Salió el tema.

Salvador: Hablemos de otras cosas, por favor. Justo hoy estoy lleno de problemas… por el… el acto de vandalismo del chico Roa. Lo quieren echar de la escuela, claro. No se permiten los actos de violencia. Estamos en un Estado de derecho y… La mujer esta vino a pedirme que hable con la Dirección, para que dejen al chico Roa seguir cursando. Al menos hasta que termine cuarto año, y después se pase a esta escuela. Yo le respondí que sí, para dejarla tranquila, se entiende; pero está muy mal… Muy mal… Estaría muy mal permitir esta clase de desmanes: la institución tiene una reputación que cuidar y…

Marga: A veces uno vive pensando que la sexualidad no es tan importante, que no define las cosas importantes, y a lo mejor resulta que sí, que las define.

Salvador: Margarita, ¿no me estás escuchando lo que te hablé?

Marga: No.

Salvador: Te estoy hablando de que me piden que acceda a que el chico Roa siga viniendo a la escuela.

Marga: Tal vez vos tendrías que dejar de ir a la escuela.

Salvador: ¿Yo? ¿Por qué?

Marga: (Seña de indiferencia.)

Salvador: ¿Qué me querés decir con eso?

Marga: Que no vayas más a dar clases.

Salvador: ¿Por qué? ¿Por que sí?

Marga: (Suspira, cansada.) Vos sabés por qué, Salvador.

Salvador: Hablaste con esa mujer, por eso. Eugenia, te llenó la cabeza de infundios contra mí.

Marga: ¿Vos sabés? Yo, cuando tenía trece años, me pasó una cosa. No sé si te la conté alguna vez. No, no te la conté. (Un tiempo.) Ahora que lo pienso, creo que no se la conté a nadie. Yo estaba por mi barrio, iba caminando, no sé, a lo de mi tía. Yo era muy chiquita, muy menudita. Tenía trece años. Y estaba el loco del pueblo, pobrecito, un loquito. También era chico, tendría dieciséis o algo así. La gente se vuelve loca a edades inesperadas. Pero él era loco de chico, desde niño. Tenía un mote…

Salvador: Voy a tomar café.

Marga: Tenía un mote… un apodo…

Salvador: Éste, ¿qué sabor es?

Marga: (Mira de reojo.) Capuccino.

Salvador: Está bastante bien.

Marga: Como sea, no me acuerdo del mote. La cuestión es que el loco viene por la vereda de enfrente. Me grita: “Margui, te necesito”. Me detengo, porque yo lo conocía. Nos habíamos criado juntos con el loco. Juntos, en el mismo barrio. El cruza a paso vivo. Todas las casas de aquel tiempo tenían verjas y detrás jardines, hermosos jardines. Te cuento esto, Salvador, y me parece estar oliendo otra vez, otra vez, los jazmines, el jazmín chino, que le llamaban, los azahares… Ya sé que te estás aburriendo, no me importa. El chico loco se me pone delante, me agarra fuerte del brazo y con la otra mano, empieza a tocarme. “Te necesito, Marga. Te necesito”, eso repetía. “Necesito de vos…” Me levanta la pollera, me mete la mano… “Necesito de vos… necesito de vos…” (busca la palabra), no me acuerdo qué decía que necesitaba, cuál era la palabra. “Yo necesito de vos…” Oh, ya está, no me acuerdo. Yo empiezo a gritar y trato de zafarme; y más grito, más grito, él más me aprieta contra la verja… Era la hora de la siesta, ¿por qué tendría que ir yo a la casa de mi tía? Auxilio, pido. Auxilio, sálvenme. ¿Me estás escuchando, Salvador?

Salvador: (Sorbe el café.) Sí, te estoy escuchando.

Marga: No, no me estás escuchando. No tiene importancia; no me escuches nada. Pero sigo, sigo contándote a vos, y a las paredes, y todo lo que creció en nuestra casa en estos treinta, cuarenta años. El chico loco me arranca la enagua por abajo y en eso, gracias a dios, gracias dios mío, empieza a acercarse una persona, y alguien más, otro hombre, alertado por mis gritos, viene corriendo a salvarme. El chico loco se asusta y se escapa. Sale la dueña de casa, todavía con el batón puesto, porque estaba durmiendo la siesta… Todos me rodean, me preguntan qué pasó, la señora me trae un vaso de agua… Qué pasó, qué fue, qué hiciste. Como puedo, llorando, cuento que el chico loco se me abalanzó, pobrecito, que se me vino encima como un lobo… Un señor me pregunta si el chico no sería mi novio, yo le contesto que no, que era… El otro señor, el que me salvó y lo vio irse corriendo, también me pregunta si el chico loco no sería mi novio, al que yo dejé ir hasta cierto punto y como no quise más, el chico se enloqueció. A los chicos, los hombres, los vuelve locos el deseo, no saben lo que hacen, dijo. No, señor, no es mi novio. No es mi novio, señor, señora. Es el chico loco del barrio. “Vamos”, me dice uno de los señores, socarrón, “habrá sido tu novio que al final no lo dejaste…”

Un tiempo largo.

Marga: (Observa el café de Salvador.) Tendrías que haberle puesto azúcar.

Salvador: (La mira fijo.)

Marga: A veces hay que ponerle igual azúcar al capuccino.

