Tirso de Molina: El burlador de Sevilla y convidado de piedra

Tirso de Molina, pseudónimo de Fray Gabriel Téllez, es «el único poeta español que puede ponerse al lado de Cervantes y de Lope, y muy cerca de Shakespeare» según Menéndez Pelayo, a cuya colosal erudición nada tiene que envidiar su inteligencia crítica. Y ésta es la cuestión: si situamos a Tirso, decididamente, en la primera fila de los dramaturgos occidentales, a la cabeza del teatro más rico del mundo junto a Lope y Calderón, o bien ligeramente por debajo, en lo más alto de la segunda, como discípulo —fascinado— del Fénix y el más eminente de su escuela.
Vale la pena considerar la apasionada y lúcida vindicación que hizo de él Blanca de los Ríos, para quien «de la fusión del teatro de Tirso con el de Lope se integró en toda su grandeza el Teatro Nacional». Apunta la clave de que el mercedario «advino a la hora feliz en que confluyeron las dos grandes corrientes de nuestro arte nacional (Pintura, Novela y Teatro), el realismo y la mística. En esa generosa confluencia nació toda su obra, bañada en realidad, inflamada en espíritu». Defiende con la autoridad de su maestro, don Marcelino, devoto del Fénix, que «Tirso era el único dramaturgo digno de hombrearse con Lope, aun habiéndolos tan grandes en aquella generación», incluso en fecundidad (con unas trescientas o cuatrocientas comedias, de las que se conservan unas sesenta) y hasta de superarlo «en estudio de caracteres y en ironía». Y entiende que, siendo teólogo, psicólogo, satírico, gran poeta y hablista insuperable, «a ninguno de los grandes dramáticos de dentro ni de fuera de España le fue dado juntar en su mano ese haz de rayos creadores».
Después de releer para la ocasión, además de la elegida, sus obras mayores (El condenado por desconfiado, «el primer drama religioso del mundo», «el grandioso» El rey don Pedro en Madrid, La prudencia en la mujer, «nuestro primer drama histórico», El vergonzoso en palacio, «el canto de victoria de la escuela de Lope», o Don Gil de las calzas verdes, «deliciosa comedia de enredo, precedente y origen de las de Calderón») y otras muchas menos conocidas pero espléndidas (Cómo han de ser los amigos, por caso), estoy por darle la razón a Blanca de los Ríos. Inclinarme por El burlador de Sevilla y convidado de piedra implica destacar el aspecto más sobresaliente de Tirso como dramaturgo y, si no me equivoco, el más sustancial de la dramaturgia misma: la creación de personajes. El catálogo de los que habitan las piezas citadas es fascinante y llama la atención, por novedoso, el dominio que exhibe de la psicología femenina.
La enigmática dimensión mítica de El burlador es la singularidad que lo encarama a la cima de la creación tirsiana de personajes. Poco importa que la casi segura autoría del texto siga pendiente de confirmación pues tanto la obra como el autor merecen un lugar preeminente en el canon occidental. Don Juan es quizás el mito más fecundo entre los caracteres teatrales de todos los tiempos. Su descendencia es imponente. Basta recordar los donjuanes de Molière, Goldoni, Mozart, Hoffmann, Byron, Musset, Dumas padre, Pushkin, Zorrilla, Montherlant, Frisch, etc. En 2003 contabilizaba Florit Durán «al menos 500 versiones literarias, 70 musicales, 25 obras de arte plástica y 8 películas basadas en el personaje de Don Juan y su leyenda»; que hoy serán muchas más.
¿Pero por qué atribuir a Tirso la creación del personaje y mito de Don Juan? No lo inventa, lo hereda de leyendas preexistentes; pero lo construye —signifique eso lo que signifique— con la forma estable y definitiva en que cristaliza su identidad, y a partir de él los dramaturgos que lo reviven, incluso de tan formidable talento como Molière, no logran más que variantes o versiones del mismo; ninguno lo supera ni consigue por tanto reemplazarlo. Entre nosotros, el Don Juan Tenorio de Zorrilla lo aventaja en popularidad stricto sensu y en presencia escénica recurrente; pero, como apunta su infatigable apologeta, lo que triunfó en la pieza romántica «fue lo que conservaba del drama inmortal de Tirso, no los resabios y perversiones adquiridos en su largo rodar por el mundo».
Tirso de Molina es un gigante de la dramaturgia en todos sus componentes genuinos, de la eficaz composición de los hechos a la brillantez de la elocución, con un dominio insuperable del lenguaje y del verso; y uno de los muy pocos que, como creador de personajes, puede tratar a Shakespeare de tú a tú. Tengo la impresión de que los escenarios actuales no lo frecuentan tanto como debieran y les convendría.
José-Luis García Barrientos, doctor en Filología (UCM), Profesor de Investigación del CSIC, profesor de posgrado en la UC3M, es autor de libros, traducidos algunos al árabe y el francés, como Principios de dramatología, Cómo se analiza una obra de teatro, Teatro y ficción, La razón pertinaz, Drama y narración, Anatomía del drama o Siete dramaturgos, tres de ellos publicados por Paso de Gato. www.joseluisgarciabarrientos.com


