Días felices dirigida por Arturo Ríos

El actor y director mexicano Arturo Ríos apuesta por un Beckett que dialoga con las preocupaciones del siglo XXI, un mundo pospandémico que vuelve a estar frente a un escenario político polarizado, de nuevo con el temor nuclear que imperaba en los años 60, cuando Samuel Beckett estrenó Días felices (Happy days) la última obra de largo aliento que nos dejó la pluma más importante del teatro del absurdo.
¿Pero qué tiene por decirnos ahora el teatro del absurdo? ¿Es vigente todavía en sus formas y personajes? Son preguntas que se suspenden en la nube de las interrogantes y que posiblemente puedan responderse las noches que el espectador se encuentre con esta obra. ¿Puede el teatro del absurdo transgredir consciencias? ¿Qué símbolos hoy en día continúan afectando las miradas de su público?
Nada más entrar en el foro, el espectador se encuentra con un gigante cono negro truncado donde habita un personaje que en la cima se encuentra durmiendo apoyado sobre sus brazos. Al fondo de la escena hay un madero seco (obsesión o reciclaje del Esperando a Godot) y por lo alto se puede percibir el crepúsculo solar. A lo largo de las casi dos horas que dura la puesta en escena el escenario permanece inmutable. Apenas el paso del tiempo ha afectado el espacio por unas cuantas cosas que se encuentran desordenadas, pero la quietud es imperante. Como desesperante puede ser para los protagonistas de esta obra el estatismo perpetuo que los contiene.
Días felices nos presenta las dinámicas de una pareja vetusta que acompaña sus recuerdos (y sus días) de la única manera que saben hacerlo: en la monológica soledad acompañada. Winnie (Mónica Torres) es la mujer que duerme en la cima del montículo calcinado, está sumergida hasta la mitad del cuerpo, y tras escuchar una chicharra estridente que la despierta con brusquedad comienza un largo soliloquio mientras de su bolsa saca varios objetos personales. En el teatro de Samuel Beckett los objetos no solo son personales, sino identitarios, e incluso místicos. Winnie saca de la bolsa un cepillo de dientes y un tubo de pasta agonizante, también un espejo y un pintalabios, unas gafas, un pañuelo y después de una lotería de objetos… una sombrilla. Winnie sostiene por largo tiempo esa sombrilla sobre su cabeza mientras su discurso nos invita pensar en el cansancio de sus brazos, en el ominoso quehacer inmóvil que implica sostener una sombrilla y la sutil diferencia que sienten nuestros brazos cuando su fuerza tiene el propósito de protegernos de la lluvia mientras corremos. Winnie dialoga sobre sus preocupaciones, sus miedos, sus conflictos de fe, el tiempo y la perpetua espera; mientras sus palabras divagan hacia algún resonador que la pudiera escuchar.
Willie (Arturo Ríos) es el marido de Winnie, quien se presenta sonoramente en el fondo de aquel montecillo para luego asomar la cabeza por un agujero que se ha hecho en la pendiente. Es un señor añejo que responde con quejidos y cacofonías a las letanías de sus esposa. Willie también conserva sus objetos preciados: un periódico donde se anuncian empleos para jóvenes, una fotografía erótica de una curvilínea dama, un sombrero y un tubo de bronceador. Willie es un personaje que deambula por el ruido que no se concreta en palabras, que se mueve entre la imposible civilidad y la constante animalidad que le penetra.
Sobra decir que Arturo Ríos y Mónica Torres son unos actores de postín, pero en este montaje retan sus capacidades histriónicas hasta los bordes del desequilibrio, del hastío y de la comedia del absurdo. La técnica corporal de Arturo Ríos es sorprendente pues encarna en su personaje una animalidad cuadrúpeda que a veces se maravilla con una acelerada forma de trepar el montículo o un grácil gateo que nos puede recordar a los felinos más imponentes. Mónica Torres, quien lleva la mayor carga narrativa, juega con gran maestría las modulaciones de su voz, pasando a veces del grito iracundo a un erótico susurro. Todos estos matices hacen que la voz de la actriz sea una montaña rusa en la que se sube su oyente, quien puede viajar con el sonido de su voz por la universo beckettiano.

Samuel Beckett aborrecía a los críticos semiólogos que se devanaban los sesos intentando “desencriptar” los diálogos ilógicos, los símbolos y los personajes de su teatro. Al igual que Buñuel, Beckett siempre se negó a dar explicaciones lógicas a su mundo. Y es que la grandeza de su teatro no se encuentra en las historias épicas, en las tramas rebuscadas, en la novedad de sus formas o en la psicología de sus personajes. Tal vez el poder de Beckett se haya en las grietas capaces de fisurar las consciencias lógicas y cuadradas, en erosionar los tímpanos puritanos y racionalistas que le escuchan por vez primera. Tal vez la vigencia del teatro de Beckett escape de las salas de teatro y fecunde en realidades sociales mucho más profundas, como el montículo en que permanecen Willie y Winnie. Tal vez…
La escenografía y la iluminación de esta puesta en escena llevan la firma del diseñador Gabriel Pascal quien persigue por ambos derroteros la bella austeridad del absurdo, la suficiencia callada y la atmósfera desolada de los emplazamientos fantasmagóricos de Beckett. El diseño sonoro tiene la rúbrica de Mauricio Ríos quien marcha sobre los mismo ejes que el texto y la dirección precisan.
Esta obra es una producción de la compañía Sísifoteatro y Teatro El Milagro y se presenta todos los lunes y martes a las 20:00 h hasta el 25 de marzo. Los boletos están disponibles en las taquillas del recinto y a través de boletópolis.com.



