Schiller: María Estuardo

«El momento más grandioso en la historia de la literatura alemana es aquel en que Goethe y Schiller coinciden en Jena, en 1794, y sostienen aquella conversación que inicia su amistad. […] Son como dos ríos que, después de recibir muchas aguas, confluyen y se juntan. Fue ésta la gran combinación que infundió unidad a la historia del espíritu alemán» (Dilthey). De los dos, Schiller supera ampliamente a Goethe como dramaturgo stricto sensu, cualidad en gran medida enigmática, pero que salta a la vista con facilidad y se impone con evidencia. Goethe fue consciente de ello y tuvo la grandeza de patrocinar a su joven amigo desde su posición en la corte de Weimar y como director de su teatro.
«Hay que reconocer en él a uno de los primeros dramaturgos de todos los tiempos» según Dilthey. Para Steiner «Schiller es el dramaturgo más valioso que haya producido la literatura occidental entre Racine e Ibsen». Y ese intervalo de casi dos siglos conoció autores de la talla de Marivaux, Goldoni, Kleist, Hugo, Musset o Büchner. De su personalidad destacaré dos notas: el espíritu de eterno adolescente que advertía Thomas Mann en toda su producción, y el rasgo crucial que acierta a expresar así, de nuevo, Dilthey: «Hay temperamentos que sólo saben marchar erguidos sobre la tierra, porque de otro modo la vida no tendría para ellos ningún valor. En cada línea de Schiller se transparenta esa actitud de hombre erecto, erguido, que se alza como una llama.»
La altísima calidad de su creación dramática hace difícil la elección de una obra que lo identifique; o al revés, cualquiera de ellas puede dar cuenta del encanto inconfundible de la dramaturgia schilleriana, desde la primera, Los bandidos, de notable fortuna sobre las tablas y expresión desbordada de ese espíritu adolescente y del Sturm und Drang, y otras primerizas como Don Carlos o Intrigas y amor, por caso, hasta las más perfectas de su madurez. Su aportación a la dramaturgia occidental es impresionante. Con la trilogía de Wallenstein crea el drama histórico, cuya influencia se proyecta también sobre la novela histórica y sobre la historia misma. Con La novia de Mesina consigue una exaltación de la forma trágica con el máximo de rigor y pureza. Su estreno en Weimar produjo un efecto inusitado: vibrante, exaltado, con el teatro en pie y un viva al final —del todo inaudito allí— a Schiller, quien tuvo «por primera vez, la impresión de una verdadera tragedia».
Pero su mayor timbre de grandeza como dramaturgo estriba seguramente en fundir los ideales opuestos del romanticismo y de la tragedia con el máximo acierto. Aventajaba para ello a los románticos contemporáneos por su profundo y apasionado conocimiento de la tragedia griega y también del clasicismo francés (fue traductor de Racine). Por eso, además de por su evidente perfección, me decido por María Estuardo para representar la dramaturgia de Schiller. Como homenaje al gran maestro George Steiner, no hace mucho desaparecido, le cedo la palabra para sugerir el valor de esta obra extraordinaria.
«Como para demostrar que podía someter sus abundantes dotes a las limitaciones necesarias de las tablas, Schiller procedió a escribir, enseguida de Wallenstein, su obra de teatro más ceñida. María Estuardo es una obra incomparable. Es, junto con Boris Gudonov, el caso único en que el romanticismo alcanzó cabalmente las condiciones propias de la tragedia.» La reina escocesa se convirtió en personaje emblemático de la literatura romántica. «Pero ningún otro enfoque de su historia trágica y fulgurante se compara con el de Schiller.»
«La obra entera, y en verdad todo cuanto hasta entonces se había logrado en el teatro romántico, parece elevarse hacia el encuentro entre las dos mujeres en el jardín de Fontheringay [Acto III, Escena IV]. En los hechos jamás tuvo lugar semejante confrontación, y Goethe se preguntaba cómo se las ingeniaría Schiller para presentarla. Se las ingenió estupendamente. Es una escena en la que alcanza expresión total la conciencia de la naturaleza dialéctica de la realidad, de los conflictos entre el yo y el “otro”, entre la mente y el corazón, entre lo impuesto y lo espontáneo. En ese jardín se nos muestra lo que hay de irreconciliable en la sustancia de nuestras vidas.»

«La economía de la estructura dramática —obsérvese el ritmo de los dos últimos actos— hace expresivo el carácter implacable de la auténtica tragedia. Cuando cae el telón quedamos, lo mismo que en Antígona, con la sensación de un desastre terrible pero natural. […] Percibimos en la criatura humana, cuando es más excelente, la proximidad de la destrucción.»
José-Luis García Barrientos, doctor en Filología (UCM), Profesor de Investigación del CSIC, profesor de posgrado en la UC3M, es autor de libros, traducidos algunos al árabe y el francés, como Principios de dramatología, Cómo se analiza una obra de teatro, Teatro y ficción, La razón pertinaz, Drama y narración, Anatomía del drama o Siete dramaturgos, tres de ellos publicados por Paso de Gato. www.joseluisgarciabarrientos.com



