Terencio: La suegra (Hecyra)

Nacido en Cartago y llevado a Roma muy joven como esclavo, Publio Terencio Afro recibió una esmerada educación y la libertad por parte de su amo, el senador Terencio Lucano. Su belleza provocó rumores sobre la causa non sancta de su amistad con próceres como Escipión Emiliano o Gayo Lelio. Sea como fuere, participó de lleno en la corriente del helenismo que impulsó el Círculo de los Escipiones, del que fue uno de los intelectuales más activos, y suyo es el verso, mil veces repetido, que sintetiza el ideal de humanitas: «homo sum, humani nil a me alienum puto». Entre sus primeros admiradores se cuentan Cicerón, Julio César, Horacio, Quintiliano, San Agustín o San Jerónimo.
Escribió y estrenó seis comedias entre 166 y 160 a. C., de las cuales El eunuco fue su mayor éxito y La suegra, su máximo fracaso. ¿Por qué elijo entonces ésta y no aquélla, que, además, al releerlas, me hace mucha más gracia? La muy plautina Eunuchus llegó a representarse dos veces el mismo día e hizo ganar al autor mucho dinero, mientras que el fracaso de Hecyra lo cuenta el mismo «Prólogo» de la obra, en su tercer intento de ponerla en escena:
Os presento de nuevo «La suegra», que nunca conseguí representar en silencio. Cuando comencé a representarla por primera vez, la fama de unos boxeadores (a la que se unió la expectación por un funámbulo), el gentío de acompañantes, la algarabía, el vocerío de las mujeres, hicieron que me retirase antes de tiempo. Me dispuse a usar la vieja costumbre de volver a probar, como si fuera nueva. La traigo de nuevo a escena. Al principio gusto, cuando en éstas llega el runrún de que se iba a ofrecer un espectáculo de gladiadores; los espectadores se van volando, se alborotan, gritan, se pegan por coger un sitio; yo, entre tanto, no fui capaz de velar por mi sitio.
Ahora no hay tumulto; hay calma y silencio. A mí se me ha dado la ocasión para representar, a vosotros se os da la oportunidad de honrar los juegos escénicos.
Las condiciones de la exhibición teatral no son, pues, muy diferentes para Terencio y para Plauto, cuya dramaturgia se adapta a la perfección a ellas; no tanto la de Terencio, precisamente en lo que tiene de nueva, que es lo que procede destacar aquí y lo que explica a la vez el fracaso de La suegra y mi opción por ella.
El modelo terenciano de comedia, que reforma a fondo la palliata, su aportación —cargada de futuro— a la dramaturgia occidental se rige por una intensa búsqueda de la verosimilitud contra la quiebra del ilusionismo y por un carácter más culto y selecto frente al más popular y de brocha gorda del plautino; lo que acentúa el valor formal y la autonomía literaria de sus textos, que serán leídos por mucho tiempo como modelos —sobre todo escolares— de latinidad.
En relación al diálogo, de rica caracterización psicológica frente a la burla descarada, elimina el prólogo expositivo que, recitado por un personaje, formaba parte de la acción y lo sustituye por otro de tipo crítico, muchas veces autorreflexivo, en boca de un actor ad hoc; reduce los monólogos en pro del más verosímil coloquio entre interlocutores y suprime las interpelaciones al público y cualquier otra alusión metateatral que rompa la ilusión escénica.
Él mismo define su comedia, que llama, frente a la motoria de Plauto, stataria, en el sentido de mucho menos movida (desprovista de golpes, situaciones bufonescas, etc.) y no, como se ha interpretado, de comedia de caracteres y no de acción. Se puede asentir a lo primero, pero no a lo segundo, pues la acción —incluso el enredo o el suspense— tiene gran importancia y es a través de ella —(y) del coloquio— como se construyen los caracteres. Cuya dimensión humana, ética, no grotesca, suscita la identificación del espectador; frente al extrañamiento de los caricaturescos de Plauto, a los que se siente moralmente superior.
Todas estas novedades se pueden verificar de manera ejemplar en La suegra, prototipo de comedia stataria y que se deja leer ya como una comedia moderna, frente a la distancia casi insalvable que nos separa de la griega y algo menos de la plautina. Tan fortuito fue su doble fracaso escénico como es extraordinaria la calidad de su (entonces revolucionaria) dramaturgia, con una exquisita elocución y una impecable composición de los hechos. Cabe recordar su analogía con La fuerza de la sangre de Cervantes o sus ecos en La verdad sospechosa de Ruiz de Alarcón, considerado el Terencio español, por no hablar de la influencia del romano en La Celestina.
Si la comicidad de Plauto estalla en carcajada, la de Terencio, más discreta y realista, esboza una sonrisa inteligente.
José-Luis García Barrientos, doctor en Filología (UCM), Profesor de Investigación del CSIC, profesor de posgrado en la UC3M, es autor de libros, traducidos algunos al árabe y el francés, como Principios de dramatología, Cómo se analiza una obra de teatro, Teatro y ficción, La razón pertinaz, Drama y narración, Anatomía del drama o Siete dramaturgos, tres de ellos publicados por Paso de Gato. www.joseluisgarciabarrientos.com