Salvador: Ya no tengo ganas ni de tomar…

Marga: No sé si escuchaste lo que te relaté ni cuánto escuchaste. El chico estaba loco, pobrecito, pero ¿y la gente? ¿La gente no estaba loca también? Nunca te lo conté, ¿sabés por qué, Salvador? Me contuve porque pensé: “Salvador va a opinar que yo tuve la culpa”. Que yo con mis trece años y mis cuarenta kilos de peso, enloquecí de deseo, esa siesta en la Florida, al pobre chico. ¿Me equivoqué o hice bien en callarme el cuento?

Salvador: No sé.

Marga: Tanto que sabés, tanto que sabés…

Salvador: No sé.

Marga: Tantos libros que leés, tanto profesor de acá, profesor de allá…

Salvador: Basta, Marga.

Marga: ¡Congresos! ¡La de congresos importantes de hispanistas a los que fuiste! Y una cosa chiquita que te pregunta tu mujer de toda la vida no se la podés responder.

Salvador: Está bien. ¿Qué querés que te conteste?

Marga: Yo no tuve la culpa, Salvador, de lo que pasó con ese chico. Me estaba por violar y grité. No quería que me arruinara la vida.

Salvador: Hiciste bien, Marga. Ahora calmate.

Marga: ¿Vos pensás como yo?

Salvador: ¿Sobre qué?

Marga: Sobre la culpa.

Salvador: ¿Quién fue el culpable?

Marga: Sí. El chico era loco, pero…

Un silencio.

Salvador: ¿Entonces?

Marga: Vos pensás que fue culpa mía.

Salvador: Y… A veces la vida…

Marga: Con trece años y cuarenta kilos a la hora de la siesta.

Salvador: No hablemos más de esto, por favor.

Marga: Tenés razón. No hablemos más.

Salvador: Te ayudo a llevar las tazas.

Marga: Este lunes quedate conmigo. No vayas a la escuela.

Salvador: Es que…

Marga: No vayas a la escuela. Yo sé lo que te digo.

Salvador: ¿Me querés cuidar vos a mí?

Marga: Sí. Algo así, por caridad te lo pido. Quedate.

Levantan las tazas, empiezan a salir.

Marga: Yo, lo único que te digo, Salva, es que si alguien me hubiera dicho en ese momento: “Nena, ese chico es un degenerado. Pobrecita de vos, mi vida. Pobrecita nenita que casi violan y nadie supo proteger ni con una palabra amable”. No era necesario que fueran y lo lincharan; yo no me habría beneficiado con la muerte horrenda del chico… Si alguien, alguno de los hombres, que tenían más autoridad, parece, hubiera dicho: “Ese chico es peligroso, tiene que estar encerrado… Tiene que ir a una institución mental, a que lo curen…” Si alguien, te repito, si alguien me hubiera dicho aunque sea para mi consuelo que yo era una nena indefensa, una nena inocente, capaz habría hecho más el amor en mi vida, con vos, o con quien fuera, pero sobre todo con vos, que sos mi marido y con quien yo quería formar una familia cuando me casé. Me quedó como un miedo a eso de los hombres, eso que tienen los hombres, el deseo. El deseo de ellos. Eso que llaman el deseo, esa cosa, la violencia. Hoy pensé en todo eso cuando vi entrar por esa puerta a la mujer esta, Eugenia, la mamá de la chica que piropeaste, me acordé y pensé “Qué linda familia tendría yo, y mañana que es domingo estaría al mediodía rodeada de mis hijos”, muchos hijos, todos rodeándome; nietos también, chiquitos, grandes, nietos.

Salvador: Mirá esas tazas que se te van a caer.

Marga: ¿A vos cuántos hijos te hubiera gustado tener?

Salvador: No pienses en eso, Marga. Te va a hacer mal.

Marga: ¿Tres? ¿Cinco?

Salvador: Tres. Tres hubiera estado bien.

Marga: Vos nunca quisiste tener hijos.

Salvador: No empieces con eso. Te acabo de decir que tres hubiera estado muy bien.

Marga: ¿Tres?

Un silencio, acaban de salir.

Marga: (Casi en off.) Tres, sí, pero si hubieran venido cinco hijos, también hubiera estado bien cinco. ¿Verdad?

FIN



Patricia Suárez (Argentina, 1969) es autora de numerosas obras de teatro y varios libros de ficción. Las polacas, su trilogía sobre la trata de mujeres en el siglo XX, permanece en escena desde el día de su estreno en 2002, en escenarios de América Latina, Estados Unidos y en formatos diversos como el musical o la serie. En 2020 recibió el Premio de Teatro José Moreno Arenas de Granada por su obra Reproche. En 2021 se montó en el teatro Gala de Washington el musical Ella es tango y en Madrid su obra El fruto.
En 2025 recibió el Accésit del XI Concurso Internacional ‘Parábasis – Plaza del Arte’ por la obra La tenencia, Cáceres, España y el 1er Premio de Teatro Mínimo J. Moreno de Granada por La lección de la gaviota. En 2026 fue comisionada para la escritura de una obra de teatro sobre el medio ambiente para La Lengua Theater de San Francisco, California.

Las autorizaciones para el montaje de esta obra pueden solicitarse a la autora en la siguiente dirección electrónica: cazadoraoculta@gmail.com

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